CAPÍTULO X
Tormenta a la vista
Los marineros antiguos desconfiaban de los días demasiado tranquilos. Habían aprendido que el mar rara vez anuncia sus cambios con estruendo.
Primero cambia algo pequeño.
El color del agua. La dirección de las aves. La forma de una nube.
A veces nada que pueda explicarse con facilidad.
Solo la sensación de que el mar ya no se comporta como unas horas antes.
Tres mañanas después de la inundación de la biblioteca fui a la Sala de Observación.
Junto a una de las ventanas estaba Jacobo, uno de los vigías más antiguos del barco.
No necesitó saludarme. Se limitó a señalar el horizonte.
Miré.
—¿Qué ocurre?
—Dímelo tú.
Volví a mirar.
El mar parecía tranquilo. Las nubes permanecían altas y dispersas. Apenas soplaba viento.
—No veo nada.
Jacobo me entregó el catalejo.
—Mira otra vez.
Apoyé el instrumento contra el ojo.
Durante varios segundos solo encontré agua.
—No mires las olas —dijo—. Mira entre ellas.
Obedecí.
Tardé un poco en advertirlo.
A lo lejos, una línea oscura dividía el mar en dos tonalidades casi idénticas.
Bajé el catalejo.
—¿Qué es?
Jacobo no apartó la vista del horizonte.
—Todavía no estoy seguro.
Aquella respuesta me preocupó más que cualquier certeza.
—¿Qué crees que puede ser?
—Un cambio de corriente. Quizá presión. El viento del oeste lleva dos días comportándose de manera extraña.
Se acercó a una mesa donde había varios registros abiertos.
—Y la temperatura cayó durante la noche.
El muchacho observaba desde otra ventana.
—Pero el mar está tranquilo.
Jacobo lo miró.
—Ahora.
El muchacho volvió al horizonte.
—¿Cree que viene una tormenta?
—Creo que deberíamos prepararnos para una.
—No es lo mismo.
Jacobo sonrió.
—Exactamente.
Aquella misma tarde fuimos al puente de mando. El capitán debía saber lo que estaba ocurriendo.
Nos recibió sin demora.
Escuchó a Jacobo hasta el final y luego preguntó por el viento, la temperatura, las corrientes y los registros de los días anteriores.
Caminó hasta el gran ventanal.
—No veo nada.
—Yo tampoco veía nada esta mañana —respondí.
El capitán volvió hacia Jacobo.
—¿Cuánto tiempo cree que tenemos?
—Si estoy en lo cierto, dos días. Quizá menos.
—¿Y si no lo está?
—Habremos preparado el barco para una tormenta que no llegará.
El capitán asintió.
Llamó al primer oficial.
Lo había visto varias veces desde la ceremonia. Era un hombre meticuloso, siempre correctamente uniformado, de movimientos contenidos y voz tranquila.
Escuchó el informe.
Cuando Jacobo terminó, pidió ver los registros. Los revisó durante unos minutos.
—Los informes meteorológicos ordinarios de esta semana son favorables —dijo finalmente—. Las rutas comerciales próximas continúan abiertas y los vigías de cubierta no han comunicado ninguna anomalía.
Jacobo no respondió.
El oficial cerró el registro.
—Además, mañana comienza el Festival del Horizonte.
El capitán levantó la vista.
—¿Qué tiene que ver una cosa con la otra?
El primer oficial tardó apenas un instante.
—Suspenderlo sin una amenaza confirmada podría generar alarma.
—No he pedido que lo suspendan.
—No, capitán.
El silencio que siguió fue breve.
El capitán me miró.
—¿Qué haría usted?
No esperaba la pregunta.
Pensé antes de responder.
—Prepararía el barco.
—¿Y el festival?
—No necesito cancelar una fiesta para revisar una bomba.
El capitán sonrió apenas.
—Eso parece razonable.
El primer oficial intervino.
—Una movilización extraordinaria también será visible.
—Entonces que no sea extraordinaria —respondió el capitán—. Revisiones de rutina. Bombas, velas, cabos, anclas y provisiones.
Miró a Jacobo.
—Quiero otro informe al amanecer.
—Lo tendrá —respondió.
—Y si algo cambia antes, no espere hasta entonces.
Jacobo asintió.
Cuando salimos del puente, el muchacho esperó hasta que la puerta quedó atrás.
—Le creyó.
Jacobo negó.
—No.
—Ordenó preparar el barco.
—Eso no significa que me crea.
El muchacho pareció confundido.
—Entonces, ¿por qué lo hizo?
Jacobo siguió caminando.
—Porque no necesita creerme para entender que puedo tener razón.
El muchacho permaneció pensando en aquello durante buena parte del camino.
◆◆◆
Las horas siguientes transcurrieron con una normalidad extraña.
En la cubierta principal se levantaban estructuras para el festival. Los músicos ensayaban. Los cocineros preparaban mesas. Los niños corrían entre cintas y banderas.
En otras cubiertas comenzó un trabajo mucho menos visible.
Los calafates revisaron juntas. Los herreros inspeccionaron anclas y cadenas. Los marineros comprobaron cabos y velas.
En la sala de bombas desmontaron dos mecanismos que llevaban meses sin revisarse.
Uno estaba parcialmente obstruido.
El muchacho lo vio.
—¿Y si no hubiéramos venido?
Uno de los operarios levantó la vista.
—Lo habríamos descubierto cuando necesitáramos usarla.
—¿Durante la tormenta?
El hombre volvió al mecanismo.
—Probablemente.
El muchacho no preguntó nada más.
Al caer la tarde regresamos a la Sala de Observación.
Jacobo comparaba anotaciones.
—Ha cambiado —dijo.
Me entregó uno de los registros. No entendí las cifras.
—¿Mucho?
—Lo suficiente.
—¿Seguimos teniendo dos días?
Jacobo miró hacia el mar.
—Ya no apostaría por ello.
◆◆◆
Aquella noche dormí poco.
Antes del amanecer regresé a cubierta. El aire no estaba quieto.
Estaba pesado.
Las banderas apenas se movían, pero los cabos emitían pequeños chasquidos contra los mástiles.
Encontré a Jacobo junto a la borda.
—¿Has dormido?
—Sí.
—Mientes mal.
—Nunca tuve tiempo de practicar.
No sonrió.
—¿Qué ves?
—Todavía nada.
—¿Y qué esperas ver?
—Preferiría no averiguarlo.
◆◆◆
El Festival del Horizonte comenzó a media mañana.
Durante un momento llegué a pensar que quizá Jacobo se había equivocado.
El cielo seguía despejado en buena parte del horizonte. La música llenaba la cubierta y los puestos de comida estaban rodeados de gente.
El capitán apareció poco después.
Su discurso fue breve.
Habló del trabajo de la tripulación, de la responsabilidad compartida y de la necesidad de cuidar aquello que pertenecía a todos.
No mencionó la tormenta.
Cuando terminó, recibió una ovación.
Esta vez yo también aplaudí. El muchacho me miró sorprendido.
—¿Qué?
—Nada.
—Parecía que querías preguntar algo.
—Estoy aprendiendo a esperar —dijo sonriendo.
La música comenzó otra vez.
Jacobo permanecía cerca de la borda. No miraba el escenario.
Me acerqué.
—¿Nada?
Negó.
◆◆◆
Pasaron varios minutos.
Entonces vi a un marinero correr desde la proa. No gritaba.
Eso fue lo que llamó mi atención.
Llegó hasta el primer oficial y le dijo algo al oído. El oficial se volvió inmediatamente hacia el horizonte.
Jacobo ya estaba mirando en la misma dirección.
—Ahí está —dijo.
Al principio no distinguí nada.
Después sí.
Una franja gris ocupaba una parte del horizonte. No parecía especialmente amenazante.
Todavía.
El capitán se acercó.
—¿Es eso?
Jacobo asintió.
—Eso es.
—¿Cuánto?
—Menos de lo que pensábamos.
El primer oficial levantó el catalejo. Permaneció varios segundos observando.
Cuando lo bajó, su expresión había cambiado.
—Capitán...
No terminó la frase. No hacía falta.
La música continuaba detrás de nosotros. El capitán miró la cubierta llena de gente.
Después el horizonte.
—Suspendan el festival.
El primer oficial asintió.
—¿Damos la alarma?
El capitán volvió a mirar a Jacobo.
—¿Qué necesita?
Jacobo respondió sin vacilar.
—Recoger las velas superiores. Asegurar todo lo que pueda desplazarse. Despejar la cubierta. Bombas listas. Y necesito saber qué rumbo llevamos.
El capitán miró al primer oficial.
—Hágalo.
La orden comenzó a transmitirse.
Primero entre los oficiales. Después entre los marineros.
La música se detuvo.
Algunas personas protestaron al principio.
Otras preguntaron qué ocurría. Los vendedores comenzaron a recoger sus puestos.
El muchacho permanecía a mi lado.
—Tenía razón.
Miraba a Jacobo.
—Todavía no —respondí.
—Pero la tormenta está ahí.
—Verla no significa saber qué hará.
El capitán dio varias órdenes más.
Entonces ocurrió algo que no esperaba. Se volvió hacia Jacobo.
—Quédese conmigo.
El anciano asintió.
◆◆◆
La primera ráfaga alcanzó el barco poco después. No fue especialmente fuerte.
Bastó para arrancar varias cintas que todavía colgaban del festival. Una de ellas voló por encima de nuestras cabezas y desapareció en el mar.
El muchacho la siguió con la mirada.
A lo lejos, la franja gris había crecido.
Ya no parecía una línea. Ocupaba casi todo el horizonte.
El mar también había cambiado. Las pequeñas ondulaciones de unas horas antes comenzaban a levantarse con una regularidad inquietante.
El capitán respiró hondo y recorrió la cubierta con la mirada.
Los músicos ya habían guardado sus instrumentos. Algunos pasajeros seguían allí, pero nadie hablaba con el entusiasmo de unos minutos atrás.
Otra ráfaga golpeó las velas.
Esta vez sonaron como un latigazo.
El capitán levantó la voz.
—¡A sus puestos!
Las conversaciones se apagaron de inmediato.
Los marineros comenzaron a moverse. Las puertas se cerraron.
Los cabos fueron tensados una vez más.
Esta vez nadie aplaudió.