El barco de los idiotas CAPÍTULO IX
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CAPÍTULO IX

La biblioteca inundada

Existen dos maneras de destruir una biblioteca. La primera consiste en prenderle fuego. Es rápida. Hace ruido. Produce humo suficiente para que todos recuerden el día en que ocurrió.

La segunda necesita más tiempo. Una gotera. Una tubería que nadie repara.

Un informe que queda para después. La humedad hace el resto.

Cuando el último libro termina deshaciéndose entre los dedos, resulta fácil culpar al tiempo.

La brújula que había pertenecido al padre del capitán permaneció varios días sobre mi mesa.

No la guardé. Tampoco la utilicé.

El muchacho la tomaba entre las manos cada mañana.

Abría la tapa, esperaba unos segundos a que la aguja encontrara el norte y después volvía a cerrarla.

Durante varios días no hizo preguntas.

Eso era nuevo.

Aquella tarde rompió finalmente el silencio.

—¿Por qué cree que se la envió?

Miré la brújula.

—No lo sé.

—¿Todavía?

—Especialmente ahora.

La abrió otra vez.

—Podría haberla conservado.

—Podría.

—Era de su padre.

—Sí.

—Entonces debía de ser importante.

—Probablemente.

El muchacho volvió a cerrarla.

—No entiendo al capitán.

—Eso nos convierte en dos.

Pareció satisfecho con la respuesta.

Dos días después recibimos una visita inesperada. Era uno de los vigías de la Sala de Observación.

El anciano que acostumbraba escuchar el mar con los ojos cerrados.

Entró sin hacer ruido, se quitó el sombrero y lo dejó sobre una silla.

Permaneció un momento mirando el taller.

—Huele igual.

—¿Qué cosa?

—El papel.

Aspiró lentamente.

—La tinta. La madera.

Nos estrechamos la mano.

—Hace tiempo que no venías por aquí.

—Hace tiempo que no tenía un buen motivo.

Aquello bastó para entender que no había venido de solo de visita.

El muchacho nos observaba desde la mesa.

—¿Ha ocurrido algo?

El anciano asintió.

—La biblioteca inferior.

Sentí que algo se tensaba dentro de mí.

No necesitó añadir nada más.

La biblioteca inferior estaba situada varias cubiertas por debajo del taller.

Pocas personas recordaban su existencia.

Durante años había servido como depósito para documentos demasiado antiguos para seguir circulando y demasiado importantes para ser desechados.

Al menos, esa había sido la intención.

Tomamos dos lámparas y comenzamos a bajar. El muchacho vino con nosotros.

La escalera de caracol parecía no terminar nunca.

El aire se volvió primero frío.

Después húmedo.

Unos metros antes de llegar percibí el olor. Papel mojado.

Lo reconocí inmediatamente.

El anciano abrió la puerta. El agua nos cubría los zapatos.

El muchacho se detuvo.

Las primeras estanterías estaban inclinadas.

Una había cedido por completo y descansaba contra la pared.

Varios libros flotaban abiertos sobre el agua. Otros permanecían atrapados entre tablas y cajas.

El muchacho permaneció inmóvil. Nunca había visto morir un libro.

Yo sí.

Quizá por eso no pude quedarme mirando.

Avancé despacio y tomé un volumen de una de las estanterías inferiores. Pesaba casi el doble de lo normal.

Intenté abrirlo.

Las primeras páginas cedieron con dificultad; la siguiente se deshizo entre mis dedos.

Lo dejé donde estaba.

Entre las cajas reconocí varios cilindros de cuero utilizados para guardar mapas.

Uno flotaba junto a una estantería.

Estaba abierto y vacío.

Otro permanecía atrapado bajo una tabla caída.

Recordé lo que el muchacho me había contado días atrás.

Habían comenzado a preparar el traslado del Archivo Histórico al depósito inferior.

No sabía cuánto había terminado allí. Ni quién había decidido qué debía moverse.

Miré los estantes, las cajas, los libros abiertos sobre el agua.

Aquella filtración no estaba destruyendo solamente objetos. Estaba borrando cosas que quizá nadie recordaba, pero que aún importaban.

—¿Desde cuándo? —pregunté.

—La primera filtración se informó hace meses.

Miré al vigía.

—¿Meses?

—Al principio era pequeña.

—¿Y después?

—Dejó de serlo.

El muchacho caminó entre los estantes procurando no levantar demasiado el agua.

—¿Lo comunicaron?

—Tres veces.

—¿A quién?

—Mantenimiento. Después a Administración. Finalmente, a Conservación.

—¿Y qué dijeron?

El anciano tardó un instante.

—Que había otras prioridades.

Nadie respondió.

El agua se movió alrededor de nuestros zapatos. En algún lugar de la sala cayó una gota.

Después otra.

Y otra.

Me sorprendió pensar que probablemente aquel mismo sonido llevaba meses repitiéndose allí abajo sin que nadie lo escuchara.

Me acerqué a otra estantería.

Los documentos de los niveles superiores todavía podían salvarse.

Estaban húmedos, pero el agua no los había alcanzado directamente.

—Necesitamos sacarlos.

El anciano asintió.

—Por eso fui a buscarte.

Trabajamos.

No hubo mucho que hablar.

Sacábamos los volúmenes menos dañados, los llevábamos hacia el corredor y los colocábamos abiertos sobre telas secas.

Apartábamos cajas. Elevábamos algunos estantes con trozos de madera.

Separábamos lo que todavía podía recuperarse de aquello que ya era una masa oscura de papel y tinta.

Después de un rato el muchacho encontró un pequeño cuaderno de navegación.

—Este todavía se lee.

Lo acercó a la lámpara. La primera mitad de la página conservaba la tinta.

Leyó:

—«Corriente cálida hacia el este. Evitar el paso durante el equinoccio...»

Intentó separar la hoja siguiente.

No pudo.

—¿Qué decía después?

—No lo sé.

—¿Hay otra copia?

—Tal vez.

—¿Dónde?

Miré los estantes.

—Eso también habrá que averiguarlo.

El muchacho sostuvo el cuaderno con más cuidado.

—¿Cuántos había aquí?

El anciano recorrió la sala con la mirada.

—Miles.

—¿Y cuántos se han perdido?

—Todavía no lo sabemos.

Seguimos trabajando.

Al cabo de varias horas empezaron a dolerme los brazos.

El agua estaba cada vez más fría.

El muchacho ya no preguntaba. Simplemente hacía lo que nos veía hacer.

En cierto momento encontró una caja cerrada en uno de los estantes superiores.

—¿Esta también?

La abrí.

Dentro había varias bitácoras envueltas en tela encerada.

Secas.

El muchacho sonrió.

—Estas se salvaron.

Asentí.

Fue una alegría pequeña. Pero aquella noche necesitábamos alguna.

Las colocamos junto a la puerta.

—Ahora entiendo algo —dijo mientras regresaba por otra caja.

Lo miré.

—Pensaba que el conocimiento desaparecía cuando alguien lo olvidaba.

Esperé.

Miró alrededor.

—Pero también puede desaparecer, aunque alguien lo recuerde.

No tuve nada que añadir.

Continuamos trabajando hasta pasada la medianoche.

Cuando finalmente salimos de la biblioteca llevábamos las ropas húmedas, las manos negras de tinta y una pequeña montaña de libros rescatados.

El corredor estaba casi a oscuras. Alguien esperaba junto a la puerta.

Era Leandro.

El Cronista Oficial sostenía un farol en una mano y un cuaderno en la otra.

Nos observó acercarnos. Primero al anciano. Después al muchacho.

Finalmente, a mí.

—Me dijeron que habían bajado.

Nadie respondió.

Miró nuestras ropas. Los libros. El agua que todavía goteaba de mis mangas.

—Es una lástima —dijo.

No había ironía en su voz. Parecía sinceramente afectado.

—¿Lo sabía? —pregunté.

Leandro sostuvo mi mirada.

—Sí.

—¿Desde cuándo?

—Desde el primer informe.

El muchacho lo miró.

—¿Y no hizo nada?

Leandro bajó la vista hacia el cuaderno que llevaba.

—Lo dejé por escrito.

Aquella respuesta me molestó más de lo que esperaba.

—¿Dónde?

Abrió el volumen. Buscó durante unos segundos y me mostró una página.

La letra era pequeña y ordenada.

Leí:

«Se informa del deterioro progresivo del depósito inferior de documentos. Se recomienda su evaluación cuando las prioridades operativas lo permitan».

Eso era todo.

Le devolví el cuaderno.

—¿Eso escribió?

—Eso me informaron.

—¿Bajó a verlo?

Leandro no respondió.

—Le pregunté si bajó.

—No.

—Entonces no sabía lo que estaba ocurriendo.

—Sabía que había una filtración.

Señalé los libros que habíamos colocado junto a la pared.

—Eso no es una filtración.

Leandro apretó ligeramente los labios.

—No.

El muchacho tomó uno de los volúmenes rescatados.

—¿Por qué escribió «deterioro progresivo»?

Leandro lo miró.

—Porque eso era lo que decía el informe.

—Pero se estaban destruyendo los libros.

—Ahora lo sé.

—¿Y si hubiera escrito eso?

Leandro guardó silencio.

El muchacho insistió.

—«Se están destruyendo los libros».

El cronista observó la puerta abierta de la biblioteca.

—Tal vez alguien habría prestado más atención.

Aquella respuesta me sorprendió.

Leandro cerró lentamente su cuaderno.

—¿Cuántos se perdieron?

—No lo sabemos todavía.

—Quiero contarlos.

Lo miré.

—¿Para qué?

—Para escribirlo.

—¿Esta vez?

Leandro sostuvo mi mirada.

—Esta vez.

El anciano pasó junto a nosotros cargando otra caja. Leandro se apartó para dejarlo pasar.

Después entró en la biblioteca.

—¿Lo dejamos?

Observé al cronista acercarse a una de las estanterías caídas.

Abrió su cuaderno.

Pero no escribió.

Primero miró.

—Sí —respondí.

El muchacho permaneció unos segundos observándolo.

Luego volvió a entrar. Yo me quedé en el corredor.

Había pasado años pensando que el problema de algunos hombres era que escribían demasiado deprisa.

Quizá me había equivocado.

A veces el verdadero problema era escribir antes de mirar.