El barco de los idiotas CAPÍTULO VIII
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CAPÍTULO VIII

El cronista

Siempre sospeché de los hombres que escriben demasiado deprisa. La realidad rara vez ocurre a la velocidad con la que ellos la cuentan.

Mientras regresaba a mi taller, pensé en el hombre que había entrado al despacho del capitán apenas unos minutos después de mi salida.

Leandro.

El Cronista Oficial del barco.

Lo conocía desde hacía más de treinta años.

Entonces era un joven tímido que recorría las cubiertas con un cuaderno bajo el brazo.

Anotaba casi todo: las mareas, las averías, los nacimientos, las bodas, los accidentes, las tormentas.

Tenía una costumbre que siempre me había gustado.

Preguntaba dos veces.

Primero:

«¿Qué ocurrió?»

Después:

«¿Cómo ocurrió?»

Parecen la misma pregunta, pero no lo son.

Con el tiempo fue dejando de hacer la segunda. Nunca supe exactamente cuándo.

Quizá él tampoco.

Cuando llegué al taller, el muchacho estaba esperándome.

—¿Cómo le fue?

Dejé el abrigo sobre una silla.

—Bien.

Esperó.

—¿Eso es todo?

—Hablamos.

—¿De qué?

—De mapas. Del barco. De expertos. De capitanes.

—¿Discutieron?

—Un poco.

—¿Quién ganó?

Lo miré.

—Espero que ninguno.

Frunció el ceño.

—No entiendo.

—Significa que, si alguno hubiera salido convencido de tener la razón, ninguno de los dos habría aprendido nada.

Se dejó caer sobre el banco.

—¿Y qué piensa del capitán?

La pregunta era más difícil de responder que el día anterior.

—Todavía no lo sé.

—Antes tampoco sabía.

—Ahora lo sé con más seguridad.

El muchacho sonrió.

Me acerqué a uno de los estantes y saqué un volumen grueso, encuadernado en cuero oscuro.

Lo dejé sobre la mesa.

—¿Qué es?

—Las crónicas oficiales.

Lo abrió por la mitad.

Leyó algunas líneas. Pasó una página. Después otra.

—¿Quién las escribe?

—Ahora, Leandro.

—¿El hombre que entró después de usted?

Lo miré sorprendido.

—¿Cómo sabes eso?

—Pregunté.

Sonreí.

Debí imaginarlo.

El muchacho siguió leyendo.

—Todo parece haber salido bien.

—¿Todo?

—Casi todo.

Giró el libro para que pudiera verlo.

—Mire.

Me acerqué.

Reconocí la página antes de leer la fecha.

Año cuarenta.

Gran tormenta del oeste.

El muchacho leyó:

—«La tripulación respondió con disciplina ejemplar ante uno de los mayores desafíos meteorológicos de nuestra historia. Gracias a la coordinación de los responsables de cubierta, el barco consiguió superar la tormenta y continuar su travesía».

Pasó el dedo por las líneas siguientes.

—Después habla de reparaciones.

—Sí.

—Y de una ceremonia.

—También.

Siguió leyendo.

Su expresión cambió.

—¿Eso fue todo?

No respondí.

—¿Usted estaba aquí?

—Sí.

—¿Qué ocurrió?

Me senté.

Regresaron sonidos que llevaba años procurando no recordar.

Madera quebrándose.

Órdenes que nadie escuchaba.

Agua.

Sobre todo, agua.

—Murieron ciento diecisiete personas.

El muchacho dejó de tocar el libro.

—¿Ciento diecisiete?

Asentí.

Volvió rápidamente a la página. Leyó otra vez, luego la siguiente y varias más.

—No están.

—No.

—¿En ninguna parte?

—Busca.

Lo hizo. Revisó varias páginas anteriores y posteriores.

Nada.

—¿Por qué?

—No lo sé.

—Pero alguien tuvo que decidir no escribirlo.

—O alguien decidió escribir otra cosa.

—Es lo mismo.

—No exactamente.

Me miró esperando que continuara.

—Una mentira necesita inventar algo que no ocurrió. Una omisión puede construirse únicamente con cosas ciertas.

Señalé el libro.

—La tripulación respondió. El barco sobrevivió. Hubo reparaciones. Todo eso ocurrió.

—Pero murieron ciento diecisiete personas.

—También.

Recorrió otra vez la página.

—Entonces esto es mentira.

—No sé si usaría esa palabra.

—¿Por qué no?

—Porque quizá quien lo escribió creyó que estaba contando lo importante.

—¿Y los muertos no eran importantes?

Pensé antes de responder.

—Para sus familias, seguramente eran lo más importante.

El muchacho cerró el volumen.

—Entonces, ¿cómo sabemos qué ocurrió realmente?

Miré los estantes.

—Esa es una pregunta mucho más difícil.

◆◆◆

Durante los días siguientes empecé a prestar atención a algo que probablemente llevaba tiempo ocurriendo:

«Los boletines».

Aparecían en los pasillos, en los almacenes, junto a los talleres y alrededor de la cubierta principal.

Todos llevaban el mismo encabezado:

«Boletín oficial del barco».

Debajo aparecían frases breves:

«Nueva etapa de prosperidad».

«La confianza continúa fortaleciendo nuestra navegación».

«Los indicadores de satisfacción alcanzan niveles históricos».

Una mañana el muchacho llegó al taller con uno de aquellos papeles.

—¿Qué significa «indicadores de satisfacción»?

Tomé el boletín.

—No lo sé.

—¿Cómo que no lo sabe?

—Nunca había oído hablar de ellos.

—Pero dice que son históricos.

—Eso parece.

Se sentó frente a mí.

—¿Cómo saben que son históricos si antes no existían?

Le devolví el papel.

—Buena pregunta.

—¿No piensa responderme?

—No puedo.

—Entonces habrá que preguntarle a quien los hizo.

Aquello me hizo levantar la vista.

—Sí.

—¿A quién?

Miré nuevamente el boletín.

En la parte inferior, con letras mucho más pequeñas que el resto, aparecía una línea que nunca había notado:

«Oficina del Cronista».

El muchacho también la vio.

—Leandro.

Asentí.

—¿Vamos a preguntarle?

—Todavía no.

—¿Por qué?

—Porque primero quiero saber qué estamos preguntando.

No pareció satisfecho, pero guardó el boletín.

Aquella tarde salimos a caminar.

No hacia la cubierta principal, sino hacia los corredores donde vivían muchas de las familias.

Allí el barco sonaba diferente.

Una mujer remendaba una camisa mientras dos niños jugaban con una pequeña embarcación de madera.

Un anciano enseñaba a su nieta a hacer nudos.

Un panadero discutía con un pescador sobre el tiempo.

La vida seguía ocurriendo lejos de los discursos.

Mientras atravesábamos uno de los pasillos escuchamos voces detrás de una puerta entreabierta.

—Mi hermano trabaja con las velas. Dice que cada vez cuesta más mantenerlas.

—Pues en el boletín dice que nunca estuvieron mejor.

Hubo un silencio.

Después, una voz respondió:

—Quizá el boletín tenga razón.

El muchacho redujo el paso.

Esperó hasta que estuvimos suficientemente lejos.

—Él conoce a alguien que trabaja con las velas.

—Eso parece.

—Entonces, ¿por qué cree antes en el boletín?

—No sabemos si le cree.

—Dijo que quizá tenga razón.

—«Quizá» es una palabra interesante.

Continuamos caminando.

—¿Por qué?

—Porque deja una puerta abierta en ambas direcciones.

El muchacho pareció pensarlo mientras caminábamos.

Al caer la noche regresamos al taller.

Se sentó frente a la mesa y sacó el boletín que había guardado.

Lo extendió.

—Creo que el problema no son los carteles.

—Probablemente no.

—¿El cronista?

—Tampoco lo sé.

—Entonces, ¿qué?

Se quedó mirando el papel.

Esperé.

Esta vez quería escuchar su respuesta.

—Si una persona dice algo, puedo no creerle.

Continué esperando.

—Pero si lo dice el capitán, después aparece escrito aquí y luego todos empiezan a repetirlo...

Se detuvo.

—¿Qué ocurre? —pregunté.

—Empieza a parecer verdad.

El muchacho volvió a mirar el boletín.

—Aunque nadie sepa de dónde salió.

Dobló el papel y lo dejó sobre la mesa.

En ese momento llamaron a la puerta. Dos golpes suaves.

Esta vez abrió él.

Al otro lado esperaba un joven con el uniforme gris de los escribientes del puente. Llevaba un paquete envuelto en tela.

—¿Maestro Ezequiel?

Me levanté.

—Sí.

—El capitán me pidió que le entregara esto.

—¿Ahora?

—Dijo que esta noche.

El joven me tendió el paquete.

—Gracias.

Asintió y se marchó.

El muchacho cerró la puerta.

—¿Qué es?

—Hay una manera bastante sencilla de averiguarlo.

Me miró.

—Ya sabía que iba a decir eso.

Sonreí y empecé a desatar el cordel que envolvía el paquete.

Dentro había una brújula.

La reconocí de inmediato.

Era la misma que había visto en el despacho del capitán. La que había pertenecido a su padre.

Entonces busqué una nota. La encontré debajo.

«Creo que esta brújula le podría ser más útil a usted que a mí».

La leí otra vez.

El muchacho observaba la brújula.

—¿Era de él?

—De su padre.

—Entonces, ¿por qué se la dio?

—No lo sé.

El muchacho sonrió.

—No esperaba que se la enviara.

—Yo tampoco.

—Eso parece preocuparle.

Miré la brújula.

—Me preocupa más entender por qué lo hizo.

Sonrió.

Tomé la brújula.

Pesaba más de lo que recordaba.

La abrí. La aguja osciló y terminó señalando el norte.

El muchacho se inclinó sobre ella.

—Entonces sí cree en las brújulas.

—Nunca dijo que no creyera en ellas.

—Dijo que no podían decirnos adónde ir.

—Y tenía razón.

Me miró sorprendido.

—¿Está de acuerdo con él?

—En eso, sí.

—Pensé que eran adversarios.

Cerré la brújula.

—Yo también.

—¿Y ahora?

Miré la nota. Después la brújula.

No tenía una respuesta.

Dejé ambas sobre la mesa.

Durante años había sido sencillo desconfiar de hombres a los que apenas conocía.

El capitán empezaba a complicarme esa costumbre.