El barco de los idiotas CAPÍTULO VII
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CAPÍTULO VII

La brújula del capitán

Al día siguiente, poco antes de la hora indicada, saqué del bolsillo la invitación del capitán y volví a leerla.

No había mucho que analizar.

«Maestro Ezequiel: sería un honor conversar con usted mañana al caer la tarde. Siempre he creído que los barcos necesitan escuchar todas las voces. Lo espero en el puente de mando».

El muchacho estaba sentado al otro lado de la mesa.

—Parece amable.

Doblé el papel.

—Lo parece.

—¿Eso es malo?

—No.

Guardé la invitación en el bolsillo.

—Nunca desconfíes de una persona solo porque sea amable. Pero tampoco confíes en ella únicamente por esa razón.

Frunció el ceño.

—Siempre habla como si nada fuera tan simple como parece.

—Puede ser.

—¿Está nervioso?

Lo miré.

—No.

Sonrió.

—Entonces sí.

Cuando llegó la hora, dejé el taller y subí solo.

El barco estaba tranquilo.

El mar también.

Atravesé la cubierta principal mientras el sol comenzaba a descender.

Aún quedaban algunas banderas de la ceremonia ondeando entre los mástiles, aunque varias empezaban a perder la tensión con la que habían sido colocadas.

La vida cotidiana regresaba poco a poco.

Unos comerciantes cerraban sus puestos.

Algunos marineros reparaban una cuerda cerca del mástil mayor.

Varios niños corrían alrededor de la brújula ceremonial mientras sus padres conversaban.

Nadie pareció reparar en mí.

Llegué al puente de mando unos minutos antes de la hora indicada.

Dos marineros custodiaban la entrada.

Uno de ellos me reconoció.

—Maestro Ezequiel.

No recordaba la última vez que alguien de la administración me había llamado así.

Abrió la puerta.

—El capitán lo espera.

El despacho me sorprendió. Esperaba encontrar lujo. Encontré orden.

Una mesa amplia. Una biblioteca.

Instrumentos de navegación cuidadosamente alineados. Un gran ventanal abierto hacia el mar.

Y, sobre una repisa, una brújula antigua.

Me detuve frente a ella.

Tenía arañazos en la carcasa, una pequeña abolladura en uno de los bordes y marcas de haber sido abierta varias veces.

No era decorativa.

—Todavía funciona.

La voz llegó desde el otro extremo de la habitación. El capitán permanecía junto al ventanal.

—Eso estaba intentando averiguar —respondí.

Se acercó.

—Era de mi padre.

Tomó la brújula y me la entregó.

La aguja osciló y encontró el norte.

—También fue marinero —añadió.

—¿Capitán?

Sonrió.

—Nunca pasó de piloto.

Me devolvió una mirada que no supe interpretar.

—Probablemente sabía navegar mejor que yo.

Dejé la brújula en su lugar.

El capitán extendió la mano.

—Gracias por venir.

La estreché.

Tenía las manos ásperas. No eran manos de escritorio.

—He querido conocerlo desde hace tiempo.

—No soy tan interesante.

—Eso tendré que decidirlo yo.

Sonrió al decirlo y señaló dos sillas junto a la mesa. Nos sentamos.

Fue él quien inició la conversación.

—¿Qué impresión le causó mi discurso?

No respondí enseguida.

—¿Quiere una respuesta sincera o una agradable?

El capitán soltó una carcajada.

—Empiezo a entender por qué algunos oficiales me recomendaron no invitarlo.

—¿Y por qué decidió hacerlo?

—Porque nunca he confiado demasiado en los consejos de quienes piensan exactamente igual que yo.

Aquella respuesta me obligó a observarlo con más atención.

El capitán sirvió café.

Él mismo.

—He visto algunos de sus mapas.

Lo miré.

—¿Mis mapas?

—Algunos. No tantos como me habría gustado.

—Pensé que ya nadie los consultaba.

—Eso no significa que nadie los consulte.

Bebió un poco de café.

—Son extraordinarios.

No esperaba el reconocimiento.

—Entonces comprenderá por qué me preocupa que hayan dejado de utilizarse.

Asintió.

—Lo comprendo.

Esperé.

—Pero supongo que no está de acuerdo.

—No completamente.

Dejó la taza sobre la mesa.

—Un mapa es una representación de un mundo que ya cambió desde el momento en que fue dibujado.

—Por eso hacemos mapas nuevos.

—Exactamente.

—Entonces estamos de acuerdo en algo.

—No se acostumbre.

Volvió a reír.

La ceremonia no me había permitido advertir algo: aquel hombre disfrutaba de una buena contradicción.

—No quiero destruir el conocimiento, maestro —dijo—. Quiero evitar que se convierta en una frontera.

—¿Una frontera?

—Entre quienes saben y quienes supuestamente deben limitarse a obedecer.

Me acomodé en la silla.

—¿Cree que eso hacen los expertos?

—Algunos.

—También algunos capitanes.

—Sin duda.

No intentó defenderse.

Aquello hacía más difícil discutir con él.

—¿Sabe cuál es el mayor problema de los expertos? —preguntó.

—Imagino que está a punto de decírmelo.

—A veces terminan creyendo que comprender algo les otorga automáticamente el derecho a decidir por todos.

No había hostilidad en sus palabras.

—¿Y sabe cuál es el problema de quienes desconfían demasiado de los expertos?

—Dígamelo.

—Que tarde o temprano terminan confiando en alguien que sabe menos, pero habla mejor.

El capitán apoyó la espalda en la silla.

—¿Eso ha ocurrido?

—Muchas veces.

—También ha ocurrido lo contrario.

—Por supuesto.

Guardamos silencio.

Ninguno parecía tener demasiado interés en ganar. Eso hizo que la conversación se volviera más interesante.

Hablamos durante un rato de asuntos que no esperaba discutir con él: tormentas antiguas, rutas abandonadas, las dificultades para alimentar a una tripulación tan numerosa y la cantidad de reparaciones que necesitaba el casco.

Eso último me sorprendió.

—¿Conoce las filtraciones de las cubiertas inferiores?

—Sí.

—¿Y las bombas?

—También.

—Pensé que nadie arriba sabía que existían.

El capitán arqueó una ceja.

—Sería un capitán bastante malo si no supiera que mi barco hace agua.

No pude evitar sonreír.

—Todos los barcos hacen agua.

—Exactamente.

Recordé al muchacho haciendo la misma pregunta el día anterior.

—¿Y los informes de los vigías?

La expresión del capitán cambió apenas.

—¿Qué ocurre con ellos?

—Hay informes acumulados desde hace semanas en la Sala de Observación.

—No lo sabía.

—Pensé que los enviaban directamente a Navegación —dijo.

—Los envían.

—Entonces alguien no los está recogiendo.

—Eso parece.

El capitán tomó una pequeña libreta de la mesa y escribió algo.

No llamó a un asistente. No intentó justificarlo.

Simplemente lo anotó.

—Lo revisaré.

Asentí.

No sabía si lo haría. Pero tampoco tenía razones para pensar que no.

Dejó la libreta a un lado.

—¿Cree que soy un mal capitán?

La pregunta me sorprendió.

—No lo sé.

—Es una respuesta prudente.

—Lleva pocos días al mando. Cualquier otra sería una respuesta estúpida.

Sonrió.

—Algunos ya han decidido que soy el mejor capitán de nuestra historia.

—Eso debería preocuparle más que mi opinión.

Esta vez no sonrió.

Miró hacia el ventanal.

—Me preocupa.

Aquellas dos palabras hicieron más por cambiar mi impresión sobre él que todo su discurso.

—Entonces, ¿qué es exactamente lo que le preocupa, maestro?

Respiré despacio.

—No usted.

Giró hacia mí.

—Eso resulta casi decepcionante.

—Me preocupa un barco que empieza a confundir confianza con conocimiento.

El capitán permaneció en silencio.

—Durante la ceremonia dijo que no necesitábamos expertos que nos explicaran el mar.

—Lo dije.

—El mar no se vuelve más sencillo porque dejemos de escucharlos.

—Tampoco se vuelve propiedad de quienes lo estudian.

—Nunca dije que lo fuera.

—Pero algunos actúan como si así fuera.

—Entonces el problema son esos hombres. No el conocimiento.

El capitán tomó su taza.

—¿Y si el conocimiento deja de servir para unir a la tripulación?

—El conocimiento no tiene que unirnos.

Frunció ligeramente el ceño.

—¿No?

—Tiene que ayudarnos a comprender dónde estamos. Incluso cuando la respuesta no nos guste.

Miré hacia la brújula de su padre.

—Para unir a la tripulación están otras cosas.

Siguió mi mirada.

—¿Como cuáles?

—Un buen capitán, espero.

Sonrió.

—Eso ha sido casi un cumplido.

—No exagere.

Bebió el último sorbo de café.

—Quizá nuestro desacuerdo sea más pequeño de lo que parece.

—O quizá todavía no hemos encontrado la parte importante.

—También es posible.

La luz había empezado a desaparecer detrás del ventanal. Comprendí que llevábamos mucho más tiempo hablando de lo previsto.

Me levanté.

El capitán hizo lo mismo y caminó conmigo hasta la puerta.

Antes de abrirla, se detuvo.

—Maestro.

Lo miré.

—¿Sabe qué es lo único que realmente temo?

Esperé.

—Que ambos queramos salvar el mismo barco y, aun así, terminemos haciéndonos daño.

—¿Por qué?

—Porque cada uno está convencido de conocer la única manera de hacerlo.

No encontré una respuesta inmediata. Quizá porque no la había.

El capitán abrió la puerta.

—Gracias por venir.

—Gracias por escuchar.

—No significa que vaya a hacerle caso.

—Eso habría sido preocupante.

Sonrió.

Salí al corredor.

Llegué esperando encontrar respuestas sobre el hombre que ahora dirigía el barco. Salí con menos certezas que antes y, para mi sorpresa, aquello no me disgustaba.

Apenas había avanzado unos pasos cuando escuché que alguien se acercaba por el corredor.

Me aparté para dejarlo pasar.

—Buenas tardes, maestro Ezequiel.

Reconocí la voz.

El Cronista Oficial.

Nos habíamos visto muchas veces, aunque rara vez habíamos hablado.

Llevaba una carpeta bajo el brazo.

—Buenas tardes —respondí.

Se detuvo junto a la puerta por la que yo acababa de salir. Uno de los marineros la abrió inmediatamente.

Antes de entrar, el cronista me miró.

—Espero que haya sido una conversación interesante.

—Lo fue.

Sonrió.

—Las conversaciones interesantes suelen terminar convertidas en historias.

No supe si aquello era una observación o una advertencia.

Entró. La puerta se cerró detrás de él.

Seguí caminando.

Ya no me preguntaba qué quería el capitán de mí.

Me preguntaba qué versión de nuestra conversación saldría de aquella habitación.