El barco de los idiotas CAPÍTULO VI
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CAPÍTULO VI

Los invisibles

Uno empieza a desaparecer mucho antes de morir. No ocurre de golpe. Nadie pronuncia un decreto. Nadie señala con el dedo.

Simplemente llega un día en que las personas dejan de buscarte cuando necesitan una respuesta.

Después dejan de preguntarte. Más tarde olvidan tu nombre.

Eso fue lo que ocurrió con los cartógrafos.

Pero no solo con nosotros.

Con los años fui descubriendo que el barco estaba lleno de personas invisibles: gente a la que los demás habían aprendido a no mirar mientras hacían funcionar ciertas cosas.

Aquella tarde decidí mostrarle al muchacho una parte del barco que casi nadie recorría

—¿Adónde vamos?

—Abajo.

—Siempre vamos abajo.

—Todavía no hemos bajado lo suficiente.

No volvió a preguntar.

Caminamos por corredores estrechos y descendimos dos cubiertas.

Después una más.

El aire comenzó a cambiar.

Olía a resina, a hierro, a sal húmeda.

El sonido también era distinto: golpes metálicos, madera siendo arrastrada, cadenas, agua corriendo por tuberías.

El muchacho miraba todo con la curiosidad de quien descubre una ciudad debajo de otra.

Llegamos primero al taller de los calafates.

Cinco hombres y dos mujeres trabajaban reparando las uniones entre las tablas del casco. Sus manos estaban cubiertas de alquitrán.

Algunos trabajaban de rodillas; otros examinaban la madera con pequeñas lámparas. Ninguno levantó la vista cuando entramos. Estaban trabajando.

El muchacho se detuvo frente a una mujer de edad avanzada que golpeaba cuidadosamente una junta.

Tendría más de setenta años. Cuando dejó el martillo para cambiar de herramienta, vi que le temblaban las manos.

Al volver a tomarlo, dejaron de temblar.

—¿Qué hacen? —preguntó el muchacho.

—Impiden que entre agua.

Miró las tablas.

—No veo ninguna grieta.

—Por eso siguen trabajando.

Se inclinó para observar mejor.

—¿Y si dejan de hacerlo?

—Entonces terminarías viendo muchas.

Seguimos caminando.

—¿Los conoce alguien? —preguntó.

—Supongo que sus familias.

—No me refiero a eso.

Sabía a qué se refería. Seguimos adelante.

Llegamos a la sala de bombas. El ruido se escuchaba mucho antes de entrar.

Tres jóvenes trabajaban junto a un sistema de enormes ruedas de hierro. El mecanismo expulsaba el agua que inevitablemente conseguía atravesar las juntas del casco.

El muchacho observó durante un rato.

—¿Siempre entra agua?

—Siempre.

—¿Incluso cuando el mar está tranquilo?

—Especialmente entonces. Es cuando resulta más fácil olvidarlo.

Uno de los jóvenes soltó la rueda y otro ocupó inmediatamente su lugar.

No hubo órdenes. No hicieron falta.

—¿Trabajan todo el día?

—Por turnos.

—¿Y de noche?

—También.

—¿Nunca se detienen las bombas?

Miré el agua desaparecer por uno de los conductos.

—Espero que no.

El muchacho sonrió.

—Arriba dicen que este barco es prácticamente insumergible.

—Arriba dicen muchas cosas.

—¿No es verdad?

—Un barco puede resistir al mar. Vencerlo es diferente.

Continuamos avanzando.

Pasamos junto a los herreros, por una sala donde reparaban poleas y entre varias personas que cosían enormes extensiones de vela bajo la luz de las lámparas.

El muchacho caminaba cada vez más despacio.

—Nunca había visto esta parte del barco —dijo.

—La mayoría no la ha visto.

—¿Por qué?

—Cuando algo funciona durante mucho tiempo, las personas empiezan a creer que funciona solo.

Seguimos descendiendo hasta llegar a una puerta estrecha.

Sobre ella colgaba un letrero de madera.

La pintura casi había desaparecido, pero todavía podían leerse algunas palabras:

«Sala de Observación».

Empujé la puerta.

La habitación ocupaba uno de los niveles inferiores de la proa, todavía por encima de la línea de flotación.

Era circular y apenas tenía muebles.

Lo que más llamaba la atención eran las ventanas. Docenas de ellas.

Se abrían alrededor de la sala, orientadas hacia distintos puntos del mar.

Cuatro vigías permanecían sentados frente a ellas, cada uno atento a un sector diferente.

Uno llevaba un cuaderno sobre las rodillas. Otro utilizaba un pequeño catalejo. Un tercero dibujaba unas formas que parecían nubes. El último permanecía inmóvil con los ojos cerrados.

El muchacho bajó la voz.

—¿Quiénes son?

—Vigías.

Miró alrededor.

—Los vigías están arriba.

—Hay vigías arriba.

—¿Cuál es la diferencia?

Me acerqué a una de las ventanas.

—Los de arriba buscan barcos.

Señalé a los cuatro.

—Ellos observan el mar.

Uno de los ancianos levantó una mano para saludarme sin apartar la vista del horizonte.

El muchacho se acercó.

—¿Qué buscan?

—Cambios.

—¿Qué clase de cambios?

—Viento. Corrientes. Nubes. Aves. Temperatura. Color del agua.

—¿Y el que tiene los ojos cerrados?

No pude evitar sonreír.

—A él tendrás que preguntárselo.

El muchacho se acercó al hombre.

—Disculpe.

El anciano no abrió los ojos.

—¿Sí?

—¿Cómo puede observar el mar con los ojos cerrados?

—No puedo.

El muchacho esperó.

—Entonces, ¿qué hace?

—Escucho.

Abrió los ojos.

—El mar no solo se mira.

El muchacho dirigió la vista hacia las ventanas.

—¿Y qué escucha?

—Depende del día.

—¿Hoy?

El anciano tardó unos segundos en responder.

—Menos aves.

Me acerqué a la ventana.

No vi ninguna.

El muchacho también miró.

—¿Eso significa algo?

—A veces.

—¿Qué?

—Eso es lo difícil.

El anciano volvió a cerrar los ojos.

El muchacho regresó junto a mí.

—¿Informan de todo esto?

—Todos los días.

—¿A quién?

Señalé un pequeño tubo metálico junto a la pared. En su interior había varios informes enrollados

—A la oficina de navegación.

El muchacho se acercó al tubo.

—Está lleno.

—Sí.

Sacó uno de los papeles y me lo tendió.

—¿Desde cuándo?

Miré la fecha.

—Tres semanas.

Frunció el ceño.

—Entonces nadie los recoge.

—Eso parece.

—¿Y ellos lo saben?

Uno de los vigías respondió desde su silla:

—Sí.

El muchacho se volvió.

—Entonces, ¿por qué siguen escribiéndolos?

El anciano del catalejo bajó lentamente el instrumento.

—Porque mañana pueden volver a necesitarlos.

—Pero si nadie los lee...

El hombre dirigió la vista hacia el horizonte.

—El mar no deja de cambiar porque nadie lea nuestros informes.

El muchacho permaneció quieto.

Salimos de la sala cuando el sol empezaba a caer.

Durante el regreso pasó varias veces junto a trabajadores que antes probablemente no habría mirado.

Esta vez sí lo hizo.

Observó a un hombre reparando una tubería. A dos mujeres cargando herramientas. A un joven que recogía agua del suelo junto a las bombas.

—Creo que ya entiendo —dijo finalmente.

—Eso sería preocupante.

Me miró.

—¿Por qué?

—Porque apenas llevas una tarde aquí abajo.

Sonrió.

—Creo que entiendo una parte.

—Eso suena mejor.

Continuamos caminando.

—Arriba parece que el barco funciona porque alguien lo dirige.

—Alguien tiene que dirigirlo.

—Sí, pero aquí abajo parece diferente.

Esperé.

—Parece que funciona porque mucha gente sabe qué hacer.

Asentí.

—Eso se acerca bastante.

Dio unos pasos antes de volver a hablar.

—¿Y el capitán conoce todo esto?

La pregunta me sorprendió.

—No lo sé.

—Debería.

—Sí.

—¿Y si no lo conoce?

Seguimos caminando.

Cuando llegamos a mi taller, la puerta estaba cerrada tal como la habíamos dejado.

Pero algo había cambiado.

Había un sobre en el suelo.

Nos detuvimos.

Me acerqué y lo recogí.

Era de papel grueso, blanco, demasiado limpio para aquel pasillo. No tenía sello ni remitente.

En el frente aparecía mi nombre:

«Ezequiel».

El muchacho se acercó.

—¿Es de la administración?

—No lo sé.

Abrí el sobre.

Dentro había una sola hoja. La caligrafía era impecable.

Leí en silencio.

—¿Qué dice? —preguntó.

Le entregué la hoja.

El muchacho leyó:

«Maestro Ezequiel: sería un honor conversar con usted mañana al caer la tarde. Siempre he creído que los barcos necesitan escuchar todas las voces. Lo espero en el puente de mando».

Volvió a mirarme.

—¿Por qué quiere hablar con usted?

Tomé la hoja y la doblé por la mitad.

—Supongo que hay una manera bastante sencilla de averiguarlo.

—Ir.

Miré nuevamente el sobre.

—Ir.

—¿Va a hacerlo?

Guardé la invitación en el bolsillo.

Había pasado años preguntándome por qué quienes dirigían el barco habían dejado de necesitar a los cartógrafos.

Ahora el hombre que acababa de asumir el mando quería conocerme.

—Sí.

Apagué la lámpara del escritorio.

—Creo que ya es hora de que yo también haga algunas preguntas.