El barco de los idiotas CAPÍTULO V
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CAPÍTULO V

El ministerio de las buenas noticias

Siempre me intrigó descubrir que las palabras envejecen antes que las personas. Las vemos todos los días. Las repetimos. Las escribimos.

Y sin embargo, una mañana cualquiera, descubrimos que ya no significan lo mismo.

Nadie sabe señalar el momento preciso.

Sucede poco a poco.

Como el óxido.

Aquella mañana el muchacho llegó más agitado de lo habitual. Traía el uniforme desabotonado y una expresión que no le había visto antes.

—Necesito preguntarle algo.

—Siéntate.

No se sentó.

Comenzó a caminar de un lado a otro del taller.

Los jóvenes creen que las respuestas llegan más rápido si el cuerpo también se mueve.

—Hoy cambiaron el nombre del almacén de provisiones.

Lo miré sin responder.

—Ahora se llama Centro de Abundancia.

Esperó mi reacción.

—¿Y qué tiene de extraño?

Se detuvo.

—Que está casi vacío.

Dejé la pluma sobre la mesa.

—Eso es más interesante.

—Entonces, ¿por qué lo llaman así?

—No lo sé.

Frunció el ceño.

—¿No lo sabe?

—Puedo imaginar varias razones. No significa que alguna sea la correcta.

Volví la mirada hacia el mapa.

—Quizá cambiarle el nombre a una despensa sea más fácil que llenarla.

El muchacho guardó silencio.

Después reanudó su paseo por el taller.

—También cambiaron el nombre del lugar donde reparan las velas.

—¿Cómo se llama ahora?

—Departamento de Innovación Textil.

No pude evitar sonreír.

—¿Y siguen reparando velas?

—Sí.

—Entonces, por ahora, solo cambiaron el nombre.

—Pero ¿para qué?

Me encogí de hombros.

El muchacho dejó de caminar.

—No tiene sentido.

—Tiene uno. Solo que quizá no sea el que esperas.

El muchacho miró alrededor del taller, como si buscara algún ejemplo entre los objetos que nos rodeaban.

Sus ojos se detuvieron en los mapas, en las brújulas y en los instrumentos que llenaban los estantes.

—¿Y si mañana deciden llamar a todo esto de otra manera?

Seguí su mirada.

—Seguirían siendo las mismas cosas.

—Entonces cambiar el nombre no cambia lo que son.

—No. Pero puede cambiar la forma en que los demás empiezan a mirarlas.

Finalmente se dejó caer sobre el banco de madera.

—¿Esto ya había ocurrido antes?

La pregunta me hizo mirarlo.

Me levanté y busqué entre los estantes hasta encontrar un cuaderno delgado, encuadernado en cuero oscuro.

En la cubierta no había título.

Solo un número: 14.

Lo dejé frente a él.

—¿Qué es?

—Todavía no estoy seguro.

—¿Cómo que no está seguro?

—Lo encontré hace muchos años en la habitación de los mapas. Alguien fue anotando palabras y, junto a ellas, otras que comenzaron a utilizarse después.

Lo abrió.

Las páginas estaban llenas de listas.

No había dibujos ni rutas.

Solo fechas, anotaciones y columnas de palabras escritas por manos diferentes.

Pasó varias hojas.

—¿Quién lo escribió?

—No lo sé.

Se quedó pensando. Era una de las virtudes que más admiraba de él. No tenía prisa por opinar.

—Cada vez tiene menos respuestas.

Incliné apenas la cabeza.

—Es porque cada vez haces mejores preguntas.

Siguió pasando páginas hasta que le indiqué que se detuviera.

En una columna podía leerse:

«Hambruna».

A su lado, con otra tinta:

«Reorganización alimentaria».

Más abajo:

«Fracaso. — Experiencia de aprendizaje».

Después:

«Error. — Resultado inesperado».

Y más abajo:

«Ignorancia. — Perspectiva diferente».

El muchacho levantó la vista.

—¿Qué significa?

—Eso intento averiguar desde que encontré el cuaderno.

Volvió a leer.

—Parece que cambiaron unas palabras por otras.

—Eso parece.

—Pero no significan lo mismo.

—No.

Señaló la primera línea.

—Una reorganización alimentaria no es una hambruna.

—Exactamente.

—Entonces, si había una hambruna, ¿por qué no escribir «hambruna»?

Me apoyé en el borde de la mesa.

—¿Qué palabra preferirías escuchar si tuvieras que anunciarla delante de todo el barco?

El muchacho bajó la vista.

—«Reorganización alimentaria».

—Yo también.

Permaneció un momento en silencio.

—Pero la gente seguiría teniendo hambre.

—Sí.

Volvió al cuaderno.

Pasó otra página. Después otra.

—¿Hay muchas?

—Bastantes.

—¿Todas son así?

—No. Algunas son simples cambios de nombre. Otras quizá tuvieron una razón que desconocemos.

—¿Y cómo se distingue una cosa de la otra?

Sonreí.

—Si algún día lo averiguas, vienes y me lo explicas.

No le hizo gracia.

Siguió leyendo.

Desde la cubierta llegaban voces alegres. El barco continuaba celebrando la llegada del nuevo capitán.

Las fiestas tenían una virtud curiosa: mientras duraban, parecía que ningún problema existía.

El muchacho cerró el cuaderno.

—Hoy también cambiaron otra palabra.

—¿Cuál?

—Ya no llaman Cartografía al taller.

Esperé.

—Ahora lo llaman Archivo Histórico.

—¿Quién lo dijo?

—Lo anunciaron esta mañana.

—¿Quién?

—Un hombre de la administración. Leyó un comunicado en la cubierta.

—¿Qué decía?

El muchacho intentó recordarlo.

—Que los conocimientos tradicionales del barco deben ser preservados para las generaciones futuras.

—Suena bien.

—Todavía no he terminado.

Eso me hizo sonreír.

—Continúa.

—Van a reorganizar el Archivo Histórico.

La sonrisa desapareció.

—¿Cómo?

—No lo dijeron exactamente. Parte del material irá al depósito inferior mientras deciden qué debe conservarse aquí y qué puede exhibirse arriba.

Miré alrededor.

—¿Este taller?

Asintió.

—Quieren convertirlo en parte de un recorrido para visitantes. Dijeron que algunos instrumentos antiguos podrían exhibirse en la cubierta principal.

Hizo una pausa.

—Esta mañana empezaron a preparar el traslado.

—¿Preparar cómo?

—Llevaron cajas al pasillo y retiraron algunas piezas de las salas contiguas. También vi varios cilindros con mapas junto a la escalera. Dijeron que los llevarían al depósito inferior mientras decidían qué debía conservarse aquí y qué podía exhibirse arriba.

Miré hacia los estantes.

Había tantos pergaminos que resultaba difícil saber si alguno de los nuestros había sido movido sin revisarlos uno por uno.

—¿Quién decidió qué trasladar?

—No lo sé.

Guardé silencio unos instantes

Últimamente aquella respuesta empezaba a aparecer con demasiada frecuencia.

Me acerqué a una vieja brújula de latón que descansaba sobre mi mesa.

Todavía funcionaba.

La aguja osciló un instante cuando la moví y volvió a señalar el mismo punto.

—¿Y quién decide qué es una pieza histórica?

El muchacho se encogió de hombros.

—Supongo que los del Archivo.

—Ahora nosotros somos los del Archivo.

Tardó un instante en comprenderlo.

—Entonces no lo sé.

Pasé el pulgar por el borde de la brújula.

Había visto algo parecido antes.

Instrumentos retirados del trabajo cotidiano y colocados después en vitrinas, acompañados por placas que explicaban lo importantes que habían sido.

Primero dejan de usarse.

Después empiezan a conservarse.

El muchacho se acercó.

—¿Qué pasa?

—Nada todavía.

—No parece nada.

Dejé la brújula sobre la mesa.

—Una herramienta puede sobrevivir mucho tiempo después de que la gente olvide para qué servía.

Miró la brújula.

—Como la de la cubierta.

—Como la de la cubierta.

Su atención pasó a la pared que ocultaba el acceso a la habitación de los mapas.

—¿Saben lo que hay ahí?

—No lo sé.

—¿Y si lo saben?

Miré el enorme armario construido contra la pared del fondo.

Miles de mapas permanecían al otro lado.

—No parece que hayan entrado.

El muchacho pensó un momento.

—¿Eso es bueno?

No respondí enseguida.

Hasta entonces había creído que el mayor peligro para aquellos mapas era que alguien quisiera destruirlos.

Empezaba a preocuparme otra posibilidad.

Que simplemente dejaran de importarle a alguien.