CAPÍTULO IV
La habitación donde dormían los mapas
El barco tardó tres días en olvidar el discurso del capitán. No las palabras. El entusiasmo.
Durante esas jornadas, la cubierta principal pareció una fiesta interminable.
Se organizaron banquetes. Los músicos tocaron hasta entrada la noche.
Los comerciantes aseguraban que nunca habían vendido tanto. El cronista oficial escribía que el barco atravesaba el comienzo de una nueva era.
Las frases del capitán empezaron a aparecer pintadas en barriles, velas y paredes.
«El rumbo somos nosotros».
«La confianza mueve más que las estrellas».
«El futuro no necesita mapas».
No recordaba haberlo oído pronunciar todas aquellas frases exactamente así.
Pero eso parecía importar poco.
A fuerza de repetirse, terminaron formando parte del paisaje.
Yo seguía bajando cada mañana a mi taller. El muchacho también.
Nunca le pregunté por qué regresaba.
Al principio llegaba con cierta cautela, como si temiera que alguien fuera a pedirle explicaciones.
Al segundo día sabía dónde podía sentarse.
Para el tercero, ya se movía por el taller sin esperar indicaciones.
Aquella mañana apareció más tarde de lo habitual.
Entró al taller, recorrió los estantes con la mirada y eligió uno de los pergaminos.
Se sentó frente a la mesa, pero no lo abrió.
Esperó.
—Pensé que te habías perdido.
—Me perdí. Pero llegué.
Lo dijo con una tranquilidad que me hizo sonreír.
Se levantó y dejó el pergamino sobre la mesa.
—Quiero aprender.
Miré el mapa que había elegido.
Después lo miré a él.
—¿Aprender qué?
Pareció sorprendido por la pregunta.
—A leerlos.
—Eso puede llevar años.
—Tengo dieciséis.
—Precisamente.
Frunció el ceño. La costumbre seguía intacta.
—¿Me va a enseñar o no?
—Todavía no lo sé.
—¿Por qué?
Me acerqué al enorme armario construido contra la pared del fondo.
—Porque antes necesito mostrarte algo.
Su expresión cambió de inmediato.
—¿Sabes guardar un secreto?
Asintió por reflejo, pero enseguida se detuvo.
—No.
Lo miré.
—¿No?
—No lo sé. Nunca he tenido uno.
Permanecí unos segundos observándolo. Era una respuesta bastante mejor que un sí.
Retiré algunos objetos acumulados frente al armario.
Llevaba allí tanto tiempo que cualquiera habría pensado que formaba parte de la estructura del barco.
No tenía cerradura.
Nunca la había necesitado.
Introduje los dedos en una pequeña hendidura del lateral y tiré.
Una tabla cedió.
Luego otra.
El muchacho se acercó.
Retiré una tercera pieza y, detrás del armario, apareció un espacio oscuro.
Se quedó mirándolo.
—¿Siempre estuvo ahí?
—Desde antes de que tú nacieras.
—¿Y nadie lo sabe?
—Algunos lo supieron.
Tomé una lámpara de aceite.
—Sígueme.
El corredor era tan estrecho que avanzamos uno detrás del otro.
El techo descendía por momentos y nos obligaba a agachar la cabeza. A medida que nos internábamos, los sonidos de las cubiertas superiores fueron desapareciendo.
Al final encontramos una puerta redonda de hierro ennegrecido.
Apoyé ambas manos sobre ella y empujé.
No ocurrió nada.
Volví a intentarlo.
Las bisagras cedieron con un gemido prolongado y una corriente de aire frío hizo temblar la llama de la lámpara.
Esperé a que se estabilizara.
Después entramos.
El muchacho se detuvo detrás de mí.
La luz apenas alcanzaba para mostrar la primera fila de estantes.
Encendí una lámpara fijada a la pared.
Luego otra.
Y otra.
La habitación comenzó a aparecer poco a poco.
Era mucho mayor que mi taller. Las estanterías ascendían hasta las vigas y se prolongaban hacia el fondo hasta perderse en la penumbra.
Miles de cilindros de cuero descansaban alineados unos junto a otros.
El muchacho avanzó un paso.
—¿Son...?
—Sí.
Mapas.
Había miles.
Pero no solo mapas.
A medida que encendíamos más lámparas aparecieron globos celestes, cuadernos, bitácoras, diarios de viaje, brújulas, sextantes, esferas armilares y antiguos instrumentos cuyo uso ni siquiera yo conocía.
Algunos estaban cubiertos por una gruesa capa de polvo.
Otros no.
El muchacho se agachó y señaló unas marcas recientes en el suelo.
—Alguien entra aquí con frecuencia.
—Yo.
Levantó la vista.
—¿Solo usted?
Miré hacia los estantes.
—Ahora sí.
No preguntó nada más.
Caminó entre las estanterías como quien acaba de descubrir un lugar cuya existencia ignoraba.
Al principio mantuvo las manos junto al cuerpo. Después comenzó a rozar apenas los cilindros de cuero con la punta de los dedos.
—¿Quién hizo todo esto?
—Mucha gente.
—¿Cuánta?
—No podría decírtelo.
—¿Durante cuánto tiempo?
—Tampoco.
Me miró.
—No sabe muchas cosas para ser quien guarda todo esto.
—Por eso lo guardo.
Tardó un instante en entenderlo.
Después sonrió.
Tomé uno de los cilindros de un estante bajo y lo llevé hasta la mesa.
—Ven.
El cuero estaba reseco. Aflojé con cuidado la cinta y extendí el pergamino.
El muchacho se inclinó sobre él.
Era un mapa de navegación antiguo.
Una línea oscura atravesaba una extensión de mar salpicada de pequeñas islas.
Había anotaciones en los márgenes, correcciones de rumbo, fechas y símbolos que ya no se utilizaban.
Pero aquello no fue lo que llamó su atención.
Alrededor de distintos tramos de la ruta aparecían nombres.
Cientos de nombres.
Junto a cada uno figuraba un oficio.
—Carpintero.
—Velero.
—Médico.
—Cocinera.
—Astrónomo.
—Maestro de velas.
—Calafate.
—Piloto.
—Cartógrafo.
Había muchos otros.
Algunos ni siquiera los reconocí la primera vez que vi aquel mapa. Oficios que habían desaparecido mucho antes de que yo naciera.
—¿Son personas?
—Lo fueron.
El muchacho recorrió las columnas con la mirada.
—¿Tripulantes?
Asentí.
—¿Por qué están sus nombres en un mapa?
Señalé uno de los tramos de la ruta.
—Mira.
Varias líneas muy finas conectaban los nombres con una corrección del rumbo.
—Antes de algunas travesías se anotaba quién había participado en las decisiones importantes.
—¿Por qué?
—Para saber qué se había decidido, pero también por qué.
Se inclinó un poco más.
—¿Todos decidían?
—No.
—Entonces no entiendo.
—No todos decidían. Pero todos podían tener algo que el capitán necesitara escuchar.
Señalé algunos de los nombres.
—El carpintero podía advertir que el casco no soportaría determinado mar. El médico sabía en qué condiciones estaba la tripulación. El encargado de las provisiones podía calcular cuánto tiempo era posible permanecer lejos de puerto. El piloto conocía las corrientes.
—¿Y el capitán?
—Escuchaba.
El muchacho levantó la vista.
—¿Solo eso?
Sonreí.
—Te aseguro que no es poco.
Volvió al mapa.
—Entonces el capitán no sabía todo.
—Ningún capitán sabe todo.
—¿Y si cree que sí?
Lo miré.
—Entonces conviene que quienes están a su alrededor sepan más que él.
El muchacho siguió recorriendo la ruta con el dedo, sin tocar el pergamino.
—¿Todavía se hace esto?
—No de esta manera.
—¿Por qué?
—No lo sé.
Me miró, quizá esperando algo más.
—¿De verdad no lo sabe?
—Sé algunas cosas. He encontrado reglamentos que dejaron de utilizarse, nombres de oficios que desaparecieron y formas de navegar que ya nadie enseña. Pero eso no significa que sepa exactamente qué ocurrió.
—¿No debería estar escrito?
—No todo lo que cambia deja constancia del momento en que cambió.
El muchacho volvió a observar el mapa.
—Pero alguien tuvo que decidir dejar de hacerlo.
—Quizá.
—¿Quién?
Negué con la cabeza.
—Esa es una pregunta para la que todavía no tengo respuesta.
El muchacho levantó la lámpara. La luz alcanzó otros estantes.
—¿Todos esos mapas son así?
—No.
—¿Qué tienen?
—Algunos muestran rutas. Otros, corrientes. Otros registran tormentas, naufragios, reparaciones, cosechas, enfermedades, decisiones...
—¿Los ha leído todos?
Miré hacia el fondo de la habitación.
La luz de las lámparas no alcanzaba a mostrar dónde terminaban los estantes.
—No.
El muchacho siguió mi mirada.
—Entonces puede haber cosas ahí que usted tampoco conoce.
—Muchas.
Sonrió abiertamente.
—Eso es bueno.
—¿Por qué?
—Porque entonces todavía queda algo por descubrir.
No esperaba aquella respuesta. Quizá por eso tardé en contestar.
—Sí —dije finalmente—. Supongo que sí.
Caminó hasta otro estante y se detuvo frente a los cilindros.
—¿Por qué están escondidos?
La pregunta me hizo mirar la habitación de otra manera.
Había pasado tantos años entrando y saliendo de aquel lugar que había dejado de preguntármelo.
—No sé si siempre estuvieron escondidos.
—Pero ahora sí.
—Ahora sí.
—¿Quién los escondió?
—Tampoco lo sé.
El muchacho me observó durante un instante.
—Empiezo a sospechar que guarda más preguntas que respuestas.
Sonreí.
—Y tú preguntas demasiado.
—Eso ya me lo habían dicho.
Permanecimos un momento en silencio.
Desde alguna de las cubiertas superiores llegó una ovación.
Allí abajo sonó distinta: lejana, amortiguada por varias capas de madera.
El muchacho levantó la cabeza.
Esperó hasta que terminó.
Después volvió a mirar el mapa.
—¿Puedo aprender a leerlos?
Observé la sala.
Durante años había entrado allí para conservar lo que quedaba.
Limpiaba instrumentos, reparaba pergaminos, ordenaba registros y volvía a cerrar la puerta.
Había pensado que mi trabajo consistía en impedir que desaparecieran.
Tal vez me había equivocado.
Conservar un mapa que nadie sabe leer es apenas otra forma de perderlo.
Tomé uno de los pergaminos del estante y lo coloqué frente a él
—Empieza por encontrar el norte.
El muchacho sonrió. No dijo nada.
Se inclinó sobre el mapa y permaneció unos segundos observándolo, como si aquella instrucción tan sencilla escondiera algo más difícil de lo que parecía.
Afuera volvieron a aplaudir.
Esta vez no levantó la cabeza.