El barco de los idiotas CAPÍTULO III
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CAPÍTULO III

El nuevo capitán

Subimos a cubierta cuando el tercer cañonazo anunció el inicio de la ceremonia. El muchacho caminaba varios pasos delante de mí.

Yo lo seguía sin prisa. Con el tiempo aprendemos que algunas cosas no llegan antes por ir más rápido.

La escalera desembocaba en la cubierta principal.

Siempre me sorprendía aquel lugar.

No porque hubiera cambiado, sino porque parecía distinto cada vez que había una celebración.

Las velas habían sido remendadas durante la noche. Los mástiles lucían banderas nuevas y las cuerdas habían sido cuidadosamente alineadas.

Incluso la madera del timón brillaba bajo una capa reciente de aceite.

Todo parecía más nuevo de lo que realmente era.

Una multitud ocupaba la cubierta: familias enteras, marineros, comerciantes, artesanos, niños sentados sobre los hombros de sus padres.

Todos miraban hacia la plataforma central donde, dentro de pocos minutos, aparecería el nuevo capitán.

El muchacho se abrió paso entre dos grupos y se detuvo para esperarme.

—Llegamos tarde —dijo, mirando hacia la plataforma.

—Las ceremonias siempre empiezan tarde —respondí.

Sonreí al ver su expresión. Era evidente que nunca había asistido a una.

Los músicos comenzaron a tocar.

La multitud respondió de inmediato.

Algunos golpeaban el suelo con los pies. Otros levantaban pequeñas banderas de colores. Los niños imitaban los movimientos de los adultos y se reían cuando conseguían seguir el ritmo.

El muchacho miraba a todas partes.

Por unos minutos, los mapas, las corrientes y las preguntas quedaron atrás.

Entonces apareció el capitán.

No hizo falta que nadie lo anunciara.

La multitud comenzó a abrirse a medida que avanzaba hacia la plataforma, como el mar ante una embarcación que atraviesa aguas tranquilas.

Vestía un uniforme impecable, sin una sola arruga. Llevaba pocas condecoraciones y ninguna parecía elegida al azar.

Tenía una sonrisa serena.

No parecía fingida.

Quizá la había repetido tantas veces que había terminado por convertirse en parte de su rostro.

Saludaba mientras caminaba, deteniéndose de vez en cuando para estrechar una mano o responder a alguien entre el público.

Conocía casi todos los nombres.

Eso me sorprendió.

Se inclinó para escuchar a una anciana que le dijo algo al oído. Ella terminó riendo.

Unos pasos más adelante se detuvo frente a un niño, intercambió unas palabras con él y le acomodó la pequeña gorra que llevaba torcida.

Escuchaba.

Reía.

Abrazaba.

La gente lo quería.

Y, viéndolo de cerca, resultaba fácil comprender por qué.

—Parece un buen hombre —dijo el muchacho.

—Seguramente lo es.

—Entonces...

—Eso no significa que sepa conducir un barco.

El muchacho siguió observándolo.

El capitán subió los últimos escalones de la plataforma y saludó a los oficiales que lo aguardaban.

No parecía nervioso.

Tampoco necesitaba llamar la atención; esta ya estaba sobre él.

El maestro de ceremonias levantó las manos y la música cesó poco a poco.

—¡Hoy comienza una nueva travesía!

La multitud respondió con una ovación.

El capitán permaneció inmóvil mientras duraban los aplausos.

Después levantó una mano y esperó.

El silencio llegó lentamente.

—Amigos...

Su voz era grave y serena.

—Durante demasiado tiempo hemos navegado mirando mapas viejos. Nos enseñaron que allí estaban las respuestas. Que debíamos seguir las rutas de quienes navegaron antes que nosotros. Que apartarnos de ellas era peligroso.

Hizo una pausa.

Sabía aprovechar los silencios.

—Pero ningún barco llega a un lugar nuevo siguiendo eternamente el mismo camino.

Los aplausos comenzaron antes de que terminara.

El muchacho también aplaudió.

Apenas unas veces.

Después miró sus propias manos y las bajó.

Yo seguí escuchando.

—No vengo a pedirles que olvidemos nuestro pasado —continuó el capitán—. Vengo a pedirles que no permitamos que el pasado decida nuestro futuro. No necesitamos más dudas. Necesitamos confianza. No necesitamos mirar atrás. Necesitamos avanzar.

La multitud reaccionó antes de la siguiente frase.

—No necesitamos expertos que nos expliquen el mar. Necesitamos personas que crean en el viaje.

La cubierta tembló bajo el estruendo de los aplausos.

Yo permanecí inmóvil.

Muchas de sus frases eran ciertas. Ese era precisamente el problema.

El capitán dejó que la ovación terminara.

—Durante años nos han enseñado a desconfiar de nosotros mismos. A pensar que siempre necesitamos a alguien que nos diga cuál es el camino correcto.

Varias personas asintieron.

—Yo confío en este barco.

Aplausos.

—Confío en quienes trabajan en él.

Más aplausos.

—Y, sobre todo, confío en ustedes.

La cubierta estalló.

El muchacho sonrió.

A nuestro alrededor, algunas personas se abrazaban. Un hombre levantó a su hija sobre los hombros para que pudiera ver mejor al capitán.

No había nada amenazante en aquella escena.

Quizá por eso seguí escuchando con más atención.

—No podemos vivir paralizados por la duda —continuó—. Durante demasiado tiempo nos han convencido de que el mar es demasiado complicado para comprenderlo. Ha llegado el momento de recuperar la confianza en nosotros mismos.

Miré la brújula mayor, en el extremo de la plataforma.

La misma que cada mañana era limpiada y pulida, aunque nadie recordara la última vez que había sido consultada antes de decidir un rumbo.

Mientras hablaba, el capitán se acercó a ella y apoyó una mano sobre el cristal.

—Nuestros antepasados necesitaron instrumentos como este para llegar hasta aquí.

Algunas personas se volvieron hacia la brújula.

—Debemos respetarlos por ello.

Hizo otra pausa.

—Pero nosotros no estamos obligados a navegar eternamente hacia donde una aguja nos diga que debemos hacerlo.

Hubo algunas risas.

Más aplausos.

El capitán sonrió.

—A partir de hoy, nuestro rumbo no será decidido por el miedo ni por las viejas costumbres.

La multitud comenzó a agitarse.

—Será decidido por nosotros.

La ovación llegó de golpe.

El muchacho aplaudió también. Esta vez durante más tiempo.

Yo miré la brújula.

Había algo en aquella comparación que no terminaba de encajar.

El capitán continuó hablando, pero parte de su discurso se perdió entre los aplausos.

Prometió una nueva etapa.

Habló de confianza, de unidad, de recuperar el orgullo de pertenecer al barco.

La gente respondía a cada frase.

Miré alrededor.

Había carpinteros. Cocineros. Veleros. Mecánicos.

Marineros que habían pasado media vida reparando cubiertas, atravesando tormentas y manteniendo aquel barco a flote.

Todos parecían felices.

Quizá tenían motivos para estarlo.

Volví a mirar al capitán. No vi a un hombre malvado. Eso habría sido mucho más sencillo.

Vi a un hombre convencido de lo que decía.

El muchacho dejó de aplaudir.

No supe qué había cambiado. Quizá nada. Tal vez simplemente se había cansado.

Pero su mirada ya no estaba puesta en el capitán.

Estaba mirando la brújula.

—¿Qué pasa? —pregunté.

Tardó unos segundos en responder.

—Nada.

Siguió observándola.

Después se acercó un poco más para que pudiera escucharlo entre los aplausos.

—Solo estaba pensando.

—¿En qué?

Señaló discretamente hacia la plataforma.

—Dijo que no debemos dejar que una aguja decida adónde vamos.

—Eso dijo.

—Pero usted me explicó que la brújula sirve para orientarse.

Lo miré.

—Así es.

Asintió lentamente y volvió la vista hacia el capitán.

—Entonces no es lo mismo.

Desde la plataforma llegó una nueva frase y la multitud volvió a estallar en aplausos.

El muchacho miró a las personas que tenía alrededor.

Después, sus propias manos. Ya no aplaudía. Tampoco sonreía.

Miró la brújula.

Después al capitán.

Esta vez no volvió a juntar las manos.