El barco de los idiotas CAPÍTULO II
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CAPÍTULO II

El muchacho que preguntaba demasiado

Los escalones de la vieja escalera siempre anunciaban a los visitantes antes de que aparecieran.Los conocía de memoria.

El primero crujía con un lamento corto.

El tercero respondía con un golpe seco. El séptimo parecía suspirar.

Los pasos siguieron bajando.

Esperé.

La luz de la lámpara alcanzaba apenas el último tramo de la escalera.

Desde mi mesa no podía ver quién descendía, solo la sombra que comenzaba a recortarse sobre la pared del pasillo.

Primero apareció una mano aferrada al pasamanos.

Después, una cabeza se asomó con cautela por el último tramo de la escalera.

Era un muchacho.

No tendría más de dieciséis años.

Demasiado alto para su edad. Demasiado delgado para el uniforme que llevaba. El pantalón le quedaba corto en los tobillos y las mangas parecían haber pertenecido a otro.

Caminaba con esa mezcla de torpeza y curiosidad propia de quienes todavía no han aprendido a esconder el asombro.

Al llegar al último escalón se detuvo frente a la puerta abierta de mi taller.

No dijo nada.

Miró primero los estantes. Después, los mapas.

Su mirada se detuvo un instante en la enorme mesa de roble donde había dejado el pergamino recién enrollado.

Por último, me observó a mí, como si intentara decidir cuál de todas aquellas cosas resultaba más extraña.

—¿Usted es el cartógrafo?

Hacía muchos años que nadie pronunciaba esa palabra sin ironía.

Asentí.

—Creí que ya no existían.

Sonreí.

—Yo pensaba lo mismo.

No entendió el chiste. Eso me agradó.

Entró despacio.

Pasó los dedos sobre un globo celeste cubierto de polvo. Observó las reglas de latón alineadas junto a las plumas.

Levantó una brújula pequeña, la acercó al oído y la agitó con cuidado. Después volvió a dejarla exactamente donde estaba.

Los curiosos toman objetos. Los respetuosos los devuelven al mismo lugar.

—Nunca había bajado hasta aquí —dijo.

—Eso es evidente.

—¿Por qué?

—Porque todavía miras hacia arriba.

Frunció el ceño.

No respondió.

Durante unos segundos permanecimos en silencio.

Escuchamos los ruidos que llegaban desde las cubiertas superiores.

Martillos. Voces. Música. De vez en cuando, algún aplauso aislado.

El muchacho volvió a mirar los estantes.

—¿Es verdad que usted dibuja mapas?

Señalé con la cabeza los que tenía detrás.

Había cientos: enrollados, clasificados y etiquetados con una letra diminuta que solo yo podía leer.

Mapas de corrientes.

Mapas de vientos.

Mapas del firmamento.

Mapas del propio barco.

Había dedicado toda una vida a registrar un mundo que había dejado de interesar a los demás.

—No dibujo mapas. Los recuerdo.

El muchacho volvió a fruncir el ceño. Aquella costumbre empezaba a gustarme.

—¿Y todavía los usa alguien?

La pregunta me sorprendió.

No por difícil. Por precisa.

—No mucho.

—Entonces, ¿por qué sigue haciéndolos?

Lo miré.

Aquella era una pregunta bastante mejor.

—Porque los barcos no se pierden cuando desaparece el horizonte. Se pierden cuando dejan de buscarlo.

Dirigió la vista hacia los mapas.

—¿Puedo ver uno?

Tomé uno de los pergaminos más antiguos.

El cuero que lo sujetaba estaba cuarteado por los años.

Lo desenrollé lentamente sobre la mesa.

El papel había adquirido un tono amarillento y las líneas apenas conservaban el color, pero todavía podían distinguirse.

El muchacho se inclinó sobre él.

—No entiendo nada.

—Eso es normal.

Recorrí con el dedo una línea azul que serpenteaba entre símbolos casi borrados.

—Esta era una corriente.

—¿Era?

—Hace muchos años que no aparece en los registros.

—¿Desapareció?

—No lo sé.

—Pero usted dijo que era una corriente.

—Que dejáramos de encontrarla no significa necesariamente que haya desaparecido.

El muchacho se inclinó otra vez sobre el mapa. Esta vez tardó un poco más.

—Entonces podría seguir ahí.

—Podría.

—¿Y nadie ha ido a buscarla?

Negué con la cabeza.

—¿Por qué?

Me encogí de hombros.

—Supongo que es más sencillo borrar una línea del mapa que explicar por qué ya no somos capaces de encontrarla.

Guardó silencio.

No parecía satisfecho con la respuesta, pero tampoco dispuesto a dejar el asunto.

Señaló una serie de pequeños puntos dorados.

—¿Y esto?

—Estrellas.

Levantó la vista hacia el techo.

—Pero las estrellas están arriba.

—Claro.

Bajó nuevamente la mirada.

—Entonces, ¿por qué están aquí?

—Porque también sirven para saber dónde estamos.

Me miró con cierta desconfianza.

— Pensé que para orientarse estaba la brújula.

—También. Pero una brújula solo indica dónde está el norte. No decide adónde ir.

—Entonces, ¿para qué necesita las estrellas?

Sonreí.

—Porque una sola forma de orientarse nunca me ha parecido suficiente.

Volvió a mirarme con esa expresión que las personas reservan para los ancianos: una mezcla de respeto y sospecha.

—Perdone. No quería ofenderlo, pero...

—Pero crees que estoy confundido.

Bajó la cabeza.

—Un poco.

—Eso significa que aún piensas por ti mismo.

Volvió a observar el mapa.

—¿Siempre haces tantas preguntas? —pregunté.

Pareció avergonzarse.

—Me dicen que demasiadas.

—¿Quiénes?

—Casi todos.

—¿Y has intentado hacer menos?

—Sí.

—¿Funcionó?

Negó con la cabeza.

—Me aburría.

No pude evitar reír. Hacía tiempo que nadie conseguía hacerlo.

—Entonces sigue preguntando.

El muchacho sonrió apenas.

—Aunque moleste.

—Especialmente cuando moleste.

El estruendo de algo pesado sobre la cubierta interrumpió la conversación.

Casi de inmediato, una ovación recorrió la estructura del barco y llegó hasta nosotros convertida en vibración.

El muchacho levantó la cabeza.

—Ya empezó.

—¿Qué cosa?

—La ceremonia.

Parecía sorprendido de que tuviera que preguntarlo.

—Van a presentar al nuevo capitán.

Miró hacia la escalera, como si acabara de recordar que debía estar en otra parte.

—Dicen que será el mejor de nuestra historia.

Me acerqué a la pequeña ventana redonda del taller. Desde allí apenas podía verse un fragmento de cielo sobre el mar.

Las gaviotas habían desaparecido. Solían hacerlo cuando el tiempo empezaba a cambiar.

El resto del barco rara vez parecía advertirlo.

—Eso dicen siempre.

—¿No cree que lo sea?

—No lo conozco.

—Entonces tampoco sabe que no lo será.

Me volví hacia él.

Había respondido sin desafío, casi con inocencia. Precisamente por eso la observación me hizo gracia.

—Tienes razón.

El muchacho pareció sorprendido. Quizá no estaba acostumbrado a escuchar esas palabras de un adulto.

—No sé si será un buen capitán —continué—. Ni uno malo. Eso nunca puede saberse el primer día.

—Entonces habrá que esperar.

—Y observar.

—¿Qué cosa?

Miré los mapas que cubrían los estantes.

—Hacia dónde nos lleva.

El muchacho se quedó pensando.

Sobre mi mesa, la pequeña brújula que había tomado unos minutos antes seguía donde la había dejado.

La aguja oscilaba ligeramente con el movimiento del barco.

—¿Y si se equivoca? —preguntó.

—Todos los capitanes se equivocan.

—Entonces, ¿cómo sabe uno si es bueno?

La pregunta quedó entre nosotros. Afuera volvieron a escucharse aplausos.

Apoyé una mano sobre el viejo mapa.

—Supongo que no por las veces que acierta.

—¿Entonces?

—Por lo que hace cuando descubre que estaba equivocado.

El muchacho bajó la mirada hacia el pergamino y señaló nuevamente la línea azul.

—¿Y si nunca descubre que está equivocado?

Esta vez fui yo quien guardó silencio.

Desde arriba llegó otra ovación, más intensa que la anterior.

El muchacho miró hacia la escalera.

Luego hacia el mapa.

Y, por primera vez desde que había entrado, pareció no saber cuál de los dos caminos le interesaba más.