El barco de los idiotas CAPÍTULO I
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CAPÍTULO I

El barco que olvidó el puerto

Dicen que todos nacemos en algún lugar. Yo nací navegando. Al menos, eso creo. La memoria es un océano caprichoso.

Conserva con precisión el color de una tarde cualquiera y, sin embargo, es incapaz de recordar el rostro de quien nos sostuvo por primera vez entre sus brazos.

Hay días en los que puedo reconstruir el dibujo exacto de una constelación desaparecida hace cuarenta años, pero soy incapaz de recordar la voz de mi madre.

Tal vez nunca la conocí.

Tal vez murió demasiado pronto.

O quizá, como tantas otras cosas en este barco, simplemente dejó de ser importante.

Nadie de mi generación había pisado tierra firme.

Los más ancianos aseguraban que existía, pero murieron antes de ponerse de acuerdo sobre dónde quedaba.

Unos hablaban de montañas cubiertas por árboles tan altos que ocultaban el cielo.

Otros describían ciudades donde las casas no se movían con las olas y las personas podían caminar en línea recta sin sujetarse de una baranda.

Cuando era niño me fascinaban aquellas historias.

Trataba de imaginar cómo sería vivir en un lugar que no se balanceara bajo los pies.

Me parecía imposible que una casa pudiera permanecer inmóvil durante toda una vida o que alguien pudiera dejar un vaso sobre una mesa sin preocuparse por la siguiente ola.

Después crecí y dejé de preguntar.

En el barco hay una palabra para quienes creen en la existencia de la tierra: «soñadores».

No es un insulto.

Es algo peor: una forma elegante de dejar de escucharlos.

Los soñadores pueden hablar cuanto quieran. Nadie los interrumpe.

Algunos incluso sonríen mientras los escuchan. Después cambian de tema.

Las palabras también pueden convertirse en jaulas.

No siempre es necesario prohibir una idea para silenciarla; a veces basta con ponerle un nombre que permita dejar de tomarla en serio.

Y, sin embargo, hubo un tiempo en que el barco parecía dispuesto a escuchar otras cosas.

Lo sé porque he visto los mapas antiguos.

Descansan enrollados en una habitación olvidada bajo la cubierta inferior, donde el olor a madera húmeda convive con el de la tinta envejecida.

Cada mapa conserva cicatrices de viajes que nadie recuerda y rutas que ya no aparecen en los registros oficiales.

Algunos muestran puertos.

Otros, archipiélagos.

Incluso hay uno que representa un continente entero.

Nadie lo cree auténtico.

Dicen que quienes dibujaban mapas antes exageraban para entretener a los niños.

La imaginación siempre resulta menos peligrosa cuando puede llamarse mentira.

A veces los despliego solo para comprobar que siguen allí.

No porque espere encontrar algo nuevo, sino porque existe cierto consuelo en saber que hubo un tiempo en que alguien consideró importante dejar constancia de lo que había visto.

Mi nombre es Ezequiel.

Durante cuarenta y ocho años he sido cartógrafo en el barco.

Ahora soy simplemente el último.

No porque sea el mejor, sino porque ya nadie quiere aprender este oficio.

No siempre trabajé solo.

Todavía quedan otras mesas en el taller, aunque hace años que nadie se sienta frente a ellas.

En algunos cajones permanecen reglas, compases y plumas que ya no pertenecen a nadie.

Durante mucho tiempo mantuve una de aquellas mesas despejada, esperando que algún joven terminara ocupándola.

Hace años que dejé de hacerlo.

¿Para qué dibujar rutas cuando todos aseguran que cualquier dirección sirve para seguir navegando?

Los jóvenes prefieren aprender otras cosas: cómo convencer sin incomodar, celebrar decisiones ajenas o cómo avanzar evitando preguntas que nadie quiere escuchar.

En estos tiempos, son habilidades muy valoradas.

Saber navegar, en cambio, cada vez importa menos.

Hace décadas que nadie consulta un mapa antes de tomar una decisión importante.

Los despliegan únicamente durante las ceremonias, porque los mapas antiguos impresionan y dan una agradable sensación de tradición.

Después los enrollan con cuidado y vuelven a guardarlos exactamente donde estaban.

La brújula mayor tampoco sirve para orientarse.

Permanece en el centro de la cubierta principal, protegida por un cristal impecable y rodeada de un barandal de bronce que los marineros pulen cada amanecer.

Es, probablemente, el objeto más admirado del barco.

Los niños posan junto a ella.

Los oficiales la señalan con orgullo cuando llegan visitantes de otras cubiertas.

Los músicos organizan conciertos a su alrededor durante las fiestas.

Pero jamás he visto a nadie consultarla antes de cambiar el rumbo.

Un día pregunté por qué seguíamos limpiando una brújula que nadie utilizaba. El contramaestre me respondió sin levantar la vista:

—Porque siempre ha estado ahí.

Mi taller se encuentra en la parte más baja del barco.

No es un castigo.

Tampoco un privilegio.

Está allí por una razón mucho más sencilla: nadie quiere bajar hasta ese lugar.

El techo es tan bajo que debo inclinar la cabeza para atravesar algunas puertas y, cuando el mar se enfurece, las vigas crujen como si recordaran todos los inviernos que han soportado.

En los días de lluvia, el agua encuentra pequeñas grietas entre las tablas y debo mover algunos mapas para protegerlos.

Conozco cada gotera, cada desnivel y la protesta de cada tabla cuando es pisada.

El sonido de las vigas es mi mejor compañía.

Solo hace falta vivir el tiempo suficiente entre las entrañas de un barco para aprender a distinguir cuándo una madera se queja o cuándo intenta advertirnos de algo.

Ese es mi día a día.

Pero aquella mañana...

El barco estaba inusualmente agitado.

Desde temprano se percibía esa actividad nerviosa que antecede a las grandes celebraciones.

Desde mi mesa escuchaba pasos apresurados sobre la cubierta superior.

Martillazos.

Risas.

Órdenes repetidas con entusiasmo.

Alguien ensayaba una melodía con instrumentos de viento.

De vez en cuando, el ruido de varias personas arrastrando algo pesado recorría el techo de un extremo al otro.

No necesitaba preguntar qué ocurría.

El barco llevaba semanas preparándose para la ceremonia del nuevo capitán.

Yo había visto pasar a muchos capitanes.

Algunos permanecieron al mando durante años; otros, mucho menos.

Cada uno había llegado acompañado de discursos, banderas y promesas de un viaje distinto. Después de un tiempo, las banderas desaparecían, los discursos se olvidaban y el barco seguía navegando.

Sobre mi escritorio descansaba un mapa que nadie había solicitado. Representaba corrientes marinas que cambiaban lentamente con el paso de los años.

Lo había terminado la noche anterior, por pura costumbre.

Sabía que nadie vendría a recogerlo.

Aun así, lo dibujé con el mismo cuidado que si de él dependiera el destino de todos.

Lo enrollé, até la cinta de cuero y lo coloqué junto a los otros.

Entonces escuché algo que llevaba muchos años sin escuchar.

Pasos descendiendo por la vieja escalera de madera.

Levanté la cabeza.

Las pocas personas que llegaban hasta aquella parte del barco solían hacerlo por error.

Bajaban algunos escalones, descubrían que allí no había nada que les interesara y regresaban a las cubiertas superiores.

Esperé que ocurriera lo mismo.

Pero los pasos continuaron.

No eran los pasos firmes de un oficial ni el andar apresurado de alguien que tuviera un encargo.

Bajaban despacio, con pequeñas pausas, como si quien descendía estuviera tratando de decidir si debía continuar.

Por un momento dejaron de oírse.

Luego la escalera volvió a crujir.

Esta vez, más cerca.

Dejé el mapa sobre la mesa y miré hacia la puerta.

Alguien se había equivocado de camino.

O quizá, por primera vez en mucho tiempo, alguien había decidido buscar uno distinto.