El barco de los idiotas
© inepub.com
PRÓLOGO
Nunca he sabido con certeza si este manuscrito merece ser publicado. No porque dude de su calidad, sino porque sigo sin poder explicar su origen.
Durante años conté una versión sencilla de la historia.
Decía que el cuaderno había aparecido dentro de una vieja caja comprada en un mercado costero.
Era una explicación cómoda, de esas que no incomodan a nadie.
Las personas suelen aceptar con facilidad las historias que no alteran demasiado su manera de entender el mundo.
Pero la verdad es otra. Y cada vez que intento escribirla, me parece menos creíble.
Hace siete años viajé a una pequeña población construida frente al océano. No aparecía en los mapas turísticos y sus habitantes tenían la costumbre de hablar del mar como si fuera un vecino antiguo: «alguien con quien se convive, no algo que se contempla».
Allí descubrí que existen lugares donde las mareas no solo arrastran arena, sino también recuerdos.
La última noche, mientras caminaba por la playa, vi algo que el oleaje empujaba lentamente hacia la orilla. Al principio pensé que sería una botella o algún resto de madera, pero, cuando se acercó lo suficiente, comprendí que no era ninguna de esas cosas.
Era un viejo cuaderno.
Finalmente, lo recogí.
Venía empapado, cubierto por una costra de sal tan antigua que parecía piedra.
Sin embargo, cuando lo abrí, las hojas interiores no mostraban rastro alguno de humedad, como si nunca hubieran conocido el agua. Pasé varias páginas, una tras otra.
Todas estaban igual: impecablemente secas.
Aquello me desconcertó más de lo que estoy dispuesto a admitir.
Miré alrededor, convencido de que alguien me estaba gastando una broma.
No había nadie.
Solo el ruido constante del océano y ese silencio extraño que tienen algunos lugares cuando parecen esperar que uno tome una decisión.
Llevé el cuaderno al hotel.
La primera sorpresa fue descubrir que no tenía título.
La segunda, que tampoco tenía autor.
Las primeras treinta páginas estaban completamente en blanco; no arrancadas ni deterioradas, simplemente vacías, como si hubieran sido reservadas para algo que nunca llegó a escribirse.
En la página treinta y uno aparecía una única frase, escrita con tinta negra:
«Si este cuaderno ha llegado hasta usted, significa que el barco continúa navegando».
Nada más.
Ni una firma.
Ni una fecha.
Ni una explicación.
Durante varios minutos pensé que aquello era todo.
Volví a las páginas anteriores, buscando alguna marca que se me hubiera escapado.
Nada.
Estuve a punto de cerrarlo y olvidarlo, pero algo —quizá la incomodidad de no entender— me llevó a pasar la página.
Entonces encontré la letra más hermosa que he visto en mi vida.
No era una caligrafía perfecta, sino una escritura paciente, propia de quienes han aprendido a concederle a cada palabra el tiempo que merece.
Las líneas avanzaban sobre el papel sin prisa, con pequeñas variaciones en la presión de la tinta que revelaban una mano humana detrás de cada frase.
No había correcciones ni tachaduras.
Comencé a leer sin demasiada expectativa.
Las primeras páginas hablaban de un barco. Las siguientes seguían hablando del mismo barco.
Mi decepción fue inmediata.
Supuse que había encontrado otra novela de aventuras escrita por algún marinero con exceso de imaginación.
Había un océano, cubiertas, marineros, oficiales, mapas. Nada que justificara el misterio con el que aquel cuaderno parecía haberse presentado ante mí.
Una vez más estuve a punto de cerrarlo.
Todavía me pregunto qué habría sido de mí si lo hubiera hecho, porque unas páginas más adelante apareció una frase que, desde entonces, no ha dejado de perseguirme:
«Los barcos no se pierden cuando desaparece el horizonte. Se pierden cuando dejan de buscarlo».
La leí dos veces.
Después, una tercera.
Cerré el cuaderno, lo dejé sobre la mesa y me preparé un café, como si necesitara una pausa para decidir si aquello merecía mi atención.
Permanecí junto a la ventana durante un buen rato.
Desde allí podía escuchar el mar, aunque la oscuridad no me permitía verlo.
Pero volví a abrirlo y seguí leyendo.
No tardé en sospechar que aquello no era solamente una historia sobre el mar.
Había algo incómodo en aquellas páginas.
No sabía todavía qué era. Quizá por eso seguí leyendo.
Fue entonces cuando decidí averiguar quién lo había escrito.
Consulté archivos navales, historiadores, museos marítimos, coleccionistas y restauradores de documentos.
Fotografías de algunas páginas circularon entre especialistas acostumbrados a identificar manuscritos relacionados con la navegación.
Nadie reconoció la letra. Nadie reconoció el texto.
Nadie pudo decirme de dónde provenía el cuaderno.
Uno de los restauradores examinó el papel durante casi una hora. Al terminar, me preguntó dónde lo había encontrado.
Le conté la versión de la caja comprada en el mercado.
Para entonces ya había aprendido que algunas mentiras resultan más educadas que ciertas verdades.
Durante aquella búsqueda ocurrió algo que tampoco supe interpretar.
Cada vez que mostraba una página a alguien, la reacción era casi siempre la misma: primero, una ligera sonrisa; después, interés; luego, el ceño fruncido y, finalmente, silencio.
Pero lo más extraño venía después.
Algunos comenzaban a hablarme de lugares y personas que no aparecían en ninguna página.
Nunca parecían estar hablando exactamente de lo mismo.
Cada uno encontraba en aquellas páginas algo distinto, algo que las acercaba a su propia historia.
Con el tiempo dejé de investigar su procedencia.
No porque hubiera encontrado una respuesta, sino porque había empezado a sospechar que estaba haciendo la pregunta equivocada.
Quizá nunca sabría quién había escrito aquellas páginas.
Tal vez tampoco importaba.
Había otra pregunta, mucho más difícil de ignorar:
¿Y si el autor decía la verdad?
Volví a la primera página escrita.
Y seguí leyendo.