EPÍLOGO
Cuando terminé de leer, ya había amanecido. Durante unos minutos permanecí sentado frente a la última página. No había nada más.
Ninguna firma.
Ninguna fecha.
Ninguna explicación.
Después volví al principio.
Pasé las treinta hojas en blanco y me detuve en la frase que había encontrado la noche anterior:
«Si este cuaderno ha llegado hasta usted, significa que el barco continúa navegando.»
La leí otra vez.
Esta vez entendí menos.
Intenté imaginar quién había escrito aquella frase. Cuándo. Y para quién.
No encontré ninguna respuesta.
Cerré el cuaderno y me acerqué a la ventana.
El mar estaba tranquilo.
A lo lejos, un barco avanzaba lentamente sobre el horizonte.
Desde aquella distancia se veía pequeño, casi inmóvil. Apenas una silueta oscura entre el cielo y el agua.
Lo observé durante un rato.
Antes de encontrar el cuaderno, probablemente habría creído saber hacia dónde iba.
Ahora ya no estaba tan seguro.
El barco siguió avanzando hasta desaparecer en el horizonte.
Volví a mirar el cuaderno.
Desde entonces, cada vez que escucho a una multitud aplaudir, siento la necesidad de mirar discretamente hacia el horizonte.