El azúcar y la sal Capítulo 13
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Capítulo 13

La besé yo. Con las dos manos llenas de harina y el roscón de Amparo humeando entre nosotras a la una y media de la madrugada del día de Reyes, la besé yo, y por primera vez en más de un año no calculé las consecuencias antes de hacer algo.

Es lo primero que hay que entender de mí para entender aquella noche: yo no me equivoco a ciegas.

Yo peso, mido, cronometro y prevengo. Con Nerea aprendí que un descuido cuesta una vida entera y un local con tu firma en la puerta.

Desde entonces no dejo nada al azar. Ni una receta, ni un armario, ni un sentimiento.

Y allí estaba, con la boca de Candela bajo la mía, tirando por la borda diez meses de armadura porque un bollo me había salido bien y algo dentro de mí se había roto por el sitio justo.

Candela me devolvió el beso antes de que yo terminara de dármelo.

Sonrió contra mi boca, la muy tonta, sonrió como sonríe ella, primero y sin permiso, y esa sonrisa suya me deshizo más que el beso.

Sabía a azahar. Le olía el pelo a domingo.

Y yo, que llevaba desde octubre midiendo la distancia exacta que había que guardar con la chica de la harina en la mandíbula, dejé de medir.

— Marina — dijo, apartándose un dedo, solo un dedo, buscándome los ojos—. Dijiste que esto no podía volver a pasar.

— Ya lo sé.

— ¿Y?

— Y me equivoqué en el cálculo. — Le aparté un mechón de la frente, con la yema, despacio—. Doscientos veinte grados. Cuarenta minutos de reposo. — Se me escapó una risa temblorosa—. No sé decirlo de otra manera. No sé decir lo que quiero decir.

— Dilo con básculas — susurró Candela—. Yo lo traduzco.

Y me subió con ella por la escalera de atrás, la que daba al piso de Amparo, al techo bajo el que llevaba durmiendo cuatro años mientras yo, debajo, no dormía.

Apagó la luz del obrador al pasar. Dejó el roscón enfriándose solo en la rejilla, como una ofrenda cumplida.

Y cerró la puerta de arriba con el pie sin soltarme la mano.

Debería haber tenido miedo. Lo tuve. El miedo estuvo ahí toda la noche, en un rincón, sentado como un perro que no se atreve a entrar en la cama.

Miedo de repetir lo de Nerea, de montar mi vida entera sobre alguien que un día firmaría con su nombre todo lo que fue mío.

Miedo de necesitar. Para mí necesitar siempre había sido eso, una debilidad mal calculada, un flanco abierto por donde te vacían.

Pero Candela me quitó el jersey por la cabeza en mitad de su cuarto, con las manos rápidas y torpes a la vez, y me miró como no me había mirado nadie.

Sin evaluarme. Sin comparar. Sin pesar lo que yo valía.

Solo mirándome, con esa cara de asombro suya, como si yo fuera algo que le acababa de salir bien del horno.

— Estás temblando — dijo.

— Hace frío.

— Mentirosa. — Me puso la palma abierta en el esternón, sobre el corazón, que iba como un tambor—. No hace frío aquí dentro.

Y no supe contestar con ninguna cifra. Por una vez, no supe.

Por un segundo se me coló Nerea. La memoria de Nerea, quiero decir.

Una intrusa puntual, de las que aparecen justo cuando bajas la guardia.

Nerea también me miró así al principio, hace años, en aquel curso de Lyon donde nos conocimos, con esa cara de haberme descubierto.

Y luego resultó que lo descubierto era una mano de obra buena y barata y un apellido de confitería vieja que quedaba bien en una etiqueta.

Nerea me quiso mientras le hice falta. El recuerdo me cayó dentro, frío, en mitad de todo aquel calor.

Candela debió de notar que me marchaba a algún sitio, porque me cogió la cara con las dos manos y me trajo de vuelta.

— Eh. Estás muy lejos. — Me buscó los ojos en la penumbra—. ¿Dónde te has ido?

— A ningún sitio.

— Marina. — Solo mi nombre. Entero, las tres sílabas, con esa manera suya de pronunciarlo que parecía que le gustaba el sabor—. Si no quieres, no pasa nada. Bajamos, nos comemos el roscón y mañana fingimos que fue el azahar, que se sube a la cabeza.

Y esa salida que me ofrecía, esa puerta abierta para irme sin coste, fue justo lo que me hizo quedarme.

Candela no me sujetaba. Me dejaba elegir.

Nerea nunca me dejó elegir nada; decidía por las dos y luego lo llamaba nuestro.

Aquí no había trampa. Solo una mujer con harina en el pelo dándome permiso para marcharme, y por eso mismo yo no quería marcharme a ningún lado.

— Me quedo — dije.

Dos palabras que en mi boca pesaban toneladas, y las solté a ojo, sin medirlas.

La besé otra vez para no tener que hablar.

Le desabroché la camisa de trabajo, la que aún olía a horno, y le fui apartando la tela de los hombros, y le encontré la piel tibia y una constelación de quemaduras nuevas que no se curaba nunca, en las muñecas, en el antebrazo, marcas de una mujer que trabaja con fuego y no se cuida.

Le besé una. La del interior de la muñeca. Candela dejó de respirar un segundo.

— No las mires — dijo—. Están feas.

— Son mapas — dije, y le besé otra—. De todo lo que has amasado. — Y otra—. No hay nada feo aquí.

Se le escapó un sonido pequeño, roto, que no era de deseo todavía sino de algo anterior, de alguien a quien nunca le habían dicho eso.

Y ahí, con ese sonido, se me cayó el último cálculo.

Dejé de pensar en agosto, en Madrid, en Nerea, en la venta, en el plazo.

Dejé de pensar. Que para mí es la cosa más difícil del mundo.

Nos caímos en su cama, la de sábanas revueltas y un jersey de Amparo doblado en la silla, y fue como romper el hielo de un río en marzo.

Todo lo que llevaba congelado desde hacía meses, años quizá, empezó a moverse debajo.

Candela me tocaba y yo me dejaba tocar, que era lo insólito, que yo me dejara.

Su boca bajó por mi cuello, por la clavícula, por el esternón donde había tenido la mano, y cada beso me iba soltando una cuerda.

Le hundí los dedos en el pelo. Olía a azahar y a harina y a ella.

— Dime que pare — murmuró contra mi vientre— y paro.

— No pares.

— Dilo entero.

— No pares, Candela. Por favor.

El por favor. El segundo por favor del día. Y este me costó menos y me desnudó más.

Bajó. Me abrió las piernas con las manos, despacio, mirándome desde abajo con esos ojos suyos que preguntaban y afirmaban a la vez, y cuando su boca me encontró se me arqueó la espalda entera del arcón helado que llevaba siendo.

No fue delicado. No fue clínico. Fue hambre y ternura mezcladas, la lengua de Candela buscándome sin prisa y con toda la intención, un dedo, luego dos, entrando despacio hasta encontrar el sitio que me hizo agarrar la sábana con las dos manos y decir su nombre como no lo había dicho nunca.

Yo, que lo controlo todo. Yo, que no me abandono. Me abandoné.

El deshielo subía por dentro, una ola caliente que empezaba muy abajo y me trepaba por las ingles, por el vientre, por el pecho, y yo no la paraba, no la medía, no la cronometraba, la dejaba subir, y Candela me sostenía en ella con la boca y con las manos, sin soltarme, diciéndome cosas contra la piel que no entendía y entendía perfectamente.

Cuando llegué fue como un cristal que revienta por dentro, sin ruido, todo el frío hecho añicos de golpe, y me oí gemir su nombre y no me dio vergüenza, que ya es milagro.

Me dejó recuperar el aire tumbada sobre su pecho, con su corazón golpeándome la mejilla.

Y luego fui yo. Porque no soporto deber nada, ni siquiera esto, y porque quería.

Quería tocarla más de lo que había querido nada en meses.

La tumbé, le besé la boca que sabía a mí, y fui bajando con una atención de repostera, con esa concentración mía que Candela llamaba quirúrgica y que por una vez no sirvió para controlar sino para dar.

La conocí despacio. Aprendí a qué velocidad respiraba, dónde se le tensaba el vientre, qué le hacía clavarme los talones en la espalda.

La leí como no había leído la libreta de Amparo, a ojo, a tacto, sin cantidades, hasta que dejó de pedir y empezó a dar, hasta que se rompió también contra mi boca con mi nombre entre los dientes, Marina, entero, las tres sílabas.

Y nos quedamos las dos ahí, deshechas, enredadas, la manta a los pies, el radiador tosiendo, el frío de enero rascando el cristal y sin poder entrar. Candela me buscó la mano en la sábana y entrelazó los dedos con los míos. Se rió bajito, con la nariz pegada a mi hombro.

— Tienes harina en la ceja — dijo—. Desde hace horas. Toda la noche con harina en la ceja.

— ¿Y no me lo has dicho?

— Me gustaba. — Me la limpió con el pulgar, despacio, el mismo gesto que yo le hice a ella en octubre en el obrador, devuelto meses después—. Parecías de aquí.

— No soy de aquí — dije, medio dormida—. Soy de Madrid.

— Naciste en Madrid. No es lo mismo. — Candela apoyó la barbilla en mi hombro—. Amparo decía que hay gente que es de donde nace y gente que es de donde por fin respira. — Se calló un momento—. A ti se te ha oído respirar por primera vez esta noche. Lo digo yo, que duermo debajo de tu insomnio.

— Encima. Tú duermes encima.

— Debajo, encima. Lo mismo da. — Me buscó la mano y entrelazó los dedos—. Deberías dormir así más veces. Se te quita la báscula de la cara.

Debería dormir así más veces. Lo dijo sin darle importancia, con esa manera suya de soltar las verdades grandes envueltas en broma, y a mí me entró en el pecho y se me quedó.

Debería. La palabra daba por hechas más noches, un futuro, cosas que iban a durar.

No la contradije. La dejé pensarlo. Fue mi primer error de la madrugada, dejarla creer en un futuro que yo tenía firmado con otra fecha.

Parecías de aquí. Cerré los ojos. Por primera vez desde que llegué, la palabra aquí no me apretaba como un zapato pequeño.

Por primera vez estaba en un sitio y no calculaba la ruta de salida.

La respiración de Candela se fue haciendo lenta contra mi cuello, se durmió con la pierna sobre las mías y una mano abierta en mi vientre, confiada, entregada, sin bolsa de viaje ni distancias, y yo la sostuve en la oscuridad y pensé que podría acostumbrarme a esto. Que quería acostumbrarme a esto.

Y ese fue el problema.

Porque me desperté antes del alba. Siempre me despierto antes del alba.

La ventana empezaba a ponerse gris, ese gris sucio de las seis de la mañana de enero, y Candela dormía a mi lado con la boca entreabierta y el pelo revuelto de harina y de mí, y por un instante fue perfecto.

Un instante entero. La miré dormir y se me llenó el pecho de una cosa cálida y peligrosa que no tenía nombre técnico.

Luego me despertó la cabeza. Como siempre. La cabeza que no descansa, que cuenta, que mide, que previene.

Agosto.

En agosto vendía. En agosto firmaba y me volvía a Madrid a abrir por fin lo mío, sola, a salvo, sin deber nada a nadie.

Ese era el plan. Ese había sido el plan desde el minuto uno, desde la notaría, desde antes de conocer a la chica de la harina que ahora dormía confiada con la mano en mi vientre.

Siete meses. Me quedaban siete meses en Valdesalce y luego me iba, y acababa de acostarme con la persona a la que más iba a doler que me fuera.

La cosa cálida del pecho se me heló de golpe. Como el agua del río Salce en diciembre, que se congela por los bordes primero y va cerrándose hacia el centro. Sentí cómo se me cerraba por dentro, cómo el hielo volvía a formarse sobre el deshielo de la noche, borde a borde, hasta el centro.

Hice lo que hago cuando no puedo pensar.

Empecé a ordenar la escena en la cabeza, a inventariar los daños, a buscar la salida limpia.

Candela llevaba cuatro años sin deshacer una maleta porque toda su vida alguien se había ido.

Me lo había contado a medias en noviembre, con esa ligereza suya que era pura coraza, la infancia de mudanzas, la madre que no aguantaba en un sitio, Amparo que fue la primera en decirle quédate.

Y yo acababa de meterme en su cama sabiendo, sabiéndolo desde el principio, que en agosto sería la siguiente en marcharme.

No había cálculo que arreglara eso. Ni báscula que lo pesara sin que la aguja se rompiera.

Me había abandonado. Por una noche, no había pesado nada. Y a la luz gris de las seis, la báscula que llevaba dentro volvió a encenderse sola y a marcar la cifra que llevaba toda la noche apagada.

Siete meses.

Con mucho cuidado, para no despertarla, aparté la mano de Candela de mi vientre y la dejé sobre la sábana.

Ella murmuró algo dormida, buscándome, y yo me quedé muy quieta hasta que se volvió a hundir en el sueño.

Miré el techo. El techo de Amparo. El techo bajo el que había vivido Candela cuatro años sin deshacer la maleta, esperando que la echaran.

Y supe, con la certeza fría con que sé las cosas que no quiero saber, que la que iba a echarla esta vez era yo.