El azúcar y la sal Capítulo 12
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Capítulo 12

Marina Salcedo me dijo por favor un martes de diciembre a las siete y dos minutos de la mañana, y a mí se me cayó el mundo un poco de sitio.

Bajé la escalera con el pelo aún de dormir, esperando encontrarme lo de siempre: el café hecho y ella de espaldas, las dos fingiendo que compartir un obrador no era compartir nada.

Y me encontré la libreta de Amparo abierta sobre el mármol, a la vista, sin esconder.

La libreta que le había arrancado de las manos en octubre.

Y a Marina de pie junto al horno, con dos tazas servidas y una cara de haber ensayado una frase toda la noche.

— Necesito que me enseñes a hacer el roscón — dijo—. Por favor.

Cuatro roscones perfectos en la rejilla, alineados como para una inspección.

Y ella pidiéndome por favor con la mandíbula tan tensa que me dio pena y risa a partes iguales.

Marina prefería tragarse la báscula entera antes que pedir ayuda, y allí estaba, pidiéndomela, con los treinta gramos de orgullo que le quedaban.

— Están bien — dije, mirando sus roscones.

— Están muertos.

— Están... muy bien hechos.

— Candela. — Se pasó la mano por el pelo tirante—. Sé cómo están. Tú también. No me lo pongas peor.

Cogí uno. Lo partí con las manos, sin cuchillo, porque un roscón se parte con las manos o no vale, y eso Amparo me lo enseñó el primer invierno.

La miga era regular, elástica, correcta.

No tenía el hueco irregular ni el aroma que te subía por la nariz y te dejaba tonta.

Olía a mantequilla buena y a levadura. No olía a nada más.

— Le falta rezar — dije, y en cuanto lo dije me arrepentí, porque era una frase de Amparo y me dolió en la boca al pronunciarla.

Marina se quedó muy quieta. Algo le pasó por la cara, un relámpago.

— Todavía le falta rezar, mi niña — dijo, muy bajo—. Eso decía. Cuando yo era pequeña.

— A mí también me lo decía.

Nos quedamos las dos calladas con el roscón partido entre las manos y una anciana muerta metida en la cocina como una tercera presencia.

Habíamos querido a la misma mujer de maneras distintas y ninguna de las dos sabía qué hacer con eso.

Yo la de sangre nueva, la que llegó de paso y se quedó cuatro años.

Marina la de sangre vieja, la que se fue y volvió a vender.

Amparo entre las dos, como siempre, tirando de los hilos incluso muerta.

— Vale — dije, y solté el aire—. Te lo enseño. Pero con mis reglas.

— ¿Qué reglas?

— La primera: guarda la báscula.

Vi cómo se le crispó todo el cuerpo. La báscula era su iglesia.

Pedirle a Marina que amasara sin pesar era como pedirle que cruzara la calle con los ojos cerrados.

Pero apretó los dientes, cogió la báscula suiza y la metió en un armario de arriba, y cerró la puerta como quien encierra a un perro que muerde.

— Ya está — dijo—. ¿Contenta?

— Muchísimo.

Empezamos esa noche.

Porque el roscón de Amparo no se aprende de día, con prisas y clientela.

Se aprende de noche, cuando el pueblo duerme y el obrador es un barco cerrado con las luces bajas y el horno respirando en la esquina.

Cerrábamos a las ocho, cenábamos cualquier cosa arriba cada una por su lado para no reconocer que estábamos deseando bajar, y a las diez volvíamos a encendernos las manos con la harina.

La primera noche fue un desastre y me encantó.

— ¿Cuánta levadura? — preguntaba, con el pellizco en el aire, sufriendo.

— La que pida.

— Eso no es una cantidad.

— Es la única cantidad que hay. Huele. — Le acercaba el cuenco de la masa madre, ese fermento vivo que Amparo llevaba alimentando desde los años setenta y que yo alimentaba ahora como a un hijo—. ¿A qué huele?

— A ácido.

— ¿A ácido cansado o a ácido con ganas?

Marina me miró con la ceja subida, esperando la broma. No hubo broma. Y luego, muy despacio, volvió a acercar la nariz al cuenco, y algo le cambió en la cara, una rendija de curiosidad debajo del fastidio.

— Con ganas — dijo, casi con miedo de acertar.

— Pues entonces menos levadura. Ella tiene fuerza de sobra. Confía en ella.

Confía. La palabra le dolía a Marina como una astilla.

Toda su vida había sido no confiar en nada que no marcara una cifra, y allí estaba yo obligándola a fiarse de un fermento con carácter, de un horno con carácter, de una chica de paso que hablaba de masas que rezan.

Era pedirle demasiado. Y aun así, noche tras noche, bajaba.

Aprendí más de Marina en aquellas madrugadas de diciembre que en los tres meses anteriores.

Aprendí que se recogía el pelo cuando iba a trabajar de verdad, tirante, con un gesto seco, como quien se cierra una puerta por dentro.

Que tenía una quemadura vieja en el antebrazo y se la frotaba sin darse cuenta cuando algo le tocaba una fibra.

Que su ironía, la que parecía mala leche, funcionaba de armadura, y que debajo había una mujer que se moría de ganas de que algo le saliera bien y no se atrevía a quererlo por si acaso.

Aprendí a esperar sus silencios en lugar de llenarlos, que para mí, que lleno todos los silencios del mundo con mi cháchara, era un idioma nuevo.

Y aprendí que la harina, en el obrador cerrado, de noche, con Marina, había dejado de ser harina.

La segunda semana ya sacábamos roscones que se acercaban.

Todavía no el de Amparo, pero se acercaban.

Marina amasaba con una entrega feroz, como hacía todo, y le quedaba harina en los antebrazos, en la sien, una vez hasta en la ceja, y yo tenía que agarrarme al borde del mármol para no alargar la mano y quitársela.

Porque una noche de octubre yo se la había quitado a ella.

Le limpié la harina de la mandíbula con el pulgar sin pensarlo, y las dos nos quedamos quietas de más, y desde entonces la harina tenía peligro.

En noviembre nos besamos en el almacén y Marina se apartó de un salto y dijo esto no puede volver a pasar, y yo acepté con una sonrisa que mentía porque no sabía hacer otra cosa.

El pacto. Trabajábamos bajo el pacto. Y el pacto, a las tres de la madrugada, con las manos en la misma masa y el vaho del horno pegándonos el pelo a la frente, era el papel más fino del mundo.

— Azahar — dije la víspera de Nochebuena, y saqué el frasco.

Marina lo destapó y olió, y se le fueron los ojos hacia atrás un segundo, y sonrió. Sonrió de verdad, sin ironía, sin armadura, una sonrisa que le cambió la cara entera y que yo no le había visto nunca.

— Esto no es azahar de comprar — dijo.

— Lo hacía Amparo. Con los azahares del naranjo de la iglesia, en abril.

Yo la ayudaba a recogerlos. Nos subíamos las dos a la tapia como dos ladronas, ella con ochenta años, yo aguantándole la cesta, y el cura hacía como que no nos veía.

— Se me hizo un nudo pequeño—. Queda medio frasco.

Cuando se acabe, se acabó. No sé hacerlo tan bien como ella.

Marina cogió el frasco. Lo miró como se mira algo irrepetible. Y luego dijo una cosa que me descolocó del todo.

— En abril te ayudo yo a recogerlos.

En abril. Marina hablaba de abril dando por hecho que estaría en abril.

Marina, que llevaba desde octubre contando los días para agosto, para la venta, para volverse a Madrid.

Y a mí, que llevo toda la vida sin deshacer las maletas para que no me duela cuando toque irse, se me abrió una esperanza tonta en el pecho y la aplasté enseguida, porque las esperanzas tontas son las que más escuecen.

— Total — dije, con mi sonrisa de siempre—, para lo que voy a estar yo aquí en abril.

Marina levantó la vista del frasco. Me miró. No dijo nada. Pero algo se le apagó un poco, y me odié por habérselo apagado, y no supe por qué lo hacía. Sí lo sabía. Me adelantaba. Me iba yo primero, aunque fuera solo con una frase, para que no doliera cuando me fueran ellos.

Seguimos amasando en silencio.

Los días de la campaña fueron una locura buena.

El obrador a rebosar desde antes de que abriéramos, el mostrador de mármol lleno de cajas atadas con cordel, medio Valdesalce desfilando por la calle del Horno para encargar su roscón y quedarse un rato al calor, porque en un pueblo la confitería en Navidad hace más de plaza que de tienda.

Yo saludaba a todos por su nombre, a la Manoli, a don Aurelio, a las hermanas del estanco, y Marina despachaba detrás de mí, seria, exacta, dando el cambio al céntimo, y poco a poco fui viendo cómo la gente dejaba de mirarla como a la nieta de fuera y empezaba a mirarla como a la Salcedo.

A ella no le gustaba que la miraran. A mí me daba una ternura absurda verla incomodarse cada vez que alguien le decía que se parecía a su abuela.

Una de esas noches, ya cerrado, fregando los cacharros codo con codo, Marina fue a pasarme una bandeja y las dos la cogimos por el mismo lado.

Sus dedos sobre los míos. Un segundo. Dos.

Ninguna soltó. El grifo corriendo, el vaho subiendo, sus dedos fríos de agua sobre los míos y las dos mirando la maldita bandeja como si fuera lo más interesante del mundo.

— Perdón — dijo, y soltó, y se giró hacia el fregadero tan deprisa que casi tira el escurridor.

— No pasa nada — dije yo, con la bandeja goteando y el corazón haciendo tonterías.

El pacto. Estábamos las dos agarradas al pacto con las uñas, y el pacto se deshacía en el agua como el azúcar.

Al día siguiente Tere me paró en la plaza cuando iba a por el pan a la panadería de arriba. Secaba un vaso con el trapo, apoyada en el quicio del Bar Central, con esa manera suya de estar en todos los sitios sin moverse de ninguno.

— Oye, guapa — dijo—. La nieta de Amparo.

— ¿Qué le pasa a la nieta de Amparo?

— Nada. Que tiene mejor cara desde Navidad. — Sopló el vaso, lo miró al trasluz—. Y tú también. Yo no digo nada, a mí no me metas. Pero una servidora tiene ojos.

— Es la campaña, Tere. Vendemos mucho.

— Será eso — dijo Tere, y se metió para dentro con el vaso ya seco y una sonrisa que sabía más que yo.

Y llegó la víspera de Reyes.

El cinco de enero por la noche, con trescientos roscones ya vendidos y encargados y el obrador oliendo a azahar hasta la calle, nos quedamos las dos a hacer el último.

El nuestro. El de prueba definitiva, el que iba a decir si Marina lo había aprendido o no.

Satur se había ido a las nueve con un ánimo, viejo dirigido al horno y un gruñido dirigido a nosotras que en Satur equivalía a un abrazo.

El pueblo dormía. La escarcha cubría los cristales.

Y nosotras dos, solas, con la masa entre las manos.

— Amasa tú — le dije—. Yo no toco. Que salga tuyo o que no salga.

Marina se remangó. Se recogió el pelo con ese gesto suyo de cerrar puertas.

Y metió las manos en la masa, y esta vez no preguntó cuánta levadura ni cuántos grados ni cuántos minutos.

Amasó. La vi buscar con los dedos el momento en que la masa deja de pedir y empieza a dar, ese punto que no está en ninguna báscula, y la vi encontrarlo.

Se le puso una cara de concentración que era casi de rezo.

Amparo tenía razón. Las masas rezan. Y Marina, por fin, la estaba oyendo rezar.

— Ya — dijo, con las manos quietas en el cuenco—. Ya da.

— ¿Cómo lo sabes?

— No lo sé. — Levantó la vista, aturdida por su propia respuesta—. Lo huelo.

Lo dejamos levar en el sitio de secreto, que no era ningún secreto, era el hueco tibio junto al tiro del horno donde Amparo dejaba levar todo, y esperamos las dos horas más largas de mi vida sentadas en el suelo del obrador con la espalda contra el arcón, hombro con hombro, hablando de tonterías para no hablar de lo otro.

De cuando yo llegué al pueblo de paso y Amparo me dio un cruasán y un trabajo.

De cuando Marina venía de niña los veranos y odiaba el pueblo y adoraba a la abuela.

Dos mitades de la misma mujer, contándonos a esa mujer.

A la una de la madrugada horneamos.

Y a la una y cuarenta salió del horno, con su joroba a las cinco en punto y la corteza craquelada como una tierra seca y ese olor, ese olor que subía por la nariz y te dejaba tonta y sabía a cuando éramos pequeños. El roscón de Amparo. El de verdad. El primero en salir así desde octubre.

Lo pusimos en la rejilla. Nos quedamos las dos mirándolo sin respirar. Y entonces Marina hizo un ruido pequeño, entre risa y sollozo, y se llevó las manos a la boca, y se le llenaron los ojos, y dijo:

— Me ha salido. Candela, me ha salido.

Y no sé quién se movió primero. Creo que fue ella.

Estoy segura de que fue ella. Marina, la del pacto, la del esto no puede volver a pasar, la que llevaba meses apartándose de mí en cuanto la rozaba, se giró en medio del obrador con la harina en la ceja y el azahar en las manos y el roscón humeando entre las dos, y me besó.

No como en el almacén. En el almacén fue un choque, un accidente, un roce buscando lo mismo en el mismo estante.

Esto fue otra cosa. Esto fue una decisión.

Marina me sujetó la cara con las dos manos harinosas, me dejó su harina en la mandíbula, la que yo llevaba cuatro meses queriendo que me dejara, y me besó despacio, en serio, con toda la boca y todo el miedo y toda la rendición de una mujer que acaba de descubrir que hay cosas que no se pesan.

Le devolví el beso antes de pensar. Como hago todo.

Sonreí primero contra su boca y pensé después, y lo que pensé, con las manos de Marina en mi cara y el roscón de Amparo oliendo a domingo a la una y media de la madrugada del día de Reyes, fue una sola cosa, tan clara y tan aterradora que me dio vértigo.

Esta vez no quiero irme primero.