El azúcar y la sal Capítulo 11
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Capítulo 11

La masa no me obedecía y eso, a las seis de la mañana de un martes de diciembre, con el pueblo entero durmiendo bajo la escarcha y la calle del Horno azul de frío, era una humillación privada que no pensaba compartir con nadie.

El de Amparo no salía así en las fotos viejas que colgaban de la pared.

El de Amparo salía torcido, con una joroba a las cinco en punto, con la corteza craquelada como una tierra seca, y aun así la gente hacía cola en la calle en la madrugada de Reyes para llevárselo.

Yo tenía dos estrellas en el currículum y una técnica que Nerea llamaba quirúrgica, y no era capaz de sacar un bollo dulce que oliera a lo que tenía que oler.

Olía a mantequilla. No olía a domingo.

— Vas a gastar el mármol de tanto frotarlo.

Satur entró por la puerta del obrador con esa manera suya de aparecer sin pedir permiso, dueño todavía del aire de aquel sitio.

Cuarenta y un años metiendo pan en ese horno le daban derechos que yo no pensaba discutir a esas horas.

Traía la boina calada, las manos como raíces metidas en los bolsillos y una mirada de reojo hacia mi báscula que ya me sabía de memoria: el mismo desprecio educado que me dedicaba desde octubre.

— Buenos días a ti también — dije.

Dejó una bolsa de harina de fuerza sobre el arcón, se sopló los dedos y se acercó a mi roscón. No lo tocó. Lo miró como se mira a un desconocido en un velatorio, calculando de quién sería pariente.

— Tu abuela no lo hacía con báscula.

— Mi abuela no tenía que sacar trescientos en tres días. Yo sí.

— Tu abuela sacaba cuatrocientos y no le temblaba el pulso.

Cerré los ojos un segundo. La quemadura del antebrazo izquierdo, la vieja, la que me hice a los diecinueve con una bandeja de petit-fours, empezó a picarme, y me sorprendí frotándomela con el pulgar antes de darme cuenta. La bajé. No pensaba darle el gusto.

— Pues cuéntame el secreto — dije, y sonó más seco de lo que quería—. Si tan fácil era.

Satur soltó una risa que no llegó a la boca. Se quitó la boina, se rascó la coronilla, se la volvió a poner. Todo el ritual de un hombre que va a decir algo que ha decidido no decir muchas veces.

— Yo hago pan — dijo—. El roscón nunca fue cosa mía. Amparo no dejaba que nadie le tocara el suyo.

— Entonces está en la libreta.

— Está lo que ella quería que estuviera.

Fui a buscarla. La libreta de recetas de Amparo vivía en el cajón de debajo del mostrador, envuelta en un paño de cuadros que olía a canela y a años, y Candela la trataba de reliquia que yo no merecía tocar.

Se me había arrancado de las manos en octubre, la primera vez que la abrí.

Eso no se toca. Desde entonces la consultaba a escondidas, de madrugada, cuando ella dormía arriba y yo bajaba a no poder dormir.

La abrí por la R. Roscón de Reyes. La letra de mi abuela, redonda y apretada, ocupaba dos páginas enteras. Y era, de principio a fin, un jeroglífico.

Harina, la que pida. Levadura, un pellizco generoso y otro por si acaso.

Azahar, hasta que te lloren los ojos de gusto.

Ralladura de una naranja y el perdón de la otra.

Amasar hasta que la masa deje de pedir y empiece a dar.

Levar en sitio de secreto. Y una nota, al pie, subrayada dos veces con una raya que había roto el papel: hornear cuando huela a domingo, no cuando lo diga el reloj.

Ni un gramo. Ni un grado. Ni un minuto. Cincuenta años de un roscón que hacía llorar a un pueblo entero, resumidos en pistas de crucigrama para una difunta que ya no podía explicarlas.

— Esto no es una receta — dije en voz alta, aunque Satur ya se había puesto a encender el horno—. Es una carta de amor sin remite.

— Es como escribía ella.

— Es imposible de reproducir.

— Para ti — dijo Satur, y en esa palabra cabía todo lo que pensaba de mí desde el primer día.

Me quedé mirando la página. En sitio de secreto.

¿Qué sitio? El obrador tenía tres estancias y un sótano que olía a humedad.

¿Un pellizco generoso de qué cantidad? Generoso comparado con qué.

Toda mi formación, doce años de básculas y termómetros y hojas de cálculo, se estrellaba contra dos páginas de una anciana que amasaba a ojo y no le rendía cuentas a nadie.

Amparo probaba la masa con el dorso del dedo y sentenciaba.

Yo la recordaba de niña, los veranos que me mandaban al pueblo cuando mi madre no podía conmigo, hundiendo ese dedo nudoso en un cuenco y diciendo todavía no, mi niña, todavía le falta rezar.

Yo tenía siete años y creía que las masas rezaban.

Luego crecí, me fui a Madrid con mi madre, aprendí que rezar no existe y que todo se mide, y volví a los treinta y cuatro a un obrador donde la única verdad seguía siendo la de una masa que reza.

Cerré la libreta. La envolví otra vez en su paño. La dejé donde estaba, no fuera a bajar Candela y encontrármela fuera de sitio, y tener que aguantar esa mirada suya de intrusa cazada.

El pacto seguía en pie. Eso no puede volver a pasar, le había dicho yo en noviembre, después del almacén, después del beso que las dos fingíamos no recordar.

Y ella había aceptado con una sonrisa que mentía, y desde entonces trabajábamos como dos relojeras en la misma mesa: cerca, precisas, sin rozarnos nunca.

Yo le pasaba las bandejas por el lado que no tocaba su mano.

Ella me dejaba el café hecho y se iba antes de que yo bajara.

Éramos dos profesionales. Éramos un desastre disfrazado de dos profesionales.

Y ahora resultaba que el alma comercial del negocio en Navidad, el roscón que pagaba el mes de enero entero, dependía de una receta que yo no sabía leer.

Llamaron a la puerta de atrás con los nudillos, tres golpes tímidos, y antes de que dijera nada asomó por el resquicio la cara de Lito, el sobrino de Tere, colorado de frío y de vergüenza.

Diecisiete años, la bici apoyada en la pared, un gorro de lana calado hasta las cejas.

Venía a por el pan de las entregas, el de Satur, pero se quedó en el umbral mirando mis cuatro roscones alineados en la rejilla como si fueran un pelotón de fusilamiento.

— Buenos días, Marina.

— Buenos días, Lito. Pasa, que se te congela el pueblo entero por la puerta.

Entró de lado, sin apartar los ojos de los roscones. Le tembló algo en la boca. El chico tenía un respeto por mí que rozaba el pánico y una devoción por Candela que no disimulaba, y entre las dos cosas se le trababa la lengua.

— ¿Son... son para la venta? — preguntó.

— Son de prueba. Todavía no vendo.

— Ah. — Alargó la mano hacia el borde de uno, la retiró antes de tocarlo, se metió las dos en los bolsillos como quien esposa a un sospechoso—. Es que el de tu abuela...

No terminó la frase. No hizo falta. Ya me había clavado la mitad sin darse cuenta, con esa crueldad inocente de los que dicen la verdad porque aún no saben mentir.

— El de mi abuela, ¿qué? — dije. No era una pregunta. Era ponerme yo misma la mano en la herida para adelantarme al golpe.

— Que hacía cola mi madre desde las cinco — dijo Lito, y se le iluminó la cara con el recuerdo, ajeno del todo a lo que me estaba haciendo—. Y decía que no sabía a azúcar. Decía que sabía a... — se puso más rojo todavía—. Bueno, eso decía ella. Que sabía a cuando éramos pequeños. Una tontería.

A cuando éramos pequeños. Una anciana del pueblo con la receta de su infancia metida en un bollo, y yo con dos estrellas y una báscula suiza sacando cadáveres dorados.

— No es ninguna tontería — dije, y me salió más bajo de lo que quería.

Le puse el pan en la bolsa de reparto, le añadí uno de los roscones muertos, el más presentable, envuelto en papel.

— Para tu madre. De prueba. A ver qué dice.

Lito lo cogió como si le entregara un recién nacido. Se le pusieron los ojos como platos.

— ¿Y qué le digo si me pregunta cuánto es?

— Que es gratis. Que es un experimento.

— Vale. Voy y vengo. — No se movió. Se quedó en el sitio, con el roscón contra el pecho, buscando cómo decir lo que quería decir—. Marina. Candela sabe hacerlo. El de tu abuela. Yo la he visto. — Y entonces sí, salió disparado hacia la bici, rojo hasta las orejas, huyendo de su propia confesión.

Voy y vengo, y no se iba. Como todo el mundo en aquel pueblo. Como la propia Candela.

Me quedé con la puerta abierta al frío, viéndolo pedalear calle del Horno abajo con el pan y mi fracaso envueltos en la misma bolsa.

Dos personas en una hora me habían dicho lo mismo sin ponerse de acuerdo.

El pueblo entero lo sabía. Lo sabía Satur, lo sabía Lito, lo sabía probablemente Tere desde su barra antes de que amaneciera.

La única que sabía hacer el roscón de Amparo dormía sobre mi cabeza, y yo era la única cabezota de la comarca empeñada en no pedírselo.

Cerré la puerta. Empecé otra vez. Cuarto intento.

Pesé la harina, cuatrocientos ochenta, y cuando iba a echarla al cuenco me detuve con el paquete en la mano.

La que pida. Aparté treinta gramos. Los dejé en un platillo, a un lado, como una ofrenda a un dios en el que no creía.

Ridículo. Volví a echarlos. Los pesé de nuevo. Cuatrocientos ochenta.

No sabía trabajar de otra manera. Ese era el problema, y lo sabía desde mucho antes de aquel diciembre.

Nerea me lo dijo el día que se fue, con la elegancia con que ella lo decía todo: eres la mejor técnica que conozco, Marina, y la peor cocinera.

Lo dijo para hacer daño y lo consiguió, porque tenía razón.

Yo controlaba. Amparo cocinaba. Y entre las dos había un abismo que ninguna báscula de Madrid iba a cruzar.

El horno crujió al calentarse. Satur le hablaba por lo bajo, palmadas en el lateral de chapa, ánimo, viejo, que hoy hay faena, y el horno respondía con esos chasquidos suyos de metal que se dilata.

Tiene carácter, me había dicho Candela la primera semana, como quien presenta a un pariente difícil.

Solo Satur y yo sabemos llevarlo. Y tú no.

Metí el cuarto roscón. Programé cuarenta minutos. Me senté en el taburete a esperar y a odiar el olor a mantequilla que no era el olor que buscaba.

Fue entonces cuando Satur, que fregaba sus cosas de espaldas a mí, dijo lo que llevaba toda la mañana decidiendo si decir.

— El azahar de tu abuela no lo compraba.

Levanté la cabeza.

— Lo hacía ella. Con los azahares del naranjo del patio de la iglesia, en abril, y lo guardaba en un frasco todo el año. Y no basta con el azahar. Está el orden, y el reposo, y una cosa que hacía con las manos al final que yo la vi mil veces y no sabría repetirte.

— ¿Y quién sabe repetirla?

Satur cerró el grifo. Se secó las manos en el mandil con una parsimonia que me pareció crueldad pura.

— Solo una persona en este pueblo sabe hacer el roscón de Amparo — dijo—. Y no eres tú, ni soy yo.

No hizo falta que dijera el nombre. Estaba arriba, durmiendo bajo el techo de mi insomnio, con la harina metida en sitios imposibles hasta cuando dormía.

La chica de paso que llevaba cuatro años sin marcharse.

La que amasaba a ojo. La que me había arrancado la libreta de las manos porque sabía, ella sí, lo que aquellas páginas escondían.

El horno pitó. Saqué el cuarto roscón. Simétrico. Dorado. Perfecto.

Muerto.

Lo dejé sobre la rejilla y me quedé de pie en medio del obrador, con el guante de horno todavía puesto, haciendo la cuenta que llevaba semanas sin querer hacer.

Trescientos roscones en tres días. La campaña que sostenía el negocio hasta que yo lo vendiera en agosto.

La clientela de toda la vida que iba a comparar mi roscón con el de Amparo y a decir, con esa piedad de pueblo que es peor que el insulto, no está mal, pobre, se nota que lo intenta.

Y una sola persona en Valdesalce capaz de enseñarme a hacerlo bien.

La misma a la que le había dicho que aquello no podía volver a pasar.

— Satur — dije, y me costó cada sílaba—. ¿A qué hora baja Candela?

El hornero me miró por encima del hombro. Por primera vez en tres meses, algo en su cara que no era desprecio. Algo peor. Algo parecido a la lástima de quien ve venir el choque desde lejos.

— A las siete — dijo—. Baja siempre a las siete. — Colgó el mandil. Cogió su boina de la percha. Y antes de salir a la calle helada, con la mano ya en el picaporte, añadió—: Yo que tú, se lo pediría por favor. A Candela lo del por favor le funciona. Lo de las básculas, no.

La puerta se cerró y me dejó sola con cuatro roscones perfectos y un olor que no era el que tenía que ser. Miré el reloj de la pared, el que Amparo nunca miró para saber si algo estaba listo. Las seis y cuarenta y ocho.

Doce minutos.

Me quité el guante. Volví a sacar la libreta del cajón, la desenvolví del paño, la abrí otra vez por la página del jeroglífico y la dejé abierta sobre el mármol, a la vista, sin esconderla.

Un gesto pequeño y para mí enorme: rendirme antes de que ella bajara.

Reconocer que había algo en aquel obrador que yo no sabía leer y ella sí.

Amasar hasta que la masa deje de pedir y empiece a dar.

Puse a calentar el café. Dos tazas. Y esperé, de pie junto al horno con carácter, a que dieran las siete y bajara por la escalera la única persona del mundo a la que iba a tener que decirle por favor.