El azúcar y la sal Capítulo 10
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Capítulo 10

Me besó y salió corriendo, y a la mañana siguiente bajamos las dos a hacer pan como si el almacén no existiera.

Buenos días. Buenos días. El café amargo.

La lista de encargos. Ni una palabra de la boca, del pelo suelto, de la mano en la nuca.

Nada. Marina había vuelto a recogerse el pelo tan tirante que le tiraba de las sienes, se había cerrado la puerta con doble vuelta, y trabajaba a un metro de mí con una educación de hielo, pasándome las cosas por el asa para no rozarme los dedos, midiendo los centímetros que había entre su cuerpo y el mío como mide la harina.

Yo hice lo mismo. Es lo que se me da bien, fingir que no pasa nada, sonreír primero y guardar el desastre para luego. Llevo toda la vida practicando. Sonríe, Candela, que a la que se le nota que le importa se queda sola antes. Sonríe y sigue amasando.

Solo que el pan no me salía. Se me quedaba denso, apelmazado, y no era el aire ni la harina, era yo, que amasaba con rabia y el pan lo nota todo, el pan es como un perro, sabe si lo tocas con amor o con miedo.

Aquellos días toqué la masa con miedo y me salió un pan con miedo, y Satur lo probó y me miró por encima de su sordera y no dijo nada, que en él es la mayor de las regañinas.

Nos evitábamos y no podíamos. Ese era el problema del obrador, que es pequeño, que no hay donde meterse, que para coger la levadura tienes que pasar por detrás de la otra y le rozas la espalda con el brazo, que para sacar la bandeja del horno os agacháis las dos a la vez y os chocáis el hombro, que la vida en un obrador es un roce continuo y no hay ladrillo que lo pare.

Cada roce era una chispa. Cada chispa, un recuerdo del almacén.

Y las dos apretando los dientes, apartándonos, pidiendo perdón por lo que no era el roce sino todo lo demás.

El deseo contenido pesa, y no lo digo por decir.

Pesa físicamente. Se te instala en el pecho y en las manos y en la parte baja del vientre, y llevas todo el día cargando con él mientras despachas magdalenas y pones cara de normal, y por la noche subes a tu cuarto agotada de cargarlo y te tumbas en la cama y lo tienes ahí encima, aplastándote, sabiendo que a tres metros, al otro lado del pasillo, hay otra mujer cargando con el mismo peso y aguantándose igual que tú, y que bastaría con cruzar el pasillo.

Tres metros. Una puerta. No los crucé. No los cruzó.

Una noche me levanté. Lo confieso porque no se lo he contado a nadie.

Me levanté, descalza, y llegué hasta mi puerta, y puse la mano en el picaporte, y oí que al otro lado ella también estaba despierta, el somier cantando bajito con cada vuelta que daba.

Estuvimos las dos así no sé cuánto, cada una con la mano o el pensamiento en su picaporte, escuchándonos.

Y luego oí que su somier se quedaba quieto, que se rendía al sueño o fingía rendirse, y yo volví a mi cama con los pies helados y me llamé cobarde en voz baja, aunque no lo era.

No era cobardía. Era supervivencia. La misma de siempre.

Quien ha aprendido a irse antes de que la echen sabe que la puerta de otra persona es el sitio más peligroso del mundo.

En el obrador seguíamos siendo dos profesionales impecables. Y yo empezaba a odiar la palabra profesional casi tanto como la palabra pacto, que Marina todavía no había pronunciado pero que yo le veía venir en la cara, esa cara suya de estar redactando algo por dentro.

Tere lo vio, claro. Tere lo ve todo.

Bajé al bar el jueves a por el café, con unas ojeras que no había cristal que las tapara, y me puso el café sin que se lo pidiera y se apoyó en la barra enfrente de mí con el trapo en la mano.

— Vaya cara — dijo.

— No he dormido.

— Ya. — Secó un vaso seco—. ¿Y ella?

— ¿Quién?

— No me hagas perder el tiempo, Candela, que te conozco desde que llegaste con la bolsa aquella y la cara de susto.

— Dejó el vaso—. La Salcedo. Marina. Lleváis toda la semana entrando en mi bar por separado y con la misma cara de no dormir.

En este pueblo eso solo significa una cosa, y no es que hayáis discutido por la contabilidad.

— No hay nada.

— A mí no me metas — dijo, que en Tere significa justo lo contrario—.

Pero te voy a decir una cosa y luego me callo.

— Se acercó por encima de la barra—. Esa mujer no sabe lo que quiere.

Y tú sí. Tú siempre has sabido lo que quieres, lo que pasa es que te da tanto miedo perderlo que prefieres no tenerlo.

Y así no se vive, hija. Así se sobrevive, que es distinto. Amparo lo sabía. Por algo os ató.

Me bebí el café sin contestar. Tere tenía razón y yo no estaba para razones aquella mañana. Le dejé las monedas en la barra, ella me las devolvió de un empujón, no me cobró, y me volví al obrador con el peso a cuestas.

Marina me estaba esperando.

No trabajando. Esperando. De pie junto al mostrador, con las manos entrelazadas por delante y la cara de haber ensayado algo, la cara de quien viene a leerte un acuerdo. Reconocí la postura. Es la postura de la gente que se va, la que pone el cuerpo recto para decirte lo que ha decidido sin ti.

— Tenemos que hablar — dijo.

— Estoy hablando todo el rato. Eres tú la que no habla.

— De lo del almacén.

Dejé el bolso en la silla, despacio, para tener las manos en algo.

— Vale — dije—. Habla.

Y habló. Habló como habla ella cuando algo la asusta, con frases cortas y exactas, cerradas, sin una grieta por donde entrar, un discurso que se notaba pensado en la cama la noche anterior, medido palabra por palabra igual que mide la harina.

— Lo del almacén fue un error — dijo—. Las dos estábamos cansadas, llevábamos semanas de mucho trabajo, muy encima la una de la otra, es normal que pasara algo así.

Un cortocircuito. Pero no puede volver a pasar, Candela.

Tú y yo tenemos que sacar esto adelante hasta agosto, compartir techo, trabajar codo con codo todos los días, y si dejamos que esto...

— señaló el aire entre las dos, sin nombrarlo—, si dejamos que esto se enrede, va a ser un desastre.

Cuando yo me vaya en agosto, y me voy a ir, se quedará todo roto, el negocio y lo otro.

Y no quiero hacerte daño. — Tragó—. Así que propongo un pacto.

Profesional. Somos socias hasta agosto. Trabajamos bien, nos respetamos, sacamos el obrador adelante para venderlo en buenas condiciones, y lo del almacén no vuelve a pasar. Punto y aparte. ¿Te parece?

Se quedó esperando mi respuesta con las manos entrelazadas y la barbilla alta, tan segura de su discurso, tan convencida de que había encontrado la manera de medir esto también, de meterlo en una columna con su fecha de caducidad en agosto, y yo la miré, la miré de verdad, la nieta con la báscula, la mujer que me había soltado el pelo en un almacén y había salido corriendo, y me dieron ganas de dos cosas a la vez, de zarandearla y de abrazarla, que es más o menos lo que me pasa con ella desde que llegó.

No hice ninguna de las dos. Me apoyé en el mármol, tranquila por fuera, deshecha por dentro, y le solté la única cosa verdadera de toda la conversación, la que llevaba días queriendo decirle.

— ¿Sabes lo que le pasa a la gente, Marina?

— dije—. Que hay quien se queda en un sitio porque no puede irse.

Por miedo, por dinero, porque no tiene a dónde, porque es más fácil.

Y hay quien se queda porque quiere, porque elige ese sitio pudiendo marcharse a cualquier otro.

Y desde fuera parece lo mismo, dos personas quietas en el mismo pueblo.

Pero no tiene nada que ver. — Hice una pausa, mirándola—.

Tú llevas toda la vida huyendo para no ser de la primera clase, la que se queda porque no puede.

Tu madre te enseñó a tenerle pánico a eso.

Y por eso te vas siempre, para demostrar que puedes.

Pero irse por miedo a quedarte es tan poco libre como quedarse por miedo a irse.

Las dos cosas son la misma cárcel. — Bajé la voz—.

Tú aún no sabes de qué clase eres. Ni siquiera sabes si sabes quedarte por gusto, porque nunca te has quedado en ningún sitio el tiempo suficiente para averiguarlo.

Y hasta que no lo sepas, no vas a poder decidir de verdad nada.

Ni sobre el obrador. Ni sobre mí. Ni sobre lo del almacén.

Marina se quedó sin discurso. Se le quebró la postura recta, se le abrió una grieta finísima en la cara, y por un instante pensé que iba a contestarme algo de verdad, algo que no fuera una fecha ni un grado. Abrió la boca. La cerró. Se frotó la quemadura del antebrazo.

— ¿Aceptas el pacto o no? — dijo al final, agarrándose otra vez a lo suyo, porque era lo único firme que tenía.

Y ahí es donde mentí. Porque podía haberle dicho la verdad, que no quería ningún pacto, que quería cruzar el pasillo por las noches, que llevaba semanas cayéndome por ella y no me daba la gana de frenar la caída.

Podía haberle dicho todo eso. Pero yo también sé protegerme, yo también tengo mi báscula, la mía se llama sonreír, y me la puse.

— Claro que acepto — dije, y sonreí, una sonrisa ancha, cálida, la de siempre, la que uso para que nadie sepa lo que me cuesta nada—. Pacto profesional. Socias hasta agosto. Lo del almacén, olvidado. — Le tendí la mano, con harina y todo—. ¿Trato?

Marina me miró la mano un segundo, dudó, y me la estrechó. Fría y limpia contra la mía manchada. Un apretón corto, de negocios, el que ella quería. Y en cuanto me soltó, la vi respirar aliviada, creyendo que había ganado, que había vuelto a meter esto en una columna con su fecha.

No sabía que le acababa de mentir con la sonrisa más sincera que tengo.

No sabía que un pacto no apaga un incendio, solo lo tapa, y que las cosas tapadas en un obrador acaban saliendo, siempre, como sale la masa por encima del cuenco cuando fermenta de más.

No sabía que yo ya me había caído del todo y que lo único que estábamos pactando era cuánto íbamos a tardar en admitirlo.

Me solté, cogí el delantal y me fui a amasar el pan del día.

Y aquella tarde, por primera vez en una semana, el pan me salió bien, esponjoso, alto, dorado.

Porque lo amasé con rabia y con ganas y con todo lo que no le había dicho, y el pan, que lo nota todo, notó que por fin había alguien debajo de la sonrisa.

Subí de noche, pasé por delante de su puerta, la oí no dormir. Entré en mi cuarto. Abrí el armario. Miré la bolsa medio hecha.

Y por primera vez en cuatro años, en vez de meter otra camiseta, saqué una.

Una sola. La dejé fuera, doblada sobre la silla.

No era deshacer la bolsa, ni mucho menos.

Pero era sacar una camiseta. Y me quedé mirándola sobre la silla un rato largo, esa camiseta fuera de la bolsa, asustada de lo que significaba, antes de apagar la luz y quedarme escuchando, a través del suelo, a Marina Salcedo dar vueltas en la cama de somier que canta, las dos despiertas, las dos cayéndonos, las dos fingiendo que un apretón de manos había apagado algo que no hacía más que crecer.