Capítulo 9
Me pasé el puente de los Santos poniendo distancia como quien pone ladrillos, uno a uno, a conciencia.
Bajaba antes que Candela para no coincidir con ella en la cocina y su pelo suelto.
Le hablaba de encargos, de horarios, de proveedores, nunca de nada que no cupiera en una hoja.
Cuando teníamos que trabajar cerca, y en un obrador se trabaja siempre cerca, yo medía los centímetros, me apartaba primero, no dejaba que se repitiera lo del pulgar y la mandíbula.
Y por las noches, arriba, cuando la oía moverse a través del suelo, me ponía los cascos y contaba grados hasta dormirme.
Funcionó regular. Es lo que tienen los ladrillos, que se ven, y ella los veía.
— Buenos días — me decía, con una sonrisa que sabía perfectamente lo que yo estaba haciendo.
— Buenos días. Hoy toca la tarta de los Herrero y hay que reponer magdalenas.
— A la orden.
Y se reía por lo bajo, y yo me daba media vuelta y me iba a pesar algo.
Lo malo del ladrillo es que solo tapa el hueco, no lo rellena.
Yo lo sabía porque el hueco seguía ahí, del tamaño exacto de aquella tarde, y a las horas raras se me abría solo.
A las cinco menos cuarto, cuando la oía bajar sin encender la luz.
A las once de la noche, cuando el reloj de la iglesia daba las horas y yo contaba las que faltaban para que ella respirara al otro lado del suelo.
Uno construye para no sentir y acaba oyendo mejor lo que quería no oír.
Una tarde, buscando levadura en la trastienda, la tuve detrás sin verla, noté su calor antes que su voz, y las dos nos quedamos un segundo de más, y las dos nos apartamos a la vez pidiendo perdón por un roce que no había llegado a producirse.
Perdón por lo que todavía no había pasado. Así íbamos.
El puente fue una locura de trabajo, eso ayudó a los ladrillos.
Los de Bilbao y los de Zaragoza seguían en el pueblo, las familias enteras reunidas, y todas pasaban por la Confitería antes de volverse, a llevarse una caja de pastas para el viaje, un roscón para el domingo, "unos huesos que en Bilbao no saben".
El obrador no se vaciaba. Desde que abríamos hasta que cerrábamos había gente en el mostrador, y detrás del mostrador estaba yo, la de fuera, despachando a un pueblo que me conocía a mí sin que yo lo conociera a él.
Ese era el otro asunto. Que me veían.
En Madrid yo era invisible, y me gustaba.
En la trastienda de un hotel grande nadie sabe quién hace el postre.
Aquí cada persona que entraba sabía quién era yo, o creía saberlo.
"Tú eres la nieta de Amparo." "Tú eres la de Pilar, la que se fue a la capital.
" "Anda, la Salcedo, cómo has cambiado." Me tocaban, me cogían la cara con manos frías, me medían contra un recuerdo mío de niña que ellos tenían y yo no.
Me devolvían una versión de mí que había dejado de existir a los dieciocho, la niña Salcedo, la nieta de la confitera, y me la ponían encima como un abrigo que ya no me estaba.
Una señora mayor, doña Elvira, que había sido maestra en el pueblo, me tuvo diez minutos con las manos cogidas por encima del mostrador contándome cómo yo de pequeña me subía al taburete a ver amasar a mi abuela y me negaba a bajar hasta que me daban un recorte de masa cruda para jugar.
No me acordaba. No me acordaba de nada de eso, y sin embargo, mientras ella lo contaba, algo en mis manos sí se acordaba, un cosquilleo antiguo, el tacto de la masa fría entre los dedos de una niña que fui y que enterré con lo demás cuando mi madre decidió que aquel pueblo era una enfermedad.
Le di el cambio, le sonreí, y en cuanto salió me fui a lavarme las manos, que las tenía limpias, solo por sentir el agua y quitarme de encima el recuerdo.
Doña Elvira me había devuelto una niña que yo no sabía que echaba de menos, y eso, en mitad de una mañana de faena, no era un regalo que yo supiera aceptar.
Tere lo remató una mañana. Vino a por su pedido de magdalenas para el bar, se apoyó en el mostrador con los brazos cruzados y me miró de arriba abajo con esa manera suya de leerte el prospecto.
— Estás hecha una Salcedo — dijo—. Detrás de ese mostrador, con el mandil. Igual que tu abuela y que tu bisabuela Rita. Tres generaciones de Salcedas amasando en la misma esquina. — Chasqueó la lengua—. Quién te lo iba a decir, con lo lejos que te llevó tu madre.
La Salcedo. Detrás del mostrador. Como mi abuela, como mi bisabuela.
Le sonreí lo justo, le di sus magdalenas y en cuanto se fue tuve que meterme en la trastienda a respirar, porque aquella frase, que ella soltó con cariño, me apretaba el pecho como una talla pequeña.
Yo no quería ser la Salcedo del mostrador.
Yo no quería ser la tercera generación amasando en la misma esquina hasta caerme muerta encima de la masa.
Eso era lo que mi madre había pasado la vida enseñándome a temer.
Y sin embargo, al oírlo, algo dentro de mí, muy al fondo, muy escondido, no lo temió.
Y que no lo temiera me daba más miedo que la propia frase.
Aquella tarde cerramos tarde y molidas. Candela y yo nos quedamos reponiendo el almacén para el día siguiente, ella y yo solas, Satur se había ido ya, y el almacén de la Confitería es un cuartito estrecho al fondo, con estanterías del suelo al techo cargadas de sacos, latas, moldes, cajas de cartón para los encargos, todo apretado, un pasillo por el medio donde no caben dos personas sin rozarse.
Ahí estábamos las dos, reponiendo, pasándonos las cosas, y todo iba bien, iba profesional, hasta que las dos alargamos la mano a la vez hacia el mismo estante.
Un paquete de cápsulas de magdalena, arriba, en la balda de arriba.
Ella lo necesitaba para la mañana. Yo lo estaba colocando.
Alargamos las dos el brazo al mismo tiempo, sin vernos, y nuestras manos se encontraron en el aire, en el paquete, los dedos de ella sobre los míos, y las dos nos quedamos quietas otra vez, como en la tarde de la harina, pero esta vez en un cuartito estrecho, sin salida, con el cuerpo de la una a un palmo del de la otra.
Me giré para decir algo, perdona, cógelo tú, cualquier ladrillo, y al girarme la tenía ahí, tan cerca que le vi la harina en la mandíbula, en el sitio de siempre, el sitio que yo había tocado, y le vi los ojos, oscuros, cansados, con esa pregunta dentro que llevábamos días sin hacernos, y le vi la boca, entreabierta, a punto de soltar una de sus pullas para romper el momento como rompió el otro.
No le di tiempo a la pulla.
La besé.
No lo decidí. Y yo lo decido todo. Lo peso, lo calculo, lo cronometro.
Aquello no. Me salió de un sitio de mí que no controlo, me incliné los diez centímetros que llevábamos días sin acortar y la besé en la boca, en aquel almacén estrecho que olía a harina y a cartón, con el paquete de cápsulas cayéndose entre las dos.
Y Candela me respondió. Medio segundo tardó, medio segundo de sorpresa, y luego me respondió, subió una mano a mi nuca, a la puerta de mi nuca que llevaba diez meses cerrada con llave, y la abrió, la abrió con la boca, y yo dejé de contar grados, dejé de medir centímetros, dejé de ser la de fuera y la Salcedo del mostrador y la nieta que vino a vender, y durante unos segundos, unos pocos segundos larguísimos, solo fui una mujer besando a otra mujer contra una estantería, con el corazón haciéndome tanto ruido que no oía el reloj de la iglesia.
Sabía a azúcar. A azúcar y a algo salado, a piel, a día de trabajo. Su boca tenía prisa y cuidado al mismo tiempo. Y una de sus manos se me enredó en el pelo. Me deshizo la coleta. Me soltó el pelo tirante que me cierro cada mañana. Ahí, en el gesto de soltármelo, fue donde me entró el pánico.
Porque me lo estaba soltando. Me estaba abriendo la puerta de la nuca.
Y en cuanto se abre esa puerta, ya lo sé, ya lo aprendí, en cuanto se abre entra cualquiera y se lleva lo que quiere y te deja con una caja de cartón y la lección.
Nerea me soltó el pelo una vez también. Y me quedé sin local, sin nombre, sin recetas, sin nada.
Me aparté de golpe.
Un paso atrás, contra la estantería de enfrente, con la respiración descompuesta y el pelo suelto por la cara y los labios ardiendo, y me quedé mirando a Candela como se mira algo que acabas de romper.
— No — dije, y la voz me salió rota—. No, esto no puede ser.
Candela se quedó donde estaba, contra los sacos, con la mano todavía a medio camino de donde había estado mi cara, la respiración también rota, y en los ojos, durante un instante, antes de que los tapara, una esperanza tan desnuda que no pude sostenérsela.
— Marina — dijo.
— Me voy en agosto. — Lo solté como una tabla de salvación, agarrándome a la fecha, al número, al único sitio firme—.
Me voy en agosto, Candela. Vendemos esto y yo me voy a Madrid y tú...
— No supe terminar—. Esto solo puede acabar mal.
Las dos lo sabemos. No voy a hacerte esto. No me lo voy a hacer.
Recogí el paquete de cápsulas del suelo con manos que me temblaban, lo dejé en la balda, y salí del almacén casi de espaldas, sin darle tiempo a decir nada, sin darme tiempo a mí a quedarme, y subí las escaleras de dos en dos, a mi cuarto, y cerré la puerta, y me apoyé en ella con el corazón desbocado y los labios todavía calientes, oliendo a azúcar y a sal.
Me recogí el pelo con dedos torpes. Tirante. Cerré la puerta de la nuca. Doscientos veinte grados, me dije, apoyada en la puerta. Cuarenta minutos de reposo. Ciento diez grados el almíbar, ni uno más.
Los números no me salvaron. Por primera vez en diez meses, los números no me salvaron de nada, porque no había cifra en el mundo para lo que acababa de pasar en aquel almacén, para la mano en mi nuca, para el pelo suelto, para lo bien y lo mal que sabía tener a Candela Morán respondiéndome en la boca.
Y lo peor no era el beso. El beso podía explicarlo, el cansancio, el trabajo, la piel demasiado cerca demasiadas horas, un cortocircuito, esas cosas pasan y se archivan.
Lo peor era lo de antes del beso. La media hora en la trastienda oyendo a doña Elvira, el cosquilleo de la masa cruda en unos dedos que fui, el abrigo estrecho de ser la Salcedo, todo aquello que me estaba entrando por sitios que llevaba dieciséis años teniendo tapiados.
Porque una cosa era desear a Candela, que ya era grave.
Y otra, mucho peor, era empezar a echar de menos a la niña que me subía al taburete de mi abuela, empezar a sentir que aquel mostrador de mármol tiraba de mí igual que tiraba de ella, empezar a no querer irme.
Eso sí que no lo podía permitir. Del deseo se sale.
De quererse quedar, no. De quererse quedar solo se sale con una caja de cartón, y yo ya había hecho ese viaje una vez.
Abajo, en el almacén, se oyó caer algo. Un saco, una caja.
Y luego silencio. Y luego, mucho rato después, los pasos lentos de Candela subiendo la escalera, parándose delante de mi puerta un segundo —un segundo entero, la oí respirar al otro lado, la oí a punto de llamar— y siguiendo hasta su cuarto sin llamar.
Me deslicé hasta el suelo con la espalda en la puerta y me quedé ahí sentada mucho rato, en la oscuridad, con el pelo tirante y la boca ardiendo, entendiendo por fin, con un miedo antiguo y frío, que los ladrillos no habían servido de nada.
Que no había pared que aguantara. Que llevaba semanas construyendo un muro para no caerme, y que acababa de caerme igual, en un almacén de tres metros, con un paquete de cápsulas de magdalena entre los pies.