El azúcar y la sal Capítulo 8
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Capítulo 8

Hay cosas que una guarda para no tener que explicárselas a nadie, y el dinero de las transferencias era la mía.

Nadie tenía que saberlo. Ni Satur, que sospechaba y callaba.

Ni el pueblo. Y mucho menos ella, la nieta con la báscula, que había venido a poner precio a todo y que ahora tenía en la mano el papel con la única cosa mía que yo no quería que valiera un precio.

Me lo había ganado a pulso, el secreto. Y Marina Salcedo, cuadrando columnas un martes por la mañana, me lo había desmontado en dos horas.

— No iba a dejar que se muriera dos veces — le dije, y me arrepentí en cuanto salió, porque sonaba a lo que era, a demasiado, a corazón abierto encima del mármol de la trastienda.

Marina se quedó con el recibo en la mano, sin saber qué hacer con él ni conmigo. Le vi el cálculo en la cara, esa manera suya de sumar todo, y por una vez no me molestó que sumara, porque estaba sumando lo que me había costado y a lo mejor entendía algo.

— Es casi todo lo que ganas — dijo, bajito—. Lo has calculado tú antes que yo, ¿verdad? Lo que te queda. Lo que te has gastado.

— No hace falta calcularlo. Me lo sé.

— Candela. — Dejó el papel sobre la mesa de trabajo, despacio, con cuidado, y eso me descolocó, que lo tratara con cuidado—.

Esto es una ruina. El negocio pierde dinero desde hace dos años.

Lo estás sosteniendo tú a pulmón. ¿Y para qué?

En agosto esto se vende o no se vende, pero tú no vas a recuperar lo que has puesto.

Lo sabes. Sabes de cuentas más de lo que finges.

— No lo pongo para recuperarlo.

— ¿Entonces para qué?

Y ahí me abrí la rendija. No quería. Tenía el plan de siempre, no encariñarme, no enseñar, ser fácil de dejar.

Pero llevaba semanas durmiendo a tres metros de esta mujer, oyéndola no dormir, viéndola aprenderse las manías de mi clientela, notándole el pulgar en la mandíbula todavía tres días después, y estaba cansada, cansada de guardarlo todo, y me senté en el taburete de Satur y le hablé, le hablé de verdad, que es algo que casi no hago aunque hable todo el rato.

— ¿Sabes de dónde soy yo? — dije—. De ningún sitio.

Es la verdad, no es una manera de hablar.

Nací en un sitio, me crié en catorce. Mi madre no aguantaba en ningún lado.

En cuanto un sitio empezaba a ser un sitio, en cuanto yo empezaba a tener una amiga o una profesora que se sabía mi nombre, hacíamos las maletas y a otra parte.

Aprendí a los siete años a no deshacer la maleta del todo.

Para qué, si en tres meses la vuelves a hacer.

Dejaba la ropa doblada dentro y sacaba solo lo del día.

— Me reí, una risa que no era risa—. Todavía lo hago.

Tengo una bolsa en el armario ahí arriba medio hecha.

Cuatro años llevo aquí y la bolsa sigue medio hecha.

No sé deshacerla. Se me olvidó cómo, si es que alguna vez lo supe.

Marina no dijo nada. Se apoyó en la mesa, enfrente de mí, escuchando, con esa quietud rara que le sale cuando algo la toca, la misma quietud del día de la libreta.

No le conté lo de la vez que deshice la maleta entera.

Tendría ocho años, un piso de una ciudad que ni recuerdo cuál era.

La deshice del todo, coloqué la ropa en los cajones, puse mis cuatro cosas en una estantería, pegué con celo un dibujo en la pared de mi cuarto.

Tardé una tarde. Me sentí, por una vez, de un sitio.

Y a la mañana siguiente mi madre entró con las cajas y me dijo que nos íbamos, que había surgido algo, que recogiera.

Y tuve que despegar el dibujo de la pared y meter otra vez la ropa en la maleta que acababa de vaciar.

Eso no se lo conté a Marina. Pero lo tenía en la boca mientras la miraba, la lección de aquella tarde, la única que de verdad aprendí de niña: no deshagas nunca lo que vas a tener que volver a hacer.

Ahórrate la pared vacía donde estuvo el dibujo.

— Llegué a Valdesalce hace cuatro años de paso — seguí—.

De verdad de paso, iba a otro sitio, se me estropeó todo por el camino, me quedé sin dinero, y entré aquí a pedir trabajo de temporada, unas semanas, para juntar para el billete.

Amparo estaba amasando. Me miró de arriba abajo, con esas gafas que llevaba en la punta de la nariz, y me dijo: "¿Tú sabes hacer algo con las manos o solo sabes irte?

". — Se me quebró un poco la voz y la sujeté—.

Y le dije que sabía irme muy bien y que de lo otro no estaba segura.

Y ella se rió y me dijo que me quedara a probar. Unas semanas. Igual que yo.

— Y te quedaste cuatro años.

— Me quedé porque ella no me dejó irme. — Miré las manos, las quemaduras nuevas que no me curo—.

Cada vez que yo empezaba a hacer la bolsa, y la hacía, la hacía varias veces esos primeros meses, ella lo notaba.

No sé cómo lo notaba. Bajaba yo por la mañana con la cara de irme y ella tenía preparado un encargo enorme, imposible de sacar sin mí, y me decía: "Hoy no te puedes ir, que tenemos la boda de los Ramírez, y mañana ya veremos".

Y al día siguiente había otra cosa. Y otra.

Hasta que un día me di cuenta de que llevaba dos años y de que aquella señora me había atado al pueblo a base de necesitarme todos los días, a propósito, para que yo no pudiera irme, porque había entendido, antes que yo, que yo me iba siempre antes de que me echaran, para no esperar a que me echaran.

Se me llenaron los ojos y no los dejé. Respiré.

— Amparo fue el primer sitio de mi vida — dije—.

No una casa. Ella. Fue mi primer "de aquí".

La primera persona que se quedó conmigo pudiendo mandarme a otra parte.

Y por eso pongo el dinero, Marina. No para recuperarlo.

Lo pongo porque mientras el obrador respire, ella sigue un poco aquí, y yo sigo teniendo un sitio.

Y en cuanto esto se venda, en cuanto tu promotor ponga sus apartamentos con encanto donde ella amasaba, yo vuelvo a ser lo que era antes de ella.

La de paso. La de ningún sitio. Y esa bolsa del armario deja de ser un tic y vuelve a ser una maleta de verdad.

Silencio en la trastienda. Fuera, Satur trasteaba en el patio para no entrar.

El horno tirando su calor suave. Y Marina mirándome, con el recibo olvidado en la mesa y una cara que yo no le había visto todavía, la coraza abierta por una junta, una cara casi asustada de lo que le estaba entrando por los oídos.

— Yo no sabía nada de esto — dijo, muy bajo.

— Claro que no lo sabías. Viniste a vender un edificio. Los edificios no tienen esto dentro.

Se quedó callada un momento, dándole vueltas al recibo con los dedos, sin mirarlo, y cuando volvió a hablar la voz le salió distinta, más pequeña, sin la exactitud de siempre.

— Yo también pongo dinero en sitios para no perder a la gente — dijo—.

Solo que al revés. Yo lo saco. En cuanto algo me importa, calculo cuánto me costaría perderlo y me voy preparando para la factura.

Tú metes tu sueldo para que no se muera.

Yo hago hojas de cálculo para que no me duela.

— Levantó la vista—. Y las dos acabamos igual de solas, fíjate.

Fue lo más sincero que me había dicho desde que llegó, y me lo dijo mirándome, sin apartar los ojos, con esa quemadura del antebrazo que se frotaba sin darse cuenta.

No supe qué contestar. Le habría cogido la mano, creo, si hubiéramos sido otras dos mujeres en otra vida.

Pero éramos estas, en una trastienda que olía a levadura, con un recibo entre las dos y un año por delante, y las dos sabíamos frenar en el borde mejor que nadie.

Así que no le cogí la mano. Guardé la frase, esa de que las dos acabábamos igual de solas, la guardé donde guardo lo que no me atrevo a contestar, y seguí a lo mío.

Se frotó la quemadura del antebrazo, ese gesto suyo de cuando algo la desarma, y por un momento pensé que iba a decir algo, algo de verdad, devolverme un trozo de lo que yo le había dado.

No lo hizo. Casi lo hizo. Se quedó en el borde, como me quedé yo la noche de los huesos, en el borde de la cara sin acortar los centímetros.

— Hay algo más que deberías saber — dije, porque ya que había abierto la rendija, la abría entera—.

Sobre por qué te dejó a ti la mitad. A ti, que te fuiste.

Podía habérmela dejado toda a mí, o toda a tu madre, o venderla en vida y repartir.

Y en vez de eso nos ató a las dos un año entero. ¿No te has preguntado por qué?

— Todos los días — dijo.

— Yo también. — Y aquí bajé la voz, porque era lo de las cartas, lo que llevaba semanas rondándome—.

Nos dejó una carta a cada una. Selladas.

Para abrir cuando sepamos por qué nos juntó.

La mía la tengo arriba, en un cajón, sin abrir.

La miro todas las noches y no la abro, porque tengo miedo de lo que ponga, de que sea una despedida o una instrucción o algo que me obligue a algo. ¿Tú has abierto la tuya?

Marina negó con la cabeza.

— No.

— No la abras todavía — dije, y no supe por qué lo dije, me salió—. Yo tampoco. No sé, tengo la sensación de que hay que ganárselas. De que si las abrimos antes de tiempo no vamos a entender lo que dicen.

Nos quedamos calladas otra vez, con las dos cartas invisibles entre nosotras, arriba, en dos cajones distintos de la misma casa. Y entonces, sin querer, se me escapó la última cosa, la que llevaba semanas dándome vueltas y que no le había contado a nadie, ni a Tere.

— Lo decía mucho, ¿sabes? — dije—. Amparo.

El último año, cuando ya estaba mala aunque no lo dijera, lo repetía como un estribillo.

Yo le contaba mis cosas, mis miedos, lo de irme, y ella se quedaba mirándome por encima de las gafas y me decía: "Tú aguanta, la que llegó, que las dos os vais a necesitar".

Las dos. Y yo pensaba que hablaba de Satur, o de la clientela, del pueblo.

— Levanté la cabeza y la miré—. Pero no había ninguna otra "dos" en esta casa.

Éramos tú y yo. Y tú todavía no habías vuelto.

Ella lo decía de ti y de mí, Marina, meses antes de morirse.

"Las dos os vais a necesitar." Y ninguna de las dos sabemos para qué.

A Marina se le quedó la cara quieta, quietísima, esa quietud suya, y vi cómo la frase le entraba y le daba vueltas y le encajaba en algún sitio que le dolía, porque a ella también le llevaba semanas dando vueltas todo esto sin nombre.

— Las dos os vais a necesitar — repitió, muy despacio, como se repite una receta para no olvidarla.

— Eso decía.

Fuera, Satur metió por fin la cabeza por la puerta del patio, con una caja de encargos en los brazos y cara de "ya está bien de tanta charla que hay que trabajar", y el momento se rompió, y las dos volvimos a lo nuestro, ella a sus columnas, yo a mis cajas, cada una con la cabeza en otra parte.

Pero algo había cambiado en la trastienda.

Yo había enseñado la rendija y ella la había visto, y ninguna de las dos iba a poder fingir del todo que no la había visto.

Subí a mediodía a por un delantal limpio.

Pasé por delante de mi cuarto. Abrí el cajón.

La carta de Amparo, el sobre color crema con mi nombre en su letra grande, seguía ahí, cerrada, esperando.

La cogí. La sostuve un rato largo. "Las dos os vais a necesitar.

" Estuve a punto. Puse el dedo en la solapa.

No la abrí. La volví a dejar en el cajón, debajo de un jersey suyo que todavía huele a ella si lo hueles mucho, y bajé a seguir liando cajas, con la sensación exacta de estar de pie en el borde de algo grande, algo que Amparo había preparado para las dos, algo que ni la báscula de Marina ni mi bolsa medio hecha iban a poder medir cuando llegara.