El azúcar y la sal Capítulo 7
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Capítulo 7

Mi madre llamó un martes a las nueve de la mañana, la hora a la que sabe que estoy despierta y sola, antes de que baje Satur.

Pilar tiene un cálculo exacto de cuándo cazarme sin testigos.

Lo heredé, supongo. Vi su nombre en la pantalla del móvil, apoyada en la ventana de mi cuarto con el café amargo enfriándose, y me lo pensé dos tonos antes de descolgar.

— Marina. Por fin. Llevo tres días llamándote.

— Trabajo, mamá.

— Trabajas. — Lo dijo con un desprecio finísimo, el de siempre—. Trabajas de dependienta en el obrador de tu abuela. Con lo que tú eres. Con lo que tú vales.

Ahí estaba. No tardaba nunca más de treinta segundos en llegar. Miré por la ventana la calle del Horno, la niebla levantándose despacio del río, una vecina barriendo su trozo de acera, y me froté la quemadura del antebrazo.

— Es mi negocio la mitad — dije—. Alguien tiene que sacarlo adelante hasta agosto o no valdrá nada cuando lo vendamos.

— De eso quería hablarte. — El tono le cambió, se puso práctico, el de los negocios, que es el único en el que mi madre y yo nos entendemos—.

He movido un contacto. Un promotor, gente seria, de turismo rural.

Adrián Losa. Compra edificios con encanto en pueblos, los rehabilita, hace apartamentos de esos que se alquilan por internet, con su punto rústico y su encanto.

Está muy interesado en la Confitería. Le he mandado fotos.

Me enderecé.

— ¿Le has mandado fotos? ¿De qué fotos hablas?

— Las que colgaste tú en el grupo de la familia.

La fachada, el mostrador, el horno viejo ese.

Le encanta el horno, dice que da mucho juego, que lo dejaría de decoración.

— Una pausa para respirar el humo de su cigarrillo de la mañana—.

Marina, es una oportunidad. Paga bien y paga rápido.

En agosto firmáis y para septiembre estás tú en Madrid montando por fin lo tuyo, lo que siempre quisiste, con dinero de verdad detrás.

El horno de decoración. Se lo va a quedar de decoración. La frase se me quedó atravesada, no supe por qué, o sí lo supe y no quise mirarlo. El horno que tira por la izquierda. El horno al que Candela le habla. De decoración, en un apartamento para gente que viene el fin de semana a hacerse fotos.

— Todavía no puedo vender, mamá. El testamento...

— El testamento vence en agosto y yo estoy hablando de agosto.

— La paciencia se le acababa—. Hija, no te me instales ahí con la cabeza, te lo pido por favor.

Yo me crié en ese pueblo y sé lo que hace.

Te va absorbiendo. Un día estás de paso y al siguiente llevas veinte años detrás de un mostrador fiándole bizcochos a la Puri, como tu abuela, que pudo hacer mil cosas y se quedó a amasar hasta caerse muerta encima de la masa.

Yo no quiero eso para ti. Te saqué de ahí para que valieras para más. No me lo estropees ahora.

Se quedó muerta encima de la masa. Lo dijo como una condena, como el peor final imaginable, y yo pensé, sin querer, que a lo mejor mi abuela se murió haciendo exactamente lo que quería hacer, en el sitio que quería, con las manos en lo suyo, y que eso no era el fracaso que mi madre veía sino puede que lo contrario.

Lo pensé y no lo dije. A mi madre no se le dicen esas cosas.

A mi madre se le da la razón y se cuelga.

Porque mi madre tiene lo suyo con la abuela, y yo lo sé desde niña sin que nadie me lo haya contado nunca del todo.

Amparo quería que Pilar se quedara. Pilar quería irse.

Y en esa casa, hace cuarenta años, quedarse o irse fue una guerra que ninguna de las dos ganó, porque Pilar se fue pero se llevó el pueblo dentro, cosido, como una astilla, y se pasó la vida hablando mal de Valdesalce con la insistencia de quien no ha terminado de escaparse de un sitio.

La abuela nunca fue a verla a Madrid. Pilar volvía lo justo.

Yo crecí en medio de ese silencio de dos mujeres que se querían y no se lo perdonaban.

Y ahora me tocaba a mí, la nieta, el terreno neutral donde las dos habían plantado su bandera.

Vende, me decía una desde el teléfono. Quédate, me decía la otra desde un testamento. Y yo en medio, con la báscula.

— Lo hablamos más adelante — dije—. Ahora tengo que abrir.

— Piensa en Losa. Es tu billete de salida, Marina. No lo dejes pasar por sentimentalismos. Tú vales para más.

Colgué. Me quedé con el móvil caliente en la mano y con la frase de siempre resonando, tú vales para más, la banda sonora de mi vida, la que me sacó del pueblo a los dieciocho y no me dejó volver ni a las fiestas, la que me hizo creer que quedarse en un sitio es de conformistas, que echar raíces es de fracasados, que el cariño te ata y atarse es perder.

Mi madre me lo enseñó bien. Tan bien que monté toda mi vida sobre eso, y luego llegó Nerea y me demostró que tenía razón, que confiar era perder, y yo cerré la puerta de la nuca del todo y tiré la llave.

Y hablando de la reina de Roma.

El móvil vibró en mi mano. Un mensaje. Un número que yo había borrado hacía diez meses pero que mi cuerpo reconoció antes que mi cabeza, porque se me cortó la respiración antes de leer el nombre.

Nerea.

"Hola, Marina. Sé que hace mucho. Me he enterado de lo de tu abuela, lo siento muchísimo, sé lo que la querías. Te escribo también porque tengo algo que contarte, algo bueno, que creo que te va a interesar mucho. ¿Podríamos hablar? Cuando puedas. Un beso grande."

Un beso grande. Diez meses de silencio, se queda con mi vida, con mis recetas firmadas por ella, con el nombre que soñamos juntas, y ahora un beso grande y "algo que te va a interesar".

Me la sabía. Nerea nunca escribía sin pedir algo.

Nerea pedía perdón para pedir otra cosa a continuación, el perdón era el envoltorio.

Y sin embargo. Sin embargo se me había cortado la respiración, y me odié por eso, por que después de todo el cuerpo todavía la reconociera, todavía diera ese salto tonto.

Me acordé del último día. No de la bronca, que no la hubo, Nerea no hace broncas, hace gestiones.

Me acordé de que me lo dijo en la cocina de Blanc, entre servicio y servicio, secándose las manos en un paño, con el tono de quien te comenta el tiempo.

Que había hablado con los inversores. Que el proyecto necesitaba "una cara más pública", "un perfil más de sala", y que yo era "insustituible en la trastienda".

Que las recetas quedaban en la casa porque "las hicimos juntas", aunque las hubiera afinado yo sola durante años mientras ella hacía contactos en cenas a las que yo no iba porque alguien tenía que templar el chocolate.

Lo hicimos juntas. Esa fue su frase, y con esa frase se llevó lo mío y me dejó fuera de un local que llevaba mi mano en cada plato y su nombre en la puerta.

No lloré aquel día tampoco. Me fui a casa, saqué la báscula del cajón, y desde entonces peso hasta el café. Un beso grande, escribía ahora. Ya.

No contesté. Dejé el móvil boca abajo sobre la cama, como se tapa algo que no quieres que te mire, y bajé al obrador a hacer lo único que sé hacer cuando el suelo se mueve: números.

Me encerré con las cuentas. Candela estaba en la trastienda con Satur, oía sus voces amortiguadas y las risas de ella, y yo me senté en la mesita del rincón con los libros de contabilidad de mi abuela, esos cuadernos de tapa dura donde Amparo apuntaba entradas y salidas con la misma letra grande de las recetas, y me puse a cuadrarlo todo, mes a mes, del último año hacia atrás.

Es lo mío. Es lo que me calma. Una columna de debe, una columna de haber, y al final un número que te dice la verdad sin sentimentalismos.

Solo que el número no cuadraba.

Lo repasé tres veces pensando que me equivocaba yo.

No me equivocaba. La Confitería Salcedo perdía dinero.

Llevaba perdiéndolo dos años largos. Las ventas no daban para los gastos, la harina había subido, la luz había subido, el gas del horno se comía los márgenes, y encima Amparo fiaba, fiaba a media plaza, había una lista al final del cuaderno, "pendientes", con nombres y cantidades que se arrastraban meses, la Puri debía tres bizcochos, los Andrade un encargo de comunión de junio sin pagar.

El negocio estaba en números rojos y llevaba tiempo estándolo.

Me metí en aquello como me meto en todo lo que me duele, de cabeza y con lápiz.

Cuadrar cuentas es lo único que me deja la mente en blanco.

No hay Nerea en una columna de gastos, no hay madre, no hay beso grande, solo debe y haber, y al final un número que no discute contigo ni te reescribe la historia a su favor.

Estuve dos horas. Fui restando meses, sumando tiques del molinero, del de los huevos, de la luz, y cuanto más restaba peor pintaba, y en el fondo casi me alivió, casi me vino bien encontrar un desastre, porque un desastre económico se arregla vendiendo, y vender era mi plan, y mi plan necesitaba que aquel sitio fuera insostenible para no sentirme culpable de dejarlo caer.

Y sin embargo los proveedores estaban al día.

Eso era lo que no encajaba. Si el negocio perdía dinero, ¿cómo estaban pagados el molinero, el de los huevos, la luz?

Repasé los recibos, los albaranes, uno por uno, y encontré el patrón.

Había pagos que no salían de la caja del obrador.

Salían de una cuenta que no era la del negocio.

Transferencias pequeñas, mensuales, para tapar el agujero, cubrir la diferencia, poner de su bolsillo lo que el mostrador no daba.

Miré el titular de esas transferencias.

Candela Morán.

Me quedé quieta con el recibo en la mano.

Llevaba meses. Meses metiendo su dinero, su sueldo, lo que tuviera, para que el obrador de Amparo no cerrara, para que los proveedores cobraran, para que nadie supiera que la casa Salcedo iba a la ruina.

Callándoselo. Sin decírmelo a mí, la nieta, la de sangre, la que había venido a echar cuentas.

Dejándome creer que era una empleada que defendía su puesto, cuando en realidad estaba sosteniendo con su bolsillo el recuerdo de una muerta que ni siquiera era su familia de sangre.

Sumé lo que llevaba puesto. Era una cantidad que a Candela, con lo que se paga en un obrador de pueblo, tenía que dolerle. Tenía que haberle vaciado los ahorros. Tenía que ser, calculé, casi todo lo que tenía.

Y yo, esa misma mañana, había estado escuchando a mi madre proponerme venderle el edificio a un promotor que quería el horno de decoración.

Me levanté con el recibo en la mano y fui hacia la trastienda, sin saber muy bien qué le iba a decir, con una cosa dándome vueltas por dentro que no sabía nombrar, que no era rabia, aunque se le parecía, que no era gratitud, aunque también, algo más incómodo que las dos, algo que me removía la mentira entera que me había traído desde Madrid, la de que aquí solo había un edificio que vender y una empleada que apartar.

La encontré liando cajas de encargos con Satur, riéndose de algo, con harina en la mandíbula, otra vez, en el mismo sitio de la otra tarde, y al verla se me olvidó por un segundo lo que iba a decirle.

— ¿Qué es esto? — dije, y le puse el recibo delante, más brusco de lo que quería. Siempre más brusco de lo que quiero.

Candela miró el papel. La sonrisa se le cayó de la cara despacio. Satur nos miró a las dos, dejó la caja que estaba atando, se limpió las manos y salió al patio sin una palabra, con esa manera suya de oír solo lo que le conviene y de saber cuándo sobra.

Candela y yo nos quedamos solas en la trastienda, el recibo entre las dos, con su nombre encima.

— ¿De dónde has sacado eso? — dijo, y la voz le salió pequeña.

— De cuadrar los libros. Es mi trabajo, cuadrar los libros. — Golpeé el papel con el dedo—. Llevas meses metiendo tu dinero en este negocio. Meses. Tapando un agujero que no es tuyo. Sin decírmelo. ¿Se puede saber por qué?

Y Candela levantó la cabeza, con la harina en la mandíbula y una dignidad rara, y me contestó una cosa que me dejó sin básculas, sin columnas, sin ninguna manera de medir lo que me estaba pasando por dentro.

— Porque era lo único que me quedaba de ella — dijo—. Y no iba a dejar que se muriera dos veces.