El azúcar y la sal Capítulo 6
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Capítulo 6

Todos los Santos amaneció con niebla y con cola en la puerta antes de abrir.

A las ocho ya había seis personas esperando bajo el alero, con el aliento echando vaho, y a las nueve el obrador olía a azahar y a almíbar y a gente, a abrigos mojados y a colonia de las de misa, y Marina y yo despachábamos sin parar detrás del mostrador de mármol, ella cobrando y yo poniendo, o al revés, turnándonos sin haberlo hablado, encontrándonos el ritmo como se encuentra un baile que no sabías que sabías.

Y los huesos de santo desaparecían. Docena tras docena.

La gente los probaba y ponía esa cara, la de morder algo y volver de golpe a un noviembre de hace treinta años, y decía "están como los de Amparo", y a mí se me hacía un nudo cada vez, un nudo bueno, de orgullo y de pena revuelta, porque los habíamos hecho ella y yo a las tres de la madrugada y le habían salido a domingo.

— Están como los de Amparo — le dijo la Puri a Marina, cogiéndole la mano por encima del mostrador—. Igualitos. Se te da, hija, aunque no lo parezca de primeras.

Marina no supo qué hacer con eso. La vi.

La vi ponerse rígida, esa mujer que sabe pesar cualquier cosa y no sabe qué hacer con un cumplido de una vieja, y balbuceó un "gracias" seco y le dio el cambio mal, se equivocó en el cambio, ella, la de los gramos, y tuvo que rehacerlo con las orejas coloradas.

Y a mí me hizo una gracia enorme y una ternura que no me convenía nada.

Ese era el problema. La ternura que no me convenía.

Porque yo tenía un plan sencillo, uno solo: no encariñarme.

Marina venía a vender. En agosto no estaría.

Encima había hecho lo de la otra noche, lo de reírse conmigo a la una y media y apartarse de golpe, espantada de su propia risa, dejarme con la palabra en la boca y volver a ser la de las columnas.

Yo eso lo conozco. Lo conozco desde niña.

Gente que se acerca y se aparta, que te da un domingo y te lo quita el lunes, gente que está de paso y te deja a ti con la costumbre de ellos.

Mi madre. Media docena de sitios. Yo aprendí hace mucho a no encariñarme de los que se van, se aprende, es un músculo, se entrena.

Lo que pasa es que aquella mañana el músculo no me respondía.

Porque la veía. Debajo de la coraza, de las uñas al ras y del pelo tirante, la veía.

Veía cómo se le iban los ojos al mármol cada vez que había un hueco, al sitio donde encontraron a Amparo, y se quedaba mirándolo un segundo y volvía.

Veía cómo apuntaba en un papelito, sin que yo se lo dijera, que a la Puri había que quitarle las pasas del bizcocho del nieto, porque se lo había oído contar a Amparo en alguna receta y lo había guardado.

Veía que aquella mujer que decía venir solo a vender se aprendía las manías de una clientela que no pensaba conservar.

Y eso me desarmaba más que ninguna de sus básculas.

A las dos cerramos. Habíamos vendido hasta el último hueso, hasta el último buñuelo, el escaparate estaba vacío y nosotras hechas polvo, con las piernas temblando de estar de pie seis horas.

Bajé la persiana. Marina se apoyó en el mostrador con los dos brazos, la cabeza colgando, agotada, y soltó un suspiro largo que le salió del fondo.

— Nunca había vendido nada así — dijo, sin levantar la cabeza—. Con la gente delante. En Madrid yo estaba en la trastienda. No veía a quien se lo comía.

— Aquí lo ves todo — dije—. Ves la cara. Es lo bueno y lo malo.

— Es agotador.

— Es agotador — concedí, y me reí, y ella levantó la cabeza y sonrió un poco, cansada, con el pelo escapándosele por fin de la coleta tirante, unos mechones sueltos alrededor de la cara, y estaba, no sé, estaba guapa así, deshecha, humana, sin la puerta de la nuca cerrada del todo.

Nos pusimos a recoger. Yo barría harina del suelo, ella pasaba un trapo por el mármol con ese esmero suyo, dejándolo reluciente, y hablábamos de tonterías, de la Puri, de los de Bilbao que dicen que en Bilbao no saben hacer huesos, de nada, de esas conversaciones cómodas que no van a ningún sitio y que son las mejores.

Y en una de esas me giré hacia ella para decirle algo, no me acuerdo qué, con un cuenco de harina en el brazo, y me eché harina sin querer al girarme, una nube, me cayó por la cara.

— Te has puesto perdida — dijo Marina.

— Es mi estado natural. — Me pasé el dorso de la mano por la mejilla y lo empeoré—. Amparo decía que yo no me manchaba de harina, que la harina me buscaba a mí.

— Tienes en... — Se acercó—. Aquí. En la mandíbula. Te la estás extendiendo.

Y lo hizo sin pensar. Segurísimo que no lo pensó.

Si lo llega a pensar, no lo hace: Marina no toca a la gente, no soporta que se le pegue nada, ni la harina ni lo demás.

Pero levantó la mano. Esa mano de uñas al ras, de jabón neutro, de no oler a nada.

Y me rozó la mandíbula con el pulgar para quitarme la harina.

Y el tiempo se paró.

Me quedé quieta. Ella se quedó quieta. El pulgar en mi mandíbula, la palma casi rozándome el cuello, y las dos dejamos de respirar a la vez, ahí de pie en el obrador vacío, con la persiana bajada y la luz gris entrando por las rendijas.

No me limpió la harina. Se le olvidó limpiarla.

Se quedó con el pulgar apoyado en mi cara, muy suave, y me miró, me miró la mandíbula, me miró la boca, me miró los ojos, y yo le sostuve la mirada porque no era capaz de otra cosa, porque de pronto no había músculo entrenado que valiera, no había plan, no había "de paso", solo estaba su pulgar en mi cara y mi corazón dándome golpes en las costillas como un puño en una puerta.

Olía a jabón neutro y, ahora, muy cerca, también a azahar, se le había pegado el azahar del obrador por fin, después de tantos días olía a algo, olía a nosotras.

Tenía los ojos oscuros más abiertos de lo que se los había visto nunca, y una pregunta dentro, una pregunta que yo también tenía y que ninguna de las dos iba a hacer en voz alta.

Un segundo. Dos. Tres segundos que fueron una hora.

Me caía. Literal. Un segundo más de aquello y hacía algo de lo que no se vuelve: inclinar la cara contra su mano, acortar los diez centímetros que faltaban, dejar de estar de paso por primera vez en la vida.

Me entró un pánico nuevo. Peor que cualquier mudanza.

De las casas te vas y ya está. De esto no se va una entera.

Así que hice lo que hago. Rompí el momento con la boca, que es lo único que se me da mejor que amasar.

— Cuidado — dije, apartándome un paso, con una sonrisa torcida que no me creí ni yo—, que como te acostumbres a limpiarme la harina no vas a dar abasto. Es un trabajo a jornada completa. No lo cubre tu báscula.

Marina retiró la mano de golpe, como quien la aparta del hierro caliente del horno.

La harina seguía en mi mandíbula. No me la había quitado.

Las dos lo sabíamos y ninguna lo dijo. Se giró hacia el mármol, cogió el trapo y le sacó brillo a una piedra que ya estaba limpia.

Frota que te frota. Las orejas coloradas otra vez, la mandíbula apretada.

— Voy a subir — dijo, sin mirarme—. Estoy muerta.

— Sube. Yo cierro.

Subió. Oí sus pasos en la escalera, la puerta de su cuarto.

Me quedé abajo, sola, con la escoba en la mano y la harina todavía en la cara, y me toqué la mandíbula donde había estado su pulgar, y estaba caliente, o me lo pareció, y me apoyé en el mármol y respiré hondo cinco o seis veces como quien sale del agua.

No, me dije. No, Candela. Esta se va en agosto.

Esta te pesa hasta el café. Esta te va a vender la casa y a dejarte otra vez de paso, y tú te has pasado la vida siendo fácil de querer y fácil de dejar, y esta es la más fácil de dejarte de todas, porque ya tiene el billete de vuelta comprado.

No. No. Subí la persiana un palmo para que se ventilara la harina del aire y bajé a poner en marcha la lista de la compra del día siguiente, cualquier cosa, tener las manos ocupadas.

Y mientras escribía la lista, con letra que no me salía derecha, pensé en Amparo.

En lo que me diría si me viera. Porque ella lo habría visto, claro que lo habría visto, ella veía estas cosas antes que nadie, igual que me vio irme antes de que yo lo supiera.

Me habría mirado por encima de las gafas y me habría soltado uno de sus refranes de horno, algo así como que el azúcar y la sal se parecen mucho en el bote y no hay que confundirlos, que uno endulza y el otro escuece, y yo le habría dicho que se metiera en sus recetas, y ella se habría reído.

La echaba tanto de menos que a veces le hablaba en voz alta en el obrador vacío, y aquella noche le hablé, le dije: en buen lío me has metido, Amparo.

Media casa con la nieta que viene a vender.

Y encima esto. No me contestó, claro. Los muertos no contestan, solo dejan libretas y cartas y un obrador con carácter para que te apañes.

Aquella noche subí tarde a propósito, para no cruzármela.

Y no me sirvió de nada, porque la casa vieja lo cuenta todo.

Me acosté en mi cuarto, el pequeño, el que Amparo me dio hace cuatro años, y a través del suelo, del techo de ella que es mi suelo, oí a Marina.

La oí darse la vuelta en la cama de somier que canta.

La oí levantarse. La oí andar de un lado a otro, despacio, descalza, tres pasos y vuelta, tres pasos y vuelta, la oí abrir el grifo y beber agua y volver a la cama y no dormirse tampoco, dar otra vuelta, el somier cantando, y me quedé mirando el techo boca arriba, escuchándola no dormir a tres metros de mí, con una tabla de madera de por medio, y supe que ella tampoco pegaba ojo, que estaba haciendo lo mismo que yo, mirar el techo y pensar en un pulgar y una mandíbula y una nube de harina.

Podría haber subido. Podría haber bajado ella. Tres metros. Una escalera. Diez centímetros de cara que no acortamos.

No me moví. No se movió.

Nos pasamos la noche de Todos los Santos las dos despiertas, una encima de otra, escuchándonos respirar a través del suelo, sin atrevernos ninguna a dar el paso que las dos queríamos dar, y por la mañana bajé con unas ojeras que ni el pelo suelto disimulaba, y ella bajó con las suyas, y ninguna dijo nada, y nos servimos el café amargo en silencio, y en la mandíbula, cuando me miré al espejo del baño, todavía tenía, medio borrada, la marca clara de la harina que Marina Salcedo no me había querido limpiar del todo.

Esa mañana metí otra camiseta en la bolsa del armario. Ya iba por tres de más. Es lo que hago. Preparo la salida cuando más ganas tengo de quedarme.