Capítulo 14
Me desperté sola y lo supe antes de abrir los ojos, porque el lado de la cama donde había dormido Marina estaba frío, y una cama que se enfría es la cosa más elocuente del mundo.
Aún olía a ella en la almohada. A azahar y a algo suyo, seco y limpio, olor de mujer que no soporta que nada se le pegue y a la que yo, anoche, le había pegado harina por todas partes a propósito.
Estiré la mano hacia el hueco vacío. Frío.
Las sábanas revueltas, la manta en el suelo, el jersey de Amparo caído de la silla.
Toda la noche escrita en el desorden. Y Marina no estaba.
Bajaba a trabajar. Eso me dije. Se ha levantado a las seis como siempre y ha bajado a abrir el horno, que hay faena de Reyes.
No es que se haya ido. Es que trabaja. Me lo repetí mientras me vestía, mientras me lavaba la cara en el baño frío, mientras me miraba en el espejo con la marca de su boca todavía en el cuello y una cara de felicidad idiota que me daba hasta rabia.
No te ilusiones, Candela. Ya sabes cómo acaba esto. Lo sabes desde que tienes memoria.
Bajé al obrador. Y ahí estaba Marina, sí, de espaldas, con el pelo ya recogido tirante, ese gesto suyo de cerrarse una puerta por dentro.
Sacaba una hornada de mantecados con una precisión de cirujana.
En la encimera, dos cafés. El mío hecho, con la nube de leche justa, como me gusta.
Un detalle. Me agarré a ese detalle como una tonta.
— Buenos días — dije, y me oí la voz demasiado alegre, delatándome.
— Buenos días. — No se giró—. Hay que sacar los roscones encargados antes de las nueve. Vienen a por ellos desde temprano.
— Marina.
— Los de la lista de la pared. Están numerados. Si los das por orden de encargo no se lía.
— Marina. — Di un paso. Ella siguió colocando mantecados en la bandeja, uno a uno, alineados al milímetro—. Mírame un momento.
Se giró. Y en cuanto le vi la cara, lo supe.
La conocía ya, esa cara. Era la cara de alguien que ha decidido en algún momento entre las seis y las siete de la mañana que lo de anoche fue un error de cálculo.
Tenía la mandíbula tensa y los ojos en cualquier sitio menos en los míos, y se frotaba con el pulgar la quemadura vieja del antebrazo sin darse cuenta, ese tic que se le disparaba cuando algo le apretaba por dentro.
— Candela, sobre anoche — dijo.
— No hace falta que digas nada.
— Sí hace falta. — Cogió aire—. Fue... estuvo muy bien. Pero fue una noche. El azahar, el roscón, la euforia. Se nos fue de las manos. Creo que lo mejor es que lo dejemos aquí, ¿vale? Que sigamos siendo lo que éramos. Compañeras. Que no compliquemos algo que ya de por sí está complicado.
Fue una noche. Ya está.
Cada palabra colocada con la misma precisión con que colocaba los mantecados en la bandeja.
Alineadas. Numeradas. Por orden. Marina lo había pensado todo, lo había medido todo, mientras yo dormía confiada con la mano en su vientre.
Se había levantado a inventariar los daños y a poner otra vez la báscula entre las dos.
Y lo peor, lo que me hizo tanto daño que casi me río, fue que no me sorprendió nada.
— Claro — dije—. Total, fue el azahar.
— Candela...
— Que sí, mujer, que tienes razón. — Sonreí.
Sonrío primero y pienso después, siempre, y a veces me sale caro, y aquella mañana me salió carísimo, porque sonreí para que ella no viera que se me estaba abriendo por dentro una grieta vieja—.
Menuda tontería habría sido complicarlo.
Con lo bien que estábamos. Anda, dame la lista, que empiezo con los roscones.
Cogí la lista de la pared. Me temblaba un poco el papel y disimulé apoyándolo en el mármol.
Y me puse a atar cajas con cordel y a despachar roscones a medio pueblo, sonriendo, saludando a la Manoli y a don Aurelio por su nombre, feliz de cara a la calle, mientras por dentro se me caía una cosa despacio, piso a piso, como un edificio en ruina que aguanta un poco antes de venirse abajo del todo.
Marina y yo trabajamos toda la mañana a un metro de distancia sin rozarnos.
Otra vez. Como en noviembre. La noche entera borrada de un plumazo.
Ella me pasaba las bandejas por el lado que no tocaba mi mano.
Yo le dejaba el sitio libre en el horno.
Dos relojeras. Dos desconocidas que se habían tenido la boca en la piel siete horas antes.
A media mañana, en un hueco entre clientes, Marina se acercó al fregadero donde yo aclaraba moldes y se quedó un momento a mi lado, muy cerca, con esa cara suya de querer decir algo y no encontrar la báscula para pesarlo.
— Candela — empezó—, sobre lo que te he dicho antes...
— Que sí, mujer, que está todo bien. — No levanté la vista de los moldes—. Oye, ¿saco ya los mantecados de canela o los dejo para la tarde? Que hoy hay mucha faena y no quiero liarnos.
Se quedó callada. Vi de reojo cómo se frotaba la quemadura del antebrazo y bajaba la mano. Cómo abría la boca y la volvía a cerrar. Le puse fácil la retirada y ella la cogió, porque las dos éramos expertas en eso, en coger la salida que te ofrecen para no tener que atravesar el sitio difícil.
— Sácalos ya — dijo al final, en voz baja—. Mejor ya.
Y volvió a su horno, y yo a mis moldes, y entre las dos dejamos morir la única conversación que habría cambiado el día.
A media mañana entró Satur a por su harina de fuerza. Nos miró a las dos, una y otra, con esos ojos suyos que oyen lo que quieren y ven todo. Olfateó el ambiente como huele él la masa, con el dorso de la percepción.
— Bonito el roscón de ayer — dijo, sin dirigirse a ninguna—. El que dejasteis en la rejilla. Me he comido un cacho al llegar. — Masticó el recuerdo—. Ese sí era el de Amparo.
— Lo hizo Marina — dije—. Yo solo miraba.
— Ya. — Satur cargó el saco al hombro—. Pues a ver si dura. Que las cosas buenas en esta casa duran poco. — Y salió, dejándome esa frase clavada como un anzuelo, porque Satur no hablaba solo del roscón y yo lo sabía y él sabía que yo lo sabía.
Las cosas buenas en esta casa duran poco.
Amparo duró. Amparo fue lo único que me duró en la vida.
La vi por primera vez un septiembre, hace cuatro años, cuando entré a pedir trabajo de temporada con la bolsa al hombro y cara de no tener adónde ir, que era exactamente lo que me pasaba.
Yo venía de encadenar pueblos y camas prestadas detrás de una madre que nunca aguantaba en un sitio, y de seguir haciéndolo yo sola cuando me quedé sin madre a la que seguir.
Amparo estaba detrás del mostrador de mármol con las manos enharinadas, me miró de arriba abajo, me vio la bolsa, y en lugar de preguntarme currículum me preguntó si tenía hambre.
Le dije que estaba de paso. Que buscaba algo para la temporada, un par de meses, para lo que fuera a estar.
Ella me puso delante un cruasán recién sacado del horno y me dijo, con esa autoridad de las mujeres que no discuten: come, que estás en los huesos, y ya luego hablamos de lo de estar de paso.
Me quedé cuatro años. Amparo me enseñó a amasar, a llevar el horno con carácter, a hacer el roscón que hoy solo sé hacer yo.
Y una noche de invierno, mi primer invierno, cuando yo ya tenía la bolsa medio deshecha por primera vez en mi vida y me daba pánico, le dije que igual me iba en primavera, que no quería ser una carga.
Amparo dejó la cuchara. Me cogió la cara con las dos manos harinosas, igual que le hice yo anoche a su nieta, y me dijo: tú ya no eres de paso, la que llegó.
Tú ya eres de aquí. Deja de ensayar la despedida.
Deja de ensayar la despedida.
Y se me murió. Un lunes de madrugada, amasando, con ochenta y un años, así la encontramos, con las manos todavía en la masa. Y me dejó atada a su nieta, la que hacía roscones de museo y me besaba en la euforia y a las seis de la mañana decidía que había sido el azahar.
Aguanté hasta el cierre. Aguanté la comida, la tarde, el último cliente, el fregado.
Aguanté sonriendo. Y cuando por fin subí al piso, sola, porque Marina dijo que se quedaba a cuadrar unos números, que era su manera de decir que no quería subir conmigo, me metí en mi cuarto y cerré la puerta y me quedé de pie en medio, sin saber qué hacer con las manos.
Y entonces las manos supieron solas. Como siempre.
Abrí el armario.
Ahí estaba mi bolsa de viaje. La de siempre.
Medio hecha, como llevaba cuatro años, en el estante de arriba, con dos jerséis dentro y el neceser y los papeles importantes en el bolsillo lateral, todo listo por si un día tocaba salir corriendo.
Nunca la había deshecho del todo. Ni con Amparo.
Ni en cuatro años de ser de la casa. Uno no deshace la maleta cuando ha aprendido de niña que las casas se acaban.
Pero en octubre, por primera vez, había empezado a deshacerla.
Sin darme cuenta casi. Había sacado un jersey y lo había puesto en un cajón.
Había bajado una caja de cartón del altillo, una caja con mis cosas de siempre, los libros, unas fotos, la concha que me regaló Amparo el primer verano, y la había empezado a vaciar en las baldas de la estantería, colocando mi vida en aquel cuarto con la ilusión secreta de quedarme.
De creérmelo. La caja llevaba desde octubre a medio vaciar en el suelo, junto a la ventana, y cada objeto que sacaba de ella era una apuesta pequeña a que esta vez sí, esta vez me quedaba.
Miré la caja. Todavía tenía cosas dentro. Los libros a medio colocar. La concha aún envuelta en papel de periódico.
Y en lugar de seguir sacando, me arrodillé en el suelo y empecé a meter otra vez.
El jersey del cajón, doblado, a la bolsa. Los libros de la estantería, de vuelta a la caja. Con cuidado, sin rabia, casi con dulzura, como se recoge una casa cuando ya sabes que te vas. No lloré. Yo cuando me duele no lloro, ordeno. Ordeno la bolsa. Es más limpio. Es más rápido. Y no deja marca.
Fue una noche. Ya está.
Pues muy bien. Yo también sé jugar a eso.
Yo llevo toda la vida jugando a eso, a irme yo antes de que me lo pidan, a tener la bolsa a mano para que el portazo me pille con el abrigo puesto.
A mí no se me quiere para quedarse. Se me quiere mientras hago falta, mientras enseño el roscón, mientras relleno los silencios, mientras soy fácil de querer y fácil de dejar.
Amparo fue la excepción y Amparo se murió.
Debería haberlo recordado antes de meterme anoche en esa cama con la guardia bajada como una novata.
Cerré la bolsa. La subí al estante de arriba, a su sitio de siempre, medio hecha y lista.
Y la caja, la de mi vida a medio colocar, la empujé con el pie hacia el fondo del armario, donde no la viera al despertarme y me diera esperanzas tontas.
Me senté en el borde de la cama, la misma cama fría de por la mañana, y me quedé mirando la ventana, el pueblo oscuro, el tejado de la iglesia recortado contra el cielo de enero.
Debajo, en el obrador, oía a Marina moviéndose.
Cuadrando sus números. Midiendo su vida al gramo para no perder.
Ella con su báscula, yo con mi bolsa, cada una con su manera de no dejar que nadie nos hiciera daño, y las dos, esa noche, haciéndonoslo solas.
No se lo dije a nadie. No se lo dije a Tere, que me lo habría sacado en dos frases. No se lo dije a Marina, claro. No se lo dije ni a la foto de Amparo que tengo en la mesilla, a la que le cuento cosas cuando el piso está muy callado.
Pero esa noche, en silencio, empecé a preparar mi marcha.
Por si acaso. Solo por si acaso. Miré los horarios del autobús que sale del pueblo, el que para en la plaza a las siete y cuarto de la mañana.
Pensé en llamar a una prima de Cuenca que siempre me decía que si un día me hacía falta un sitio.
Hice la lista mental de lo poco que me llevaría y lo mucho que dejaría atrás.
Un ensayo. Un simulacro de incendio, de esos que hacíamos en los colegios de mi infancia, tantos colegios, para saber por dónde salir cuando llegara el fuego de verdad.
Porque el fuego siempre llega. Lo aprendí de pequeña. Y esta vez lo veía venir con nombre y apellidos.
Marina Salcedo. Que en agosto vendía y se marchaba, con báscula y todo, a su vida limpia de Madrid.
Yo solo me estaba adelantando.