El azúcar y la sal Capítulo 4
14%

Capítulo 4

Dormí con la libreta debajo de la almohada dos noches, lo cual es una tontería enorme, porque la libreta tiene las tapas duras y hace bulto y encima huele a grasa vieja, pero dormí con ella igual, como una cría con un peluche, y no me dio ninguna vergüenza.

A veces creo que soy demasiado mayor para las cosas que hago y luego pienso que Amparo también dormía con la radio encendida por no dormir sola, así que malas costumbres, las justas, y esas las heredé de buena fuente.

Al tercer día la volví a guardar en el cajón de la cómoda, en su sitio, porque una cosa es defenderla y otra secuestrarla, y porque Amparo me habría dicho que las recetas son para usarlas, no para dormir encima de ellas.

Pero le cambié la goma por una nueva y le puse encima los trapos como estaban, y bajé a hacer pan pensando que a Marina la tenía calada.

Venía a vender. Venía a pasarlo todo a gramos.

Venía a convertir a mi abuela elegida en una hoja de cálculo con el membrete de la casa.

Sobre mi cadáver, ya se lo había dicho, y pensaba repetírselo cuantas veces hiciera falta.

Lo que no tenía calado era lo otro. Lo que me pasaba en el estómago cuando la oía bajar la escalera por las mañanas y aparecía por la cortina de tiras con el pelo todavía suelto, antes de recogérselo, antes de cerrarse esa puerta que se cierra en la nuca.

Un instante. La veía con el pelo suelto un instante cada mañana y me ponía a amasar más fuerte, y ni yo sabía por qué.

Aquella mañana decidí que si íbamos a compartir obrador hasta agosto, más le valía entender dónde se había metido. No en una fábrica. En una casa.

— Ven — dije—. Deja la carpeta.

Marina levantó la vista de sus columnas. Llevaba tres días haciendo columnas.

— Estoy con las cuentas.

— Las cuentas no se van a mover solas si tú no entiendes lo que cuentas. — Le tendí un delantal, el limpio, el de invitado—. Vas a hacer pan conmigo. Una hornada. Y luego apuntas lo que quieras.

Se lo pensó. La vi pesar el ofrecimiento como pesa ella todo, buscándole el truco, el coste, la trampa, y no encontró ninguna porque no la había, y al final se levantó, se ató el delantal con un lazo demasiado apretado y se lavó las manos hasta el codo, con un esmero de quirófano, frotándose esa quemadura vieja que tiene en el antebrazo.

— ¿Qué es eso? — pregunté, señalándosela sin pensar. Yo pregunto sin pensar, es mi gran defecto y a veces mi única virtud.

Se bajó la manga.

— Una quemadura. De hace años. — Cortó el tema como se corta una masa, de un tajo—. ¿Empezamos?

Empezamos. Le puse harina en un cuenco, de la de fuerza, y agua templada, y le dije que amasara, y ahí entendí que aquella mujer, que hacía pasteles de autor en la capital, que había trabajado en hoteles con estrellas y en la pastelería de no sé quién, no había amasado pan de verdad con las manos en años.

Lo hacía todo con máquinas. Amasadoras, laminadoras, abatidores.

Sus manos eran manos de decorar, de precisión, de temblar un chocolate a treinta y un grados clavados.

Manos limpias. Manos que no dejaban que se les pegara nada.

La masa se le pegó por todas partes.

— Estás luchando con ella — dije—. No luches. Acompáñala. Échale el peso, no la aprietes.

— La estoy acompañando.

— La estás estrangulando, pobre.

Me acerqué. Y aquí es donde tenía que haber sido más lista, porque me puse detrás de ella, como me ponía Amparo detrás de mí hace cuatro años para enseñarme el gesto, y le cogí las muñecas por encima para guiarle el movimiento, plegar y girar, plegar y girar, y en cuanto la toqué las dos nos quedamos un poco quietas de más.

Tenía las muñecas finas y frías. Se le tensó todo el cuerpo, no de rechazo, de sorpresa, de no estar acostumbrada a que la tocaran para enseñarle nada.

Olía a jabón neutro y, debajo, muy debajo, a algo cálido que era ella.

Le solté enseguida. Di un paso atrás. Me limpié las manos en el delantal aunque no me hacía falta limpiármelas.

— Así — dije, y me salió la voz un poco rara—. Plegar y girar. Que respire.

Amparo me enseñó a mí igual, hace cuatro años, en ese mismo hueco, con esas mismas palabras.

Se puso detrás de mí, me cogió las muñecas con sus manos de vieja, duras y calientes, y me dijo: "No la aprietes, hija, que la masa es como la gente, cuanto más la agarras más se te escapa.

Acompáñala". Yo tenía veinticinco años y llevaba media vida sin que nadie me pusiera las manos encima para enseñarme nada, solo para empujarme a otra parte, y me acuerdo de que se me saltaron las lágrimas encima de la harina y le eché la culpa a la levadura.

Ella hizo como que se lo creía. Y ahora era yo la que estaba detrás de otra, repitiendo su gesto, sus palabras, con una nieta que no sabía que estaba recibiendo lo mismo que recibí yo.

La cadena entera. Amparo, yo, Marina. Y a Marina, que venía a romperla, se la estaba pasando sin que se enterara.

Marina siguió sola. Y lo hizo mejor. Torpe, pero mejor, con el ceño fruncido y la lengua un poco entre los dientes, concentrada como una niña, y por primera vez desde que llegó vi cómo se le olvidaba medir.

Durante cuatro minutos, plegando y girando aquella masa boba, a Marina Salcedo se le olvidó la báscula.

No apuntó nada. No corrigió nada. Solo amasó, y le salió harina en el antebrazo, encima de la quemadura, una nube blanca sobre la piel, y no se la limpió.

Me quedé mirándole el antebrazo enharinado más rato del que se mira un antebrazo.

Y entonces lo estropeó, claro, porque las dos éramos muy buenas estropeando las cosas justo cuando iban bien.

— Esto sería mucho más eficiente con una amasadora de brazos — dijo, sin levantar la vista—. Media hora de mano son ocho minutos de máquina. Y la fermentación se puede controlar con una cámara. No dependerías del tiempo que haga.

Paré.

— ¿Otra vez con eso?

— Es la verdad. — Ahora sí levantó la cabeza, otra vez la profesional, otra vez la carpeta invisible entre las manos—.

Amparo trabajaba así porque no tenía otra cosa.

Pero hoy hay herramientas. Con una inversión pequeña, este obrador podría triplicar producción sin triplicar horas.

Se lo podría enseñar a cualquiera. Sería un negocio de verdad, no una...

— buscó la palabra, y encontró la peor—, una artesanía de subsistencia.

Artesanía de subsistencia.

Me quité el delantal despacio, porque si no me lo quitaba despacio se lo tiraba a la cara, y creo que lo notó.

— ¿Sabes por qué le sale el pan a este pueblo cada domingo?

— dije—. No por la harina. La harina la compra todo el mundo.

Le sale por Amparo. Por Satur. Porque cuando la Puri viene a por el bizcocho de su nieto Amparo se acordaba de que al crío no le gustan las pasas y se las quitaba sin que la Puri lo pidiera.

Por eso vuelve la Puri. Eso no lo triplica una máquina, Marina.

Eso no cabe en tu cámara de fermentación.

— Eso no paga las facturas.

— Eso ES el negocio. — Levanté la voz sin querer y bajé enseguida—. Lo demás es harina y agua, que cuesta cuatro duros. Lo que la gente paga es que alguien se acuerde de sus pasas. Y tú quieres cambiar precisamente lo único que vale.

Nos quedamos las dos de pie, a un metro, la masa a medio hacer entre nosotras, respirando fuerte las dos, y por un segundo se me olvidó que la odiaba y me acordé solo de que tenía la barbilla levantada y los ojos oscuros muy abiertos y que discutir con ella era la primera cosa que me hacía sentir viva desde que Amparo se murió.

Odioso. Todo aquello era odioso. Me di la vuelta y metí las manos en mi propia masa para tener las manos en algo.

— No lo vas a entender — dije, dándole la espalda—. Tú mides las cosas. Yo las quiero. No es lo mismo.

Detrás de mí, silencio. Un silencio largo. Y luego, muy bajo, la oí decir:

— A lo mejor las quiero. — Una pausa—. A lo mejor por eso las mido.

Me giré. Pero ya había vuelto a su carpeta, con la cabeza gacha, apuntando columnas, y no me miró, y yo no supe qué hacer con aquella frase que se le había escapado, así que hice lo que hago siempre con lo que no sé colocar: lo guardé para después y seguí amasando.

Me quedé de espaldas amasando, con aquella frase suya colgando en el aire, a lo mejor las quiero, a lo mejor por eso las mido, y no supe qué hacer con ella porque no encajaba con la mujer que yo había decidido que era.

La mujer que yo había decidido que era venía a vender y no quería nada.

Esta otra, la que se le escapaba en voz baja cuando creía que no la oía, medía las cosas porque le importaban demasiado para perderlas.

Y esa segunda me daba mucho más miedo que la primera, porque a la primera podía odiarla tranquila y a la segunda no.

Seguimos un rato en silencio, cada una en su masa, el obrador entero oliendo a levadura y a la lluvia que empezaba a caer fuera. Yo la oía respirar. Ella me oía a mí. Y en el silencio había más conversación que en todo lo que nos habíamos dicho a gritos.

Sonó la campanilla de la puerta. Era la Puri, precisamente, hablando del rey de Roma, con el bolso colgado del brazo y esa manera suya de entrar preguntando por los muertos de la familia antes de por el bollo.

— Ay, Candela, hija, cómo lo llevas — dijo, y me cogió la cara con las dos manos frías—. Con lo que tú la querías. — Y luego, girándose hacia Marina, con menos manos y más ojo—: Y tú eres la nieta. La de Pilar. Estás igual que tu madre de joven, guapa, aunque más seca de gesto, no te ofendas.

Marina no se ofendió, o disimuló.

— Buenos días.

— Vengo a un encargo — dijo la Puri, volviendo a lo suyo, que era lo importante—.

Los huesos de santo. Como todos los años.

Y este año más, que viene la familia entera para Todos los Santos, los de Bilbao y los de Zaragoza, y ya sabes cómo se ponen con los huesos de tu abuela, que dicen que en Bilbao no saben hacerlos.

Ponme seis docenas. Y buñuelos, otras cuatro. Para el jueves sin falta.

Seis docenas de huesos de santo. Y la Puri era la primera. Detrás vendría medio pueblo, porque los huesos de santo de la Confitería Salcedo eran una institución, y Todos los Santos era el jueves, y estábamos a lunes.

— Claro que sí, Puri — dije—. Para el jueves.

Se fue tan contenta con su encargo, y en cuanto la campanilla dejó de sonar, la sonrisa se me cayó de la cara.

Huesos de santo. Yema fina, mazapán liado en cilindros, almíbar en el punto justo, un trabajo de horas y de dedos y de paciencia, el que hacía Amparo con Satur al fondo, dos pares de manos, siempre dos pares de manos como mínimo.

Y este año, Satur no podía con la yema, se lo veía en las muñecas, ya casi no le respondían para lo fino.

Este año Amparo no estaba. Este año, para sacar Todos los Santos, el día grande de la repostería de todo el pueblo, el escaparate lleno, la cola en la puerta, no había más manos que las mías.

Y las de ella.

Me giré hacia Marina, que había levantado la cabeza de la carpeta y me miraba, y supe que estaba pensando lo mismo, echando la misma cuenta imposible, porque para eso sí que servían sus números.

— ¿Cuántas manos hacen falta? — preguntó, muy seria.

— Cuatro — dije—. Como mínimo cuatro. Y solo tenemos las tuyas y las mías.

Se hizo un silencio en el obrador, el mismo obrador donde su abuela y yo habíamos sacado tres Todos los Santos juntas.

Fuera empezó a caer una lluvia fina de finales de octubre sobre la calle del Horno, esa lluvia que le da más sed a la masa.

Marina miró la lluvia por el escaparate de azulejo, miró la báscula, me miró a mí, y por primera vez desde que llegó no dijo nada de gramos ni de máquinas.

— Entonces habrá que aprender rápido — dijo—. Enséñame los huesos de santo.

Y se remangó, la manga de la quemadura, hasta arriba del todo, y se ató otra vez el delantal, esta vez sin apretar tanto el lazo.