El Asistente Olvidado CAPÍTULO 8 EL ECO DE LA LLUVIA #2
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CAPÍTULO 8 EL ECO DE LA LLUVIA #2

—Mañana podés entrar tarde, no te preocupés —volví a ese tono de superioridad que un jefe usa con su empleado. No era voluntario, era automático, una respuesta condicionada de años—. Si querés ponemos un audio para dormir, no le veo problema —alcé los hombros en un gesto de me da igual.

Él soltó otra vez su sonrisa angelical.

Y mi mente se corrompió de inmediato con el tono de esos labios porque el cuerpo tiene su propia memoria y la mía esta noche era muy específica.

Vino un flashback sin que lo buscara: él usando esa boca para chuparme la verga, su boca gimiendo, cómo sus labios se estiraban tratando de avanzar más de la mitad de mi miembro con esa determinación suya de quien no acepta los límites como definitivos. Me daban ganas de volverlo a probar.

Me puse de pie antes de que el pensamiento se convirtiera en algo más visible.

—¿Tenés algo de tomar?

—Lo siento —volví de mi trance más abruptamente de lo que pretendía—. Claro, tengo té en botella, agua, jugo de mango, también tengo vino —me dirigí a la cocina con paso rápido, agradeciendo la distancia física—. ¿Qué querés?

—Agua.

—¿Solo agua? —pasé a servirle.

—Solo agua.

—Okay, aquí está —le pasé el vaso y me quedé apoyado en el mesón con el codo, buscando esa postura casual que nunca me salía del todo natural en mi propio apartamento porque no tenía suficiente práctica de tener a alguien en él.

Hubo un silencio breve. Kevin tomó el vaso y lo sostuvo con las dos manos, mirando el contenido un segundo antes de beber, y en ese gesto pequeño y completamente ordinario había algo que no supe nombrar pero que registré de todas formas.

—¿Te molestaría prestarme la ducha? —preguntó, con un tono que intentaba sonar casual y que lo lograba casi completamente.

—Está al fondo —le señalé el camino hacia el corredor—. Ya te acerco la toalla. Si querés, tengo un bóxer pijama suelto que podés usar para dormir.

Kevin me miró un segundo, procesando la última parte de la frase, que era también la más cargada porque implicaba que yo había asumido que se iba a quedar sin que lo hubiéramos discutido formalmente, que había tomado esa decisión con la misma naturalidad con que tomaba las decisiones ejecutivas: sin negociación, como un hecho.

—Vale, entonces... me voy a duchar —dijo, y en su voz había algo que no era objeción.

—Voy sirviendo la comida mientras tanto.

No creo que tarde mucho en llegar —le sonreí de una forma que sentí rara en mi propia cara, demasiado abierta, demasiado sin el filtro de siempre.

Tenía el codo apoyado sobre el mesón de la cocina en un intento de parecer casual que probablemente no engañaba a nadie, y menos a alguien que llevaba tres años aprendiendo a leerme.

Kevin fue hacia el corredor.

El portero llamó diez minutos después. Bajé por la comida, serví la mesa con los recipientes del restaurante de los ancianos de San Fernando, y luego fui al armario a buscar lo que le había prometido: una toalla limpia, de las grandes, y el bóxer pijama más presentable que tenía, uno negro de algodón que había comprado en algún viaje y que todavía conservaba la suavidad de la ropa que se usa poco.

Al entrar al baño para dejarle las cosas, la mampara de vidrio esmerilado no ocultaba tanto como debería.

Vi su silueta.

La boca se me llenó de saliva con una inmediatez que no dejaba lugar para el autoengaño.

Tenía claro que era atractivo, lo había sabido desde el primer año con esa claridad incómoda de las cosas que uno sabe y decide no saber.

Pero esta versión de él, sin el traje, sin la distancia administrada, con el agua cayendo sobre ese cuerpo que los sacos formales habían ocultado durante tanto tiempo, era una información que mi sistema todavía estaba procesando y que claramente iba a tardar más de una noche en archivar correctamente.

La curva de sus nalgas bajo el vidrio esmerilado me puso duro de nuevo.

No quería verme como un pervertido.

—Aquí te dejo las cosas —salí de inmediato, dejando la toalla y el bóxer doblados sobre el lavamanos con una eficiencia que en este caso era puramente defensiva.

—Gracias —dijo su voz desde el otro lado del vapor.

Cerré la puerta del baño y me quedé un segundo en el corredor con la espalda contra la pared, escuchando el ruido del agua corriendo al otro lado, procesando el hecho simple e irrevocable de que Kevin Salazar estaba duchándose en mi baño a las once y cincuenta de un martes mientras la comida china de los ancianos de San Fernando esperaba en la mesa y afuera Cali seguía bajo la lluvia que no terminaba de irse.

Fui a la cocina.

Me serví un vaso de agua fría y lo bebí de pie, despacio, mirando el sofá verde desde la distancia y pensando, sin querer pensarlo, en lo diferente que se veía el apartamento esta noche con alguien adentro.

Kevin salió del baño con mi bóxer puesto.

La verdad hubiera preferido que no usara nada.

Ver todo su cuerpo ya era una delicia que me quitaba el apetito y me daban ganas de hacer cardio.

Pero estaba así, con mi ropa en su cuerpo, y eso también tenía algo que no supe nombrar de inmediato: una familiaridad que no habíamos construido pero que existía de todas formas, como si el apartamento lo hubiera aceptado sin necesitar presentaciones.

Nos sentamos a comer.

El silencio entre los dos solo lo interrumpía el sonido de los cubiertos chocando contra la porcelana, un ruido pequeño y doméstico que en la suite del piso cuarenta y dos nunca había existido y que aquí, en esta mesa pequeña con la comida china de los ancianos de San Fernando, sonaba completamente normal.

Me pregunté cómo retenerlo sin que pareciera que lo estaba reteniendo, que era el problema central de la noche y probablemente de las semanas que venían.

—¿Te gusta? —pregunté, señalando el arroz con un gesto vago.

—Sí, no está nada mal. —Metió el tenedor a la boca y me miró—. Ya quiero comer el postre.

Me lo dijo con una mirada que no le conocía. Pervertida, calculada, completamente consciente de lo que estaba haciendo, y efectiva con una inmediatez que me puso duro al instante porque esa boca que estaba usando para decirlo yo ya sabía exactamente lo que podía hacer.

—Con gusto te lo voy a servir —sonreí de una forma que no era la sonrisa del director ejecutivo sino la de alguien que sabe que está hablando en doble sentido y eso le causa gracia, como un chiste entre parceros.

Pero no éramos exactamente eso, y ahí estaba el tema pendiente.

Lo miré un segundo más de lo necesario y decidí que era el momento.

—¿Por qué te querés ir?

No respondió de inmediato. Miró hacia la ventana y se quedó pensativo, con el tenedor quieto sobre el plato, y yo reconocí ese silencio porque era el mismo que usaba en la oficina cuando procesaba algo que requería más de un segundo de análisis.

—No te lo pregunto como jefe —añadí, antes de que el silencio se cerrara solo—. En serio, quiero saber por qué.

—Es simple. No he crecido. —Volvió la vista hacia mí—. Ya he rechazado ofertas muy buenas por quedarme ahí.

—Pero ¿por qué las rechazaste? Si te podías haber ido en cualquier momento.

Kevin dejó el tenedor sobre el plato con una delicadeza que era también una decisión: estaba eligiendo decirlo.

—Ya es tonto mentir. Las rechacé por vos.

—¿Por mí?

—Sí.

El monosílabo cayó en la mesa con el mismo peso que todo lo que había dicho en el piso cuarenta y dos horas antes, pero sin la urgencia de entonces.

Era más tranquilo, más resignado, la versión diurna de una verdad que ya había sido dicha y que ahora simplemente existía entre los dos sin necesitar justificación adicional.

Me recosté en la silla.

—Quiero conocerte más —dije, y era verdad, una verdad que había llegado esta noche con la misma claridad que llegan las cosas cuando uno deja de bloquearlas—. Hace tiempo he tenido ideas con vos, pero no quería acercarme por el trabajo.

—Entonces aceptá mi renuncia —respondió Kevin, con una lógica que era completamente suya— y nos podemos conocer.

La oferta era tentadora en su simplicidad.

Pero me quedé callado un momento porque la verdad era más complicada que eso, o más honesta: no le podía ofrecer mucho.

Casi nada. Mis ideas eran trabajo, ejercicio y más trabajo.

Prácticamente tenía que estar conectado todo el día, y la alternativa de tenerlo solo para sexo era una opción que existía sobre la mesa, pero en verdad quería conocerlo.

Como cuando sabés que querés hacer algo pero no sabés ni el porqué, solo sabés que lo querés.

—Sabés, he descuidado mucho mi vida personal —dije, y era la primera vez que lo decía en voz alta, no en un monólogo interno a las cuatro de la mañana mirando el techo, sino frente a alguien que lo escuchaba—. Y hay un pensamiento que me venía rondando hace tiempo.

—¿Cuál es?

—Quiero delegar la parte internacional. —Lo miré directamente—.

Claramente estaría al tanto de todo, pero no de forma directa.

Vos hiciste un informe que me garantiza que lo vas a hacer bien.

Yo me encargaría de terminar lo que está pendiente y colocar las bases, y en cierto punto te soltaría para que siguieras. ¿Creés que estás listo?

Kevin me miró con una expresión que tardé un segundo en leer.

—¿Solo necesitaba acostarme con vos? —lo dijo con un tono que tenía rabia genuina en los bordes, esa rabia específica de quien acaba de recibir algo que podría ser lo que quería pero que llega de una forma que hace imposible recibirlo sin preguntar primero.