El Asistente Olvidado CAPÍTULO 8 EL ECO DE LA LLUVIA
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CAPÍTULO 8 EL ECO DE LA LLUVIA

Sabía que su respuesta sería negativa. Pero lo quería intentar.

—Ya es tarde. Vamos a mi apartamento y allá pido el domicilio —lo dije en un tono cortante, mientras me apresuré a ponerme el cinturón de seguridad.

Kevin arrancó sin decir nada.

No había mucho de qué hablar, o al menos no había una forma casual de hacerlo, y era normal.

Habíamos cruzado una línea que desde el comienzo no quería cruzar, pero mi cuerpo se dejó llevar y terminé en el auto de mi asistente a las once y media de la noche de un martes, mirando por la ventana las calles del norte de Cali bajo una lluvia que ya había perdido la violencia de antes pero que seguía ahí, constante, cubriendo la ciudad con esa quietud particular que deja el agua cuando decide quedarse sin apresurarse.

Las luces amarillas de los postes pasaban a intervalos regulares.

El ambiente afuera se sentía fresco, limpio, con ese olor específico del asfalto mojado que en Cali tiene una calidad diferente a cualquier otra ciudad: más verde, más cargado de tierra.

Lo noté porque rara vez viajaba de noche en un auto que no fuera el del servicio, y el servicio siempre tenía las ventanas cerradas y la temperatura controlada y esa distancia de vidrio entre uno y el mundo exterior que termina siendo otra forma del mismo aislamiento de siempre.

Kevin puso música.

Algo suave, instrumental, sin voz. El tipo de música que existe para llenar el silencio sin reclamarlo.

Me pregunté si la había puesto por él o por mí, si era su selección habitual para los trayectos nocturnos o si había elegido algo neutral precisamente porque no sabía qué tipo de música me gustaba a mí.

Llevábamos tres años en el mismo cuarto y no sabía qué música ponía cuando manejaba solo.

Me pregunté qué más no sabía, y la lista que empezó a formarse en mi mente fue suficientemente larga como para que la dejara incompleta antes de que llegara a ser incómoda.

Era fácil robarle un beso en un momento de temperatura alta, y otra cosa completamente distinta era hablarle ahora, en este auto, con la ciudad pasando afuera y el silencio entre los dos teniendo una textura que ninguno de los dos sabía exactamente cómo manejar.

Busqué en mi mente qué decirle.

El problema era que todas las conversaciones que había tenido con Kevin en tres años habían tenido un eje claro: el trabajo.

Los proyectos, los contratos, las juntas, los viajes, los reportes.

Ese eje le daba estructura a todo lo demás, una dirección, un propósito.

Sin él, me descubrí buscando en un territorio que no había explorado con nadie en mucho tiempo: el de hablar sin un objetivo específico, el de decir algo solo porque el silencio era demasiado pesado y la persona al lado merecía más que ese peso.

Kevin siguió manejando.

Sus manos en el volante eran las mismas manos que había visto sobre el teclado durante tres años, que había visto organizar documentos y servir café y señalar datos en pantallas, y que esta noche había sentido en mi camisa con una urgencia que no esperaba de alguien que siempre había sido la calma personificada.

Aparté la vista antes de que el pensamiento se extendiera demasiado.

Miré la calle.

Cuando llegamos a mi edificio en Ciudad Jardín, el portero nocturno levantó la barrera sin preguntar porque me conocía de los regresos tarde, que no eran infrecuentes aunque generalmente llegaba solo.

Esta noche no llegaba solo, y el portero tuvo la discreción profesional de no registrar ninguna reacción visible ante eso, que era exactamente lo que yo esperaba de alguien en su posición.

Subimos en el ascensor en silencio.

Era un ascensor diferente al del Vendôme: más pequeño, más doméstico, sin el revestimiento de madera oscura ni la iluminación cálida del hotel.

Solo espejo y acero y los dos reflejados en él sin la distancia de siempre, sin el panel de vidrio templado que separaba nuestros escritorios, sin ninguno de los instrumentos que habían administrado nuestra proximidad durante tres años.

Kevin miraba los números del panel.

Yo miraba su reflejo.

Cuando abrí la puerta de mi apartamento y lo dejé pasar, su mirada navegó por el lugar con esa atención suya de siempre, la que yo reconocía como el modo de observación activa que usaba cuando llegaba a un espacio nuevo y lo catalogaba en tiempo real.

Me pregunté qué estaba catalogando, qué datos estaba procesando sobre mí a través de las paredes y los muebles y los objetos que había elegido sin pensar en que alguien los fuera a leer algún día.

La verdad es que no había mucho decoro, no como quizás otros imaginan: el jefe cliché con un entorno minimalista que parece portada de revista, un lugar donde claramente nadie vive, algo estilo Airbnb.

No era así. Mi hogar era completamente distinto a mi personalidad laboral, y lo sabía, y en algún momento de los últimos años había dejado de molestarme esa contradicción porque no había nadie que la viera.

Hasta esta noche.

Fui a la cocina, que quedaba cerca a la entrada, y me remangué las mangas con la intención inicial de cocinar algo.

Abrí la nevera y la examiné con honestidad: había ingredientes, siempre había ingredientes porque tenía el hábito de hacer mercado los sábados con una lista que preparaba el viernes, uno de los pocos rituales domésticos que mantenía con la misma disciplina que los procesos de la oficina.

Pero eran las once y media de la noche y cocinar a esta hora para alguien que llevaba el mismo día intenso que yo me pareció, en el segundo o tercero de análisis, una mala idea.

Tomé el teléfono.

—Interesante apartamento —dijo Kevin desde la sala, mientras seguía girando la cabeza por el lugar.

—¿Cómo lo imaginabas? —pregunté, marcando el número del restaurante.

—Blanco y negro.

Solté una carcajada genuina, de las que no planeo y que por eso suenan diferentes a las que sí planeo.

—¿Por qué lo imaginabas así?

—Siento que sos muy... —tragó saliva, buscando la palabra con esa precisión suya de siempre— minimalista para esto.

—Lo sé —respondí, mientras alguien contestaba al otro lado de la línea—. Se ve algo hippie y desorganizado, pero me gusta así.

El lugar tenía luces cálidas, de esas que uno elige cuando decide que el espacio donde vive debe sentirse diferente al espacio donde trabaja.

No había puertas específicas: era un apartamento pequeño construido con divisiones de madera clara, paredes en tonos marrones, dos plantas grandes al lado de una pantalla no tan grande, un tapete claro que había comprado en una feria de artesanías en Bogotá porque la textura me pareció la correcta, y un sofá verde que era el objeto más discutido de todo el apartamento porque no combinaba con nada y era exactamente por eso que lo había comprado.

En la esquina, una guitarra.

Regalo de mi madre en algún cumpleaños de la adolescencia, con la expectativa de que aprendería a tocarla, expectativa que nunca se materializó pero que yo había mantenido en ese rincón durante años porque me gustaba su color natural de madera.

Había algo en tener un objeto que representa una versión de uno mismo que nunca existió pero que tampoco es completamente imposible.

Pedí el arroz chino mientras Kevin se acercaba a la guitarra.

Era un restaurante sin app, sin delivery automatizado, atendido por una pareja de ancianos en el barrio San Fernando que llevaban décadas en el mismo local.

No eran los más rápidos del mercado, pero hacían el mejor arroz chino que yo había encontrado en Cali.

Había algo en seguir llamando ahí que tenía que ver con una lealtad que no era solo gastronómica: me gustaba el hecho de que existieran todavía, de que hubieran construido algo juntos y que ese algo siguiera funcionando después de tanto tiempo.

La llamada terminó.

—¿Tocás la guitarra? —preguntó Kevin, examinando el instrumento sin tocarlo, con ese respeto instintivo de quien no toma lo que no es suyo sin permiso.

—¿La podés tocar? Sí, claro —dije, guardando el teléfono—. ¿Sé tocar canciones con ella? No. Nunca aprendí. —Fui hacia la sala y me senté en el sofá verde—. ¿Y a vos qué música te gusta?

—No soy mucho de música —respondió, acercándose—. Solo pongo audios de fondo.

—¿Dormís con audios?

Lo tomé del hombro con un gesto que pretendía ser casual, dándole la indicación de que se sentara junto a mí.

Era raro hacer ese gesto en este contexto, con esta persona, en este apartamento que nadie visitaba, pero al mismo tiempo se sentía más real que la mayoría de las cosas que había hecho en los últimos años.

—Jajaja, no soy un bicho raro.

—Jajaja, no quería decir eso —traté de corregirlo—. Solo hay gente que duerme de formas diferentes.

Pensé si había funcionado o no, pero al momento me fui en otro pensamiento porque miré su boca y las palabras dejaron de importar.

Labios rosados, dientes perfectos, sus ojos sonreían junto a sus labios y se le formaban unas pequeñas arrugas en la mirada, esas que uno solo ve de cerca y que yo nunca había visto porque nunca había estado lo suficientemente cerca para verlas, o porque me había negado a estarlo.

¿Era yo un mal jefe?

La pregunta llegó sin dramatismo pero con un peso específico.

Me había perdido tres años de esas expresiones, de esa sonrisa que no era la sonrisa de trabajo sino la otra, la real, la que aparecía cuando algo lo sorprendía o lo hacía reír de verdad.

Y había un miedo latente que no terminaba de articularse: el de seguir perdiéndomela.

—Sobre eso, mañana hay que trabajar —dijo Kevin, y vi cómo la sonrisa cedía levemente a algo más práctico—. Así que creo que es mejor que me vaya a casa.

Era tonto que lo mencionara. Era yo quien tenía que dar la cara en las reuniones. Era yo el jefe, y el jefe podía reorganizar la agenda del miércoles con una llamada de dos minutos antes de dormirse.