El Asistente Olvidado CAPÍTULO 7 POR FAVOR #4
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CAPÍTULO 7 POR FAVOR #4

Silencioso, casi vacío, con esa iluminación artificial que hace que todo parezca más provisional de lo que es. Encontré mi carro donde siempre lo dejaba, en el puesto cuarenta y tres que llevaba dos años siendo el mismo puesto porque Kevin Salazar no cambiaba las cosas que funcionaban.

Abrí las ventanas primero.

El aire adentro era el aire de siempre, el de alguien que pasa muchas horas en un edificio de clima controlado y que sin quererlo trae ese ambiente consigo, y necesitaba que se fuera antes de que subiera Max.

Revisé el tablero, el asiento del copiloto, el espejo retrovisor.

Todo en orden. Todo como lo había dejado esta mañana, que parecía haber ocurrido en otra semana de otro año.

Fui al baño del parqueadero.

La iluminación no era la del piso cuarenta y dos: más amarilla, más honesta con sus defectos, sin la arquitectura de los espacios diseñados para impresionar.

El espejo me devolvió exactamente lo que era: alguien que había pasado las últimas horas en un estado de intensidad que el cuerpo no borra fácilmente.

Me veía desorganizado de una forma que iba más allá de la ropa.

Tomé el cepillo de dientes que siempre llevaba en el maletín por hábito, mi colonia.

Con las manos traté de planchar mi camisa en los puntos donde la tela había perdido su forma, y con el agua fría del lavamanos me quité lo que quedaba del sudor de la noche, que era bastante.

Me miré una última vez.

Presentable. No impecable, pero presentable, que era lo máximo disponible en estas circunstancias.

Volví al carro y me senté.

Solté un respiro largo, de esos que uno guarda sin darse cuenta durante horas y que cuando salen llevan más cosas de las que uno esperaba.

El cuero del asiento estaba frío todavía.

Afuera, en la rampa de entrada del parqueadero, la lluvia seguía cayendo con menos violencia que una hora atrás pero sin ninguna intención visible de detenerse.

No llegaba.

Siete minutos y no llegaba.

Miré la entrada. El guardia de seguridad del turno nocturno estaba en su puesto leyendo algo en el teléfono, completamente ajeno a que a cuarenta y dos pisos sobre su cabeza acababa de ocurrir algo que había demorado tres años en llegar.

Diez minutos y yo seguía con la vista fija en la puerta que conectaba el parqueadero con los ascensores, con esa atención específica de quien está esperando algo y que cada minuto adicional convierte en una pregunta más pesada.

¿Se había arrepentido?

Era la pregunta más razonable disponible.

Max tenía esa capacidad, la había visto operar en reuniones y negociaciones: la de revisar una decisión tomada bajo presión con la frialdad del análisis posterior y determinar que los términos no eran los correctos.

Era una de sus fortalezas profesionales.

Esta noche podría haber sido la excepción o podría no haberlo sido.

Once minutos.

Cuando la puerta se abrió y lo vi salir, exhalé con una intensidad que no había anticipado.

No se había ido sin mí.

Salió impecable, con esa capacidad suya de recomponerse que yo siempre había admirado y que esta noche me resultó levemente absurda y completamente característica: el saco puesto, la corbata reajustada, el cabello en su lugar.

Seguramente se había organizado arriba con lo que tenía disponible en la suite, como yo lo había hecho abajo con lo poco que cargaba en el maletín.

Éramos, en ese sentido, más similares de lo que cualquiera de los dos había admitido.

Cruzó el parqueadero con el paso de siempre.

Abrió la puerta del copiloto y se sentó sin decir nada, con esa naturalidad de quien ocupa un espacio que ha decidido que le corresponde.

Yo ya tenía el motor listo, la mano en el volante, la ruta mentalmente trazada hacia su apartamento porque conocía la dirección desde el primer mes de trabajo y porque Kevin Salazar siempre sabía a dónde iba antes de salir.

Estaba a punto de maniobrar para salir del parqueadero cuando su mano llegó a mi barbilla.

Me giró la cabeza hacia él con una firmeza que no admitía negociación y me dio un beso que no anunció, que simplemente ocurrió, que llegó antes de que yo pudiera preparar ninguna respuesta física o mental para recibirlo.

Sentí el calor de su boca, el olor a colonia que se había reaplicado arriba, la presión específica de sus labios que esta noche ya no era nueva pero que seguía siendo suficiente para descolocarme completamente.

Me sonrojé.

Lo sentí en las mejillas con esa incomodidad específica de quien no puede controlar su propia cara, y Max lo vio, y la sonrisa que soltó al verlo fue la primera sonrisa completamente real que le había visto en tres años: no la sonrisa corporativa, no la de las reuniones, sino la de alguien que acaba de descubrir que tiene el poder de sorprender a la persona que creía que lo conocía mejor que nadie.

Me guardé el sonrojo como pude.

—¿Querés ir a comer algo, Kevin?

Eran las once y veintidós de la noche de un martes. Cali afuera seguía bajo la lluvia, más tranquila que una hora atrás pero todavía presente, todavía llenando el silencio de la ciudad con ese sonido continuo que esta noche había sido, sin proponérselo, el mejor testigo disponible.

Lo miré.

No supe qué iba a responder antes de responderlo.