CAPÍTULO 7 POR FAVOR #3
No lo hizo de golpe. No fue brusco. Ya mi cuerpo estaba listo, él lo sabía porque había sido meticuloso en asegurarse de que así fuera, y esa consideración me desarmaría más tarde cuando tuviera tiempo de pensarlo.
Sentí la punta primero, esa presión inicial que es simultáneamente demasiado y exactamente suficiente.
Luego la mitad de su verga, con una lentitud que era casi insoportable, y él sabía que lo mejor era solo hasta ahí por el momento, que mi cuerpo necesitaba ese espacio para adaptarse antes de continuar.
Yo ya no aguantaba más.
Empezaba a gemir con una frecuencia que no controlaba. De mi verga mojada caían gotas de líquido preseminal sobre el cuero negro del sofá, evidencia física de un estado que no requería más descripción.
—La quiero toda —dije, con esa necesidad en la voz que no me reconocía.
Y sin dudarlo me la dio toda.
Solté un quejido.
Fue un sonido que salió desde el centro del cuerpo, no desde la garganta, de esos que no se planean sino que ocurren porque el cuerpo no tiene otro mecanismo disponible para procesar algo de esa intensidad.
Sus manos estaban sobre mis nalgas y sentí que pensaba en sacar la verga, una consideración que en este momento no quería.
No lo dejé.
Puse mi mano sobre la suya y girando la cabeza le pedí con los ojos que siguiera, que no se detuviera, que el dolor era parte de lo que quería sentir esta noche porque el dolor y el placer juntos eran más reales que cualquiera de los dos por separado.
Suavidad, embestida como un animal, suavidad, embestida.
Así me tenía y así quería que me tuviera.
Encontramos un ritmo que era mitad el suyo y mitad el mío, construido en tiempo real sobre la marcha, sin negociación verbal porque no la necesitábamos.
Seguimos así un buen rato, yo resistiendo todo el placer que él me daba, concentrándome en sostenerlo porque soltarlo significaba que esto terminaba y no quería que terminara.
En un momento puso sus manos en mi pectoral y jaló mi dorso levemente hacia atrás.
Escuché y sentí el cambio de ángulo de inmediato: me daba aún con más fuerza desde esa posición, mis nalgas chocando contra su pelvis con un sonido que llenaba el cuarto junto con la lluvia y los gemidos de ambos, un sonido que me resultó más excitante que cualquier otra cosa de la noche.
De repente, sin tocarme, me corrí.
Fue una sorpresa incluso para mí: la eyaculación llegó sin aviso, sin el crescendo habitual, como una consecuencia directa del ángulo y del sonido y de la presión interna de su verga en ese punto exacto que él había encontrado sin que yo tuviera que indicárselo.
Mi cuerpo simplemente decidió que ya era suficiente y tomó la decisión sin consultarme.
Al hacerlo sentí cómo Max se apuraba.
El ritmo cambió: más rápido, más profundo, con una urgencia que reconocí como la suya propia acercándose al límite.
Lo sentí todo adentro, sentí cómo me llenaba con su semen en descargas que él acompañaba con embestidas que se iban espaciando gradualmente, cada una más lenta que la anterior, cada una extrayendo lo último que quedaba.
Y lo mejor, lo que guardé en algún lugar que no tenía nombre todavía, fue escuchar sus gemidos mientras se corría dentro de mí: sin filtro, sin la voz ejecutiva, sin ninguna de las capas que Maximiliano Reyes usaba para presentarse al mundo.
Solo él.
Me tomó fuerte con ambas manos y besó mi espalda.
Esperó. Ambos esperamos, sin movernos, recuperando la respiración en ese silencio particular que dejan las cosas intensas cuando terminan: denso, cálido, sin urgencia.
La tormenta seguía afuera aunque ninguno de los dos la estaba escuchando ya.
Cuando el tamaño de su miembro hubo disminuido lo suficiente, lo sacó con el mismo cuidado con que había entrado, sin apresurarse, con una consideración que no esperaba y que recibí sin saber qué hacer con ella.
Nos separamos.
¿Y ahora qué pasará?
Era el único pensamiento que cruzaba mi mente mientras el cuarto volvía a ser el cuarto y el sofá volvía a ser el sofá y el ventanal seguía siendo el ventanal con la lluvia y Cali detrás.
Ninguno dijo nada. El silencio tenía una textura diferente a todos los silencios anteriores de la noche: no era el silencio de la tensión acumulada sino el de dos personas que acaban de cruzar algo y que todavía no saben en qué lado del cruce están paradas.
No quería mirarlo a los ojos.
No todavía.
Busqué en el suelo mi ropa con la vista, localizando primero el pantalón, luego la camisa, con la concentración de alguien que necesita una tarea concreta porque las tareas concretas son manejables y lo que acaba de ocurrir no lo era todavía.
Terminaba de vestirme y amaba el sonido de las gotas de lluvia en el cristal.
Sin ese sonido habría un silencio insoportable, de esos que no se llenan con trabajo ni con protocolos sino que simplemente están ahí, reclamando atención, exigiendo que alguien nombre lo que acaba de ocurrir en este cuarto.
La lluvia lo resolvía. La lluvia llenaba el espacio con algo neutral y continuo que no pedía nada a ninguno de los dos, y por eso la agradecí con una intensidad que no había sentido nunca por el clima.
Era curioso cómo había pasado el tiempo esta noche.
Horas atrás cada uno trabajaba desde su silencio sin inconvenientes, con los documentos de la auditoría falsa entre los dos y la distancia administrada de siempre operando como había operado durante tres años: sin esfuerzo visible, sin fisuras.
Ahora ese silencio era otro silencio completamente distinto, construido sobre una información nueva que ninguno de los dos sabía todavía cómo clasificar, y lo que habíamos hecho no era precisamente parte de nuestras funciones dentro de la compañía ni de ningún manual de procedimientos disponible.
Ajusté el cuello de mi camisa frente al vidrio del ventanal, usando mi propio reflejo como espejo improvisado.
Me veía diferente. No físicamente, o no solo físicamente, sino con esa calidad particular de alguien que ha cruzado algo y que lo lleva en la cara antes de que su mente haya terminado de procesarlo.
—¿Seguimos con la auditoría, señor Reyes? —le dije sin voltear, con un tono risueño que no había planeado pero que salió solo, la primera cosa genuinamente espontánea que le había dicho en tres años sin calcularla primero.
Hubo una pausa de dos segundos.
—Ayudame a organizar todo. Esa auditoría ya no tiene objetivo. —Me lo dijo sin mirarme a los ojos, concentrado en abotonarse la camisa con esa eficiencia suya de siempre, como si el comentario fuera puramente logístico, como si la palabra objetivo no tuviera ningún peso adicional esta noche.
En ese momento, con ese tono de voz y esa mirada esquiva, pensé que solo había sido algo casual.
Algo del momento, del calor y la tormenta y la tensión acumulada que había encontrado una salida y que ahora que la había encontrado volvía todo a su lugar natural.
Miré de nuevo los documentos sobre la mesa auxiliar, las pilas ordenadas con mis separadores de colores, el inventario prolijo de una auditoría que nunca existió.
Eso había sido. Nada más.
—Entiendo.
Sonó seco y distante, como quien cierra una carpeta y la archiva en el lugar correcto.
Como quien sabe que nada volverá a suceder y que lo más digno es no hacer que el otro lo diga en voz alta.
Me alejé hacia la mesa auxiliar para empezar a recoger los documentos con la eficiencia de siempre, con ese piloto automático que nunca me abandonaba del todo, cuando sentí sus brazos.
Me tomó por la espalda, poniendo sus brazos alrededor de mi cintura con una firmeza que no era la del gesto apurado sino la de alguien que ha decidido algo y lo está ejecutando antes de que su propio sistema de control lo detenga.
—¿Querés dormir conmigo hoy? —me lo dijo al oído.
Con el tono más cálido y extraño que le había escuchado en tres años.
En mis registros no estaba esa cercanía en su voz, esa textura particular de alguien que está siendo vulnerable de la única forma que sabe serlo: sin preámbulos, sin construcción, directo al punto como en los negocios pero con una temperatura completamente distinta.
Aunque sabía que su intención podía ser clara, que quería seguir, que la noche no tenía por qué terminar aquí, una pregunta entró sin permiso y se instaló en el centro de mi pecho con la solidez de las preguntas que no tienen respuesta fácil.
¿Me quería a mí, o quería el trabajo que no podía hacer por él?
No lo sabía.
Y no lo iba a saber esta noche, parado en el piso cuarenta y dos con sus brazos alrededor de mi cintura y la lluvia afuera y los documentos a medio organizar sobre la mesa.
Esa pregunta necesitaba otro tipo de luz para responderse, no la de una suite ejecutiva a las once y cuarto de la noche de un martes.
—Okay. Vamos. Te espero abajo.
—Okay. Yo organizo todo, no hay problema.
Me separé de sus brazos con cuidado, tomé mi maletín de mi escritorio, verifiqué que no dejara nada importante, y salí de la suite sin mirar atrás porque mirar atrás en este momento habría requerido una fortaleza que no tenía disponible.
El parqueadero del Vendôme a esta hora era otro mundo.