El Asistente Olvidado CAPÍTULO 8 EL ECO DE LA LLUVIA #3
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CAPÍTULO 8 EL ECO DE LA LLUVIA #3

—No. —Me incliné hacia adelante—. No me malinterpretés.

En serio quiero empezar a hacer mi vida.

He estado trabajando años y siento que aparte de mi trabajo no tengo nada.

¿Quién soy yo afuera de la oficina? —La pregunta me la hice a mí mismo tanto como a él—.

Me encanta la forma en que hiciste que todo funcionara como un reloj.

La forma en que veías cosas antes de que yo las notara.

Claramente debo hablar con mis superiores, pero no creo que le vean inconvenientes.

Te estoy confiando mucho más de lo que creés.

Kevin no respondió de inmediato.

Lo vi procesar, con esa forma suya de no revelar el proceso sino solo el resultado, y me pregunté qué estaba pesando exactamente, qué variables estaba evaluando en ese segundo y medio de silencio que a mí se me hizo más largo de lo que fue.

—Okay —dijo—. Lo acepto.

Me le acerqué.

Tenía los labios levemente aceitosos de la comida y no me importó en absoluto, lo besé de todas formas porque esta noche había decidido dejar de construir razones para no hacer lo que quería hacer y ese principio incluía los besos con sabor a arroz chino a la medianoche en una mesa pequeña con la lluvia afuera.

Era extraño que ahora estuviera besando a un hombre en mi apartamento.

Lo más extraño era que hacía rato lo quería hacer.

La noche estuvo calmada después de eso. Terminamos de comer sin volver al tema, como si el acuerdo necesitara tiempo para asentarse antes de que cualquiera de los dos lo tocara de nuevo.

Pensé en él, en qué estaría pensando, cómo habría tomado la noticia, si la satisfacción que veía en su cara era la del hombre que consiguió lo que quería o la del profesional que acaba de recibir una oportunidad que merece.

Pensé en cómo encontraría otro asistente.

Le estaba dando su libertad, y eso significaba incomodarme.

Reorganizar. Buscar a alguien que pusiera el café a quince centímetros del borde del escritorio sin que nadie se lo explicara, lo cual era una tarea que ya sabía que iba a ser más difícil de lo que cualquier proceso de selección podía anticipar.

Pero lo quería hacer.

Y lo curioso era que no había sido una decisión construida sobre análisis o proyecciones.

Había sido una guitarra en una esquina que nunca aprendí a tocar, y una pareja de ancianos en San Fernando que habían envejecido juntos haciendo arroz chino, y un hombre sentado en mi sofá verde con mi bóxer puesto diciéndome que había rechazado dos ofertas de trabajo por quedarse cerca de mí.

Esas tres cosas habían sido suficientes para la epifanía.

A veces así llegan.

La noche avanzó con una calma que no esperaba.

Dormir acompañado es raro para mí. No porque no lo haya hecho antes, sino porque las pocas veces que había ocurrido en los últimos años había sido en otro contexto, en otra ciudad, con alguien cuyo apellido no recordaba a la mañana siguiente y que tampoco recordaba el mío.

Esa clase de compañía tiene sus propias reglas: cuerpos que se toleran en el mismo espacio sin reclamarse nada, sin el peso de una historia compartida.

Esto era diferente.

Su cabello oscuro contra mi pecho era diferente.

Su respiración, ese ritmo pausado y regular de alguien que se ha quedado dormido de verdad y no está fingiendo comodidad, era diferente.

Su calor debajo de las sábanas era diferente, más real, más presente que cualquier otra cosa que hubiera tenido en esa cama desde que la compré.

Moví los dedos entre su pelo sin pensarlo.

Fue un gesto involuntario, de esos que el cuerpo hace cuando la mente ya no está supervisando, y al notarlo esperé la incomodidad que habría anticipado horas antes.

No llegó. Solo estaba ahí, con Kevin Salazar en mi pecho en mi apartamento de Ciudad Jardín a medianoche, y la única respuesta disponible era que se sentía bien de una forma que no requería más análisis que eso.

Fue fácil quedarme dormido, desperté sin abrir los ojos.

Mis párpados se resistían, pesados con ese cansancio específico de quien durmió más horas de las habituales y cuyo cuerpo todavía no había terminado de procesarlas. Pero mi entrepierna estaba completamente despierta.

Calor.

Un calor húmedo y rítmico que tardé exactamente dos segundos en identificar porque no era el calor del ambiente ni el de las sábanas sino algo mucho más específico: una boca.

Su boca. Moviéndose con una cadencia pausada y deliberada debajo de las sábanas, como alguien que ha decidido tomarse su tiempo porque el tiempo esta mañana le pertenece.

No me moví.

Dejé que ocurriera con los ojos todavía cerrados, sintiendo cada movimiento con una atención que la oscuridad de los párpados agudizaba: la presión de sus labios rodeando mi miembro, el calor de su lengua en el recorrido de subida, la succión controlada que él aplicaba con una precisión que me recordó que Kevin hacía todo con precisión, incluso esto, especialmente esto.

Me dejé complacer.

Era una sensación nueva, no el acto en sí sino la calidad de él: sin urgencia, sin la temperatura alta de la noche anterior, sin la tormenta afuera creando el contexto.

Solo la mañana y él debajo de las sábanas llevando el ritmo que había elegido sin consultar, con la confianza de alguien que ya conoce el territorio.

En un momento necesité verlo.

Retiré la sábana.

Kevin estaba totalmente desnudo, con mi bóxer de anoche abandonado en algún punto de la cama que no alcancé a identificar.

Levantó la vista hacia mí en el momento exacto en que la sábana desapareció, sin detenerse, sin cambiar el ritmo, sosteniéndome la mirada con esa expresión que la noche anterior había descubierto y que no terminaba de acostumbrarme a recibir: esa mezcla específica de deseo consciente y algo más tranquilo debajo, algo que no tenía nombre todavía pero que estaba ahí.

Me quedé mirándolo.

¿Qué hora era?

La pregunta llegó con la vaguedad de las mañanas sin alarma. Estiré la mano hacia el teléfono sobre la mesita de noche sin apartar la vista de él, lo desbloqueé con el pulgar y miré la pantalla.

Las diez de la mañana.

No recordaba haber dormido tanto en años.

Mi sistema habitual de vigilia me despertaba entre las seis y las seis y media con la puntualidad de un proceso automatizado, sin alarma, sin esfuerzo, como si mi cuerpo hubiera internalizado el horario ejecutivo hasta el nivel celular.

Las diez de la mañana era un número que pertenecía a los fines de semana de otras personas o a las recuperaciones después de viajes internacionales, no a mis martes que se convertían en miércoles.

Hoy era miércoles.

Y eran las diez.

Kevin seguía ahí, con esa boca suya que esta mañana me estaba recordando con una eficiencia notable por qué la noche anterior había perdido completamente el hilo de cualquier argumento racional que hubiera tenido disponible.

Su culo estaba hacia arriba, las caderas levemente elevadas, las nalgas en esa posición que esta mañana bajo la luz natural del apartamento tenían una calidad diferente a la de la noche anterior bajo las luces de la suite: más real, más cotidiana, más irresistiblemente presente.

Empecé con un dedo.

Lo introduje con cuidado, buscando la resistencia habitual, y me encontré con algo que no esperaba: no había resistencia.

Estaba dilatado. No completamente, pero lo suficiente para indicar que su cuerpo había estado en un estado de anticipación que precedía el momento, que mientras yo dormía o mientras él hacía lo que estaba haciendo debajo de las sábanas, algo en su anatomía había estado preparándose para lo que seguía.

Eso significaba que estaba ansioso.

Ansioso de recibir algo mucho más grande que mis dedos, y su cuerpo lo había decidido antes de que ninguno de los dos lo discutiera, lo cual me pareció la forma más honesta posible de comunicar algo.

Retiré el dedo.

Kevin levantó la vista hacia mí con una pregunta en los ojos que no necesitaba palabras, y yo le respondí con el mismo lenguaje: me moví, lo reposicioné con las manos en sus caderas con esa firmeza que él había aprendido anoche a reconocer como intención y no como prisa, y tomé mi tiempo para encontrar el ángulo correcto porque la mañana era diferente a la noche y merecía su propio ritmo.

La oficina podía esperar.

No era una decisión que yo hubiera tomado antes en mi vida laboral de forma consciente: la oficina puede esperar.

Siempre había sido lo contrario, siempre había sido la oficina primero y todo lo demás acomodándose alrededor de ese eje central.

Pero esta mañana, con Kevin en mi cama y las diez marcadas en el teléfono y la luz de Cali entrando por las persianas que nadie había cerrado del todo la noche anterior, la frase llegó sola y se instaló con una solidez que no requirió justificación.

La oficina podía esperar.

Él, no.