Capítulo 15
Claudia se acercó a ellas con una sonrisa en el rostro. —Pasen por aquí, por favor, el señor Babbington las está esperando.
—Ya no queda nadie en la oficina —dijo Melania algo incómoda levantándose del sofá de la recepción.
—El señor Babbington les dijo a sus empleados que se fueran puntualmente a las cuatro y media para que su reunión fuera lo más discreta posible. Como comprenderán con el tema de su aparición y la prensa tan interesada…
—Lo comprendemos —dijo Julieta mirando a su alrededor—. Esto es enorme.
—Tiene ochenta empleados. —Llegó a una gran puerta negra y la abrió. —Señor Babbington, la señoritas Falkner.
—Que pasen, que pasen.
Un hombre que se parecía muchísimo a Matthew, pero con treinta años más se acercó a ellas con una sonrisa en el rostro. —Me alegra muchísimo conocerlas.
Ambas sonrieron tímidamente, pero no les pasó desapercibidas que las había mirado de arriba abajo evaluando su aspecto. Habían decidido vestirse con vaqueros y camisetas porque no eran ricas, todavía.
—Sentaos, sentaos… —Señaló la enorme mesa de reuniones que dejaba a las claras que iban a hablar de negocios.
Se sentaron juntas y él en lugar de hacerlo en la cabecera lo hizo frente a ellas. —
¿Queréis tomar algo?
—Oh, pues yo una cola —dijo Melania—. Estoy acalorada. Hemos venido en el metro y estaba a tope.
—En el metro.
—Sí —dijo Julieta antes de mirar a la mujer que esperaba—. Lo mismo, gracias.
El padre de Matthew se las quedó mirando. —Me sorprende que nadie de los McDugal haya venido con vosotras.
—No se lo hemos dicho, ¿deberíamos haberlo hecho?
—No, claro que no, pero me extraña ya que vivís en casa de Robert McDugal, tengo entendido que tenéis una relación.
Julieta sonrió como si estuviera muy ilusionada. —Fue amor a primera vista.
—Y aun así no se lo has dicho.
—Oh, cuando decía los McDugal me refería a mi suegra y eso, a Rob sí se lo he dicho, pero no ha querido venir, dice que ya que no tiene buena relación con usted no quería enturbiar la reunión. Además, no fue invitado.
—Muy sensato por su parte. —Miró a Julieta a los ojos. —Eres igual que tu madre, Melania se parece, pero tú…
—Y ha heredado su carácter —dijo Melania a toda prisa—. Doy fe, ¿no se dice así? —Soltó una risita. —Los abogados dicen eso, ¿no?
—No soy abogado, soy economista —dijo como si fuera su nieta.
—Ah, por eso maneja acciones y eso.
—Exacto.
—No entiendo muy bien qué hacemos aquí —dijo Julieta—. Tenía entendido que usted se niega a dar a los McDugal las partes de las empresas, así que suponía que nosotras tampoco recibiríamos nada.
—Bueno, eso vamos a hablarlo ahora. —Suspiró entrelazando los dedos de las manos mientras las miraba fijamente. —Debería haberos llamado antes, pero había varios temas que tenía que consultar antes de ponerme en contacto con vosotras.
—¿Qué temas?
—Pues vuestros nombres. He hablado con abogados especializados y pensaba que vosotras no podíais recibir nada hasta que tuvierais vuestras verdaderas identidades.
—¿Perdón?
—Nada, eso fue un error mío, porque tu madre se casó con tu padre y aunque se casó con un nombre que no era el suyo adquirió su apellido, que es el que lleváis, así que no necesitáis cambiar nada.
Las hermanas se miraron sin entender y ambas se encogieron de hombros. Al señor Babbington se le cortó el aliento quedándose en blanco.
—Señor, ¿está bien? —preguntó Julieta porque había perdido algo del color de la cara.
—Oh, sí… —Miró los papeles que tenía delante. —Oh, sí, ya sé por dónde iba. ¿Os importaría contestar algunas preguntas?
—Claro que no —dijo Melania sonriendo—. Lo que sea, guapo.
El hombre no salía de su asombro. —Bien. —Miró el papel de nuevo. —Tu madre se casó con un taxista, ¿es cierto?
—Sí, papá murió en el taxi después de un atraco.
—Sí, eso tengo entendido, niña, una tragedia.
—Mamá estaba destrozada, perdió a su gran apoyo. —Julieta se miró las manos. —¿Podemos hablar de otra cosa? Llevamos unos días en los que solo nos preguntan por eso y está empezando a afectarnos.
—Por supuesto, hablemos de otras cosas. ¿Cuál era el color favorito de tu madre?
Le miraron sin entender. —¿Y eso para qué es importante? —preguntó Melania.
—Son preguntas legales de control, tonterías para comprobar si realmente Elizabeth era vuestra madre. Un trámite.
Un trámite y una leche, empezaba el examen. —El violeta.
—No, Julieta, era el azul celeste.
—Ese fue después, cuando yo era pequeña le gustaba el violeta. Y no era el azul celeste, era el verde agua, así pintó su habitación cuando murió papá. Dijo que la animaría —le explicó a él.
—Nosotras la ayudamos —dijo su hermana.
—El violeta y el verde agua.
—Sí —contestaron las dos a la vez.
—Muy bien, ¿y en qué trabajaba?
—Limpiaba casas y rellanos de escalera. Cuando papá vivía solo lo hacía por las mañanas mientras estábamos en el colegio, pero después tuvo que doblar turno. Ya sabe, había que pagar las facturas.
—También hacía de canguro, pero solo si le llevaban el niño a casa, ¿sabe? Nunca iba a casa de los demás, porque así no nos dejaba solas —dijo Melania.
—Una mujer de recursos.
—¿Mamá? —Julieta sonrió. —No había otra como ella.
Una vez tenía que comprar un libro para la clase de literatura y le dijo al librero que le limpiaría todas las estanterías si me daba los libros de ese trimestre, se lo dejó como los chorros del oro y se quedó tan contento que a mi hermana le dio toda la colección de Harry Potter.
—¿Qué le gustaba hacer en su tiempo libre?
Habían decidido que después de casarse lo que hiciera ya no tenía importancia, así que iban a ajustarse a la realidad todo lo posible. —Hacía tapices.
—¿Tapices? —preguntó sorprendido.
—Bueno, decía que de joven pintaba, pero necesitaba un espacio que siempre se ensuciaba, así que cuando se casó empezó con los tapices. No los hacía muy grandes porque su bastidor no era enorme, pero llegó a hacer cosas muy bonitas. Un día tiene que venir a casa y se los enseñamos.
—Me encantaría.
—Se le daban muy bien las manualidades —dijo Melania—. ¡Y hacer disfraces! Una vez Julieta fue vestida de María Antonieta con la cabeza en las manos. —Rio. —Fue genial, si viene a casa le enseño una foto. La cara que ponían las madres al verla…
Matthew sonrió. —Me lo imagino. ¿Hacía ejercicio? ¿Era aficionada a algún deporte?
—Bastante deporte hacía en el trabajo —dijo Julieta. Hizo que pensaba en eso—. ¿Vale el patinaje? Siempre que abrían la pista de hielo nos llevaba. Aunque muchas veces le dolía la rodilla patinaba.
—¿La rodilla? —preguntó entrecerrando los ojos.
Recordando el historial médico dijo —Sí, dijo que se cayó de joven y que no había quedado bien.
—No, no le quedó bien. Vuestra prima os habrá dicho que se presentó a campeonatos de patinaje artístico.
Le miraron aparentando sorpresa. —¿De veras?
—Pero se rompió la rótula y tuvo que dejarlo.
Julieta se tensó. —¿Se rompió o se la rompieron?
—Mejor no entrar en eso.
La puerta se abrió de golpe y las hermanas se sobresaltaron abriendo los ojos como platos al ver entrar con la chaqueta rota a Tom, el antiguo amante de Carrie.
—Baxter, ¿qué diablos de ha pasado?
¿Baxter? ¡No, no podía ser!
—¡Una loca en la calle, que se me tiró encima diciendo que le había robado el reloj! Casi me detienen, porque me dejé cachear que sino… —Miró hacia ellas y sonrió malicioso. —Vaya, vaya, qué alegría volver a veros.
—¿Qué hace este aquí? —preguntó Julieta muy tensa.
—Es mi vicepresidente —respondió Matthew de lo más confundido—. ¿Os conocéis?
—Claro que le conozco, este mamón pegó a mi hermana —dijo Julieta levantándose—. No sé qué juego es este, pero nosotras nos vamos.
—Juego el que os traéis vosotras entre manos —dijo Tom malicioso.
—¿Que pegaste a Melania? —dijo Matthew empezando a enfadarse.
—Jefe, me acostaba con su prima y se entrometieron en nuestra relación, el golpe fue fortuito cuando discutíamos.
—¡La golpeó a propósito, todos lo vieron en el hotel! —exclamó Julieta—. No se crea nada de lo que diga este hombre, amigo. Es un mentiroso compulsivo, engañó a mi prima diciéndole que no estaba casado.
—¿Pero qué coño…?
—¿Es cierto eso, Baxter?
—No, ella era muy consciente de donde se metía, jefe.
Vamos, usted me conoce, llevo trabajando aquí desde que salí de la universidad y nunca le he mentido.
¡Me involucré con su prima porque me volvió loco, se lo juro y cuando me di cuenta de que aquello no podía seguir, quedé para hablar con ella en el bar de un hotel que por casualidad pertenece a Rob McDugal!
Mierda.
—¡Y entonces se presentaron estas dos personas montando el espectáculo! ¡Y el dueño del hotel me dio una paliza!
—Te la merecías.
—Me la dio porque trabajo para Babbington, que a mí no me la dais. ¡Intentabais intimidarme! ¡Pues a mí no me intimida nadie!
—¡Yo ni sabía que trabajabas aquí! ¡Solo defendí a mi familia como hizo Rob!
—No me hagas reír, ¿acaso no me conocía? Mentís más que habláis.
Melania miró a Matthew. —Le juro por el refajo de mi abuela, que yo no sabía que este trabajaba aquí.
—Repite eso —dijo Matthew rodeando la mesa.
—Le juro que yo…
—No, no has dicho eso
Le miró sin entender. —¿Lo del refajo de mi abuela?
—Eso lo decía tu madre, lo decía bastante cuando era joven.
Se llevó la mano al cuello. —¿De veras? No lo recuerdo.
Julieta asintió. —Sí, a veces lo decía. Cuando se cabreaba. Ahora si nos disculpan nos vamos.
—Vaya fina que eres ahora —dijo Tom malicioso.
—Baxter, cállate.
No disimuló su sorpresa. —¿No las habrá creído? ¡Todo esto huele a complot que tira de espaldas!
—¡Cállate! —gritó furibundo—. Tú no conociste a Elizabeth, así que cierra la boca.
—Pero señor, al menos que se hagan una prueba de ADN.
—Oh, ¿no lo saben? —dijo Melania sorprendida—. Creí que les habían enviado una copia. Ya nos la han hecho y sí ha confirmado el parentesco.
—¡Estará amañada! ¡Cómo las primas de una puta van a heredar millones de dólares!