Capítulo 10 #2
Carrie entró en el club de lujo sonriendo al portero. —Me alegra verte, Jim.
—Hoy estás especialmente preciosa.
—Siempre tan galante.
—¿Vienes sola? —preguntó mirando hacia atrás.
—Sí, me apetecía dar una vuelta. —Le guiñó un ojo y se volvió gruñendo por dentro porque este ya se imaginaba algo.
Aunque no podía confirmarlo, si había ido allí alguna vez había sido con algún cliente con el que ya había cerrado un trato, así que podía ser que saliera con muchos hombres.
Olvídalo, Carrie, tú a lo tuyo. —Sin mirar alrededor fue hasta la barra cerca de las mesas donde estaban los vip.
Por el rabillo del ojo le vio enseguida y por supuesto estaba acompañado por otra morena.
Qué fijación. Se subió a un taburete cruzando sus preciosas piernas de manera que él tuviera una vista perfecta y el camarero se acercó de inmediato. —Un gin-tonic no muy cargado.
—Entendido.
Sacó su móvil y encendió la cámara. Lo puso en una posición en la que le veía perfectamente. No, no la miraba en absoluto. Un hombre se le acercó y se puso a su lado. Genial, un pesado. —Hola, preciosa, ¿te acuerdas de mí?
Ya estábamos. Levantó la vista hacia él sonriendo. Claro que le recordaba, no le había durado ni dos asaltos. —Claro que sí, cielo. ¿Te estás divirtiendo?
—Me divertiría más contigo.
—Lo siento, pero estoy de vacaciones indefinidas.
—¿Ni por mil quinientos?
—Tengo que descansar, ya sabes.
—Claro que lo sé. ¿Mañana?
Nada que no lo pillaba. —No puede ser, lo siento tengo la agenda llena.
—No me extraña nada —dijo mirándola como si quisiera comérsela entera.
—Quizás tengas más suerte en tu próxima visita.
—Te aseguro que lo intentaré.
Se alejó y el camarero le sirvió una copa. —¿Un pesado?
—No lo sabes bien.
—Pues ahí viene otro.
A ese no lo conocía. Cogió su copa y le dio un sorbito. Estaba perfecto y sonrió al camarero. —Invito yo —dijo el hombre que se puso a su lado.
—Gracias, pero puedo pagarla. —Sacó cien pavos del bolso y se los tendió al camarero. —Aquí tienes. Quédate la vuelta.
—Gracias —dijo antes de alejarse para servir a otro cliente.
El nuevo no lo pillaba y se quedó allí esperando que diera otro sorbo a su copa. —¿Querías algo? —preguntó en plan borde.
—Me suena tu cara, ¿nos conocemos?
Típica frase para ligar. —No, no nos conocemos de nada.
—¿Seguro? Trabajas en moda, ¿no es cierto?
—Pues no —dijo antes de mirar su móvil de nuevo. ¡La estaba observando, bien!
—Hacer eso es una grosería. No deberías coger el móvil cuando te están hablando.
—¿De veras? —Levantó la vista hasta sus ojos castaños y dijo fríamente —Este es un país libre, majo, y si quiero coger mi móvil es mi problema. Así que lárgate de una vez, que yo no te he invitado a darme la plasta.
Él apretó los labios. —Puta engreída.
—Enano impotente, lárgate, a ver si lo pillas.
Vio como apretaba los puños y que su cara se sonrojaba de la frustración. —Ándate con ojo, zorra.
—¡Qué te pires! —dijo lo bastante alto como para que se acercara el camarero.
—¿Ocurre algo?
—Este idiota, que no me deja en paz.
—Aléjese de la señorita si no quiere que llame a los de seguridad.
—No creo que sea necesario —dijo alguien con voz grave justo a su lado.
Sorprendida miró a su derecha para ver a un hombre de uno noventa con su cabello rubio impecablemente cortado y vestido con un traje de diez mil dólares, pero lo que le llamó la atención fueron sus ojos negros que la miraron fijamente.
—Steven, date una vuelta, la señorita tiene otros planes y la estás incomodando.
—¿La conoces? —preguntó avergonzado—. Lo siento jefe, no quería incomodarla.
—Desaparece de mi vista —siseó antes de mirar a Matthew. Mira tú por donde se había acercado. Vio que la morena que estaba en su mesa había desaparecido. Al parecer le gustaba que se hubiera resistido, a ver cómo iba la cosa. —¿Jefe?
—Es subdirector de una de mis carteras.
—Pues es un gilipollas.
—¿Te ha ofendido?
—Que te llamen puta y zorra puede llegar a ofender.
—Joder con Stephen.
—Ten cuidado con ese, te la jugará si puede, no es de fiar.
—Seguiré tu consejo, aunque no se quedará mucho con nosotros, hay ciertas líneas que no hay que sobrepasar.
—Muy inteligente. Y gracias de nuevo.
—¿Quieres tomar una copa…? Perdona, no recuerdo si me has dicho tu nombre.
—Carrie. —Sonrió para que su rechazo no fuera tan tajante. —Ya tengo una, gracias.
—Al parecer no te he tentado lo suficiente. ¿Cuánto?
Mierda. Hazte la tonta. —¿Cuánto qué?
—¿Cuánto por pasar la noche conmigo?
Le miró fijamente a los ojos. —Ya no estoy en el negocio.
—¿Desde cuándo, desde que a tus primas les ha tocado el premio gordo?
No era tonto en absoluto. —Pues sí. ¿Cómo sabes quienes son mis primas?
—Veo las noticias.
—Y al parecer nos has investigado.
—No lo suficiente, si sabía en lo que trabajabas es porque Donald no fue muy discreto en mi fiesta de cumpleaños. —Apoyó el codo en la barra. —¿Te acuerdas de mi fiesta de cumpleaños, preciosa? Me mirabas mucho.
—No te hagas ilusiones —dijo divertida—. Era trabajo. Hubieras sido un premio gordo en aquel momento.
—¿Y ahora no?
—Ahora me dedicaré a otras cosas. Mis primas son muy generosas y al fin haré lo que siempre quise hacer.
—¿El qué?
—Estudiar medicina.
Él hizo una mueca. —Así que eras buena estudiante.
—De todo menos de historia, en historia era un desastre. —Sonrió. —¿Y tú? Me imagino que eras el primero de la clase.
—¿Por qué te imaginas eso?
—Porque tienes pinta de hombre que siempre quiere ser el primero en todo.
Se la comió con los ojos y Carrie sintió algo que no había sentido desde que conoció al padre de su hijo, ni siquiera con Tom y la sorprendió, aunque no movió un solo músculo.
—Es evidente que conoces a los hombres.
—Tengo ojo para la gente.
—¿Y qué más sabes de mí?
Le miró de arriba abajo sin cortarse. —Familia bien, deportista, te haces la manicura, lo que indica que cuidas tu apariencia al extremo, corte de pelo cada dos semanas, afeitado dos veces al día…
La miró divertido. —Has acertado en todo.
—No estás casado ni lo pretendes.
—Bueno, últimamente he pensado en ello un par de veces.
No pudo evitarlo se echó a reír y él sonrió. —¿No me crees?
—Cielo, si quisieras casarte no saldrías con morenas descerebradas que se ponen vestidos tan cortos que si se inclinan se les ve el culo. Tú quieres follar, punto.
—¿Siempre eres tan clara?
—Desde que ya no trabajo sí, puedo permitirme ese lujo. —Cogió de su copa y bebió mirándole a los ojos. La dejó sobre la barra y él miró su labio inferior humedecido por la bebida. —Bueno, tengo que irme.
—¿Te vas a casa? La fiesta acaba de empezar.
—Me gustaría llevar a mi hijo al colegio mañana —dijo bajando del taburete con elegancia y mira que era difícil.
—¿Tienes un hijo? —preguntó poniéndose serio.
Sonrió. —Tiene cinco años.
La miró fijamente durante unos segundos. —Lo hacías por él, ¿no es cierto?
—A veces hay que hacer cosas que no te gustan por su bien. —Hizo una mueca sin darle importancia. —Pero merece la pena, por él todo merece la pena.
Él asintió viendo cómo se alejaba y desaparecía entre la gente.
—Menuda mujer —dijo el camarero—. Hace mucho que no veía una auténtica dama en este local. Sí, señor, una tía con clase.
Matthew apretó los labios. —¿Te ha dicho a qué venía? ¿Te ha preguntado por mí?
—No, por usted no. Creo que había quedado con alguien, no dejaba de mirar el móvil como si esperara un mensaje o algo. Se habrá cansado de esperar.
—Sí, claro.
—¿Le pongo algo, señor Babbington?
Mirando en la dirección por donde había desaparecido Carrie dijo —No, creo que yo también me voy a casa.
Carrie salió del local y caminó por la acera sin darse prisa. —Vamos, vamos… —Cuando llegó a la esquina se dio por vencida, no la seguiría. Levantó un brazo para llamar a uno de los taxis diciendo por lo bajo —Otra vez será.
—¡Carrie!
Se volvió sorprendida y cuando vio a Matthew acercándose se volvió bajando el brazo. ¡Sí! Exclamó por dentro. —¿Ocurre algo? —Sorprendida miró su bolso. —¿Me he dejado el móvil?
—No, no es eso.
Suspiró del alivio. —Menos mal, si lo pierdo y me llama la canguro… —Le miró como si no entendiera. —¿Entonces por qué me has seguido?
—¿Mañana quieres salir a cenar conmigo?
No disimuló su sorpresa, porque después de que supiera quien era y a lo que se dedicaba no creía que le gustara que les vieran juntos en público. —¿Quieres salir a cenar conmigo?
Él sonrió de una manera que se le encogió el estómago. —Exactamente.
—¿A cenar?
—A cenar y a lo que surja. Una cita.
—¿Cita, cita?
Matthew rio por lo bajo. —Parece que no te lo crees.
—Me acabas de ofrecer pasta por pasar la noche conmigo, me has pillado por sorpresa.
—Estás retirada, el pasado pisado, ahora tengo que seguir otra táctica.
—Uy, tú eres un peligro.
Matthew rio por lo bajo. —Eso me decía mi madre. ¿Qué me dices? ¿Una cita como cualquier pareja normal?
Sin poder evitarlo se ilusionó y sus hermosos ojos brillaron. —Sí, de acuerdo.
—¿Me das tu número?
Se lo dio y él le hizo una llamada perdida. —Te llamabas Matthew, ¿verdad?
La miró con una sonrisa en los labios. —Tienes buena memoria.
Sonrió y él le abrió la puerta del taxi que se detuvo ante ellos. —Hasta mañana, preciosa, te enviaré un mensaje.
—Hasta mañana. —Él cerró la puerta y Carrie le miró a través del cristal diciendo su dirección al chófer. El coche se alejó y sorprendida vio que se la quedaba mirando. Cuando dieron la vuelta a la esquina asombrada miró al frente y parpadeó. —Espabila Carrie, que este te come viva.