Capítulo 10
En el desayuno su hermana la miraba con los ojos entrecerrados como si algo no le cuadrara. —¿Qué pasa?
—¿Te has puesto una mascarilla o algo así?
—¿Qué?
—Es que estás resplandeciente.
Sonrió de oreja a oreja. —¿De veras?
—Sí, hasta te brilla el pelo. ¿Has usado otro champú?
Rob leyendo el periódico reprimió la risa. —Es que ha dormido de un tirón toda la noche.
—¿Y tú cómo lo sabes? —Melania abrió los ojos como platos. —Ya lo entiendo, habéis consumado.
—Mel, ¿por qué no te comes la tostada? —dijo sonrojada.
—¡No podías!
—Bueno…
—La leche. ¿Has usado gomita? ¿O vamos a tener boda con bombo a la vista?
Rob y Julieta se miraron. Melania chilló de la alegría. —¡Voy a ser tía!
—Eh, eh… —dijo él cerrando el periódico—. No adelantes acontecimientos que igual hay suerte. Los tenía en mi habitación y se me olvidaron, lo solucionaré para el futuro.
—¿Y si soy alérgica al látex también? —preguntó con cachondeo.
Parpadeó. —¿Lo eres?
—Cielo, en un futuro próximo va a pasar, ponte como quieras.
—Nena, podemos esperar al menos… —Ella levantó una ceja. —¿Dos años?
—Ni de coña.
—¿Por qué?
—Porque quiero tener hijos y quiero tener un montón. No quiero que en el futuro si nosotros faltamos se sientan solos, ¿he sido clara?
—Nena, ¿insinúas que si no hay niños no te casas?
—Sí.
—¿Sí qué? ¿Te casas o no?
—No.
Él gruñó. —¿Y si no puedo? ¿Me dejarías por ello? El novio de Betsy lo aceptó.
—Será que yo no te quiero tanto —dijo con cachondeo, pero él se lo tomó a mal—. Cielo, es una broma.
—Pues no tiene ni puta gracia.
—A ver… —Se volvió hacia él. —Siempre he querido tener hijos, ha sido mi ilusión desde niña, pero si la persona que amo no puede tenerlos, tendré que aceptarlo porque a veces tenemos que conformarnos con lo que hay.
—Él gruñó. —Pero si puedes tenerlos y me quieres, al menos dame uno. ¿O acaso tú no quieres hacerme feliz?
—Nena, los niños atan mucho y yo viajo constantemente.
—Yo estaré en casa y alguna vez podremos llevarlo con nosotros. —Él iba a decir algo, pero ella se adelantó. —Hay niñeras. —Rob apretó los labios. —Dame una buena razón.
Parecía incómodo con la pregunta.
—¿Cielo?
—No les caigo bien.
Parpadeó. —¿Qué dices?
—No les caigo bien a los niños, siempre que cojo uno se pone a llorar como un descosido, joder.
Melania reprimió la risa. —Increíble.
—¡Hablo en serio, tengo primas que han tenido hijos y cada vez que iba al hospital y me lo ponían encima se ponía a llorar! Y si son más mayores peor. Una vez uno en un restaurante me dio una patada, no les gustó y ellos no me gustan a mí.
Las hermanas intentaron contenerse, pero no pudieron se echaron a reír a carcajadas. —No tiene gracia. No tenía que haberos dicho nada.
—Cariño, me da igual que no te quieran los demás niños, pero los nuestros te van a adorar.
—Solo me faltaba criar a un niño que me odie.
—Serás un padre estupendo, ¿cómo te va a odiar?
—No le cogeré en brazos.
—Oh, sí, claro que lo harás. Lo vas a coger tanto que te vas a aburrir de cogerlo.
Él iba a decir algo, pero en ese momento entró su hermana con su madre. —¿Y papá?
—Ha ido al Reginald, había un problema con los botones, al parecer quieren subida de sueldo.
—¿Y no me ha avisado?
—Tú tienes cosas mucho más importantes entre manos. ¿Cómo habéis dormido, niñas?
—Unas han dormido mucho más que otras —dijo Mel con mala leche.
—Claro, toda esta situación os tiene alteradas. Hijo, la entrevista será mañana a las doce. Casandra casi se pone a llorar de la alegría cuando hablé con ella.
—¿Cassandra?
—Es una periodista amiga de la familia, tiene un programa por las mañanas en la televisión local, con eso será suficiente —dijo Rob—.
Será amable pero no te fíes, a veces puede ser una arpía y sabe que eso le dará audiencia.
Explotará la entrevista todo lo que pueda.
Sé amable, pero no muy cercana. Mantén las distancias, no es tu amiga.
—Entendido. Suegra, ¿quieres tener nietos?
Rob puso los ojos en blanco mientras su futura suegra se llevaba la mano al pecho. —No me digas que le has convencido.
Sonrió. —A uno por lo menos.
—¡Ay, qué voy a tener un nieto! —Agarró a su hija por los hombros y le gritó a la cara. —¡Seré abuela!
—Mamá, yo también te haré abuela algún día.
—¿Con todos los planes que tenéis? ¡Ja! ¡Seré abuela! —le gritó a la cara.
—Ahora entiendo lo del teatro —dijo por lo bajo viendo lo excitadísima que estaba.
—Te lo dije, nena.
Abrazada a él esa noche en la cama suspiró contra su pecho. —¿Nerviosa por lo de mañana?
—No.
—¿Entonces qué te pasa, nena?
—No me puedo creer que mi madre pasara por tanto y llegara a ser tan feliz. —Elevó la vista hacia él. —Porque después de todo lo que sufrió, llegó a ser muy feliz con mi padre.
—Eso demuestra que era una mujer muy fuerte.
—Sí. —Apoyó la mejilla en su pecho. —Después de su muerte cambió, ¿sabes? Sus ojos ya no brillaban, sabía que sufría por su ausencia. Me juré que yo nunca amaría igual, que no me lo permitiría.
—¿Y ahora qué sientes?
Sonrió. —Entiendo mucho mejor lo que ella sentía. Y da miedo.
—¿Qué te asusta, preciosa?
—Perderte, es lo que más me asusta.
Le acarició la espalda y cuando no contestó Julieta frunció el ceño. —¿No tienes nada que decir?
Suspiró apartándose y sorprendida vio que se levantaba para ponerse la ropa interior. —Eh, que casi me estoy declarando.
—Pero es que eso es cosa mía, preciosa. —Abrió el cajón de la mesilla y sacó una cajita de terciopelo azul.
Emocionada vio que se arrodillaba al lado de la cama.
—Cuando te conocí me provocaste varios sobresaltos lo bastante seguidos como para que aunque no fuéramos familia ya no pudiera olvidarte, preciosa.
Eres divertida, sincera, fiel y no menos importante, muy hermosa.
Nunca pensé que alguien pudiera llegarme al corazón y eso lo supe cuando me pediste sexo de manera tan descarada.
—Julieta soltó una risita. —Me provocas mil cosas, pero la más importante es que deseo más que nada tenerte siempre cerca de mí, por eso te pido que seas mi esposa y que me ames, me comprendas y me aceptes como soy.
—Sí, sí a todo. —Se abrazó a su cuello con fuerza. —Te quiero.
—Vamos abre la caja, estoy impaciente porque lo veas.
Emocionada se apartó para cogerla y sorbió por la nariz riendo después de la emoción antes de elevar la tapa.
Casi no veía por las lágrimas y parpadeó.
Era un diamante azul en forma de lágrima.
—Dios mío, es lo más hermoso que he visto nunca.
—Le abrazó de nuevo. —Gracias, gracias, nunca me lo quitaré.
—Se apartó para besar sus labios. —Pónmelo.
Él cogió su mano izquierda y se lo puso, para su sorpresa la piedra cayó sobre la sábana y Julieta palideció.
—Joder… —dijo él cogiendo el diamante—. No debía estar bien engarzado. No te preocupes, nena, que mañana lo solucionan y quedará muy seguro.
Forzó una sonrisa. —Sí, claro.
—Preciosa, ¿qué te pasa? Has perdido todo el color de la cara.
—Es que…
—¿Qué?
—Cámbialo —dijo a toda prisa.
—¿Pero no te gusta?
—Ahora no me gusta nada.
—No lo entiendo, tiene arreglo.
—¡He dicho que lo cambies! —gritó antes de echarse a llorar, corrió hacia el baño y cerró la puerta de un portazo.
Rob apretó los labios metiendo el anillo en la caja y lo dejó sobre la mesilla para ir hasta la puerta del baño. —Nena, no sé por qué te has puesto así, pero si es por una superstición o algo por el estilo, lo cambiaré, no te preocupes. Abre…
—Mi madre tenía un anillo de plata que le había regalado mi padre por su aniversario.
Sorprendido miró hacia la puerta para encontrarse con su hermana que tenía los ojos llenos de lágrimas. —Dos días antes de la muerte de mi padre la piedra se cayó. Mamá dijo que había sido un presagio y que sintió que pasaría algo.
—Joder… —Se volvió hacia la puerta. —Nena, no va a pasar nada. Ha sido una casualidad y todo va a salir bien.
—¡No lo entiendes!
—Vístete, déjame esto a mí. —Melania se acercó y golpeó suavemente la puerta con los nudillos. —Ábreme, soy yo.
Rob se puso unos vaqueros mirando hacia la puerta. —Nena, sal y lo hablamos.
—¡Vete a cambiarlo!
—Son las dos de la mañana —dijo incrédulo.
—¡Me da igual! ¡No quiero que esté en esta casa!
—Pero si ya lo ha visto —susurró Rob.
—Llévatelo.
Él puso los ojos en blanco y cogió la cajita antes de entrar en el vestidor para coger una camisa. —¡Ya me lo llevo!
Cuando salió del vestidor llevaba unas deportivas en la mano. —Sabía que esto de casarse complicaba las cosas —dijo entre dientes antes de salir de la habitación.
—Ya se ha ido, se lo ha llevado.
La puerta se abrió de inmediato. —¿De veras?
—Sí. Anda, que menudo numerito le has montado.
La miró asustada y Melania sonrió con tristeza. —No va a pasaros lo mismo.
—A ellos les pasó.
—No dejes que el pasado enturbie tu futuro, acabas de estropear tu pedida de mano.
—¿Lo sabías?
—Me lo enseñó antes de la cena y es precioso.
Emocionada dijo —Era precioso. —Suspiró. —Era perfecto. Mierda. —Fue hasta la cama y se sentó. Mel se acercó con una camiseta en la mano y se la puso sin pensar. —La he fastidiado, ¿eh?
—Seguro que no olvida esta noche —dijo divertida—.
Podrían arreglarlo, ¿sabes? Quedará perfecto.
Eh, igual es una señal de que había que arreglarlo cuanto antes para que no perdiera el diamante como le ocurrió a mamá.
—Hizo una mueca. —Aunque lo de mamá no era un diamante, claro. Pero igual es una señal positiva.
Lo pensó un momento y sorbió por la nariz. —Sí, igual es una señal positiva… —Dios, ¿qué estaba haciendo? —¿Cariño? —gritó bien alto.
Rob entró en la habitación aún con las deportivas en la mano y ella le miró a los ojos. —¿No te has ido?
—Tenía la sensación de que cuando te dieras cuenta de que esto fue una casualidad, querrías este anillo porque es el que he elegido yo.
Corrió hacia él y le abrazó por la cintura. —Siento ser tan tonta.
—No eres tonta. —La besó suavemente en los labios. —Como has dicho antes tienes miedo, pero es algo que superaremos juntos.