Capítulo 9 #2
—Bueno, siendo niña no me contó lo que había ocurrido en su casa cuando se fue, eso fue más adelante.
Una vez estaba durmiendo y escuché un grito.
Me asusté y me desperté al igual que mi hermana, entonces escuché llorar a mamá.
Mi padre la consolaba, al parecer había tenido una pesadilla.
Julieta me dijo que me durmiera, pero como ella se levantó la seguí sin que se diera cuenta hasta el pasillo y escuchamos decir a mamá que por qué lo había hecho, que podría estar viva y a su lado.
Que si no se hubiera matado todo sería distinto.
Yo no sabía a quien se refería, pero Julieta sí porque sin que yo me enterara ya sabía la historia, mamá se la había contado.
—¿Qué fue lo que le había contado?
—Lo que sucedió esa noche que se fue de casa.
—No, no —dijo Rob—. La historia debes oírla de labios de tu madre, porque sino la gente pensará que Julieta pudo inventársela.
Su hermana bufó. —Cuando mamá murió yo tenía diez años, nadie le cuenta algo así a un niño de diez años.
—En eso tiene razón, cualquier madre lo ocultaría para no perjudicarle. Una cosa es que cuente que no deben pegarle los niños y otra muy distinta hablar de un asesinato —dijo Julieta antes de apretar los labios—. Melania no nos sirve, tengo que hacerlo yo.
—Nena… A ver cómo te digo esto, tienes carácter y la periodista puede intentar buscarte las cosquillas. ¡Además, no sabes disimular!
—Claro que sé disimular, limpio oficinas, ¿crees que no he disimulado millones de veces el asco que me dan por lo guarros que son?
—¿Pero trabajas de día o de noche?
Se sonrojó. —A veces se quedaba alguno a trabajar y me pillaba allí. ¿Qué pasa, esto es el tercer grado?
Rob levantó los brazos como si no pudiera con ella y miró a su hermana. —¿Qué opinas?
—No tenemos otra opción. Debe ser ella, aunque Melania sea muy convincente en su relato, la gente no se tragará que su madre le contó algo tan grave siendo tan niña.
Con quince, con catorce incluso con trece años vale, ¿pero con diez?
Será una duda y no podemos dejar dudas porque en las redes sociales lo utilizarán para atacarnos.
Las declaraciones deben ser contundentes para evitar dudas.
Sobre todo si Carrie no consigue su objetivo y debemos ir a juicio.
Rob apretó los labios y la miró. —Melissa empieza a preguntarle. Veamos cómo va. Y nena, nada de ironías ni bromas ni aspavientos ni mala leche…
—¡Vale ya!
—¿Ves?
—Es que me sacas de quicio.
Él dijo algo por lo bajo como si no pudiera con ella y sus hermanas rieron.
Julieta se sentó en el sitio de Mel y miró a su cuñada fijamente. —Empieza cuando quieras.
Después de tres horas más tenía la cabeza como un bombo de repetir hasta la saciedad la misma historia.
Empezaron con el suceso que le ocurrió a Mel en el parque cuando tenía ocho años y desde ahí Julieta empezó a relatar cosas fuera de lo común como las pesadillas de su madre que eran muy a menudo sobre todo si estaba estresaba.
Muchas noches escuchó a su padre consolarla, decirle que estaba a salvo y que todo iría bien.
Pero su padre murió y su madre tuvo pesadillas estando sola, así que Julieta una noche entró en su habitación y la abrazó mientras lloraba.
Una de esas noches en las que se despertó asustada y sudando a mares, fue cuando se lo contó por su insistencia.
Su madre se desahogó con ella y le contó su historia.
La impresionó lo fuerte que era, la admiró y apoyó todo lo que pudo, que no fue mucho porque apenas dos años después ella falleció en un terrible accidente.
—Cuéntame cómo fue ese accidente.
—Estaba en la parada del autobús y un conductor borracho perdió el control del coche y se la llevó por delante como a dos personas más.
—Terrible —dijo Melissa impresionada.
—Sí, fue la única que murió ese día. Los otros dos consiguieron salvarse.
—¿Recibisteis algo de indemnización?
—No, de hecho, lo perdimos todo. El piso era de alquiler y el casero se encargó de deshacerse de casi todas nuestras pertenencias. Los servicios sociales solo nos permitieron llevarnos una maleta por persona.
—¿Qué cogiste tú?
Sus ojos se llenaron de lágrimas recordando ese maldito día. —Algunas cosas de mis padres para guardar de recuerdo, las fotos y el ordenador que ya estaba hecho polvo, pero lo necesitaba para estudiar. Mi ropa y la de mi hermana.
—¿Y en la maleta de tu hermana?
—La llené de lo que más apreciaba de sus juguetes, libros, esas cosas. Casi todo se quedó allí y se perdió.
—Terrible.
—Sí, fue terrible perder a un padre como el mío, pero perder a mi madre fue devastador.
Se pasó la mano por la mejilla borrando sus lágrimas y Mel se sentó a su lado para abrazarla con fuerza. —Eh, ya pasó.
—Te quiero.
—Y yo a ti, más que a nada.
—Creo que vamos a dejarlo por hoy —dijo Rob—. Nena, necesitas descansar. Haré que te lleven la cena a la habitación.
—Sí, estoy agotada. —Se levantó y le dolió algo la ingle. —Oh, me preguntarán por el accidente de la bici y como te conocí.
—Eso es simple, diremos que fuiste a una entrevista de trabajo y que me sorprendió tu parecido con mi familia. Que hablamos y que me di cuenta de quien eras. Y que ahí empezó todo.
—Bien.
—Mañana cuando estés más descansada lo repetiremos de nuevo —dijo Melissa cogiendo su bolso—. Yo me voy a casa con mi marido que se preguntará por qué tardo tanto.
—¿Te llevo? —preguntó su hermano acompañándola a la puerta—. No me cuesta nada.
—No, pediré un taxi, quédate con ellas. —Le besó en la mejilla. —No podías haber elegido mejor. Hasta mañana, chicas.
—Hasta mañana.
—Yo también me voy a acostar, han sido unos días intensos —dijo Mel cogiendo su móvil.
—¿No cenas? —preguntó Julieta preocupada.
—¿Con todo lo que nos han servido en la merienda? No me entraría. —Pasó ante Rob. —Hasta mañana, cuñado.
—Que descanses.
Cuando se quedaron solos Rob se acercó y la abrazó pegándola a él. —Dime que ya no tienes dudas sobre mí. —Rob la besó en la coronilla. —Dímelo, nena.
—Ya no tengo dudas. —Se apartó apenas para mirarle a la cara y sonrió. —¿En serio nos vamos a casar?
—Me he dado cuenta de que mi vida es mucho más intensa cuando estás a mi lado.
—Intensa, ¿eh? ¿Y si la intensificamos un poco más? —Le besó en la barbilla.
—Vamos, te acompaño a la habitación. —Cogió su mano y tiró de ella. —Pero no para lo que estás pensando.
—¿No nos vamos a la cama?
—Tú te vas a tu habitación, yo a la mía. Te subirán la cena, podrás darte un baño…
—¿Y?
—Y a dormir.
—¡No!
—Nena, tu ginecóloga…
—¡A la mierda la ginecóloga!
—¿Ves como no controlas tus impulsos?
Le abrazó por el cuello. —Ni la lengua, ¿quieres comprobarlo?
—Joder, nena…
Ella apretó la pelvis contra su sexo y sus ojos brillaron maliciosa. —Está dura.
—Y más dura que se va a poner como sigas así.
—Tú quieres.
—Pero no debo y sé controlarme, al contrario que otras.
—Podemos probar.
—Tu doctora me ha dicho que te dolerá.
—Si duele paras.
Él gruñó bajando las manos por su cintura hasta su trasero y ella cerró los ojos de gusto al sentir sus caricias.
Rob miró sus labios y besó el inferior antes de lamer el de arriba con un erotismo que la hizo gemir de gusto.
—O podemos hacer otras cosas —dijo él volviéndola loca cuando sus labios recorrieron su piel hasta el lóbulo de la oreja y lo lamió antes de morderlo de una manera exquisita.
—Desde que te vi en mi hotel he imaginado millones de veces que tus labios rodeaban mi polla —dijo con la voz ronca provocando que un río de lava recorriera sus venas—.
Y yo te puedo lamer a ti, suavemente, sin presión, saboreando tu clítoris hasta que te vuelva loca.
—Besó su cuello y una mano acarició su pecho por encima de la camiseta hasta encontrar su pezón, que apretó con la presión justa como para que Julieta gritara de gusto teniendo el orgasmo más intenso de su vida.
Rob se apartó sorprendido para mirar su cara que aún estaba disfrutando de las sensaciones que estaba experimentando su cuerpo.
—Nena, ¿te has corrido? —Como no contestó gruñó y la cogió en brazos porque estaba seguro de que ni era capaz de caminar. —Al menos sabemos que llegas.
Medio mareada abrió los ojos y sonriendo como una tonta acarició su nuca. —Ahora me toca a mí.
Se miraron a los ojos. —¿Estás segura?
—Jamás he estado tan segura de algo, cielo. Me muero por estar contigo. Me muero por ti.