El amor que mereces Capítulo 8 #3
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Capítulo 8 #3

—Era evidente, podríamos haberla defendido ante los tribunales y eso es lo que hubiéramos hecho si se hubiera quedado, pero la noche después de ese suceso desapareció sin dejar rastro.

Y te aseguro que mi familia la buscó. Fue como si se la hubiera tragado la tierra.

Al pasar los meses y no hallar pistas, pensamos que se había quitado la vida. No era la primera vez que lo intentaba.

Julieta no disimuló su sorpresa. —¿Qué?

—Dos de los ingresos de tu madre fueron a causa de intentos de suicidio, nena.

Sus ojos se llenaron de lágrimas por todo lo que tuvo que sufrir para llegar a ese extremo. —Y no hicisteis nada. —Fulminó a Stephanie con la mirada. —¡Dejasteis que ese loco siguiera maltratándola hasta que destrozó su vida!

Stephanie sollozó. —Hice lo que pude, te lo aseguro. Y mi familia también. Mi madre intentó convencer a su prima mil veces de que le dejara.

—¿Qué sucedió después? —preguntó Melania a su lado.

—¿Después? —Stephanie parecía no entender.

—Después de que mi madre se fuera —dijo Julieta entre dientes.

—Pues no mucho. La fiscalía y la policía investigaron el asunto.

—Y vosotros os callasteis.

Melania la miró sorprendida. —No.

—Por eso no sabe nadie que Stephanie la ayudó y que el padre de Jason la curó. ¡Se callaron!

—Nena, tienes que entender el escándalo al que se enfrentaban.

—Y a la pena de cárcel, ¿no es cierto? Porque tu madre podría ser acusada de cómplice de asesinato al ocultarla y ayudarla.

—No creo que estés dándote cuenta de la situac…

—¡Me doy cuenta perfectamente! —gritó cortándole en seco.

Él la miró sorprendido—. ¡Mi madre estaba asustada, siempre lo estuvo y como tuvo que hacer toda su vida huyó porque sabía que nadie haría nada por apoyarla!

Y no lo hicisteis, por eso se quedó en la ciudad, ¿no es cierto?

Para comprobar si dabais el paso y la ayudabais en la investigación, pero nadie lo hizo.

¡Había desaparecido y problema solucionado!

—No fue así —dijo Greg.

—Cállate, tú que sabrás.

—Lo sabe perfectamente porque en aquella época ya estábamos juntos —dijo Stephanie llorando.

—Sabía que era una locura decírselo —dijo Greg mirando a su hijo como si fuera el culpable de exponer a la familia.

—Debían saberlo, padre.

—¡Y mira en la situación en la que nos encontramos! ¡El nombre de tu madre estará en boca de todos cuando ellas hablen!

—¿Y quién las creerá? —preguntó Rob dejándola de piedra—. Han pasado muchos años, su madre está muerta y se suponía que no sabían nada, ¿quién las creerá?

—¡Eres un cerdo! —gritó Julieta fuera de sí.

—Nena, cálmate, las cosas fueron así y no tienen nada que ver con nosotros. No voy a dejar que por tu enfado con el universo por algo que le sucedió a tu madre, perjudiques a la mía.

—Julieta siéntate —dijo Melania muy seria cogiéndola del brazo—. Seguro que eso no es lo único que tienen que contarnos.

La miró sorprendida por lo serena que estaba e intentando controlarse se sentó a su lado lanzándoles puñales con la mirada a los McDugal.

—¿Mi madre en algún momento se puso en contacto con vosotros?

—No —contestó Greg molesto.

—Mentís —dijo su hermana fríamente—. ¿Ni cuando murió su marido?

Stephanie se apretó las manos compulsivamente lo que la delataba ante todos. Rob la miró sorprendido. —¿Madre?

Sollozó tapándose el rostro. —Todo fue culpa mía…

Su hija se acercó a ella de inmediato y se sentó a su lado. —Mamá, no pasa nada, seguro que no hiciste nada malo.

Lloró desgarrada. Julieta miró a Rob a los ojos y este apretó los labios apartando la mirada.

Ya ni podía mirarla a la cara y sintió que se le retorcía el estómago porque nunca tendrían la relación que ella hubiera querido, después de lo que había pasado con su madre no, porque no podría perdonar que su familia la hubiera dejado desamparada.

Si algo le había enseñado su madre era que la familia es sagrada y siempre lo había demostrado con la poca familia de su marido.

Su prima y ellas eran una piña que se dejarían la piel las unas por las otras, pero eso esas personas que tenían delante no lo entendían.

—No quería… No quería…

—¿No quería qué, señora? —preguntó Melania—. ¿Que saliera a la luz? ¿Que el escándalo volviera como ha vuelto cuando hemos aparecido nosotras? Le daba dinero a escondidas sin que nadie lo supiera, ¿no es cierto? Así nunca volvería.

—Mamá, contéstales —dijo Melissa en voz baja—. Necesitan respuestas.

Stephanie elevó la vista hasta Julieta y susurró —Cuando ella tenía unos veintidós años me llamó a mi casa.

Lo cogió el servicio y mi doncella me dijo que Escarlata estaba al teléfono.

Supe inmediatamente que era ella porque cuando era niña y se mostraba rebelde, le decía que deberían haberle puesto el nombre de Escarlata.

Y a ella le encantaba —dijo emocionándolas—.

No me puse, tuve miedo de que todo nos salpicara de nuevo.

El tema de sus padres se había olvidado ya y éramos felices.

Pero ella no desistió y se presentó ante mi casa.

Le dijo al portero que me esperaba en la cafetería de en frente.

—Miró hacia el suelo con la mirada perdida.

—Cuando me lo comunicaron miré por la ventana y estaba en la acera mirando hacia arriba como si le diera miedo que no bajara.

Estaba allí después de seis años. Salí de la casa para hablar con ella.

Me abrazó. —Sollozó con fuerza. —A pesar de callarnos cuando lo necesitaba, me abrazó.

Dijo que necesitaba el dinero, que se iba a casar y que su marido necesitaba dinero para la licencia del taxi. No lo dudé, le di cien mil dólares.

—Cien mil dólares —dijo Julieta con desprecio—. Un precio demasiado bajo por todo lo que heredarías, ¿no es cierto?

—Mi madre jamás pensó en eso, tiene dinero de sobra, joder.

—¿Por eso dijisteis que heredaríamos diez millones? —preguntó Melania—. ¿En serio? La fortuna del viejo es incalculable.

—No te creas todo lo que lees, quería que esperarais al abogado para que os lo explicara él, pero veo que no tienes paciencia, Mel —dijo Rob molesto.

Apoyó los codos en las rodillas adelantándose—.

La fortuna que dejó el viejo, como tú le llamas con tan poco respeto, es de veinte millones de dólares, lo que era una fortuna considerable en aquellos años.

—Pero en su testamente hizo fideicomisario a un amigo suyo que no sabía nada de la inflación y cosas así, de manera que mantuvo el dinero parado, lo que provocó…

—Que se devaluara —dijo Julieta empezando a entender.

—Las propiedades se repartieron como quedó estipulado, esta casa para la familia de tu madre y otra en Manhattan para la de mi madre, así todo. El viejo tuvo vista y supo que si en cincuenta años nadie podía tocar sus inmuebles cuando los heredaran se caerían a pedazos.

—Así que la fortuna no es tanta como supone la gente.

Rob apretó los labios. —Todavía no hemos hablado de las empresas.

—¿Empresas?

—Mi bisabuelo tenía participaciones en muchas empresas de la ciudad y de fuera del país, pero no podremos acceder a ese dinero ni pasados los cincuenta años.

—¿Por qué? —preguntó Melania.

—Porque él lo dispuso así —dijo Rob. Suspiró—.

No tenía mucha liquidez, solo esos veinte millones porque siempre reinvertía el dinero restante.

Eso está administrado por una empresa que tiene un director general y si él no quiere nunca veremos ese dinero.

Las participaciones en las empresas no están sujetas a la condición de cincuenta años.

Nuestro bisabuelo no quería que administráramos nada a no ser que su amigo considerara que podíamos hacerlo.

—No entiendo, ¿los herederos nunca verán ese dinero?

—A no ser que su administrador libere los fondos, él es quien decide todo.

Las hermanas se miraron incrédulas. —¿Y quién es?

Rob se levantó y fue hasta el mueble bar. —Se llama Matthew Babbington segundo, supongo que ya sabéis quien fue el primero.

—Su padre.

—Era uno de los socios del bisabuelo y pasó el proceso de incapacitación a su lado para evitar que la familia se quedara con todo.

—Así que es vuestro enemigo.

—Declaró en el juicio a favor de nuestro bisabuelo, nena. Nos odiaba.

—Y lo demostró a lo largo de los años hasta que se fue al hoyo —dijo Greg con desprecio—. Ahora dirige su hijo, pero el primero supo inculcarle su odio hacia los McDugal y no puede ni vernos.

—He intentado a lo largo de los años reunirme con él, pero siempre rechaza todas mis propuestas.

Hasta he intentado ver a su hijo porque sabía que en el futuro él tomaría el mando, pero nada.

Todo negativas sin ninguna explicación sobre esa parte del dinero de la familia.

Ni informes anuales ni nada de nada. Silencio absoluto sobre nuestra fortuna.

Julieta apretó los labios. —¡Eso no es justo, es nuestro dinero!

—Así lo estipuló Robert y así seguirá, así que no contéis con ese dinero. Ni sé de cuánto estamos hablando, podrían ser diez dólares como mil millones de dólares.

—¿Y si vamos a juicio?

Rob sonrió. —Otra buena propuesta, mis carísimos abogados le han amenazado mil veces, pero ante un juez ellos siempre llevarán la razón.

—¿Creéis que ese era el objetivo del viejo? —preguntó Melania—. Si la herencia se daría en cincuenta años, era para perjudicar a los anteriores herederos no a estos, es evidente que quería que a partir de ahora tomáramos el control del dinero.

—Yo pensaba lo mismo. Después de consultarlo con un juez del tribunal supremo se me fueron las ilusiones. —Se bebió el whisky de golpe. —Ahora os preguntaréis por qué estaba tan interesado en hacer el encuentro en el teatro —dijo dejando el vaso.

—Somos todo oídos.

—Aparte de las razones que os he dado antes —dijo mirando a su madre que no dejaba de llorar—. El tercero estaba allí, es abonado a la ópera.

Julieta separó los labios. —Entiendo… Querías que nos viera.