El amor que mereces Capítulo 8
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Capítulo 8

Sentadas en la cama de Melania se miraban la una a la otra. —Siempre supe que había algo raro —dijo su hermana—. Mamá nunca hablaba de su familia, siempre dijo que era de Illinois y que todos habían muerto, así que decidió venir a Nueva York, la gran aventura de su vida, como siempre decía.

—Tenía que buscarse una nueva identidad para que no la encontraran. Lo raro es que se quedara en Nueva York pudiendo irse a cualquier parte del mundo.

—Igual lo hizo, no lo sabemos. De esa etapa de su vida no sabemos absolutamente nada.

Mel apretó los labios y apoyó la barbilla sobre sus rodillas.

—Ahora entiendo lo del perfume, la tía dice que era el perfume de mamá cuando era joven.

En cuanto lo olió dijo que era el que se ponía siempre.

—Suspiró. —Stephanie sufrió mucho con su desaparición, aunque la tía le llevaba diez años siempre la sintió como su hermana y quiso ayudarla mil veces, pero su familia cerró los ojos al problema.

Su hija me dijo que siempre ha pensado en ella, que se sentía culpable por no haber podido hacer más por ella.

—Aún no puedo creer que nuestra madre no nos dijera nada cuando murió papá —dijo incrédula—.

Limpiaba casas y pasábamos estrecheces cuando podía haber vivido como una reina.

Además, tenía que saber que su padre había muerto, esas cosas salen en el periódico y más con ricachones de esos. No lo entiendo.

—Crees que nos ocultan algo —dijo su hermana.

Después de la sorpresa inicial se había sentado en su sitio porque empezaba la ópera y no podían hablar.

Y durante la maravillosa ópera hubo momentos en los que su mente se iba y había empezado a repasar la vida con sus padres intentando recordar alguna pista que las llevara a ese momento, pero no recordaba nada.

Mientras estaba allí sentada escuchando aquella maravilla de ópera, miró a Rob que cogió su mano como si quisiera que supiera que estaría allí para ella, se sintió tan bien que se emocionó.

Pero fue cuando sintió la mirada de alguien sobre ella.

Volvió la cabeza y sus ojos se encontraron con los del padre de Rob que no había dicho una sola palabra desde que habían llegado, pero esos ojos tan iguales a los de su hombre la helaron tanto que se hasta estremeció.

Rob se acercó y le preguntó si estaba bien, si quería irse, pero ella negó con la cabeza, deseando que acabara la ópera para hablar con su nueva familia.

Pero esa mirada… No podía olvidar esa mirada como si deseara que estuviera tan muerta como su madre.

Y era algo que no dejaba de rondarle la cabeza.

—Sí, creo que nos ocultan algo y debemos averiguarlo —dijo a su pesar.

—¿Y Rob?

La miró a los ojos. —¿Rob?

—¿No te parece raro su comportamiento?

—Ya le oíste, en cuanto salí del hall del hotel el día en que nos conocimos, se dio cuenta de la razón por la que se había acercado y me siguió.

Dijo lo del contrato para mantenerse cerca de nosotras y darnos dinero.

Quería conocernos mejor antes de darnos la noticia, quería asegurarse de que éramos nosotras y yo le creo.

—Pues a mí me parece muy raro. Podía haber dicho que fuéramos a cenar a su casa, pero nos llevó al Met donde todo el mundo podía oír nuestra conversación y sacarnos mil fotos, ¿o no te diste cuenta de que había prensa? Mañana saldremos en todos los periódicos, hermana. Las herederas desaparecidas.

—Qué va. Nosotras no le interesamos a nadie.

Melania se adelantó. —Despierta de una vez, los McDugal querían hacerlo público y tiene que haber una razón. Pero ahora estoy demasiado agotada como para pensar en eso. —Suspiró tumbándose en la cama. —Voy a dormir.

—Que descanses. —Se levantó de la cama y fue hasta su habitación cerrando la puerta suavemente mientras le daba vueltas a todo lo que había sucedido esa noche. Recordó como en cuanto terminó la ópera Jason se acercó y exigió a Rob que la llevara a casa.

Asombrada dijo —Pero apenas hemos podido hablar y tengo mil preguntas que hacer.

—Mañana, nena. Jason tiene razón, casi te has desmayado y es mejor dejarlo para otro momento.

Stephany la abrazó a modo de despedida. —Me alegro muchísimo de tenerte entre nosotros —dijo mientras su marido en el mismo sitio donde había estado toda la noche no dejaba de observarlas fríamente.

No pudo negar que se le heló la sangre porque no había estado errada en su primera impresión, ese hombre la odiaba y sintió miedo a que se interpusiera entre Rob y ella.

Su novio la cogió de la mano mientras se despedían y les observaron salir del palco.

Es cierto que la prensa estaba allí, de hecho hacían un pasillo y les sacaban fotos haciendo mil preguntas sobre su identidad, pero Rob no contestó absolutamente nada sacándolas del teatro a toda prisa.

Fue al entrar en el coche cuando se dio cuenta de que Betsy no estaba al salir, ¿cuándo se había ido?

Qué raro… Pero pensando en lo que su hermana acababa de decir, no podía negar que era evidente que habían querido hacer público su reencuentro familiar y por eso las llevaron al Met. Ahora tenía que averiguar la razón.

Dolorida entró en la cocina y allí estaba su hermana mirando el ordenador. —Te has levantado temprano.

—No he podido dormir —dijo muy seria.

Cogió la cafetera de cristal y se volvió con la taza en la mano para servirse un café. —Yo tampoco, a ver si esto me espabila.

—Estamos en un marrón gordísimo, Julieta.

La miró sin comprender. —¿Qué?

Su hermana volvió el ordenador para que mirara la pantalla y al leer las hijas de la asesina de los Rosebert reclaman su herencia, se le cayó la taza al suelo de la impresión. —¿Qué coño es eso?

—Nos han tendido una trampa.

—¿Qué?

—¡Te has quemado!

Su hermana se levantó a toda prisa para mojar un paño y Julieta se sentó en su sitio para mirar la noticia.

Melania le limpió las piernas a toda prisa, pero ella ni se dio cuenta mientras leía: “Elizabeth Rosebert fue acusada del asesinato de sus padres que ocurrió la mañana del veinticinco de abril de mil novecientos noventa y cinco. La heredera sobrepasó todos los límites, fue una adolescente rebelde que fue internada dos veces en centros especiales, pero aun así no consiguieron enderezar su conducta. Según fuentes policiales Elizabeth harta de que intentaran controlar su vida discutió con sus padres y según el servicio de la casa cogió un cuchillo y apuñaló a su padre doce veces. Su madre quiso ayudarle, pero Elizabeth fuera de sí le cortó el cuello por lo que su madre se desangró antes de que llegaran los servicios médicos para ayudarla. Al verse acorralada huyó de la casa y consiguió escapar, nunca más volvió a saberse de ella. Y ahora aparecen sus herederas a reclamar la herencia que le hubiera correspondido a Elizabeth muerta hace casi diez años atropellada por un autobús. Según hemos investigado, Elizabeth nunca se fue de la ciudad, cambió su nombre y se casó aquí llevando una vida modesta al lado de su marido que era taxista de profesión. A él le mataron en un atraco cuando estaba trabajando y pocos años después Elizabeth murió en ese terrible accidente que dejó a las niñas desamparadas, por lo que el estado tuvo que ocuparse de ellas. La hermana mayor en cuanto pudo sacó a su hermana del orfanato donde estaba recluida y han vivido en Brooklyn. Aún tenemos mil incógnitas, ¿por qué reclaman la herencia ahora? ¿Por qué no lo hicieron cuando murió su madre? ¿Acaso no sabían nada? Personalmente no lo creo. Creo que han esperado el momento adecuado, pues sin su abuela viva, el fideicomiso al cumplir cincuenta años de la muerte del gran Robert Hottinger pasaría a sus herederos como estipulaba su abuelo y se calcula que la fortuna del viejo Hottinger es de cientos de millones de dólares. Y esos cincuenta años se cumplen en tres semanas.”

Separó los labios de la impresión. —Dios mío, ¿qué es esto?

—¡Qué nos la han jugado! —Se sentó a su lado y minimizó esa página para mostrar otra.

—Según esto nuestro bisabuelo se hizo muy rico con minas de ópalo, además había heredado plantaciones de tabaco en Sudamérica, así que el dinero llegaba a espuertas, pero se volvió un hippy excéntrico que empezó a donar cantidades escandalosas a diversas asociaciones, así que su familia intentó impedirlo. ¿Cómo?

—Llevándole a juicio.

—Exacto, intentaron demostrar su incompetencia para dirigir sus negocios, pero no consiguieron una mierda.

El viejo se cabreó y estipuló en su testamento que su dinero no se pudiera tocar en cincuenta años.

¿Qué ocurrió entonces? Que todas sus empresas quedaron dirigidas por administradores.

Su nieta Stephanie se casó con un McDugal, pero Hillary se casó con un Rosebert que no es que tuviera una gran fortuna.

De hecho, en este artículo se insinúa que tenían grandes deudas que pagaban los McDugal y nuestros abuelos seguían aparentando tener mucho dinero a la espera de que pasaran los cincuenta años.

Pero Hillary, la madre de mamá, era maltratada por su marido, al parecer era de dominio público y los escándalos corrían de boca en boca. Por otra parte, su hija…

—Mamá.

—Se mostró rebelde desde bien pequeña. A lo largo de los años la echaron de todos los colegios a los que asistió, peleas, abuso de drogas, fiestas desenfrenadas donde se decía que iba con uno y con otro…

A los doce años la detuvieron cargada de maría y sus padres la internaron en un colegio privado en Boston. ¿Qué hizo ella?

—Escaparse.

—Mamá estuvo huyendo de ellos siempre —dijo con rabia—.

Nadie se molestaba en saber lo que le ocurría a la niña, solo la criticaban por su comportamiento e intentaban enderezarla.

A veces con crueldad, porque hasta la internaron en un reformatorio donde iban auténticos delincuentes.

Salió con dieciséis años y dos semanas después aquí dice que mató a sus padres.

—No me lo creo, mamá no sería capaz de hacer algo así.