Capítulo 7
Parpadeó mirando a la ginecóloga que le bajaba las piernas de los estribos. —Es coña, ¿no?
La doctora Green hizo una mueca mientras se sentaba en la camilla. —Está todavía muy reciente.
—¿Dos meses? —preguntó empezando alterarse—. ¡No puedo esperar dos meses! ¡Mi hombre se va a buscar a otra!
—Tienes la zona muy inflamada aún, Julieta. Tu accidente es muy reciente. No sé lo que te han dicho en el hospital o Jason, pero yo recomiendo dos meses de espera para que la zona vuelva a su estado original. Así que dile a tu novio que podéis practicar otras cosas
—¿Como qué? ¿Jugar a las cartas? ¿Le enseño a hacer ganchillo?
Su hermana hizo una mueca. —El viaje a París…
Asustada cogió de la mano a la doctora. —Póngame alguna cremita o algo, porque me voy a París con mi novio y como no nos demos un homenaje…
De repente la puerta se abrió y Rob entró como Pedro por su casa. —¿Qué haces tú aquí? —preguntó pasmada.
—Nena, me dijiste que tenías ginecóloga. Le pregunté a Jason y él me dijo quién era.
—Jason es un gran amigo —dijo la doctora con una sonrisa—. ¿Así que eres su novio?
—Rob McDugal.
—Un placer —dijo encantada de la vida.
—Estoy perdida. —Dejó caer la cabeza en la camilla. —Mierda.
—¿Qué tal la ve, doctora?
—Me ha comentado que quiere tener relaciones sexuales, pero yo no recomendaría practicar el sexo antes de dos meses y si me apuras tres.
¿Cómo que tres? Levantó la cabeza como un resorte para ver cómo le miraba, ¡esta quería robárselo! Aquello era el colmo.
—Antes dijo dos —Melania no salía de su asombro. —Ha dicho tres porque le ha hecho ojitos a Rob, hermana.
La doctora se sonrojó. —No, qué va, qué tontería… —Rio como si se lo tomara a broma y fue hasta su mesa. —Lo que sí te voy a dar es una crema para que la zona esté bien hidratada y regenere la piel más aprisa.
—Tres meses, ¿eh? —dijo Rob preocupado.
—Ha sido un buen corte y en una zona tremendamente delicada.
El interior de la vagina está bien, no hay problemas aparentes en el aparato reproductor, pero la parte exterior está tremendamente sensible.
Por Dios, si todavía tiene morados en los muslos, hay que tomárselo con calma.
En dos meses vuelve a consulta y le haremos unas pruebas para comprobar que todo esté bien, ¿le parece?
Julieta gruñó bajando de la camilla. —No vuelvo por aquí ni atada.
—Nena…
Mosqueada abrió la puerta. —¡Esta no tiene ni idea de lo que dice, yo siento y siento ahora!
—Julieta, todavía no puedes —dijo entre dientes.
—Pues búscate la vida porque yo quiero mandanga.
—¿Pero tú te estás oyendo?
Melania soltó una risita mientras su hermana salía de la consulta. —Más clara no puede ser. —Corrió tras ella. —¡Espérame!
Rob carraspeó. —¿Y si…?
La doctora le miró maliciosa. —Le dolerá. Igual deberíais probar a ver qué dice después.
—Entiendo.
De repente Julieta apareció en la puerta mirándoles con desconfianza. —¿Por qué tardas tanto? Tenemos que ir al teatro. ¿O eso también lo tengo prohibido?
Rob sonrió. —No, no lo tienes prohibido. Tienes el traje en el coche.
Sus ojos reflejaron su ilusión. —¿Y qué vamos a ver?
—Rigoletto.
Le cogió del brazo. —¿Sabes que Verdi la escribió basada en una obra de Víctor Hugo?
—¿De veras?
—El rey se divierte creo que se llama.
No podía estar más sorprendido. —¿Cómo sabes eso?
—De un juego de preguntas y respuestas que tenía mi hermana, se lo regaló mi madre unas navidades.
—¿La has oído alguna vez?
—No, nunca.
—Te va a encantar.
Melania caminaba a su lado y no decía nada. Le dio pena que su hermana no pudiera ir.
—Mel, ¿quieres venir? —preguntó Rob sorprendiéndolas.
—¿Puedo? —Miró a su hermana como pidiendo permiso. —¿Puedo ir?
—Si tiene entradas…
—No os preocupéis por eso. —Se metieron en el ascensor y pulsó el botón del hall. —Tenemos un palco.
—¿Tenemos?
—Nena, vas a conocer a mi familia. Así que finge que eres una novia tradicional, ¿quieres?
—¿Tu familia? —No se lo podía creer.
—Llevan tiempo dándome la lata con eso de que me case, intenta que se calmen y me dejen vivir.
Yo sí que te voy a dejar vivir. —Claro, seré la novia que todos quieren para sus hijos.
La miró con desconfianza. —Mejor mantente calladita. Las dos manteneos calladitas, que piensen que sois preciosas y muy educaditas, con eso será suficiente.
—Hecho —dijeron las Falkner a la vez.
—Por cierto, el nuevo contrato también está en el coche.
Gruñó por dentro porque seguía en sus trece. —Este lo leeré con atención.
—Sí, léelo. El abogado me cuesta una pasta, que al menos valga para algo.
—¿Y qué me pongo? —preguntó Melania—. ¿Puedo ponerme tu vestido de ayer?
Él iba a decir algo, pero Melania dijo cortándole en seco —¿Me lo dejas, hermana?
—Sí, claro. Estarás preciosa con él. —Advirtió a Rob. —Y será más que suficiente, que eres muy exagerado.
—Mi familia siempre va de gala a la ópera. Necesita un vestido de noche y ya lo tiene en el coche también.
—Pero…
—Nena, no discutas, esto es cosa mía.
Se volvió hacia su hermana que ya tenía puesto su vestido de noche violeta. Era precioso en palabra de honor de seda con pliegues rodeando su cintura hasta su cadera y de ellos caían en gasa unos volantes que dejaban ver parte de su pantorrilla.
Melania la miró emocionada. —Estás preciosa —dijo observando el vestido entubado de seda roja en palabra de honor con un broche de diamantes encima de su pecho derecho—. Y ese broche…
—Lo sé —dijo impresionada mirándolo—. Parece de los buenos, ¿no crees? —Se volvió para observarlo bien en el espejo. —Parece un escudo.
—Sí. ¿A que es alucinante? Me siento como si estuviera en una película. —Se miró al espejo y colocó un mechón de su cabello rubio sobre su hombro.
—Sí —dijo Julieta observándose al espejo.
—Échate el perfume de mamá.
La miró asombrada. —¡No! Así recuerdo su olor y no quiero que se gaste. Ya no lo fabrican.
—Pero así olerás como las ricas. Seguro que a Rob le gusta.
Se mordió el labio inferior. Le encantaba ese perfume, pero era un recuerdo de su madre que si se gastaba ya no tendría.
—Vamos, una gotita cerca de cada oreja será suficiente, aún queda la mitad. —Sonrió cogiendo el hermoso frasco del tocador. —¿Recuerdas las navidades en que papá le regaló el primer frasco?
Sonrió con tristeza. —Se puso a llorar y él la abrazó con fuerza. Le dio las gracias por los maravillosos años que habían pasado juntos.
—Sí, espero encontrar algún día un amor así. ¿No es raro? Yo era muy pequeña y lo recuerdo como si fuera ayer. —Su hermana quitó el tapón de cristal y se lo pasó con cuidado por el cuello para no manchar el vestido. —Huele de maravilla.
Al ver que iba a cerrarlo dijo —Échate tú también.
Melania soltó una risita y se echó un poquito en el cuello mirándose al espejo. —¿Se me notan mucho las heridas de las manos? —preguntó preocupada.
—No, no mucho —mintió porque odiaría quitarle la ilusión.
—¿Estás nerviosa? Vas a conocer a tus suegros.
—Creo que voy a vomitar.
—Eso es porque no hemos cenado.
—Pues ya no nos da tiempo, Rob tiene que estar a punto de llegar. Además, ni de broma me arriesgaría a estropear esta preciosidad con grasa, así que ni se te ocurra entrar en la cocina que te conozco.
—No probaría bocado, estoy muy nerviosa.
La miró atentamente, no quería que se sintiera incómoda, no dejaba de mirarse las manos como si esperara que le sangraran como antes. —No volverá a pasar, ¿sabes? —Melania la miró a los ojos. —Ahora puedes recuperar tu vida.
Su hermana apartó la mirada. —Eh… ¿Qué ocurre?
—Nada.
—Dímelo, te preocupa algo. ¿Es por Rob? Siempre serás lo primero para mí, eso no lo dudes nunca. Jamás te dejaría, donde yo vaya tú vienes conmigo.
—¿De veras?
La abrazó con fuerza. —No empieces a preocuparte por lo que pasará como haces siempre. Hace unos meses te deprimías pensando que jamás tendrías una vida normal y fíjate, hoy nos vamos a la ópera.
Sorbió por la nariz apartándose. —Tienes razón, pero…
—Nunca te dejaré, jamás, y no quiero que vuelvas a pensarlo. Rob nunca se interpondrá entre nosotras. Además, aún tengo que cazarlo, que no está tan claro.
—Te va a presentar a su familia, eso es por algo.
—Nena, ¿aún no estáis listas? —gritó Rob desde el salón—. Vamos a llegar tarde y mi madre odia la impuntualidad.
—Vamos, vamos… —Cogió su bolsito bordado con abalorios rojos y salió de la habitación para detenerse en seco en la entrada del salón al verle vestido de smoking. —Estás guapísimo.
Sonrió de una manera que le alteró la sangre. —Tú sí que estás preciosa —dijo acercándose a lo James Bond—. De hecho, estás para comerte. —La besó en los labios suavemente y vio que detrás llegaba Melania. —Preciosas, sabía que teníais la misma talla.
—Tienes muy buen ojo McDugal, no sé si eso debe preocuparme —dijo Julieta cogiéndole del brazo—. Vamos, que no quiero que tu madre se enfade y todavía tenemos que llegar al centro.
—Nena, ¿te has tomado las pastillas?
—Mierda. —Corrió hasta la habitación y cogió el bote de los calmantes del dolor. Y esa noche los necesitaba porque le dolía bastante la ingle, debía ser de haber caminado tanto.
Se tomó solo esa pastilla y salió de la habitación para escuchar —Cojea más que ayer.
—Sí, me he dado cuenta —dijo su hermana en susurros—. Pero está tan ilusionada… Por favor, no se lo fastidies. Además, estará sentada casi todo el tiempo, ¿no? Nadie se dará cuenta.
—No me gusta, debería descansar.
Temiendo que la dejara en casa salió del pasillo sonriendo. —¿Nos vamos?
Él iba a decir algo, pero antes de poder evitarlo ya había salido por la puerta. Gruñó siguiéndola. —Nena, ¿qué te había dicho de la cerradura?
—Ya la han arreglado.
—No —dijo él cerrando la puerta y volviendo a abrir.
Melania soltó una risita cogiendo el pomo y cerrando con llave. —Te lo crees todo, pringado.
—Muy bien, llamaré yo para que os la cambien. Nena, cuidado al bajar las escaleras, que ese vestido es muy largo.
—Sí, cielo —dijo encantada porque se preocupara tanto. Cuando llegaron abajo se quedó con los ojos como platos por la limusina que les esperaba.
—Hala… —dijo su hermana.
—¿Señoritas? —El chófer abrió la puerta.