Capítulo 5
Inolvidable era el aburrimiento que estaba pasando.
Había ido a recogerla un coche con chófer y cuando se encontró con Rob en el hall de su hotel de Times Square estaba hablando por teléfono.
La cogió de la mano y la metió en el restaurante.
Justo antes de llegar a la mesa colgó y solo dijo —Entretén a la señorita Clark, Lisa es la prometida de John, es uno de mis socios en los hoteles de Costa Rica.
—Vale.
Hubiera sido fácil, pero es que aquella petarda no sabía hablar de otra cosa que no fuera los trapos que su novio le compraba con la tarjeta platino.
Disimuladamente se miró el discreto vestido de gasa azul que resaltaba el color de sus ojos e hizo una mueca porque estaba ella para criticar a nadie.
Elevó su mirada hacia Rob que no dejaba de hablar de la restructuración de los jardines para poner otra piscina en uno de sus hoteles.
—¿Y desde cuándo salís? —preguntó Lisa con esa cara de ángel que nunca ha roto un plato—. Rob no nos había contado nada.
—Pues si te digo la verdad nos conocemos desde hace mucho —dijo con ironía—.
Pero no venía a estas cenas porque siempre me han parecido un tostón.
Toda la noche hablando de negocios que a mí no me interesan nada, porque lo único que me interesa de mi Rob son las noches de placer que me proporciona.
¿Para qué iba a querer yo pasar horas escuchando hoteles para aquí y hoteles para allá? Menudo aburrimiento.
Los hombres la miraron en el acto y Lisa perdió algo la sonrisa. —Ah…
—Pero este no es el caso, claro. —Sonrió como si estuviera loca de contenta de estar allí. —Vosotros sois encantadores.
La pareja sonrió. —Además Lisa y yo tenemos gustos muy parecidos en la ropa.
—¿Verdad que sí? —dijo ella ilusionada—. Cuando te vi aparecer con ese vestido de Chanel, me dije esta es de las mías. Si quieres mañana por la tarde podemos ir de compras.
—Oh, lo siento no puedo quedar mañana, tengo cita con el ginecólogo.
—¿No estarás embarazada? —preguntó John divertido—. A este le da algo.
—Cuando lleguen los niños tendrá que aguantarse, ¿verdad cielito?
—Intentemos que no lleguen de momento.
—Eso ya lo veremos.
Lisa soltó una risita. —Le tienes dominado.
Le miró como si estuviera enamoradísima. —Come de la palma de mi mano y yo de la suya, ¿verdad mi amor?
Él gruñó cogiendo su copa de vino. —Preciosa, comería de la palma de tu mano, pero afortunadamente tengo plato. Por cierto, el besugo está delicioso.
—Yo lo hago mejor.
—¿Cocinas? —preguntó su nueva conocida muy interesada—. Yo estoy aprendiendo, ¿sabes?
—Julieta es una gran cocinera y su hermana una excelente pastelera.
—Vaya, cubrís todos los palos —dijo John—. Antes de que viviéramos juntos Lisa no sabía ni cocer un huevo.
—En casa siempre ha habido servicio —dijo algo avergonzada.
—Y ahora también tendréis, digo yo.
—Sí, pero con tanto servicio de habitaciones en los viajes, cuando llegas a casa te gusta tenerla para ti solo, así que le he dicho al servicio que no venga los fines de semana para que estemos solos.
John gruñó como si esa idea no le gustara un pelo y Julieta entrecerró los ojos. ¿Pero este de qué iba? Sin poder evitarlo preguntó —¿Qué?
El socio de Rob parpadeó. —¿Qué?
—Eso digo yo, ¿qué? Porque has hecho un gesto como si te pareciera mal que la mujer que te ama quiera pasar tiempo contigo de calidad. ¿Te molesta que haya despachado al servicio?
—Julieta… —le advirtió Rob.
—No, es que aquí el señorito tiene una novia preciosa y la está avergonzando con que no sabía ni cocer un huevo cuando ella se deja la piel para estar bonita para él y sus socios.
Además, se está esforzando en tener momentos románticos con él a solas y encima aprende a cocinar cuando simplemente podría arreglar el asunto pidiendo comida a domicilio.
—Miró a John. —Pero ella se está esforzando porque quiere demostrarte que no es una descerebrada que habla solo de trapos, sino que será una esposa estupenda que sabrá hacer frente a lo que sea.
Incluso si te arruinas, ella podrá cocinarte lo que desees porque sabrá hacerlo, ¿verdad Lisa?
—Verdad.
John carraspeó. —Mi amor, no había pensado que… No tienes que hacerlo.
Lisa sonrió encantada. —Me divierten las clases. Este fin de semana te haré lasaña. Ya verás, me sale estupenda.
—Si tienes alguna duda, tú me llamas que yo te la resuelvo —dijo antes de beber toda la copa de vino. En cuanto tragó respiró hondo—. Esto está estupendo.
—Nena, tomas pastillas para el dolor, no bebas más —dijo entre dientes.
Lisa la miró preocupada. —¿Estás enferma?
—Bah, tuve un pequeño accidente de nada que…
De repente John la miró con los ojos como platos. —Hostia, la de la bicicleta.
—¿Ves? Tu novio me ha visto. —Gruñó cogiendo la botella de vino de la cubitera y se sirvió otra copa. —Como casi todo el país.
—Cielo, es la del video de la bicicleta. —Lisa no entendía. —La atropelló una bicicleta.
Su novia jadeó llevándose la mano a la boca. —Pobrecita… Lo vi, recuerdo que sangrabas.
—Se hizo un corte —dijo Rob sin darle importancia—, pero ya está casi recuperada.
—Cierto, sino no estaría aquí.
—En cuanto terminemos la cena, nos iremos a casa. Es la primera vez que sale desde el accidente y no quiero que se agote.
—Sí, por supuesto —dijo Lisa—. Ahora entiendo lo del ginecólogo.
—Una revisión de nada. ¿Y qué hemos aprendido con todo esto? Nunca te metas a un coche por la parte de la carretera.
—A mí me atropellaron una vez —dijo John.
—¿De veras?
—Tenía seis años. Un coche se saltó un semáforo y nos llevó por delante a mi hermano y a mí.
Lisa apretó los labios. —Su hermano murió.
Se llevó la mano al pecho. —Dios mío, lo siento muchísimo.
—Han pasado muchos años y no se me olvidará ese momento jamás —dijo John pensativo—. Supongo que nos pasa a todos los que hemos sufrido algo parecido.
—Sí, puede que sí. —Miró a Rob. Genial, había deprimido a su socio y encima le había criticado descaradamente por cómo trataba a su prometida.
Gimió por dentro, como novia de pega era tan desastre como cuando fue puta.
Tenía que arreglarlo. —Tengo una idea —dijo sin pensar—.
Ya que no puedo ir a bailar o ir de copas…
¿Jugáis al póker? —Les miró maliciosa. —¿Qué tal si nos jugamos quién paga esa piscina?
Rob frenó el coche en seco ante su casa y ella hizo una mueca. —Tampoco es para tanto.
—Tengo que pagar la piscina. ¡Cuando dijiste que jugabas al póker, creía que eras un as bajo la manga, joder! ¡Y juegas fatal!
—Pensaba que Lisa no daría una, como solo habla de trapos.
—¿Y qué es eso de criticar su relación sin conocerles de nada?
—¡Puso una cara que dio la sensación de que era culpable!
—¡La quiere con locura!
—Sí, ya me he dado cuenta. Eso es para que te fíes de las primeras impresiones. ¿Quién me iba a decir que Lisa era ingeniera aeronáutica y que juega al póker online? Es una máquina —dijo con admiración—. Creo que seremos muy buenas amigas.
—¿No me digas? —dijo con ganas de arrancarle la cabeza.
—Tranquilo, que este era el precalentamiento, en dos o tres cenas más seré como ella y solo hablaré de trapos para no meter la pata hasta el sobaco.
—Una piscina…
Gimió por dentro por el cabreo que tenía. —Puedes ponerla hinchable. No se especificó cómo sería.
—¡Eso es hacer trampas! —gritó fuera de sí.
—Se te está hinchando la vena de la sien y eso me preocupa un poco. ¿Qué tal si lo seguimos hablando mañana? Por cierto, ¿a dónde vamos?
—Tú a ningún sitio. —Miró al frente apretando el volante. —Baja.
—¿Me estás despidiendo? —Le cogió del brazo. —No me despidas ahora que todo iba tan bien.
—¿Bien?
—¡Sí estaban contentísimos! Hemos estrechado lazos, que es lo que hay que hacer con los socios. Ahora somos amiguetes. Recuerda que John se despidió de ti loco de contento. Piensa que esa piscina es una inversión. Seguro que en el próximo negocio John no dudará en ser tu socio.
Rob entrecerró los ojos. —Dijo que me llamaría para lo de Chicago… Antes no tenía previsto meterme en el negocio.
—¿Ves? Es una buena noticia. Esa piscina es una inversión que te dará muchos más negocios. —Le besó en la mejilla. —¿Mañana a dónde vamos?
Gruñó. —Al teatro, iremos a ver una ópera.
—¿Me mandas algo o me pongo lo mismo?
Él miró su vestido. —Te envío algo, es un estreno.
—¡Uy, como Pretty woman! —chilló en su cara antes de darle un beso en los labios—. Que sea rojo, me va fenomenal. —Se volvió hacia la puerta. —Nene, ábreme que no sé cómo va esto.
—¿Nene? ¡Julieta, no me llames así!
Le miró como si le faltara un tornillo y él carraspeó. —No es lo mismo. —La miró mosqueado. —¿A ti te gusta?
Sonrió. —Me encanta, es como si fuera solo tuya.
—¡Es que lo eres, al menos mientras pago!
—¡Uy, qué feo eso que has dicho! ¡Abre la puerta!
—¿Te has mosqueado?
—¡Sí, porque es como si fuera una puta!
—La madre que me… Nena, ¿eres de esas personas que siempre quieren tener razón?
Se sonrojó. —Claro que no.
—¿Seguro? —Pulsó un botón para que se abriera la puerta del coche.
—¡Repasa esta noche antes de dormir, repásala con detenimiento, porque has insultado a mi socio y me has hecho pagar la piscina!
¡Y tienes el descaro de cambiarlo todo a tu conveniencia como si no hubieras roto un plato en tu vida, cuando todo ha sido culpa tuya!
—Uf, qué pesado con la piscina… —dijo saliendo del coche—.
¡Y John y Lisa me adoran! ¡Por cierto, a ver si cambias este trasto que parece que voy con el culo sobre el asfalto y se me arruga el vestido a la altura de la barriga!
—Cerró de un portazo dejándole con la boca abierta.
De repente sonrió mirándole por el cristal y se despidió con los deditos.
—Hasta mañana nene, que tengas dulces sueños.
—Le lanzó un beso y caminó dando saltitos sobre sus tacones de quince centímetros.
En cuanto entró en el portal gimió cerrando los ojos. —Mierda, no podía haber ido peor.
—Lo sabía.