El amor que mereces Capítulo 3
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Capítulo 3

No durmió nada porque tenía la zona de la entrepierna tan inflamada que cualquier movimiento era un suplicio, sobre todo a la altura de la ingle.

En el desayuno ante la taza de café veía como su hermana se inflaba a magdalenas, mientras que ella había perdido el apetito del todo porque llegar hasta la mesa del salón había sido una tortura tremenda.

Pálida y agotada veía como su hermana mojaba la magdalena en el café con leche antes de comérsela casi entera. —No sé dónde lo metes.

Melania soltó una risita. —Déjame aprovechar ahora que soy joven. A los treinta empiezo a controlar que no hay que descuidarse, que luego al marido se le van los ojos con otras.

Sonrió, no pudo evitarlo, pero perdió la sonrisa cuando su hermana agachó la mirada y se vio las manos llenas de llagas. —Eso si pillo marido.

—Claro que sí y serás muy feliz con él porque te amará muchísimo. Esto es algo pasajero que olvidaremos en cuanto te hagan el tratamiento.

En ese momento se abrió la puerta de casa y la cara de una desconocida apareció en el salón. —¿Se puede?

Melania se levantó de inmediato. —¿Usted quién es?

—Soy Betsy Monroe, la enfermera. ¿El señor McDugal no os ha dicho que llegaba a las diez?

Las dos con la boca abierta negaron con la cabeza y ella sonrió.

—Es que es un hombre muy ocupado. Bueno, me ha explicado un poco por encima lo que ocurre y he visto el video en internet, así que en cuanto desayunéis, vamos a curar heridas para evitar que se infecten, ¿de acuerdo? Hala, a terminar el desayuno.

Betsy era una dictadora de tomo y lomo. Cualquiera le decía que no, porque te miraba de una manera que prometía muchas cosas y ninguna era buena.

Revisó su herida y a pesar de sus protestas porque le hacía daño hizo su trabajo dejándola baldada de la tensión.

Su hermana que miraba la herida se mantenía en silencio muy preocupada.

—Tenían que haberte sondado —dijo Betsy enfadada.

—Ya claro, para ir además con una bolsa a todos los lados. No, gracias.

—Mantener esa zona limpia va a ser muy complicado. Habrá que limpiarla a menudo. ¿Te has tomado el antibiótico?

—Me he tomado las dos pastillas que me recetaron para la mañana.

Betsy revisó su medicación y negó con la cabeza antes de coger su móvil del bolsillo trasero del pantalón para marcar. —Jason, tienes que venir al domicilio donde estoy trabajando. Sí, es importante, unos puntos cerca de la uretra que no me gustan nada.

Julieta miró a su hermana que estaba aún más preocupada. —No es nada, exagera.

—Y trae antibiótico en crema —dijo alejándose y saliendo de la habitación.

—Tú no protestes tanto —dijo Melania.

—No protesto.

—No has parado de protestar desde que ha llegado. Que si por qué tiene que lavarte, por qué tiene que limpiar la cocina, por qué te tumba, eres muy pesada. Encima que ha venido…

Se puso como un tomate. —Duele.

—Eres muy mala enferma, mamá siempre lo decía.

—Eso no es cierto.

—Claro que sí, y no te has tomado una de las pastillas, que lo he visto. Se lo voy a decir.

La miró sorprendida. —Sí que me las he tomado.

—¿Quieres que las cuente?

—Me las he tomado.

Betsy entró en ese momento. —Quiero que mi hermano te eche un vistazo.

—Gracias —dijo Melania.

—No es nada. Hoy no abre su consulta. —Se acercó a toda prisa y cubrió a Julieta con la sábana. —No está lejos, así que no te pongo las gasas todavía.

—Vale. Mi hermana dice que no me he tomado todas las pastillas, pero creo que sí.

—No importa, de todas maneras mi hermano te cambiará la medicación, estoy segura. No tienes por qué soportar esos dolores.

Suspiró del alivio. —Gracias.

—¿Hola?

La voz de Rob en el salón le provocó un vuelco al corazón. Melania salió de la habitación entornando la puerta y escuchó que decía —La acaban de curar.

Betsy también salió y ella indignada jadeó porque quería verle.

—¿Cómo está? —preguntó enterneciéndola.

—No tiene buena pinta, no ha podido descansar por los dolores y temo que la zona se infecte.

—¡Lo estoy oyendo todo! —dijo mosqueada.

—He llamado a Jason. Puedes pasar hasta que llegue.

Sintiendo el corazón a mil vio como empujaba la puerta y cuando la vio se detuvo en seco, parecía que no sabía qué decir.

—¿Tan mala pinta tengo?

—Solo estás cansada.

Dios, estaba guapísimo con ese traje azul. —Has sido muy amable al enviar a Betsy.

Él sonrió sentándose a su lado. —Jason siempre está presumiendo de lo buena enfermera que es.

—Sí, tiene pinta de serlo. Aunque es un poco bruta.

—¡Lo he oído! —dijo ella desde el salón haciéndola reír.

Rob sonrió. —Ellos os cuidarán.

—No tenías por qué hacerlo.

—Claro que sí. En parte tuviste el accidente por culpa mía. Si no te hubiera dicho que subieras al coche…

Se mordió el labio inferior pensando en algo que no había dejado de rondar su cabeza toda la noche. —¿Por qué me seguiste? En el hotel dejaste claro que no deseabas mis servicios. Después de pensarlo muchísimo me he dado cuenta de que no querías sexo, ¿por qué fuiste a buscarme?

—Iba a ofrecerte un trabajo.

Separó los labios de la impresión. —¿Un trabajo?

Él apretó los labios. —A veces tengo que ir a cenas de negocios y es mejor ir acompañado porque van las esposas de mis socios. Estoy harto de oír que nunca llevo a nadie y nunca lo hago porque las mujeres con las que salgo…

—Nunca llegan a tener cierto compromiso contigo, ¿no?

—No podría haberlo expresado mejor. Tuve una novia en la universidad y fue una pesadilla de exigencias y reproches. No me falta la compañía, no necesito las molestias de una pareja.

—Entiendo, así que sería tu acompañante. Te acompañaría, la gente pensaría que somos novios, pero tú seguirías con tu vida.

—Exacto.

Mierda, era el trabajo perfecto y ahora le pasaba eso. —Siento haber estropeado tus planes.

—No los has estropeado, solo se han retrasado.

Su corazón dio un vuelco. —¿De veras?

—Me gustas.

Todo su cuerpo se derritió de gusto.

—Tienes valores y luchas por lo que quieres. Eres realista y tienes los pies en el suelo. Harías lo que fuera por tu hermana y yo te puedo ayudar. Firmarás un contrato de confidencialidad y recibirás un sueldo, ¿qué te parece?

—No has hablado del sexo.

—Yo no pago por sexo, creía que eso ya lo habíamos hablado.

Se sonrojó. —Sí, claro. Nada de sexo.

Él miró sus labios antes de levantarse de la cama. —Pues no, esto son negocios, nada más.

Y una leche, no pensaba terminar ese contrato sin catarle antes.

Después de lo que había sentido al verle de nuevo, se había dado cuenta de que su hermana tenía razón y que estaba coladita por ese hombre, así que pensaba hacer cualquier cosa por conquistarle.

Pero mejor seguirle la corriente. —Entendido, jefe.

Él sonrió. —Sabía que nos entenderíamos. —Se abrochó la chaqueta del traje de una manera tan masculina que se derritió de gusto. —Espero que lo que oí ayer cuando hablabas con tu hermana, sean fantasías de Melania.

—Siempre ha sido muy romántica, yo soy más pragmática.

—Lo sabía —dijo como si estuviera muy satisfecho de haber cerrado un buen trato—. Estaremos en contacto.

—Perfecto, jefe. —Mierda, necesitaban dinero para el alquiler. —¿Qué tal un adelanto?

Sin pensar sacó su cartera del bolsillo interior de la chaqueta y tiró sobre la mesilla varios billetes de cien. —¿Será suficiente?

—Sí, claro, gracias.

—No me des las gracias, esto es un negocio.

—Vale.

—Por cierto, si estás de humor lee algo de Kandisnsky, la mujer de Patrick Farrell es una loca del arte y es su pintor favorito.

—Empezaré hoy mismo.

—Perfecto. Que me llame Jason en cuanto te vea, para saber más o menos cuando puedes empezar.

—Te llamaré yo.

—Como quieras.

Sonrió mientras él cerraba la puerta y entró su hermana a toda prisa. —¿Qué te ha dicho? —susurró acercándose.

—No te lo vas a creer.

—Yo ya me lo creo todo.

Se lo contó en susurros y rápidamente. Su hermana sonrió encantada. —Este no sabe dónde se mete. Vas a enamorarle hasta las trancas.

—¿Eso crees?

—Demasiado interés le veo yo. Ese ya está medio pillado. Podía proponérselo a otra, pero te va a esperar a ti. Y eso tiene que ser por algo.

No pudo evitar hacerse ilusiones, pero sabía de sobra que como no impresionara a sus amigos no tendría nada que hacer porque sería muy consciente de que eran de mundos distintos y perdería cualquier interés que pudiera tener ahora.

—Tienes que ir a la biblioteca, busca todo lo de Kandinsky y trae algo más de arte.

—Entendido.

—Pienso dejarle con la boca abierta.

Jason no tenía nada que envidiarle a Rob porque era guapo a rabiar, pero eso era algo que debían haberse imaginado cuando Betsy se presentó en su casa.

Menudos genes tenían en esa familia. A Melania se le caía la baba cada vez que se movía por la habitación.

Julieta le observó trabajar y pensó que igual era un poco mayor para su hermana.

¿Cuántos años tendría él? ¿Treinta y dos o por ahí?

Hizo una mueca, igual sí que era algo mayor.

—¿Te he hecho daño?

—No, qué va. Eres mucho más delicado que tu hermana.

—Ja, ja —dijo Betsy mirando su herida—. ¿Qué opinas?

—Habrá que ser muy cuidadoso. Pondremos unos apósitos sobre la zona que absorban cualquier suciedad o humedad. —Se incorporó y se quitó los guantes. —Y voy a cambiarle la medicación, la zona está muy inflamada.

Julieta suspiró del alivio cuando Betsy la cubrió y cerró los ojos deseando dormir, pero escuchó —¿Qué tenemos aquí?

Abrió los ojos mientras él intentaba coger el antebrazo de su hermana. —Déjame verlo.

—No, si ya…

—Mel, deja que lo vea, igual se le ocurre algo.

Su hermana avergonzada le mostró las manos.

—Joder, tienen que dolerte muchísimo. —Con cuidado las giró. —¿Eres alérgica a algo?

—No, me han hecho todas las pruebas.

—Los médicos no encuentran una razón para que le ocurra eso. Ha tenido que dejar de trabajar.

—Es lógico —dijo él sin dejar de observarla—. Supongo que te han tratado con corticoides.

—Sí, sin resultado.

—Su médico dice que debemos regenerar la piel cuanto antes y ha propuesto un tratamiento a base de queratina. Si no funciona, probaríamos con injertos.

—Joder… —dijo entre dientes—. No estoy de acuerdo.

Julieta se incorporó lo que pudo. —¿Por qué?

—Poner queratina en esas manos llenas de llagas será una tortura.

La queratina estará caliente y un injerto no serviría de mucho cuando las llagas vuelvan a salir, hay que dar con la razón del problema para tratarlo, la piel crecerá de nuevo sola.

Betsy aplícale crema antibiótica. Voy a sacar unas fotos y a llamar a un par de colegas.

Melania se emocionó. —Gracias.

—No es nada. —Fue hasta su maletín y lo cogió para colgarse la correa al hombro. —¿Cuándo empezaron?

—Hace un año ya y va a más.

—Y en aquella época, ¿recuerdas si tuviste algún cambio brusco en tu vida, algo que te afectara?

Las hermanas se miraron. —La primera llaga le salió a los dos meses de empezar a trabajar en la pastelería —contestó Julieta.

—¿Estabas estresada?

—No, me gustaba el trabajo.

—¿Usabas algún producto de limpieza que no hubieras usado antes?

Melania pensó en ello. —No, creo que no. Lo de siempre.

Él asintió mirando sus manos y sus ojos fueron hasta sus muñecas. —¿Las de arriba te salieron después? Parece que ahí tienes menos cicatrices.

—Sí, son más recientes.

Jason se la quedó mirando. —Melania, ¿usas guantes?

—¿Guantes? Sí, claro. Ahora los uso… —Sorprendida miró a su hermana. —En la pastelería me los tenía que poner para pasar los pasteles a las bandejas. Antes nunca los usaba…

—Y ahora con las llagas te los pones a menudo, ¿no es cierto? —preguntó Betsy.

—Sí.

Jason sonrió. —¿Te hicieron la prueba del látex?

—No lo sé.

—La repetirás.

Melania se echó a llorar y Jason la abrazó. —Descubriremos la razón, sea el látex o no, te lo prometo.

—Gracias, gracias.

Julieta emocionada vio como la cogía por los hombros y la llevaba hacia el salón. —Ahora te voy a recetar algo para que te relajes.

—Ya tengo algo que…

—Pero no te lo tomas, ¿no?

Su hermana negó con la cabeza y dijo algo que no llegó a oír. Emocionada miró a Betsy y esta apretó los labios. —Todo saldrá bien.

—Gracias.

—No tienes que darlas, es un placer ayudaros.