Capítulo 2 #2
—Es la chica de la barra, ¿verdad?
Le miró sorprendida. —¿Cómo lo sabes?
—Puede que no tengáis el mismo cabello, pero el color de ojos indica que sois familia. —Julieta no se lo confirmó. —¿Ella te metió en esto?
—Se quedó sola con veintiún años y embarazada de siete meses cuando su novio de toda la vida se cayó de un andamio. Tenía un hijo y ningún derecho a una pensión de viudedad. Los padres de él no se hicieron cargo y mi tío tenía un cáncer terminal de pulmón.
—Joder…
—En cuanto murió su padre, se puso a trabajar y ahora vive en Manhattan en un ático y su hijo va a un colegio privado.
Para todos es relaciones públicas, pero se pasa el día de habitación en habitación.
—Levantó la barbilla. —Y no es fácil, pero por su hijo haría lo que fuera.
Lucha para que si a ella le pasa algo en el futuro, su hijo tenga algo más que una mano delante y otra detrás.
—¿Como os pasó a vosotras?
Sus ojos se entristecieron. —Exactamente. Mi madre murió atropellada cuando yo tenía quince años y acabamos en un orfanato. Me puse a trabajar en cuanto pude y en cuanto pude alquilar un piso me llevé a mi hermana conmigo. Ella trabajaba en una pastelería y yo limpiando donde podía.
—¿Y por qué necesitas el dinero? Si no has hecho antes lo que hace tu prima es porque salíais adelante, ¿qué ha pasado para que todo haya cambiado?
—Mi hermana lo necesita, punto.
El detuvo el coche ante una farmacia y se volvió para mirarla fijamente durante unos segundos que la incomodaron bastante. —¿Bajo contigo?
—No es necesario. —Cogió la hoja que se había caído al lado de su pierna y al levantarla el dorso de su mano rozó su pantorrilla.
Se le cortó el aliento porque nunca se hubiera imaginado que un simple roce pudiera estremecerla de arriba abajo, incluido su útero que parecía que quería mucho más.
Mira, eso lo tenía bien a pesar del golpe.
Sin aliento le vio salir del coche que rodeó por delante y Julieta separó los labios viéndole caminar hacia allí.
Qué hombre, no se podía ser más masculino.
Suspiró porque había perdido su oportunidad.
Miró a su alrededor y al ver la palanca de cambios frunció el ceño porque en el hueco donde se ponían las bebidas había un alfiler de oro que tenía una R y una M en medio.
Lo cogió elevándolo y el rabito de la R brilló mostrando un pequeño diamante.
Era muy bonito y tuvo la tentación de cogerlo, pero avergonzada de ese pensamiento lo dejó a toda prisa en su sitio.
Se mordió el labio inferior y miró hacia la ventanilla para verle salir con una bolsa de papel en la mano.
No era por el dinero, le hubiera gustado tener un recuerdo suyo.
No sabía por qué, pero algo en su interior se entristeció al pensar que después de esa noche no volvería a verle.
Bah, Julieta, déjate de tonterías, no podía ser, nunca podría ser.
Se detuvo ante su edificio de apartamentos. —Gracias por traerme —dijo algo incómoda porque desde que Rob había salido de la farmacia casi no había hablado.
—No te muevas —dijo muy serio antes de salir del coche.
Frunció el entrecejo viendo cómo se acercaba a su puerta y la abría. El portal se abrió y Melania corrió hacia el coche. —Julieta, ¿estás bien?
—Oh, por Dios, ¿qué haces aquí?
Rob la cogió en brazos y su hermana palideció. —Melania cierra la puerta —ordeno él antes de ir hacia el portal.
Su hermana hizo lo que le pedía sin rechistar y Julieta vio que hacía un gesto de dolor. —¿Te has hecho daño?
—No, estoy bien.
—Muéstrame la mano.
Su hermana caminando tras ellos la escondió tras la espalda, lo que indicaba que alguna de sus heridas se había abierto. —Te digo que estoy bien, pesada. Cuéntame qué te pasa a ti, ¿te has torcido un tobillo?
Rob miró las escaleras antes de levantar la vista al hueco que indicaba que había unos cuantos pisos. —Decirme que es el primero.
Ambas forzaron una sonrisa. —Es el sexto, pero si me dejas aquí…
La fulminó con la mirada y siseó —Soy un caballero.
—Eso se nota —dijo su hermana mirándole impresionada de arriba abajo. La miró a ella y abrió los ojos como platos antes de susurrar —¿Es cliente?
—Shusss.
Rob subía a buen ritmo, se notaba que hacía ejercicio. Aunque en el tercer piso empezó a respirar más agitado, la verdad, pero como un campeón siguió subiendo. —Joder, debéis tener los gemelos de Rocky Balboa.
Melania soltó una risita. —Pues sí.
Cuando llegaron arriba Julieta le indicó el piso. —Es ese.
—¿Solo dos pisos por planta? —preguntó llegando a la puerta—. Sois afortunadas.
—Somos pocos vecinos bien avenidos.
Melania empujó la puerta y él hizo una mueca. —Veo que confiáis en ellos.
—Son buena gente —dijo su hermana antes de jurar por lo bajo porque había dejado una mancha de sangre en la puerta y entró corriendo en la casa.
Rob miró a Julieta a los ojos y ella susurró —Por eso lo hago. He encontrado un médico que no se da por vencido y ha encontrado un tratamiento especial que le regenerará la piel de las manos.
—Entiendo. —Entró en la casa y miró a su alrededor.
El salón era grande con ventanas enormes.
Tenía un sofá de los sesenta azul de terciopelo que ellas mismas habían tapizado viendo cursos en internet.
Había una gran mesa de salón con cuatro sillas del mismo tapizado y una alfombra de colores intensos que contrastaba perfectamente.
Estaba impecablemente limpio, pero lo que él miró fueron los tapices de la pared. —Los hacía mi madre.
—Son hermosos.
—Le relajaba mucho hacerlos.
Melania apareció con un trapo en la mano. —¿Necesitas hielo para el tobillo?
Rob sonrió. —Ha llegado el momento de la verdad.
—Eso parece. Déjame en el sofá, por favor.
Lo hizo con sumo cuidado, pero ella gimió al sentarse. Su hermana dio un paso hacia ella. —¿Qué te pasa? ¿Es la espalda?
Julieta hizo una mueca. —No exactamente, me he hecho un corte.
—Vaya… ¿Dónde? Te lo han curado, ¿no?
—Sí, sí. —Y por lo bajo añadió —Más que curado.
Su hermana la miró sin comprender y entonces vio sus piernas que estaban amoratadas por el interior de los muslos. Se llevó la mano a la boca de la impresión y Julieta le hizo un gesto con la mano. —No es nada.