El amor que mereces Capítulo 2
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Capítulo 2

Tumbada en la camilla con las piernas en los estribos y una sábana verde por encima, se mordía el labio inferior mientras el médico trajinaba en esa parte tan delicada.

—Es un buen corte —dijo él mientras la enfermera asentía mirándola con pena. —Deberás tener mucho cuidado. —Su cabeza apareció de repente entre sus piernas. —No sé si sondarte para evitar infecciones, el corte ha llegado muy cerca de la uretra. Deberás llevar mucho cuidado al orinar.

—¿Sondarme?

—Un tubito para que mees en una bolsa, niña —dijo la enfermera con cara de pena.

—Ah, no —dijo vehemente.

—¿Seguro? —preguntó el médico.

Aquello sería lo que le faltaba. —Tendré cuidado.

—Lo dudo, pero lo entiendo. —Volvió a mirar bajo la sábana para seguir cosiendo.

—Nueve puntos. —Escuchó como tiraba algo en el cuenco metálico y Julieta se sobresaltó haciendo un gesto de dolor.

La mierda de medicación que le había puesto no había servido de mucho, aquello iba a doler horrores cuando se le fuera el efecto.

—Vas a tener la zona muy dolorida durante varios días, pero menos mal que no te has roto nada.

—Pero podré trabajar, ¿no?

Médico y enfermera hicieron una mueca.

—¡No fastidie, no puedo perder mi trabajo!

—Bueno, ha sido un accidente, tienes derecho…

—¡Sí, eso dígaselo a mi jefe! —Se sentó de golpe y le agarró por la pechera de la bata.

—¡Deme lo que sea, pero tengo que trabajar!

¡Usted drógueme hasta las cejas, que de lo demás me ocupo yo!

Soy dura, ¿sabe? ¡Perdí a mi madre cuando tenía quince años y mi hermana diez y con toda la mierda que tenía encima he conseguido salir adelante!

Usted deme drogas, que yo me encargo de limpiar las oficinas que haga falta.

El doctor apretó los labios. —Si te doy algo muy fuerte, te quedarás dormida en cualquier sitio.

Hostia, a aguantar el dolor. Gimió soltando su bata y se dejó caer de nuevo gimiendo de dolor por el gesto.

—Niña, tendrás que descansar —dijo la enfermera.

Hala, qué fácil, cómo se notaba que estaba a punto de jubilarse y vivir como una marquesa.

Frustrada, dolorida y asustada cerró los ojos con fuerza intentando reprimir las lágrimas, pero no pudo evitarlas y recorrieron sus sienes.

Ahora sí que la había hecho buena, Fred la echaría en cuanto se enterara.

Siempre decía que tenía cola para sustituirla para que así no protestara por los horarios o por la cantidad de trabajo que le asignaba.

Si no la había echado todavía, era porque le gustaba y esperaba la oportunidad de que en un descuido cayera en su cama.

Pero ahora que no podía trabajar, el muy cabrito la echaría por otra empleada más barata y más dispuesta a sus caprichos. ¿Por qué tenía que pasarle eso ahora?

—No llores —dijo la enfermera cogiendo una gasa y pasándosela por la mejilla de una manera tan tierna que la emocionó aún más—. Las cosas mejorarán, ya verás. Todo pasa por algo.

Abrió los ojos. —¿Eso cree?

—Muchas cosas buenas quedan por venir, estoy segura.

—Pues como no sea que me toque la lotería…

La mujer sonrió. —¿Juegas?

—Pues no, y ahora no puedo ni caminar para ir a comprar el boleto.

Rio por lo bajo. —Pues has tenido suerte. —Sacó un boleto del bolsillo de la bata y se lo tendió.

Parpadeó sin poder creérselo.

—Vamos, cógelo.

—No puedo…

—Claro que sí. Tengo la sensación de que a ti te tocará.

Alargó la mano y forzó una sonrisa. —Gracias, es muy amable. Si toca, lo repartimos.

—No, te habrá tocado a ti porque así debía ser. Si te toca, espero que lo disfrutes mucho.

—Gracias.

Le guiñó un ojo antes de coger el carrito de metal y apartarlo. —Ahora tendrás que esperar el informe del alta, ¿verdad doctor?

—Doti, ¿no tienes uno para mí?

—Se me han acabado por hoy. Quizás mañana —dijo antes de salir.

Asombrada miró al doctor. —¿Reparte muchos?

—Solo a los que le caen bien —dijo divertido—. Cree que algún día le tocará a alguno de sus pacientes y le cambiará la vida.

Sonrió. —Es muy amable.

—Sí que lo es, la echaremos de menos. En dos semanas se jubila y se dedicará a sus doce nietos.

—Doce…

El médico rio. —Sí, estará entretenida.

Julieta sonrió mientras él salía del box y la dejaba sola. Miró el boleto e hizo una mueca. Tocar no le tocaría, pero entendía lo que Doti quería decirle, nunca debía perder la esperanza.

En la silla de ruedas que empujaba el celador, llegó a las puertas que se abrieron a su paso. Bill la agarró del brazo para ayudarla a levantarse. —¿Te pido un taxi?

—¿Un taxi? —Gimió porque ni sabía dónde tenía el bolso, así que no tenía ni un centavo. —No gracias, vendrán a buscarme.

—Yo me encargo.

Se volvió y sorprendida se encontró con Rob. —¿Qué haces tú aquí?

Levantó su bolso y los zapatos en una bolsa de plástico transparente del hotel. —Los he recuperado. —Miró sus pies cubiertos por las zapatillas que le habían dado en el hospital. —He intentado entrar, pero no sabía tu apellido y en el bolso no había ningún carnet.

—Es Falkner. ¿Así que te has quedado esperando? Si han pasado seis horas. No tenías que hacerlo…

—No pasa nada. ¿Nos vamos?

Le miró sin entender. —Mira, no sé qué estás pensando, pero lo de ahí abajo no está para fiestas, ¿sabes?

Él apretó los labios intentando no reírse. —Me lo imagino. ¿Ha sido mucho?

Hizo una mueca. —Me he retirado antes de estrenarme. —Intentó dar un paso y gimió de dolor. —Hostia, hostia…

Rob la cogió del brazo. —Joder, ¿pero qué tienes?

—Nueve puntos y muy mala suerte. Ah, y un boleto de lotería. —Gimió dando otro paso. —Mi madre decía que el peor dolor del mundo era el del parto, pero ella no sintió esto.

Le agarró con fuerza del brazo. —Seguramente no volveré a verte nunca más después de esta noche —dijo con cara de loca—, pero si por un milagro seguimos teniendo trato y algún día me quedo preñada, recuérdame que jamás me rajen si me hacen una cesárea, prefiero sacarlo por la boca.

—Lo recordaré. —Se puso la bolsa colgando del brazo y la cogió en brazos como si no pesara nada.

—Gracias, gracias —dijo apoyando la cabeza en su hombro—. Esto es horrible.

Rob apretó los labios. —¿No te han medicado?

—Sí. —Levantó la hoja doblada poniéndosela ante sus ojos. —Unas cuantas pastillas cada seis horas. ¿Me llevas a la farmacia?

—Joder…

—Lo siento, si no te viene bien puedes dejarme aquí.

—Julieta no digas tonterías. Lo que me molesta es que ni te han dado la medicación. —Llegó hasta su coche y la puerta se elevó.

—¿Se abre sola? —preguntó asombrada mientras la sentaba en el asiento del pasajero.

—He pasado el pie por debajo del sensor y como tengo la llave en el bolsillo se ha abierto.

—Hala… Ay, ay…

—Joder —dijo él antes de soltarla.

—Sí, estoy hecha un cromo. —Se agarró en el asiento para no presionar demasiado la herida mientras él cerraba la puerta. Antes de darse cuenta le tenía sentado a su lado. Qué bien olía.

—¿Dónde vives?

Forzó una sonrisa. —En Brooklyn.

Sin mover el gesto pulsó un botón y el coche se encendió. —¿Estás cómoda?

—Sí, claro —respondió pálida porque el asiento era tan bajo que la posición le presionaba la herida del todo.

Rob apretó los labios antes de que ella dijera —Eres muy amable.

—No es nada.

—Siento haberte metido en este marrón y prometo que no volveré a tu hotel.

La miró asombrado. —¿No pensarás seguir con esto?

—No, claro que no —dijo sonrojándose.

—¿Me estás mintiendo?

Bufó exasperada. —Oye, seguramente mañana estaré sin trabajo, así que no me quedará otra. —Miró por la ventanilla. —Solo espero que mi chichi no quede horrible y me espante a los clientes.

Carraspeó y la miró de reojo. —No te quedará horrible.

Sorbió por la nariz. —Mi hermana va a flipar. —Jadeó llevándose la mano al pecho porque había retrasado la llamada hasta saber lo que tenía y después se le había olvidado llamarla con tanto trajín ahí abajo. Miró hacia él. —¿Y mi móvil?

—Está roto, lo tienes en el bolso.

—Debe estar de los nervios —dijo preocupada—. Ya estaba de los nervios antes de que saliera de casa.

Él pulsó el botón de la pantalla que tenían delante y salió un teclado. —Llámala.

Separó los labios sorprendida por el sistema y pulsó el número de móvil de su hermana que se lo cogió al primer tono. —¿Diga? —preguntó asustada.

—Soy yo.

—¿Pero por qué no me has llamado antes? —gritó al teléfono.

—Ya te contaré, Melania.

—¿Qué ha ocurrido?

—Tuve un pequeño accidente a la salida del hotel —dijo sin darle importancia—. Pero estoy bien —añadió a toda prisa.

—¿Un accidente?

—Nada, ni se nota.

Rob levantó una ceja y ella le hizo un gesto para que no dijera ni pío. —Tengo que pasar por la farmacia y ya voy para allá, me lleva un hombre muy majo que he conocido.

—¿Un desconocido? —gritó como si fuera una loca—. ¿Este es su número? ¡Pues dile que le tengo fichado y que como te haga algo le pillarán!

Sonrió por lo protectora que era. —Se lo diré, no te preocupes.

—¡Y que te traiga a casa cuanto antes, porque como se haga el remolón llamo al ejército! —Su hermana sollozó. —He pasado mucho miedo.

Miró de reojo a Rob, que apretó el volante antes de mirarla. —Todo ha ido bien.

—¿Lo hiciste?

—Melania, hablamos cuando lleguemos a casa.

—¿Lo hiciste? Dime que no, me moriría del arrepentimiento.

Suspiró. —Tú no tienes que arrepentirte de nada.

—Pero es por mi culpa y…

—Eh, ya lo hemos hablado, cielo. Y lo seguiremos hablando en casa, ¿vale? Ahora tómate una pastilla para dormir de esas que te recetó el médico hace unos años. ¿Las recuerdas? Estarán en el baño y cuando llegue…

—Estarán caducadas.

Puede que tuviera razón. —Pues tómate una tila.

—No hay.

—Un vaso de leche caliente.

—La he acabado.

—Cielo, llego enseguida.

—Vale —dijo antes de colgar.

Suspiró y Rob la miró. —¿Cuántos años tiene?

—Cumple veinte el mes que viene.

Él asintió. —¿Te encargas de ella?

—Nos ocupamos la una de la otra. —Miró hacia la calle ahora desierta.

—¿Estáis solas? Se nota que le aterra perderte.

—Tengo una prima por parte de padre, pero siempre está muy ocupada y casi ni nos vemos. Aunque si la necesito siempre está ahí para nosotras. —Sonrió con tristeza. —Es la mejor.