El amor que mereces Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

John sonrió. —Es evidente que es una joya y yo tengo muy buen ojo. Igual que tú. Cuídala porque la próxima vez no tendré piedad.

—Lo tendré en cuenta.

—Déjeles la botella de champán —dijo al camarero que llegaba en ese momento.

Se alejó hacia otra mujer preciosa que estaba sentada sola y Julieta se sonrojó con fuerza mirando de reojo a su nuevo acompañante. Gimió por dentro, ¿y ahora qué hacía?

—Nunca te he visto por aquí.

Todavía no podía creerse que estuviera sentada a su lado y balbuceó —No, si yo nunca…

—¿Es la primera vez que te alojas en el hotel?

—No me alojo aquí, había quedado con una amiga. —¿Por qué había dicho eso? Forzó una sonrisa —Pero se ha ido a…

—La barra, ya lo he visto.

—Sí. —Apretó los labios. —Me llamo Julieta.

—Un nombre precioso. Yo soy Rob McDugal.

—¿Trabajas con ese John? ¿Por eso te conoce?

—Es cliente asiduo del hotel.

—Ah, trabajas aquí.

—Tengo varios negocios.

Forzó una sonrisa. —Claro, y quedas aquí con los clientes.

—Sí, muchas veces —dijo sin quitarle ojo.

Nerviosa miró hacia la barra donde su prima y el camarero negaron con la cabeza vehementemente.

Les miró sin entender y su prima puso los ojos en blanco levantando las manos como si no pudiera con ella.

De repente su prima sacó el móvil del bolso y empezó a teclear a toda prisa.

¿Pero qué hacía? Le había dicho que no cogiera el móvil cuando estaba con un cliente.

Y menudo cliente. Sus ojos coincidieron y él dejó la copa sobre la mesa.

—No hablas mucho, ¿verdad?

Se puso como un tomate. —Lo siento, esto me ha tomado por sorpresa.

Él sonrió de medio lado. —¿Esto?

—Que te acerques a la mesa, no me lo esperaba.

—Yo tampoco esperaba conocer a una mujer tan preciosa como tú.

¡Ay, que este quería tema por cómo la miraba! —¿Te parezco preciosa?

—Mucho.

Venga, vamos allá. A la una, a las dos… —Trescientos la hora —dijo atropelladamente—. Si quieres toda la noche… —La cara de sorpresa de Rob hizo que fuera perdiendo la voz poco a poco. —Mil.

La sorpresa dio paso a la furia y de pronto vio como su prima salía de allí pitando del brazo de su cliente.

—¿Qué has dicho? —preguntó él fríamente.

Como un tomate susurró —No, nada.

Se acercó aún más y preguntó entre dientes —¿Eres una puta?

Gimió por dentro. —Casi.

—Acabo de decir a uno de los empresarios más ricos de América que eras mi novia, joder —dijo entre dientes.

Sin saber dónde meterse de la vergüenza susurró —Yo no te lo pedí. Además, todavía…

—¿Todavía qué?

—Que eres mi primer cliente.

—Yo no soy nada, ¿me entiendes?

—Ah, que tú no…

—¿Tengo pinta de pagar por sexo?

Sudando y todo susurró —Ya me parecía a mí. Pero como crees que soy guapa…

—Mujeres guapas las tengo a puñados, joder.

—Bueno, eso ha sonado algo engreído, pero si quieres lo hablamos en la habitación. La pagarías tú, claro. —Gimió porque ya ni sabía lo que decía.

—Me cago en la hostia, fuera de mi hotel —siseó.

Se quedó de piedra. —¿Tu hotel?

—Y no vuelvas por aquí, ¿me has oído? —Le hizo un gesto al camarero que pálido se acercó a toda prisa.

—No montes un numerito —dijo muerta de la vergüenza—. Tampoco es para tanto.

—Que no es…

—¿Sabes que estaría dando un servicio extra que algunos agradecen? —Hizo un gesto señalando a John. —No te hagas el tonto, muchos esperan eso, ya sabes. Una canita al aire…

—Una canita al aire.

—¿Quería algo, señor McDugal? —preguntó el camarero.

—La próxima vez que veas a esta mujer aquí, llama a seguridad.

—Sí, señor McDugal.

Muerta de la vergüenza cogió su bolso de mano. —Vale, me largo.

—Suerte tienes de que no llame a la policía.

De lo nerviosa que estaba se le cayó el bolso y salió disparado el móvil, un montón de condones y su barra de labios.

Se agachó para coger el bolso roja como un tomate, pero el móvil se le había caído bajo la silla de Rob, así que se puso de rodillas haciendo que todos le miraran el culo mientras Julieta estiraba la mano para cogerlo a toda prisa.

Al levantar la cabeza él la miró como si fuera la puta más puta del universo.

Qué pena, porque era para comérselo entero.

Perfecto para estrenarse en el mundillo.

—¿Ni doscientos? Te hago una rebajilla por novata.

—Largo.

—Tú te lo pierdes. —Se levantó y dando saltitos sobre sus tacones de quince centímetros salió de allí cagando leches.

Menuda mala baba tenía el tío. Cuando llegó a la acera suspiró de gusto.

Casi se había visto en chirona. Le costó recuperar el aliento y gimió porque el zapato derecho le estaba haciendo una buena herida encima del talón.

—Mierda. ¿Y ahora qué haces? —Angustiada miró a un lado y a otro.

¿Iba a otro hotel? La verdad es que la experiencia había sido como para repetir.

Le sonó el teléfono y lo sacó del bolso a toda prisa. —¿Sí?

—Eres un desastre —dijo su prima—. ¿De todos los hombres que había allí tenías que elegir al dueño del hotel?

—No llevaba un letrero en la frente diciendo que estaba vetado. ¡Además, vino él!

—Eres una negada.

—Muchas gracias, hermosa. —Frunció el ceño. —¿Estás con el cliente?

—Claro, estoy en el baño.

—¿Me dices el nombre de otro hotel al que pueda ir?

—Tú no vales para esto.

Jadeó. —Si me ha ido muy bien.

—Le mirabas como si estuvieras enamorada, Julieta.

Se puso como un tomate. —Es que es un cañón.

—¡Es un cliente! ¿Te hubieras acostado con el primero que se te acercó?

—Argg —dijo con cara de asco.

—¿Ves? Pues paga muy bien.

Se pasó la mano por la frente. —Hoy te admiro mucho más, te lo aseguro. Que hagas esto por Ben...

Carrie suspiró. —Por mi hijo haría lo que fuera y si depende de mí siempre tendrá lo mejor. Vete a casa, Julieta, yo os daré el dinero.

—No, no puedo permitirlo ya nos has ayudado mucho. Puedo hacerlo —dijo decidida. Cojeando se alejó en dirección a Central Park. —Me meteré en otro hotel y empezaré de nuevo, alguno caerá.

—Envíame un mensaje cuando termines.

—Hecho. —Colgó y caminó hasta el siguiente hotel. Sería por hoteles, en Manhattan los había a puñados.

Un coche frenó a su lado y miró hacia allí distraída para ver a Rob en un Lamborghini gris. —Sube.

Sorprendida miró tras ella, pero no había nadie. Sí, que se lo decía a ella. Parpadeó acercándose cojeando. —¿Me dices a mí?

—¿Quieres subir de una vez?

—¡Me has echado! ¡Y amenazado! No debería darte ni la hora, pero me matan los pies, así que…

—Rodeó el coche bajando a la calzada y cuando intentó abrir la puerta nada.

—¿Cómo leche…? —La puerta se elevó y ella sin darse cuenta dio un paso atrás de la sorpresa.

La bici se la llevó por delante y Rob con la boca abierta vio como ella y el repartidor de pizza se la pegaban contra la parte trasera de un taxi.

—Hostia. —Rob salió del coche a toda prisa. —¡Julieta!

—Ay… ¡Ay mamita, que me ha matao! —gritó tirada sobre el portaequipajes del coche con las piernas abiertas, el repartidor entre ellas y el manillar en medio. Rob llegó a su lado y ella le agarró por la corbata—. ¡Llama a un médico que me ha reventado la herramienta de trabajo!

—¿Está bien? —preguntó el repartidor.

—¡Aparta, joder! —gritó Rob.

El chico se apartó y Julieta se agarró al manillar con fuerza. —Con cuidado.

El taxista gritó algo en otro idioma y en ese momento llegó la policía. Toda la calle la estaba mirando y algunos grabando con el móvil. —¡Ay, madre, que voy a ser trending topic! ¡Rob haz algo!

—Estás sangrando.

Palideció. —¿Qué?

Rob se volvió hacia el policía que dijo —Pediré una ambulancia.

Blanca como la nieve preguntó —¿Sangro mucho?

—No te muevas.

—¡Cómo no voy a moverme, me están grabando así! —Empujó la bicicleta y chilló de dolor porque en un labio inferior notó como si le arrancaran la piel, pero consiguió cerrar las piernas. Todos vieron la sangre en la barra que iba hacia la rueda y la luz rota que había quedado colgando por el cable.

—Se ha clavado el enganche —dijo el repartidor—. Joder, está para tirar.  ¿Es que no sabe mirar, señorita?

—¡Oye, como no te calles te voy a meter la mierda de bicicleta que te queda por el culo, mamón!

—De pronto se echó a llorar. —¡Esto duele mucho!

—Al ver la sangre que caía por sus piernas gritó —¡Qué me desangro!

¿Dónde está la ambulancia? —Confundida se dio cuenta de que sus pies estaban desnudos y miró a su alrededor. —He perdido los zapatos, Rob.

—Eso es lo de menos. —La cogió en brazos y la bajó del portaequipajes. En ese momento llegaba la ambulancia y se colocó a su lado.

—Son de mi prima. —Antes de darse cuenta estaba tumbada en la camilla con un montón de gente a su alrededor. Abrumada susurró a la chica que tenía al lado —Me han dado un golpe tremendo ahí abajo.

—Tranquila, todo irá bien.

—¿Y Rob?

—¿Rob es tu novio?

—No, es un cliente.

—Te llevamos al Presbyterian, seguro que nos sigue.

No, no lo creía. Ahora lo de ahí abajo no le serviría de mucho. Bufó dejando caer la cabeza sobre la camilla y gimió porque debía tener un chichón. Menudo desastre. Igual su prima tenía razón y no valía para la profesión más antigua del mundo. Era una profesión de riesgo.