El amor que mereces Capítulo 1
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El amor que mereces

El amor que mereces

Por Sophie Saint Rose

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Capítulo 1

Índice

Epílogo

Julieta se miró al espejo de cuerpo entero de la habitación de su hermana para asegurarse de que su vestido negro tenía clase y que no desentonaba en un hotel de lujo.

Se ajustó uno de sus finos tirantes y comprobó que su maquillaje fuera discreto.

Su cabello rubio platino estaba recién cortado a la altura de la barbilla y parecía muy chic.

Se miró a los ojos, no mostraban lo asustada que estaba.

Su color azul estaba más oscuro y puede que por sus ganas de llorar parecieran más brillantes.

—¿Estás segura de esto? —preguntó Melania sentada en la cama observándola.

Se volvió. —¿Acaso tienes otra solución?

—Sabes que no.

—Pues no hablemos más de esto. Carrie dice que será fácil.

Melania apartó la mirada. —Todo esto es culpa mía.

Apretó los labios y se acercó a ella sentándose a su lado. —No es culpa tuya. —Acarició su espalda. —Ha ocurrido así y ya está, no le demos más vueltas. Conseguiré el dinero para tu tratamiento y se habrá acabado.

Melania se miró las manos llenas de llagas.

Lo habían probado todo, pero el tratamiento que necesitaba era muy caro y su mierda de seguro médico no se lo cubría.

El dermatólogo les había dicho que iría a más si no se trataba en condiciones, pues ya estaba llegando a las muñecas.

Su hermana ya no podía hacer nada porque la piel de sus manos se rompía y empezaban a sangrar.

Había tenido que dejar el trabajo en la pastelería del barrio, porque los clientes no querían ver a alguien así sirviéndoles lo que se iban a comer.

Estaban en las últimas, ya no tenían ahorros porque su médico privado era muy caro y la situación estaba empeorando rápidamente. —Sabes que no hay otra opción.

—¿Y si vendemos la tele?

Suspiró levantándose. —¿Esa antigualla cuando ahora todo el mundo quiere una Smart tv? Nos darían una mierda y encima nos quedaríamos sin ver el final de la serie de los sábados.

Melania sonrió. —Ya la he visto por internet.

—Otro lujo que tendremos que dejar como las cosas sigan así. —Salió de la habitación para coger el bolsito de mano negro que le había dejado una vecina. —Y no voy a permitirlo.

Su hermana la siguió hasta el salón. —Envíame un mensaje de vez en cuando para saber que todo va bien.

Le mostró el móvil antes de meterlo en el bolso y fue hasta la puerta. —Te quiero.

—Y yo a ti.

Julieta sonrió antes de salir de su piso.

Fue hasta las escaleras sintiéndose aterrada.

Jamás se imaginó que se encontraría en esa situación.

Recordó el día en que su hermana le mostró la primera herida, era pequeña y estaba situada en el monte de venus.

La ayudó a ponerse la tirita pensando que no era nada y ahora…

Ahora tenía que solucionarlo. Apretó los labios bajando los escalones.

Su teléfono sonó y lo sacó a toda prisa.

Se lo puso al oído. —Creía que estabas trabajando.

—He terminado pronto. ¿Quieres que te acompañe?

Suspiró del alivio. —¿Lo harías?

—Claro que sí, no te preocupes, prima. Yo te ayudaré en todo lo que pueda. ¿Nos vemos allí en veinte minutos?

—Dame media hora, es hora punta, el metro estará hasta arriba.

—Media hora, perfecto.

Subió los tres escalones de mármol del hotel Princess.

Sus sandalias hicieron un ruido con cada paso que no olvidaría en la vida y entró en el hall del hotel sintiendo que le temblaban las piernas.

Su prima Carrie se giró mostrando un traje de chaqueta y pantalón en verde que resaltaba su cabello rojizo.

Al volverse vio que debajo de la chaqueta no llevaba nada, pero el corte era tan impecable que solo se le veía el canalillo.

Parecía una de esas ejecutivas que trabajaban en moda.

Carrie se acercó a ella sonriendo. —Estás preciosa, ese corte de pelo te sienta de maravilla.

—Me ha costado una pasta, ya puede quedarme bien.

—Maribelle es cara, pero tiene unas manos mágicas. —Cogió su mano. —Vamos, están a punto de llegar.

—¿Quiénes?

—Enseguida verás a quienes me refiero.  —Entraron en el bar y se sentaron en una mesa apartada. —Siéntate siempre mirando hacia la puerta. Que te vea todo el que entre.

—Entendido.

—Sonríe cuando se acerquen, sea el que sea. Primero le sigues un poco la corriente, dejas que crea que te liga y después de unos minutos le dejas claro que tiene que pagar. ¿Qué le vas a decir?

—Mil la noche, doscientos la hora.

—Exacto. Y nada de cosas raras. Si quieren golpes los das tú.

Sintió que se mareaba y todo. —Dios mío…

—Él paga la habitación y el pago por adelantado, siempre. Si luego intenta quitarte el dinero, amenaza con gritar. No querrá líos y más en un hotel con clase. —El camarero se acercó y les dejó dos copas de champán. —Gracias, Larry.

—¿Es nueva?

—¿Se nota?

—Bastante, está hecha un flan.

—Enseguida se soltará. ¿Hay buen material?

—Un congreso de médicos.

—Estupendo, dispuestos a divertirse. —Le tendió a Larry un billete de cien dólares. —¿Habrá problemas?

—En absoluto, disfrutad de la noche.

Cuando se alejó, su prima se volvió hacia ella. —De vez en cuando dale una buena propina al camarero de turno. De esos cien, después de pagar las copas se quedará con treinta, tenlo en cuenta a la hora de dar la propina.

—De acuerdo. —Cogió su copa de champán y le dio un buen sorbo.

—Controla el alcohol, algunos quieren que bebas algo para no beber solos. Es importante que se sientan a gusto. ¿Te has comprado el móvil solo para el trabajo?

—Sí.

—Pues jamás te pongas a chatear con él mientras estás con un cliente, consideran que han perdido tu atención y recuerda que quieren sentirse el centro del universo.

Para eso pagan. Has de darles tu número por si vuelven a la ciudad.

Si han disfrutado de su estancia —dijo con ironía—, algunos están tan dispuestos a repetir que hasta se inventan congresos y cosas así.

Es su canita al aire en su vida perfecta.

—¿Tienes muchos así?

—Ahora casi todos son así. Tengo tanto trabajo que apenas tengo que venir por los hoteles, ya me llaman directamente. —Entró un hombre de traje que miró hacia ellas. Carrie sonrió y el hombre le guiñó un ojo yendo hacia la barra. —Me ha salido un buen trabajo. Usa condón.

La miró sorprendida. —¿Me vas a dejar?

—Cielo, te he visto atraer a los hombres desde los catorce años.

No es tan distinto a ligar. —Un grupo de hombres entró en el bar.

—Mira, ahí llegan los primeros. Trajes de diez mil dólares, esos no son médicos, son empresarios.

Trescientos la hora y no dejes que regateen, cuanta más pasta más rácanos.

Llámame mañana, este me va a durar toda la noche.

—Le lanzó un beso con la mano y se alejó caminando hacia su presa.

—Madre mía… —dijo nerviosísima antes de beber el resto del contenido de su copa.

Miró hacia los empresarios que fueron hacia una mesa redonda lo bastante grande para que se sentaran los siete.

Uno de ellos se sentó mirando en su dirección y sus ojos coincidieron.

Impresionada pensó que tenía unos ojos grises increíbles.

Nerviosa apartó la vista y cuando lo hizo juró por lo bajo porque la timidez no iba bien en ese negocio.

Estaba tan nerviosa que iba a vomitar, el champán no había sido buena idea.

¿Cómo se le había ocurrido? Apretó las manos hasta clavarse las uñas y miró hacia su prima que levantó la barbilla para que ella hiciera lo mismo.

Enderezó la espalda haciendo lo que le decía y puso el codo sobre la mesa con tanta fuerza que la movió, lo que hizo que las copas cayeran derramando el champán de su prima sobre la mesa.

Se levantó tan rápido como pudo mientras el líquido recorría la superficie de cristal. —Mierda.

El camarero se acercó a toda prisa para limpiar la mesa.

—Lo siento, de verdad.

—Relájate —dijo por lo bajo—. Y no llames la atención, se ha fijado en ti.

—¿Quién?

—Le traeré otra copa de champán, señorita —dijo bien alto.

Miró a su prima, que puso los ojos en blanco como si fuera un desastre.

Sintiéndose muy incómoda se sentó de nuevo y miró hacia el grupo.

El moreno de los ojos grises que estaba como un tren bebía de su vaso de whisky sin quitarle ojo.

Madre mía, si se llegaba a acercar en algún momento, ¿cómo le iba a pedir a ese hombre trescientos la hora?

Con el tiempo que llevaba sin un hombre le estaría haciendo él un favor a ella.

Su prima lo veía muy fácil, pero ella no había ligado en la vida, eran los hombres los que siempre le hacían la rosca para conseguir una cita.

Se mordió el labio inferior. El camarero se acercó y le puso una copa intacta.

—Olvídate de los de esa mesa —dijo por lo bajo.

—¿Por qué?

—¿Una copa? Eso no puede ser, esta preciosidad merece mucho más. Tráigale a la señorita la botella.

Ambos se volvieron hacia uno hombre de traje de unos sesenta años, que llevaba una copa de coñac en la mano.

—Oh, no es necesario.

El hombre perdió la sonrisa. —Insisto. ¿O espera a alguien?

—No, bueno sí, pero…

—Me lo imaginaba —dijo con seguridad sentándose a su lado—. La mejor que tenga.

—Enseguida, señor Curtis.

Julieta le miró de reojo y sin darse cuenta se tensó por lo mayor que era. —Al parecer el camarero le conoce.

—Siempre me hospedo aquí cuando vengo a la ciudad. —Pasó su brazo por encima de su silla.

—Ajá… —Miró de reojo hacia el grupo y el moreno se estaba levantando de la mesa. No, no, ya se iba, no podía tener peor suerte.

Se acercó a ellos abrochándose la chaqueta del traje con una masculinidad que la dejó sin aliento. De repente él sonrió provocándole un vuelco al corazón. —Preciosa, no puedo dejarte sola ni unos minutos.

El hombre sentado a su lado sorprendido apartó el brazo. —¿Os conocéis?

—John, mi novia me estaba esperando —dijo sin perder la sonrisa.

—Joder, Rob, no lo sabía. —Se levantó. —Lo siento.

—Menos mal que he llegado a tiempo antes de que este gran hombre te conquistara. —Se sentó a su lado.