Easton Davis me (odia) quiere Epílogo
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Epílogo

Parte I – Mia

La guardia ha sido larga e intensa y estoy más que agotada. Me siento en el sofá con una taza de té entre las manos y espero, no a que se acabe el turno, sino a él.

Easton entra con el uniforme arrugado, el pelo revuelto y esa expresión de agotamiento que le conozco bien. Me mira. No sonríe. Pero tampoco frunce el ceño. Se acerca despacio, como si no quisiera romper el momento.

—Hola, princesa. ¿Cómo ha ido el turno? —pregunta mientras se acerca al sofá, deposita un beso en mi coronilla, se desploma a mi lado, deja caer la cabeza en el respaldo y se tapa los ojos con el antebrazo.

—Bien —respondo, tras un suspiro—. Me ha ido de maravilla para dejar de pensar.

Se destapa los ojos y me mira de reojo, sin moverse.

—¿En qué no querías pensar?

—Mi padre insiste una y otra vez en que tengo que denunciar a Joe. Han pasado… ¿cuánto? ¿Tres semanas o cuatro desde que pasó todo? Y ni un solo día me ha dejado tranquila con el tema.

Easton se incorpora un poco y apoya los codos en sus rodillas. Su expresión cambia, ahora a una mucho más atenta a lo que le estoy contando.

—¿No has cambiado de opinión?

—No. No quiero hacer de esto un espectáculo.

No quiero volver a revivirlo en un juicio, ni ver mi nombre en ningún informe.

Además… Joe —hago una pausa—. Joseph, mejor dicho, ha accedido a tratarse.

Mañana ingresa en un psiquiátrico. Creo que es lo que necesita.

Suficiente ha tenido ya con el despido y todo el embrollo empresarial que se ha montado por su culpa.

Easton asiente, despacio, sin embargo veo que tensa la mandíbula.

—Lo que decidas me parecerá bien. Aunque me gustaría ver sufrir a ese cabrón.

—Easton… —susurro—. Está mal. No es el villano de la historia. Es alguien enfermo. No lo justifico, pero tampoco quiero venganza. Solo quiero pasar página.

Me mira y asiente. Y como en estos últimos días, veo algo en su mirada que no me dice.

—Suéltalo ya, Easton. Llevas muchos días mirándome así.

Suspira y niega con la cabeza.

—Si te llega a pasar algo… Si llego a quedarme sin ti…

No termina la frase. No hace falta. El nudo en mi garganta se aprieta y me obligo a tragarlo.

—No pasó —le digo con suavidad—. Estoy aquí. —Me acerco un poco a él y le meso el pelo revuelto.

—Pero podría haber pasado. Y eso me mata.

—¿Sabes qué es otra cosa positiva de esta guardia?

—pregunto en un intento de cambiar de tema—.

Que, por primera vez, no he tenido que fingir que estoy bien.

Que no he tenido que demostrar nada. ¡Porque realmente lo estoy!

Ya no tengo el miedo en el cuerpo, ni por Joe ni porque mi padre quiera que vuelva a casa. Es como estar flotando.

Él asiente, despacio con una sonrisa que no le llega a los ojos.

—¿Sabes lo que me asusta a mí?

Niego con el ceño fruncido; no sé por dónde me va a salir.

—A mí me asusta que te hayas acostumbrado tan rápido —dice—. Que hayas encajado el suceso sin más. Como si hubieran pasado años de tu intento de secuestro y como si no hubieras pasado años encerrada en tu mansión.

Me echo hacia atrás, porque no tengo claro que me guste lo que me está diciendo.

—¿Y eso te molesta?

—Me desconcierta. Me hace cuestionarme todo lo que pensaba de ti.

—¿Lo que pensabas?

—Sí, que eras frágil. Consentida. Que te habían dado todo sin que tuvieras que luchar por nada. Que eras la razón por la que mi madre no estaba en casa. —Hace una pausa—. Y, por eso, no podía soportarte.

Sus palabras no me duelen. No ahora. Porque ya no son un ataque. Son una confesión. Entonces, sonrío agradecida.

—¿Y ahora? —le pregunto con un burbujeo creciente en el estómago.

Me mira. De verdad. Como si me viera por primera vez.

—Ahora sé que estabas tan sola como yo.

Me arde la garganta. No por tristeza, sino por alivio.

—No quería que me cuidaras, Easton. Solo quería que me vieras —susurro, porque no me sale la voz de la emoción contenida.

—Y yo no quería verte —responde, con una sonrisa triste—. Porque si te veía, si te conocía de verdad, ya no podría odiarte. Y odiarte era más fácil que aceptar que me importabas. Desde siempre.

Nos quedamos en silencio y entrelazamos las manos, que apretamos con fuerza.

—¿Y ahora qué? —presiono un poco más.

Él se incorpora, se acerca un poco. No demasiado. Lo justo para que nuestras rodillas se rocen.

—Ahora te veo. Y no pienso apartar la mirada.

—¿Te acuerdas de la primera vez que nos vimos de nuevo? —pregunto, sin pensarlo demasiado.

—¿En la mansión?

—En el jardín. Cuando me salvaste por primera vez de Joe y ni me dijiste quién eras.

—No fue mi mejor momento, ¿verdad? —se lamenta con una mueca graciosa.

—No. Pero fue el principio.

Asiente. Se queda en silencio un momento. Luego, se inclina hacia atrás, apoya la cabeza en el respaldo del sofá y cierra los ojos.

—¿Sabes qué es lo peor? —dice, sin abrirlos—. Que no me arrepiento.

—¿De haberme ninguneado?

—De haber empezado así. Porque si no, no estaríamos aquí.

Lo miro. Su perfil está relajado. La mandíbula menos tensa. El ceño sin arrugas.

—¿Y dónde estamos, Easton?

Abre los ojos. Me mira. Y ahí está. Esa forma suya de mirarme que no es nueva, pero que todavía me desarma. Como si me viera por dentro. Como si no le diera miedo lo que encuentra.

—Estamos donde queríamos estar. —Vuelve a acercarse a mí y me coge de la nuca—. Donde están dos personas que se eligen, incluso cuando no saben cómo hacerlo. Cuando se hieren, se alejan y se buscan. Cuando se quedan a pesar de todo.

Se me aguan los ojos porque lo que me está diciendo me llena el pecho de amor. Sí, de amor, por muy cursi que pueda parecer. Es como si el corazón me fuera a explotar y los pulmones no pudieran recibir más oxígeno.

—¿Te quieres quedar? —pregunta al ver que no digo nada.

—¿Aquí? —Estoy tan en las nubes en este momento que ya he perdido el hilo de lo que me dice

—En mi vida —aclara, con una delicadeza que me eriza la piel.

Asiento. Sin dudas, sin temor, sin vergüenza.

Y ya no hacen falta más palabras que nuestros labios bailando de nuevo al mismo compás.