Capítulo 41 A las dos
Easton
Son las dos de la madrugada y el apartamento está en silencio.
Mia duerme. Me aseguro de ello antes de levantarme, me centro en su respiración acompasada desde mi lado de la cama hasta que tengo la certeza de que está dormida de verdad, no ese duermevela ligero e inquieto que ha tenido estos últimos días.
Entonces salgo de la cama despacio, cojo el móvil de la mesita y me dirijo al salón sin hacer ruido.
Me siento en el sillón y ni me molesto en encender la luz. La oscuridad me da esa especie de «arrope» que necesito para mantener esta conversación a la que llevo días dándole vueltas.
Han pasado cuatro días desde el suceso de la cabaña, cuatro días de declaraciones, de preguntas, de la llegada del padre de Mia, de papeleos y de ese runrún constante de gente entrando y saliendo del apartamento. Cuatro días en que no he tenido ni un segundo para estar solo con lo que siento.
Y ahora que ya he ordenado mi cabeza, mi corazón y el miedo en el pecho se ha disipado, ahora, puedo respirar con normalidad y tener la conversación que necesito.
Desbloqueo el móvil, busco su contacto y la llamo. Es una locura, porque seguramente la despierte con las horas que son, pero lo hago igualmente.
Da dos tonos. Tres. Y entonces descuelga con la voz rasposa.
—Easton —saluda algo preocupada.
—Hola, mamá.
—¿Va todo bien?
—Sí, no te preocupes, todo está bien. Mia también está bien. —Hago una pausa—. Perdona por llamarte a estas horas y asustarte.
—No me pidas perdón por eso. Sabes que puedes llamarme cuando quieras y necesites. —Hace otra pausa, ahora más breve—. Esperaba tu llamada hace días. Sé que nos hemos mensajeado, sin embargo, tenía el presentimiento de que necesitabas soltarlo todo. Has tardado.
—Lo sé. Han sido unos días de mucho caos.
—Ya me imagino. —Su voz es tranquila, paciente—. Dime, hijo, ¿qué te preocupa?
Y ahí me quedo atascado un momento, porque no sé muy bien cómo decir lo que quiero decir. No es algo que me pase a menudo con ella. Con mi madre siempre he sabido hablar. Pero esto es distinto. Esto es algo que no había sentido antes y que por esa misma razón no tengo palabras para describirlo.
—Estoy enamorado de Mia —suelto, sin anestesia.
Silencio al otro lado.
—Ya. —Y en ese «ya» hay una cantidad de información que podría llenar un libro entero.
—¿Ya? ¿Eso es todo lo que me dices?
—Es que no me sorprende demasiado, hijo.
Ahora soy yo el que se queda mudo.
—A mí sí —confieso tras unos segundos que necesito para ordenar las ideas—. O sea, sé lo que siento, eso lo tengo claro. Lo que no tengo claro es qué hago con ello. —Me paso una mano por el pelo—. Nunca había sentido algo así por nadie, mamá. Y eso me da un miedo enorme.
—¿Miedo a qué exactamente?
—A hacerlo mal. A hacerle daño. —Hago una pausa—. Ya la he cagado con ella a lo grande. La traté fatal durante semanas y ella no se lo merecía y aun así se quedó y aun así... —No termino la frase.
—Y aun así ella te corresponde —termina mi madre por mí.
—Sí —susurro, casi desolado.
—Easton. —Su voz cambia y se vuelve más seria sin perder la calidez—. ¿Puedo decirte algo sobre Mia?
—Para eso te he llamado.
Oigo cómo coge aire despacio, como si estuviera eligiendo las palabras con cuidado.
—Esa chica ha pasado la mitad de su vida sintiéndose una carga.
Para su padre, para los médicos, para todo el mundo a su alrededor.
Siempre ha pensado que su existencia le costaba algo a alguien.
Y lo que más ha necesitado siempre, aunque nunca lo haya pedido, es que alguien la vea.
No la enfermedad, no el trasplante, no la hija del señor Astor. A ella.
»Creo que tú eres probablemente la primera persona que la ha visto de verdad. —Una pausa—. Incluso cuando intentabas no mirarla.
Su percepción me deja sin aliento. Me quedo en silencio un momento y dejo que lo que me ha dicho se asiente.
—No sé si voy a saber estar a la altura —admito.
—Nadie sabe eso de antemano —responde mi madre—. Pero hay algo que sí puedes controlar.
—¿El qué?
—No huir. —Lo dice como si fuera la cosa más obvia del mundo—. Tú tienes tendencia a hacerlo cuando algo te importa demasiado, Easton. Lo llevas haciendo desde pequeño. Cuando algo te daba miedo, levantabas un muro y te escondías detrás. Con Mia lo hiciste durante años.
No puedo negarlo.
—Ya no tengo muros con ella, mamá. —Y lo digo en serio.
—Lo sé. Por eso me has llamado a las dos de la madrugada en lugar de quedarte callado y cargarlo solo. —Y noto en su voz algo que podría ser orgullo, aunque ella nunca lo llamaría así—. Eso ya es diferente, hijo.
Ninguno de los dos dice nada más durante unos minutos. Fuera, algún coche pasa por la calle desierta. Una brisa sopla y, a través de la ventana, veo las hojas de las copas de los árboles moverse, el mundo parece increíblemente quieto para todo lo que ha pasado esta semana.
—¿Qué hago, mamá? —pregunto, y me sorprendo a mí mismo porque hace años que no le pregunto eso a nadie.
—Lo que ya estás haciendo: quedarte. Estar. Y cuando metas la pata, porque antes o después todos lo hacemos, pedirle perdón, tragarte el orgullo y volver a intentarlo.
Suelto el aire despacio.
—Qué fácil lo pintas…
—Una relación nunca es fácil, sin embargo, tampoco es tan complicado como seguro que lo estás poniendo tú en tu cabeza.
Me río bajito, en la oscuridad del salón. Y es la primera vez en días que algo dentro de mí se afloja de verdad.
—Te quiero, mamá.
—Y yo a ti. Ahora vuelve a la cama. Sé que Mia duerme contigo y seguro que ya está en el séptimo cielo y tú deberías hacer lo mismo.
—Sí, mamá… —suelto como cuando era pequeño.
—Y Easton…
Espera a que le responda antes de continuar.
—Dime.
—Estoy muy orgullosa de ti. Me hace mucha ilusión que estés con ella. Si te soy sincera, en algún momento, hace años, había fantaseado con que estuvierais juntos. Eres buena persona y ella también lo es. Os merecéis el uno al otro.
—Ahora me está dando vergüenza, mamá… —protesto, porque ya he descargado lo que llevaba dentro y, en este momento, recordar que le he dicho a mi madre que estoy enamorado de Mia me tiñe las mejillas de rojo intenso.
—Pues te aguantas, que has sido tú el que me has llamado de madrugada para esto.
—Touché —admito.
—Y una cosa más, hijo.
—Ay, madre, que todavía no has terminado… —murmuro, aunque con intención de que lo escuche.
—Díselo.
Ahora me he perdido
—No te sigo —digo, sin ocultar mi confusión.
—Dile a Mia que estás enamorado de ella, que la quieres. Está muy bien que tengas a tu madre informada, pero es ella la que lo debe saber.
Ahora sí que me quedo sin palabras, porque ¿no es demasiado pronto para poner mi corazón en sus manos?
—Lo tendré en cuenta. —Es lo único que puedo decirle ahora mismo.
—Buenas noches, hijo. —No me fuerza porque sabe que no va a servir de nada.
—Buenas noches, mamá.
Me quedo quieto un momento en el sillón con el móvil en la mano y el silencio del apartamento. Luego me levanto y vuelvo con ella.
La puerta de mi habitación está entornada. La empujo despacio y me quedo un momento en el umbral mirándola. Mia duerme con una mano bajo la mejilla y el ceño completamente relajado. En paz.
Me meto en la cama sin hacer ruido. Ella se mueve, busca el calor de mi cuerpo sin abrir los ojos, y se acurruca contra mí con una naturalidad que todavía me sorprende cada vez que pasa.
—¿Estás bien? —murmura, medio dormida.
—Sí —respondo, en voz baja. La estrecho contra mí y le beso la coronilla—. Ahora sí.
Y esta vez sí que no hay ninguna duda de ello.