Easton Davis me (odia) quiere Capítulo 40 Sin miedo #2
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Capítulo 40 Sin miedo #2

Me incorporo con cuidado, sin despertar a Easton. Me pongo una camiseta suya que encuentro en el respaldo de la silla del escritorio y camino hacia la puerta. Al abrirla, me encuentro con Brooke, que me espera en el pasillo con los ojos muy abiertos, como si no supiera cómo decirme a lo que viene.

—Está en el salón. —Hace una pausa para abrir más los ojos—. Acaba de llegar.

Mi corazón da un vuelco. Lo supe antes de que lo dijera. Lo supe desde que escuché los golpes.

Camino descalza hasta el salón, y ahí está.

Mi padre.

De pie, con la americana impoluta, aunque el rostro demacrado por el viaje y la preocupación. Tiene los ojos clavados en mí, como si no pudiera creer que estoy realmente aquí. Como si no supiera si acercarse a mí o no.

Yo tampoco sé si puedo moverme. Pero lo hago.

Doy un paso. Luego otro. Hasta que estoy frente a él.

—Papá…

No me deja seguir, me abraza antes de que pueda decir nada más. Me envuelve con fuerza, con desesperación, con un amor que no necesita palabras. Y yo me dejo hacer. Me dejo sostener por mi progenitor al que no sabía, hasta este momento, que había echado tanto de menos.

—Estás bien… —susurra, con la voz rota—. Estás bien…

—Sí, papá. Ha sido un susto, uno muy grande, solo eso —respondo, con un hilo de voz.

Nos quedamos así, abrazados, hasta que se separa. Me toma el rostro entre las manos, como si necesitara comprobar que soy real.

—¿Por qué no me llamaste? ¿Por qué no me lo contaste? —pregunta, y su voz ya no tiembla. Ahora es firme y dolida.

—Papá…

—¿Por qué me he enterado por tu compañera de habitación? —Su tono sube, contenido, aunque cargado de reproche—. ¿Y tú? —se gira hacia la puerta del pasillo, justo cuando Easton aparece, recién despierto, con el pelo revuelto y la camiseta arrugada—. ¿Tú no eras el que tenía que cuidarla?

Easton se detiene en seco. Su cuerpo se tensa, pero no retrocede. Me mira un segundo, como si buscara permiso para hablar. Luego, fija la vista en mi padre y puedo ver desde aquí cómo se le tensa la mandíbula.

—Lo hice. La cuidé. La encontré y la traje aquí. No la dejé sola ni un segundo.

—¿Y eso incluye ocultarme que uno de mis empleados, en quien confiaba, la estaba acosando? ¿Eso también forma parte de tu concepto de protección?

—Papá, basta —intervengo, dando un paso entre ellos, con el corazón en la garganta—. No fue culpa de Easton.

—¿Cómo que no? ¡Era su responsabilidad!

—¡Fui yo! —grito, y mi voz resuena en el salón como un disparo—. Fui yo la que no quiso que te lo dijeran. Yo le pedí que no te llamara. Yo le pedí que no te lo contara.

Mi padre me mira, desconcertado.

—Sabía cómo ibas a reaccionar. Sabía que cogerías el primer avión, que me obligarías a volver a Nueva York y me encerrarías otra vez en casa. Y no podía. No después de todo lo que me ha costado llegar hasta aquí.

—¿Y preferiste mentirme?

—Preferí protegerme. Y protegerte a ti también. Porque si te lo decía, tú ibas a hacer lo que siempre haces: tomar decisiones por mí. Y esta vez necesitaba decidir yo.

Mi voz tiembla, pero no bajo la mirada. Me mantengo firme. Siento la presencia de Easton detrás de mí, como un muro silencioso. Y, por primera vez, no me siento sola.

—No soy una niña, papá. Ya no. Y sé que te asusta. A mí también me asusta. Pero no puedo seguir viviendo con miedo. Ni con el tuyo ni con el mío.

Mi padre me mira. Su expresión es una mezcla de dolor, orgullo y desconcierto. Como si no supiera si abrazarme o gritarme.

—¿Estás segura de que quieres seguir aquí?

—Por supuesto.

—¿Y de que estás bien?

—Estoy aprendiendo a ser yo. Estoy creciendo. Y sí, estoy bien.

Mi padre asiente, despacio. Luego, se gira hacia Easton. Lo observa en silencio. Easton aguanta la mirada, sin moverse.

—Gracias por encontrarla —dice mi padre, al fin.

Easton asiente, serio. Da un paso hacia mí, como si necesitara estar más cerca.

—Solo uní las migas de pan que su hija, muy sabiamente nos dejó. Yo solo averigüé dónde estaba, ella sola convenció a Joe para que pusiera fin a esa locura.

Mi padre asiente, sin decir nada más. Su mirada se suaviza, aunque sigue cargada de algo que no sé si es orgullo, alivio o simplemente agotamiento.

Yo me quedo en medio de los dos, con el corazón dando martillazos en las costillas. Siento el calor de Easton a mi lado, su presencia firme y silenciosa.

Mi padre se pasa una mano por la nuca, como si de pronto se diera cuenta de que lleva horas de pie.

—Bueno… —dice, con un suspiro—. Pues visto que no quieres volver a casa, ¿me vas a enseñar dónde vives?

Easton y yo nos miramos al mismo tiempo. ¿Cómo le digo ahora a mi padre que duermo con él? ¡Tierra trágame! Easton se encoge de hombros, con una media sonrisa torcida. Yo me muerdo el labio para no reírme, aunque se me enciende el rostro de la vergüenza.

—Verás, papá, sobre el apartamento… —intento empezar a explicarle. Sin embargo, no sé si es porque se huele algo, no me deja seguir.

—Qué tal si empezamos por la cocina y me preparas un café bien cargado —propone, alzando una ceja—, creo que necesitaré fuerzas para el resto de la visita.

Nos reímos los tres. Y Easton, con un apretón en mi cintura se dirige hacia la cafetera.

—Eso está hecho, señor Astor.

—Robert, por favor, llámame Robert. A estas alturas lo de señor ya como que no, ¿no?

¿Desde cuándo mi padre es gracioso? Estoy alucinando.

Y así, sin más, la tensión se disuelve. No del todo, pero sí lo suficiente para que el nudo en el estómago afloje por fin.