Capítulo 40 Sin miedo
Mia
No sé cómo llegamos hasta aquí. Solo recuerdo el frío de la madrugada, el murmullo de los agentes, la voz de Easton diciéndome que todo había terminado. Recuerdo también el móvil de Brooke entre mis manos y la voz de mi padre al otro lado, rota de una forma que nunca le había escuchado.
—Estoy bien, papá —le repetí, aunque no estaba segura de que ninguna de las dos palabras fuera del todo cierta—. Estoy a salvo. Voy con Easton camino al apartamento.
Durante unos segundos no respondió. Solo oí su respiración contenida, como si estuviera intentando no venirse abajo conmigo al teléfono, aunque no lo consiguió.
—Mia… —Su voz salió rota e irreconocible—. Cariño, vuelve a decirlo.
Cerré los ojos con fuerza.
—Estoy a salvo.
Lo oí soltar el aire, como si hubiera estado conteniéndolo desde hacía horas.
—Gracias a Dios —susurró—. Gracias a Dios.
Durante unos segundos ninguno de los dos dijo nada. Solo escuché su respiración, temblorosa, al otro lado de la línea.
—Voy para allá —añadió después, con esa firmeza suya que intentaba recomponerse demasiado deprisa—. Cojo el primer vuelo, necesito verte.
Y esa frase, de él, me sonó a «padre», más que en ningún otro momento.
Ya en el apartamento, Theo y Jace que están tan agotados como nosotros, entran. Brooke salta del sofá en cuanto me ve y pasa completamente de Jace para lanzarse sobre mí.
Tiene los ojos rojos, el pelo recogido de cualquier manera y lleva una de mis sudaderas. Me abraza y me aparta varias veces. Me mira como si no creyera que soy real.
—Mia…
No puede hablar. Ni yo tampoco porque, por fin, suelto todas las lágrimas que hasta ahora no había podido dejar caer.
Nos abrazamos con fuerza. Me aferro a su cuerpo como si fuera un ancla.
—Estás aquí… Estás aquí… —suelta como un mantra, como si no decirlo fuera a hacerlo menos real. Me acaricia el pelo y me mece—. ¿Estás bien? Dime que no te ha hecho nada.
Niego con la cabeza, incapaz de responder, y me aferro todavía más a ella.
—Vamos, nena, Mia necesita descansar. —Jace la coge del hombro y la insta a que me suelte.
—¿Estarás bien? ¿Quieres que me quede contigo? —insiste ella sin hacer mucho caso de nuestro amigo, que tironea de ella—. Pensé que no volvería a verte. —Me abraza de nuevo y solloza con la voz rota.
—Yo también —confieso con los ojos cerrados con fuerza.
Nos separamos despacio y me limpia las mejillas con los pulgares.
—Ve con él —susurro, mirando a Jace—. Yo me quedo aquí. Estoy bien.
Asiente sin necesidad de decir nada más.
Cuando nos quedamos Easton y yo solos en el salón, este me ofrece una mano que tomo sin dudar. En vez de dirigirnos a la habitación como el resto, entramos en la cocina.
Me siento en uno de los taburetes de la isla, con las manos en el regazo.
Easton se me acerca por detrás y me ayuda a quitarme el abrigo que aún llevo puesto y se va al recibidor para dejarlo colgado allí, junto al suyo.
Luego, vuelve a la cocina, se queda de pie, apoyado en la encimera, y me observa sin decir nada.
Hay algo en su mirada que me sostiene, que me apacigua el caos que llevo dentro.
No es prisa. No es deseo. Es preocupación. Es ternura.
—¿Quieres agua? ¿Quizá un té? —pregunta, en voz baja.
Asiento.
—Agua, por favor.
Él se mueve despacio, como si midiera cada gesto que hace. Me acerca el vaso y se sienta frente a mí. El silencio entre nosotros no es incómodo, al contrario, es muy necesario.
—¿Estás bien? —pregunta en un momento dado.
No sé qué responder. No sé qué significa «estar bien» después de lo que ha pasado. Pero asiento. Porque estoy viva. Porque estoy aquí. Porque él está aquí, conmigo.
—¿Puedo…? —pregunta, sin terminar la frase, aunque haciendo el gesto de acercarse a mí.
—Sí —susurro.
No me toca. Solo espera. Como si supiera que necesito ser yo quien dé el primer paso.
Y lo doy.
Extiendo la mano y la apoyo sobre la suya. Él la gira despacio, entrelazando nuestros dedos. Su piel está caliente. Firme. Real.
—Tu madre estaría orgullosa —digo, sin mirarlo.
—¿Por qué?
—Porque no te rendiste. Porque me encontraste. Porque cuidaste de mí. Porque hiciste lo que ella habría hecho.
Baja la mirada y me aprieta la mano con suavidad.
—Tenía miedo, Mia —confiesa, al cabo de un rato—. Miedo de perderte justo cuando empezaba a encontrarte.
Ahora sí, se levanta, se pone entre mis piernas y deja caer la frente sobre la mía.
—Yo también —lo secundo—. Miedo de que Joe me hiciera daño. Miedo de que no me encontrarais. Miedo de que, incluso si salía de allí, todo esto hubiera cambiado por mi mala decisión.
—Has sido muy valiente. No puedo enfadarme contigo. Si me lo hubieras contado te hubiera podido acompañar para no dejarte sola o si no querías que fuera yo, podría haber ido Brooke, no sé… No obstante, estoy orgulloso de tu valor.
Nos miramos durante unos instantes. Y en sus ojos no hay lástima. Hay algo más profundo. Más real.
Me levanto. Nos acercamos despacio, como si el aire entre nosotros fuera frágil. Me refugio contra su cuerpo y él enseguida me rodea con los brazos.
—Estoy aquí —susurra.
—Lo sé.
Levanto la cabeza y ahora su mirada ya no se encuentra con la mía. Está clavada en mis labios que no dudo en acercar a los suyos para, por fin, besarlo.
No es un beso urgente. No es un beso de película. Es un beso lleno de la calma que sentimos en este momento.
Cuando nos separamos, me acaricia la mejilla con el dorso de los dedos.
—¿Quieres que vayamos a descansar un rato? No creo que tu padre tarde mucho más en llegar.
Mi padre… se me hace un nudo en el estómago solo de pensar en ello y las consecuencias que comportará lo que ha pasado hoy. Pero ahora no le quiero dar más vueltas. Quiero disfrutar de este rato que todavía me queda aquí.
—Sí, por favor —casi suplico.
Entramos en su habitación. La puerta se cierra detrás de nosotros con un clic suave.
Él se queda quieto, apoyado en el marco, como si no supiera qué hacer con su cuerpo.
Yo tampoco. Me quito primero el jersey con movimientos lentos, como si cada prenda que me voy quitando pesara más de lo pesa. Él, sin mediar palabra hace lo mismo.
Nos quedamos de pie, frente a frente. No hay música. No hay palabras. Solo el sonido de nuestras respiraciones.
—No tenemos que hacer nada —dice él, con voz baja.
—Lo sé.
—Podemos dormir. Solo dormir.
—No quiero dormir todavía.
Él asiente. Da un paso hacia mí y luego otro. Hasta que estamos tan cerca que puedo sentir el calor de su cuerpo.
—¿Puedo tocarte?
—Sí.
Sus manos me rozan los brazos, los hombros, la cara. Como si necesitara asegurarse de que estoy aquí. De que no soy un espejismo.
—Pensé que te había perdido —susurra contra mis labios.
—Yo también pensé que no volvería a verte.
—No sabía si iba a encontrarte. No sabía si…
—Llegaste. Eso es lo único que importa.
Apoyo la frente en su pecho. Él me rodea con los brazos. Me sostiene. Me contiene.
—¿Tienes miedo? —pregunta.
—Sí —me sincero.
—Yo también lo tengo. Miedo de hacer algo mal. De no saber cómo cuidarte ahora.
—Solo con que te quedes es suficiente.
No hace falta añadir nada más, nos besamos, como la segunda primera vez.
Un beso lento, lleno de dudas y certezas al mismo tiempo. De todo lo que no hemos dicho. De todo lo que hemos sentido. De todo lo que hemos sobrevivido.
Nos tumbamos en la cama sin dejar de tocarnos. Él me acaricia el rostro, el cuello, los brazos. Yo le acaricio el pecho, la espalda, el pelo. Nos redescubrimos con una delicadeza que se me clava entre las costillas. Como si cada centímetro de piel fuera un mapa nuevo que aprender de memoria.
—Estás temblando. —Y me mira con una expresión de preocupación que hace que pare de acariciarme.
—Sí, pero estoy bien. No es por miedo. Es porque te siento. No dejes de tocarme, Easton.
Él sonríe, pero sus ojos están húmedos.
—Nunca había sentido esto con ni por nadie —confiesa a media voz.
Me muerdo el labio y no dejo de rozar su piel. Nos miramos todo el tiempo. Como si quisiéramos memorizar cada gesto, cada respiración.
—Eres preciosa, Mia —exhala en un suspiro.
—No hace falta que me adules, ya me has camelado —suelto para quitarle hierro al momento. No me acostumbro a que me halague de esta manera.
—Lo eres. Ahora más que nunca, después de todo lo que ha pasado.
Esta vez, cuando me cubre con su cuerpo, no siento vértigo como la primera vez.
Siento hogar.
Nos movemos despacio. Como si el tiempo se hubiera detenido para nosotros. Como si el mundo allá afuera no existiera. Como si solo importara este momento. Este roce. Esta respiración compartida.
—Estoy aquí —me repite, una y otra vez, como un mantra.
—Y yo contigo.
Easton no deja de besarme. Me lame, me toca, me lleva al cielo envuelta en llamas. Y cuando llegamos al orgasmo, no lo siento como un final. Es solo una pausa. Un silencio lleno de significado.
Easton me envuelve con su cuerpo, con sus manos, con su aliento. Yo me acurruco contra su pecho, sintiendo el ritmo constante de su corazón bajo mi mejilla. Como un latido que me dice: estás a salvo.
—¿Cómo estás? —pregunta, con voz ronca.
—Estoy… aquí. Contigo. Y eso es más de lo que pensé que tendría.
Él me acaricia el pelo, despacio, como si no quisiera que este momento se acabara nunca.
—No tienes que ser fuerte ahora —dice—. Puedes soltarte, no quiero que conmigo no seas tú. Por favor, siempre libérate cuando estemos juntos.
Nos miramos. No hace falta decir más. Sus dedos dibujan líneas suaves en mi espalda, y yo le acaricio el pecho, sintiendo cómo su respiración se calma poco a poco.
—Gracias por venir a buscarme —murmuro.
—Gracias por dejarte encontrar.
Nos quedamos así, enredados, en silencio. No porque no haya nada que decir, sino porque todo lo importante ya está dicho. Porque a veces el amor también es esto: quedarse. Sostener. Respirar juntos.
Y por primera vez en mucho tiempo, duermo sin miedo.
─── ⋆ ♡ ⋆ ───
Unos golpes suaves en la puerta me despiertan. No sé cuánto tiempo hemos dormido. La luz que se cuela por la ventana es fuerte, debe ser bien entrada la mañana.