Easton Davis me (odia) quiere Capítulo 39 No es amor
93%

Capítulo 39 No es amor

Easton

El coche hace un par de horas que devora kilómetros de asfalto en un silencio tenso, solo roto por el rugido del motor y las indicaciones del GPS. Según la aplicación, ya solo nos quedan quince minutos para llegar.

A mi lado, Jace tiene la mandíbula apretada y los nudillos blancos por la forma en que se agarra al volante. En el asiento trasero, Theo está muy quieto, con la mirada fija en la oscuridad que pasa por la ventanilla.

En mi cabeza, la imagen de la señora Miller, rota de dolor, se mezcla con el mensaje obsesivo de Joe en la grabación y la voz de pánico de Mia. Aún no he digerido que mi corazonada se haya hecho realidad y que, de verdad, Joe la tenga secuestrada.

—Brooke dice que la policía ya tiene la ubicación y ha mandado una patrulla —dice Theo desde atrás, rompiendo el silencio—. Pero están a unos veinte minutos de la zona. Llegaremos antes que ellos. También ha llamado a su padre.

Aprieto los labios y respiro hondo por la nariz. Sé que lo tenía que hacer, sin embargo, saber las consecuencias que conllevará me parte el alma.

—Bien —asiento, y aprieto los puños para descargar adrenalina, aunque me pondría a gritar de furia.

Tardo un par de minutos en poder volver a hablar.

—No quiero esperar a que la policía nos dé permiso para entrar. Si llegamos y todavía no están, entramos. No sabemos qué puede estar pasando ahí dentro.

Al poco, la voz femenina y amable del GPS nos indica que giremos por un camino de tierra sin señalizar, apenas visible entre los árboles y nos avisa de que nuestro destino está a doscientos metros.

Jace apaga las luces para no alertar a nadie y va desesperadamente despacio para no hacer ruido.

Ardo por llegar, pero doy gracias a Jace por tener un coche eléctrico.

Nos adentramos en el bosque por un sendero un tanto cerrado, con vegetación a ambos lados de la carretera de tierra hasta que llegamos a un claro.

Y ahí está. Una cabaña de madera, oscura, recortada contra la superficie plateada de un lago inmóvil.

Un único coche negro aparcado junto a la entrada. El de Joe.

El corazón me da un vuelco. Está ahí. Mia está ahí dentro.

El miedo y la rabia se mezclan en mi garganta, un sabor metálico, amargo. Siento una necesidad casi animal de echar la puerta abajo, de entrar, sacarla de allí y romperle la cara a ese cabrón. Pero me obligo a respirar, a pensar con la cabeza fría. La impulsividad no nos servirá de nada aquí.

Jace pega el coche a unos arbustos, con la esperanza de que pase desapercibido a la vista, y apaga el motor. El silencio que nos envuelve es absoluto, opresivo.

—Vale, este es el plan —susurro. Me giro en el asiento para mirar poder verlos a los dos—.

Nos acercaremos a pie, sin hacer un puto ruido.

Jace, tú vas a rodear por la derecha, hacia la parte de atrás.

Busca una entrada, una ventana, lo que sea.

Theo, tú por la izquierda, cubres ese flanco.

Yo iré de frente, por el porche, pero sin acercarme a la puerta principal.

Nos comunicaremos por señales. No entramos hasta que sepamos qué pasa dentro. ¿Entendido?

Ambos asienten, con los rostros desencajados pero decididos.

Salimos del coche con el mayor sigilo posible.

La hierba húmeda amortigua nuestros pasos.

El aire huele a pino y a lago, un olor limpio que contrasta con la suciedad de la situación.

Avanzamos entre las sombras de los árboles y me da la sensación de que el pulso, que me martillea en las sienes, me va a romper el cráneo.

Llego al borde del claro y me agacho detrás de un arbusto. Desde aquí veo una ventana iluminada. Me acerco más, arrastrándome casi, hasta quedar debajo de ella. Intento mirar por una rendija, pero no veo nada.

Rodeo la cabaña hasta encontrarme con Theo. En la parte trasera, encontramos una pequeña ventana, la de un baño, probablemente. Está cerrada, pero el marco de madera parece viejo y podrido por la humedad.

—Podemos intentar abrirla. —Theo casi tiene que leerme los labios.

Buscamos algo para hacer palanca. Encuentro una piedra plana y afilada en el suelo, y Theo una rama gruesa y seca.

Con la piedra, consigo hacer una pequeña muesca entre el marco y la hoja.

Luego, metemos la punta de la rama y hacemos palanca, los dos a la vez.

La madera cruje, un sonido que me parece ensordecedor en el silencio de la noche.

Aguantamos la respiración. Esperamos. Nada.

Volvemos a hacer fuerza y el pestillo interior, viejo y oxidado, cede con un chasquido metálico, aunque no muy estridente.

Volvemos a aguantar la respiración y nos tranquilizamos cuando pasan un par de minutos sin que haya movimiento al otro lado. No nos han oído.

Abro la ventana con una lentitud agónica.

Theo me aúpa y me ayuda a trepar para que pueda entrar.

Caigo sin hacer ruido sobre las baldosas frías de un pequeño baño.

Le hago una seña a Theo para que espere fuera y vigile.

La puerta del baño está cerrada. «Mierda, como chirríe la manilla al bajarla…

», y rezo para que no suceda. Cuento hasta tres y, muy despacio, bajo la empuñadura a la vez que contraigo la cara esperando el chirrido a metal oxidado que me imagino en la mente, sin embargo, tengo suerte, está bien engrasada y puedo abrir en silencio.

Salgo al pasillo. No se oye nada. Avanzo poco a poco, siguiendo la luz tenue que viene de una estancia amplia, supongo que el salón.

Llego al umbral. Y la veo.

Mia está sentada en un sofá y, en la rigidez de su postura: con la espalda totalmente recta y pegada al respaldo del sillón, los brazos estirados sobre los muslos, las manos en puños y la mirada perdida, sé que está histérica.

Joe está frente a ella, de espaldas a mí, y le habla en voz baja, con ese tono calmado que hace que me hierva la sangre.

—…lo tienes que entender. Es mi responsabilidad protegerlo. —¿Qué narices le está diciendo? Está loco, voy a matarlo.

En ese momento, Mia levanta la vista y sus ojos se encuentran con los míos. Veo un destello de sorpresa, de miedo, y luego… de esperanza. Es todo el valor que necesito.

Me yergo y me dispongo a terminar con este delirio.

—Joe.

Lo alerto de mi presencia con más aplomo del que en realidad siento. Mi voz suena alta en el silencio de la cabaña.

El aludido se gira de golpe. Al verme, su expresión no es de rabia, sino de una profunda y desconcertada indignación, como si yo fuera un intruso profanando un lugar sagrado.

—¿Tú? ¿Qué haces aquí? —sisea con los dientes apretados—. No deberías estar aquí. Esto es una propiedad privada. ¡Largo!

—Se acabó el juego, Joseph. —Avanzo poco a poco hacia él, con las manos alzadas para que no me tema y no haga ninguna gilipollez más.

No paro hasta que no me interpongo entre él y Mia.

Uso su nombre real a propósito, para descolocarlo, para demostrarle que sé quién es.

Él parpadea, sorprendido—. Voy a coger a Mia, nos vamos a ir y tú no vas a impedírnoslo.

—No. ¡No puede irse! ¡¿Es que no lo entendéis?! —dice, negando con la cabeza, su mirada se vuelve errática, saltando de mí a Mia—. Es lo único que me queda de él.

Se le rompe la voz con la última frase. Y me sabe mal, de verdad que sí, sin embargo, no puedo apiadarme de él. No cuando la integridad de Mia está en juego y no sé hasta dónde es capaz de llegar este desequilibrado.

—¡No soy Noah! —grita Mia, poniéndose en pie.

Su voz me atraviesa. Está temblando, pero no es de miedo, es toda determinación, como si verme le hubiera hecho coger la confianza necesaria para hacer estallar lo que llevaba dentro—.

No soy tu hermano, Joe. No soy un altar.

No soy una deuda. Soy una persona. Y tú no tienes derecho a decidir qué hago con mi vida.

Joe la mira, descolocado.

—Mia… tú no entiendes. Él… él te eligió. Te salvó. Yo solo…

—Tú solo te perdiste —dice ella, dando un paso hacia él—. Te entiendo, yo he estado años sin poder ser yo misma. Y te aseguro que este no es el camino. No puedes usar mi cuerpo para encontrar a tu hermano. No puedes usar mi vida para reparar la tuya. Mi vida me pertenece a mí y solo a mí.

Joe parpadea y da un paso atrás, como si las palabras de Mia lo hubieran abofeteado.

—¡Sigues sin entenderlo! —grita cuando se estabiliza, con los ojos desorbitados—. ¡Llevas a Noah dentro! ¡Su riñón! ¡Su vida! ¡Eres parte de él!

—Y eso no te da derecho a apropiarte de ella —intervengo, firme, dando un paso más—. ¿Sabes qué haría Noah si te viera ahora? ¿Si viera el daño que le estás haciendo a Mia?

Su respiración se agita, le tiembla la barbilla y desvía la mirada hacia el suelo.

—Él… él no querría…

—Exacto, no lo querría, y la estás haciendo sufrir —le espeto—. La estás encerrando en tu dolor. Y eso no es amor, Joe. Ni hacia tu hermano ni hacia nadie. Eso es egoísmo.

—No quería hacerte daño —susurra, mirándola a ella—. No sé cómo soltarlo, Mia. Solo quería que él no se perdiera del todo.

—No se ha perdido —responde Mia, con una suavidad que llega hasta lo más profundo de mi pecho—. Una parte de Noah está en mí. Pero no soy él.

Joe baja la mirada. Sus hombros se hunden. Y por un segundo, parece un niño. Un niño roto.

—Joe —añado, más dócil ahora—. Puedes parar. Aún estás a tiempo. No tienes que seguir por este camino. La policía está a punto de llegar. —Levanta la vista y me mira con horror—. Si sales ahora, si te entregas, nadie te hará daño, te lo aseguro. Pero tienes que parar esta locura ya.

Silencio. La mirada de Joe se salta de mí a Mia. Veo la duda en sus ojos.

—Joe, tú no quieres esto. En el fondo sabes que lo estás haciendo mal. Déjame marchar con Easton —suplica Mia con mucha dulzura.

Y entonces, las luces azules y rojas se cuelan por las rendijas de las ventanas. Sirenas. Voces. El crujido de ramas. La policía ha llegado.

Joe levanta la cabeza, alerta. Mira hacia la puerta. Hacia mí. Hacia Mia.

«¡Joder, ahora no!», maldigo para mí. Espero que el hecho de haber pedido ayuda no lo haga retroceder ahora. Creo que está a punto de recapacitar y «rendirse».

—¿Me perdonas? —le pregunta a ella, con la voz rota.

Mia no responde de inmediato. Luego asiente, despacio.

No sé si yo hubiera tenido la sangre fría de asentir, aun no siendo verdad.

Joe cierra los ojos. Y cuando los abre, ya no hay rabia en ellos. Solo cansancio.

Levanta las manos. Y espera a que la caballería, que oímos bajar de los vehículos, irrumpa en casa.

Aprovecho para acercarme a Mia, despacio, y la rodeo con el brazo. Ella no se aparta, al contrario, se abraza a mí con anhelo. Tiembla y respira aliviada. Como si acabara de salir de un túnel muy largo del que no veía el fin.

La puerta se abre de golpe. La policía entra. Y todo se vuelve caótico.

A pesar de todo, Mia no se rompe. Está más entera que nunca.

La miro. Y una vez más, no veo a la niña que mi madre cuidaba. Veo a una mujer. A una luchadora.

Cuando todo está más o menos en orden, los agentes nos piden que salgamos para tomar declaración. Mia se gira una última vez hacia Joe, que ya está siendo escoltado hacia la puerta.

—Joe —lo llama.

Los agentes que lo custodian se detienen y él la mira por encima del hombro.

—Espero que encuentres paz. De verdad.

Joe asiente. Una sola vez. Y se deja llevar.

Cuando salimos, el aire frío del lago nos golpea de lleno.

Mia se aferra a mí, no por debilidad, porque no soy su salvador, solo alguien que ha llegado a encontrarla.

Lo hace por necesidad. Y yo la correspondo, porque estoy bajo mínimos de ella, porque tenerla de nuevo junto a mí me permite respirar.

Mi princesa valiente, mi niña que perseguía dragones, la chica que me ha robado todo.

Ella, siempre ella.