Easton Davis me (odia) quiere Capítulo 38 Reliquia
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Capítulo 38 Reliquia

Mia

Estoy sentada en el borde de una cama desvencijada. La niebla de la droga se ha disipado lo suficiente como para que el miedo sea una presencia clara y afilada en mi pecho.

La puerta de la habitación se abre y doy un respingo. Es Joe. Lleva una bandeja con un cuenco de sopa humeante y un vaso de agua. La misma imagen de amabilidad forzada de antes y que me hiela la sangre.

—Veo que vuelves a estar despierta —dice con una sonrisa impostada, como todas las que me ha dedicado desde que nos conocemos, ahora estoy completamente segura.

—¿Cuánto tiempo he estado dormida? —Es lo primero que necesito saber. Pensar que pueda llevar muchos días así hace que se me corte la respiración.

—Oh, no mucho. Unas pocas horas. Solo lo suficiente para que el viaje no se te hiciera largo. Estás pálida, ¿te encuentras bien?

—¿Dónde estoy, Joe? Quiero irme a casa —exijo, obviando por completo su preocupación hacia mí.

—Estás en un lugar seguro donde nadie nos molestará —responde como si hablara del tiempo, a la vez que deja la bandeja en una mesita cercana—. Come. Tienes que tomarte la medicación.

El olor de la sopa me revuelve el estómago.

—No voy a comer nada que me des —le escupo, furiosa—. No después de lo que me hiciste en el coche.

Su sonrisa vacila un instante. Se pasa una mano por el pelo en un gesto de falsa frustración.

—Solo intentaba que te relajaras. El viaje era largo. No te haría daño, Mia. Nunca.

—Me drogaste, Joe.

—Tenías que descansar —insiste, y su calma me resulta desesperante—. Tienes que estar fuerte. Es muy importante.

Me pongo en pie, las piernas todavía me flaquean un poco, pero la rabia me da fuerzas.

—¡Deja de decir que es importante! —estallo, desquiciada—. ¿Por qué? ¿Por qué es tan importante para ti? ¿Qué es lo que quieres de mí?

No responde de inmediato. Su mirada se desvía hacia fuera, hacia la pequeña sala de estar que se ve desde la puerta. Camina hacia allí con parsimonia y veo cómo coge uno de los marcos de fotos que hay sobre la repisa de la chimenea.

—No lo entiendes, ¿verdad? —habla más para la foto que para mí—. Crees que esto es… no sé, ¿un capricho? ¿Una locura de alguien despechado?

Se gira con lentitud hacia mí y me enseña la imagen que sostiene entre las manos: una foto de él con un chico más joven.

—Él es Noah. Mi hermano pequeño. —Señala en el retrato. Su voz se quiebra por primera vez, y muestra una grieta en su armadura de calma—. Murió hace seis años. Justo aquí, en el lago. Una caída tonta, un golpe certero en la cabeza y adiós. Yo estaba allí y debería haberlo cuidado.

Me quedo sin palabras, el corazón se salta dos latidos y se me corta la respiración.

Esto no me gusta nada de nada. Joe se queda en silencio un momento, perdido en el recuerdo.

El dolor en su rostro es tan real, tan palpable, que por un instante casi siento lástima por él.

Pero entonces, levanta la vista y sus ojos se clavan en los míos, y en ellos veo centellar algo que me hace tragar con dificultad, una brizna, como de locura, que me hiela hasta los huesos.

Me muerdo los labios para frenar el temblor de la barbilla, las manos cerradas en puños se aferran a los bordes de mi camiseta y una corriente eléctrica me sube por la espina dorsal y me crispa el pelo de la nuca.

—Él ya no está, aunque sí una parte de él. Una que sigue viva gracias a ti. Uno de sus riñones está dentro de ti. ¿Lo entiendes ahora?

Su voz tiembla, pero no de tristeza. Es devoción. Como si yo fuera un altar. Como si mi cuerpo fuera un templo que debe proteger, controlar, poseer.

Todo encaja de golpe con una violencia brutal. Su interés por mi salud. Su conocimiento de lo que supone un trasplante. La «responsabilidad sagrada».

—No puedo dejar que te pase nada —continúa, en un murmullo febril, casi una oración—. No puedo permitir que el último trozo de mi hermano se desperdicie. Cuidarte no es una opción, Mia. Es mi única responsabilidad. Es lo único que puedo hacer por él.

Doy un paso atrás y otro y otro, hasta que choco con la pared. El terror que siento es diferente a todo lo que he conocido. No es el miedo a un hombre. Es el miedo a un fantasma. Me doy cuenta, con una claridad absoluta y aterradora, de que él no me ve a mí.

Soy para él una reliquia.