Easton Davis me (odia) quiere Capítulo 37 La confirmación
91%

Capítulo 37 La confirmación

Easton

Le doy al conductor la dirección de Chestnut Hill que me dio Leo, la misma que le envié a Jace hace unos minutos. Cada semáforo en rojo es una tortura, cada coche lento delante de nosotros una prueba para mi autocontrol. Mi pierna no para de moverse, un tic nervioso que no puedo detener.

En mi mente, aunque ojalá esté equivocado, las piezas del puzle encajan con una claridad horrible.

Joe Miller. Hermano de Noah Miller, el donante.

¿Quizá se ha cambiado el nombre para que nadie sospeche?

La obsesión de Joe por la salud de Mia, su lenguaje clínico, su fijación…

todo cobra un sentido macabro. No es un ex celoso, porque por lo que me ha contado Mia, nunca fueron pareja.

Es algo mucho peor. Es un hombre roto que ve en Mia el fantasma de su hermano. Y la tiene secuestrada en algún lugar.

El taxi me deja en la esquina de una calle tranquila y arbolada de Chestnut Hill. A pocos metros, veo el coche de Jace y Theo, aparcado bajo un roble. Me bajo y camino hacia ellos a grandes zancadas. Abro la puerta trasera y me meto dentro.

Ambos se giran para mirarme, sus rostros son un mapa de tensión.

—¿Qué has averiguado? —pregunta Theo al instante—. Nos tienes de los nervios.

Respiro hondo y busco las palabras. No puedo llevarlos a ciegas a esto. Se merecen saber la locura en la que nos estamos metiendo.

—La grabación de Joe... —empiezo, titubeante—. Las palabras que usaba para referirse a la enfermedad de Mia y a su trasplante, no me sonaban «normal». No eran de preocupación sincera, eran otra cosa. Así que le pedí a un contacto en el hospital que buscara el expediente del trasplante de Mia.

Jace frunce el ceño.

—¿Y?

—El donante fue un chico de quince años llamado Noah Miller —les cuento, y veo la confusión en sus caras—. Murió en un accidente hace seis años. Pero la clave es que tenía un hermano mayor. Se llama Joseph.

El silencio en el coche es absoluto mientras procesan la información.

—¿Estás diciendo que Joe es el hermano del chaval que le donó el riñón a Mia? —pregunta Theo, incrédulo.

—No lo sé seguro —admito, y la frustración me quema por dentro—.

No sé su puto apellido y el nombre tampoco coincide.

Pero el informe del hospital dice que este Joseph desarrolló una obsesión enfermiza con el «legado» de su hermano y que intentó contactar con las familias de los receptores.

Es demasiada coincidencia. Tengo que ir a esa casa.

—Señalo la dirección en el móvil— y salir de dudas. Pero no puedo hacerlo solo.

Jace y Theo intercambian una mirada. Veo la duda en sus ojos, pero también lealtad.

—Estamos contigo, tío —dice Theo, con una sobriedad que pocas veces le he visto—. Hasta el final.

—Sí, por supuesto, aunque, ¿qué le vamos a decir? —Nunca había visto la cara de Jace tan seria como ahora.

—La verdad. O la parte que necesitamos que sepa. —Ni yo mismo lo tengo claro, improvisaré sobre la marcha según vea la situación—. No sé si Joe es Joseph Miller. Pero tengo que averiguarlo. —Los dos asienten a la vez—. Vamos —digo, más firme ahora.

Nos bajamos del coche y caminamos en silencio hasta la casa de los Miller. Llamo al timbre. La puerta se abre unos centímetros y una mujer de ojos tristes nos mira con desconfianza.

—¿Sí?

—Señora Miller, disculpe que la molestemos. Somos amigos de su hijo Joseph y lo estamos buscando. ¿Está en casa? —me presento con la mayor amabilidad posible y con una pequeña mentira para que la mujer no desconfíe tanto de nosotros.

—Joseph no está aquí —dice en un tono cortante—. Y no sé quiénes sois, no os he visto nunca. Lo siento, pero estoy ocupada. —Intenta despacharnos con educación, pero firme, y empieza a cerrar la puerta. Doy un paso adelante y me interpongo.

El pánico me atraviesa. No puedo dejar que la cierre.

—Por favor, espere —pido con una súplica desesperada.

Pongo una mano en la madera para detener la puerta, un gesto que la sobresalta, y decido jugar mi única carta, la que lo puede cambiar todo—.

Sé que esto va a sonarle extraño, pero necesito que me escuche.

Necesitamos hablarle de su hijo Joseph y sobre Noah.

La mujer se queda helada. La mano que empujaba la puerta pierde toda la fuerza. Sus ojos, antes llenos de desconfianza, se abren con una mezcla de sorpresa y dolor. El nombre de su hijo muerto, en boca de un extraño, la ha desarmado por completo.

—Soy estudiante de medicina, señora Miller —explico, bajando la voz, en un intento de transmitir toda la sinceridad y la urgencia que puedo—. Y, sinceramente, a quien conozco es a una chica que se llama Mia Astor.

La mujer sigue mirándome, confundida, supongo que el nombre que le acabo de dar no le suena de nada.

—Hace seis años, a Mia le hicieron un trasplante de riñón que le salvó la vida —continúo con cuidado, viendo cómo su rostro empieza a descomponerse a medida que conecta los puntos—. El riñón que recibió pertenecía a un chico de quince años llamado Noah. Era su hijo, ¿verdad?

La señora Miller se lleva una mano al corazón, un sollozo ahogado escapa de sus labios. Se apoya en el marco de la puerta como si las piernas le hubieran fallado.

—Noah...

—Siento muchísimo su pérdida, señora. No puedo ni imaginar su dolor —digo con sinceridad—. Pero necesito que nos escuche. Será solo un momento.

—Oh, Dios mío… —Ya no puede contener las lágrimas y se rinde ante mi súplica—. Pasen, pasen.

Nos hace un gesto para que entremos en un recibidor acogedor. Y en cuanto lo hacemos, mis ojos escanean la sala de estar y se clavan en la repisa de la chimenea.

Y lo veo.

En un marco de plata, hay una foto de un chico, con el pelo oscuro y una sonrisa segura. Es, sin la menor sombra de duda, el hombre que yo conozco como Joe. A su lado, con un brazo sobre sus hombros, hay alguien mucho más joven, un adolescente. Noah. Su hermano pequeño.

La sangre se me hiela en las venas. La teoría demencial deja de ser una teoría. Es la puta realidad. Me giro hacia la señora Miller y ahora mi voz no tiene rastro de duda, solo una certeza fría y aterradora.

—¿Este es Noah? —pregunto con el marco en la mano, dando por hecho que Joe es Joseph. Necesito cerciorarme antes de soltar la bomba.

—Sí, son Joseph y Noah.

Joder, ahora sí que no hay ni pizca de duda.

—Señora Miller, su hijo Joseph, al que yo conozco como Joe, se ha llevado a Mia.

La mujer se derrumba en un sillón y solloza sin control alguno.

—Le prohibí que la buscara… —llora—. Desde que supo que uno de los riñones de Noah había ido a una niña de Nueva York, se obsesionó. Era la más cercana, la más… real para él. La culpa por el accidente de Noah… nunca lo superó.

—¿Qué pasó? —No tiene nada que ver con todo esto, sin embargo, me puede la curiosidad.

—Estaban jugando cerca del lago, en la cabaña. Noah resbaló, se golpeó la cabeza con el borde del embarcadero y cayó al agua. Joseph fue a socorrerlo, pero ya no se pudo hacer nada por él. Siempre se sintió responsable, como si hubiera fallado en protegerlo.

Espera, ¿una cabaña? ¿Puede ser donde la haya llevado? Una chispa de esperanza se me enciende en el estómago.

—Señora Miller, esa cabaña de la que me habla, ¿aún es de su propiedad?

Levanta la vista con el rostro bañado en lágrimas.

—Sí —susurra con la voz rota—. Joseph siempre vuelve allí. Dice que es donde todavía puede sentirlo cerca.

Mi corazón da un vuelco. Lo tenemos.

—Señora, necesitamos la dirección exacta de esa casa. Por favor. Es urgente.

Todavía sacudida por los sollozos, asiente. Se levanta, va hacia un pequeño escritorio de madera en un rincón y rebusca en un cajón. Vuelve con un trozo de papel que me tiende con manos temblorosas. Es una tarjeta de visita con un mapa impreso.

—Está... está en el condado de Pike, cerca del lago Wallenpaupack —dice entre hipidos—.

Es una zona muy aislada. No hay cobertura en muchos tramos.

—Vuelve a romperse y ha de sentarse porque no se sostiene en pie.

Jace hace amago de ir a ayudarla al temer que cayera al suelo—.

Ay, Joseph, qué has hecho… —plañe para sí misma.

—Gracias, señora Miller —digo con sinceridad, a pesar de la rabia que siento hacia su hijo—. Se lo agradezco de verdad.

—Encuéntrenla, por favor —suplica, sus ojos fijos en los míos, llenos de una mezcla de terror y una culpa insondable—. Encuentren a esa chica y a mi hijo. Antes de que sea demasiado tarde para los dos. Él es bueno, os lo prometo, solo quiere estar con Noah…

Bueno, los cojones. Me sabe muy mal la situación de esta familia, no obstante, pensar que Mia pueda sufrir daño alguno por culpa de ese… Se me eriza el vello solo de pensarlo.

No le contesto, solo asiento una vez. No hay tiempo para más palabras. Nos giramos y salimos corriendo de la casa, dejando a la señora Miller sola con sus fantasmas.

El frío de la noche no calma el fuego que me quema por dentro.

Nos subimos al coche. Mientras Jace arranca, yo saco el móvil de Brooke y marco el número de Jace, que es el teléfono que ahora mismo tiene ella.

—¿Easton? ¿Qué ha pasado? —su voz suena tensa, llena de ansiedad.

—Lo tenemos, Brooke. Te mando una dirección.

Ahora sí. Llama a la policía. Cuéntales lo que ha pasado y facilítales la información.

Diles que se trata de un secuestro, que el sospechoso es Joseph Miller y que tiene a Mia Astor.

Que se den prisa. No hay cobertura en la zona. Nosotros ya vamos para allá.

—¡Los llamo ahora mismo! Tened mucho cuidado, por favor.

—¿Te ha llamado su padre?

—No, sigo sin conseguirlo. Se va a asustar mucho cuando vea tantas llamadas perdidas. Le he mandado un mensaje para que sepa un poco de qué va el asunto, pero todavía no lo ha leído.

—Bueno, quizá sea mejor así —murmuro más para mí que para ella.

—Tened mucho cuidado, por favor…

—Descuida.

Cuelgo, le envío la ubicación a Brooke y la meto en el GPS del móvil de Theo.

—Pisa a fondo, Jace. Y no te detengas por nada del mundo.

Asiente, su rostro es una máscara de determinación. El coche sale de la tranquila urbanización de Chestnut Hill a una velocidad que roza la locura con las ruedas chirriando sobre el asfalto. Ya no hay dudas. Solo hay una dirección y una certeza terrible.

Voy a por ti, Mia.