Capítulo 36 Flashes
Mia
Parpadeo, desorientada. La luz que entra por la ventana es débil, grisácea.
¿Es el amanecer o el atardecer? No lo sé.
Estoy tumbada en una cama que no es la mía, en una habitación que no reconozco.
Las paredes son de madera y el aire huele a pino y a polvo.
Me incorporo con lentitud, mi cuerpo pesa, mi mente es una niebla espesa.
Recuerdo flashes confusos: el coche, la voz de Joe, una sensación de mareo abrumadora. La cabaña. El lago.
La puerta de la habitación se abre y doy un respingo. Es Joe. Me trae una bandeja con un vaso de agua y un plato de sopa.
—Buenos días, bella durmiente —dice con una sonrisa que no le llega a los ojos—. O buenas tardes, quién sabe. Has dormido mucho. Necesitas comer algo.
—¿Dónde estoy, Joe? —pregunto, en un susurro ronco. Tengo tanto miedo que no me sale la voz.
—En un lugar seguro. Donde nadie nos molestará. —Deja la bandeja en una mesita junto a la cama—. Ahora come. Tienes que cuidarte, Mia. Mantenerte fuerte.
Su insistencia en mi salud me provoca un escalofrío. Me alejo de la bandeja instintivamente.
—No tengo hambre. Quiero irme a casa.
—Esta es tu casa ahora. Al menos por un tiempo. —Su tono sigue siendo suave, aunque hay un matiz de acero debajo—. Solo hasta que lo entiendas.
Intento levantarme, pero las piernas me fallan y un mareo intenso me obliga a volver a sentarme. La droga. Sigo bajo sus efectos. El pánico empieza a subir por mi garganta.
—Tranquila, tranquila… —dice él, acercándose—. Solo necesitas descansar más. Duerme, Mia. Es lo mejor para ti. Para los dos.
Su rostro se acerca y cierro los ojos, esperando lo peor. Pero solo siento cómo me vuelve a tapar con la manta. Cuando vuelvo a abrir los ojos, está sentado en una silla en un rincón de la habitación, sin quitarme la vista de encima. Como un guardián. O un carcelero.
El miedo es una presencia constante, un compañero silencioso en esta cabaña aislada.
Las horas se mezclan. A veces despierto y él está ahí, mirándome.
A veces me trae comida que apenas pruebo.
Habla poco y cuando lo hace, son frases extrañas sobre el destino, sobre segundas oportunidades, sobre lo importante que es que yo esté sana.
Cada palabra suya, cada gesto de cuidado para conmigo, solo aumenta mi terror.
No sé qué quiere de mí, pero sé que no es nada bueno.
Estoy atrapada. Y no sé si alguien sabe dónde estoy.
Mi única esperanza son los mensajes que le mandé a Brooke, aunque no tengo claro que me sirvan para mucho.
Ahora parecen un recuerdo lejano de otra vida. La vida donde Easton me esperaba.