Capítulo 35 El favor
Easton
El silencio de Leo tras la línea, después de despotricar de mí, me eriza el vello de todo el cuerpo.
—Vale. Pero como esto me salpique, te juro que te mato. Ven para aquí, no quiero hablar de esto por teléfono.
—Estoy de camino. —Cuelgo sin despedirme, no hay ni un segundo que perder.
Tiene razón. Esto no es algo que se pueda pedir por teléfono. Aprieto el paso, con el corazón en la boca. La idea de una conversación cara a cara, por lo que comporta hacer lo que le voy a pedir, me aterroriza y me da una extraña esperanza a partes iguales.
Llego a la entrada de personal de Urgencias, Leo ya me espera, apoyado en una pared, con los brazos cruzados y una expresión de extrema preocupación.
—Joder, tienes una pinta horrible —es lo primero que dice al verme—. ¿En qué coño te has metido?
—Aún no lo tengo claro —respondo entre dientes y vigilo alrededor, como si estuviéramos planeando un acto terrorista—. Gracias por venir.
—Más te vale que sea importante. Me he escapado de un caos en la planta tres. Anda, ven aquí.
Nos metemos en una pequeña sala de descanso y nos aseguramos de que esté vacía.
—Habla —me ordena.
Respiro hondo y se lo cuento todo. La aparición de Joe, su acoso, la grabación que mandó Mia, sus palabras obsesivas sobre su salud y sobre el trasplante. Le explico mi corazonada, esa teoría horrible y demencial que ha ido cobrando sentido en mi cabeza.
—… no sé qué relación tiene con el donante —concluyo, con la mirada fija en sus ojos, con una súplica implícita para que no me tome por loco—.
No sé si es un familiar, un amigo, no tengo ni puta idea.
Pero su obsesión no es normal. Necesito el nombre del donante del riñón que recibió Mia.
Tengo los datos de ella, aunque solo el nombre y el apellido del puto chiflado que he podido sacar de la web de la empresa del padre de Mia. ¿Qué necesitas?
Leo me escucha en silencio y la tez se le vuelve más y más pálida a medida que hablo. Cuando termino, se pasa una mano por la cara y cierra los ojos con fuerza.
—Joder… —masculla con las muelas apretadas—.
¿Te estás escuchando? —susurra, entre la incredulidad y el miedo—.
Acceder a una ficha de trasplante y ver el nombre de un donante…
¡Eso no es solo ilegal, es el mayor tabú de un hospital!
Si alguien se entera, no solo nos despiden, nos quitan la licencia de por vida.
¡No podríamos volver a ejercer en ninguna parte!
—Lo sé —insisto, y me inclino hacia él para hablarle en voz baja y urgente—.
Sé lo que te pido, Leo. Pero tienes que creerme.
La chica que te digo, Mia, está con él ahora mismo.
La tiene secuestrada, lo sé. Y hay algo ahí, estoy seguro, tengo un pálpito enorme aquí —digo al golpearme el pecho con el puño—.
Esta es la única pista que tengo para encontrarla.
—¿Y si tu corazonada es una puta locura? ¿Y si solo es un exnovio psicópata y yo arruino mi vida para nada?
—¡Entonces la culpa será mía! —replico, con la desesperación tiñéndome la voz—. Diré que te engañé, que te robé la contraseña, lo que sea. Pero si tengo razón, Leo… si tengo razón y no hacemos nada, no quiero pensar en lo que le pueda suceder.
Leo me mira fijamente. Ve el desasosiego en mis ojos. Duda. Mira a su alrededor, a la puerta cerrada, como si temiera que alguien nos estuviera escuchando. Al final, suelta un suspiro, resignado.
—Joder, Easton… —masculla—. Me vas a joder la vida —resopla, resignado—. Dame el nombre completo de tu chica y su fecha de nacimiento —me pide en apenas un susurro.
Suelto una exhalación que me alivia algo el peso en el pecho. Le doy los datos de Mia sin pensar.
—Vale. Voy a intentarlo. Pero esto me va a llevar un rato.
Tengo que hacerlo con mucho cuidado, desde un terminal que no deje un rastro obvio.
Espero que nadie esté monitorizando los accesos a estas horas.
No salgas, cierra con pestillo y no abras a nadie que no sea yo.
No te dejes ver demasiado porque hoy no tienes turno.
Asiento, mudo, el alivio y el terror luchan dentro de mí y poco más puedo decir.
—Y, Easton —añade, antes de salir—. Reza para que tu corazonada de mierda no sea cierta, porque si lo es, esa chica parece estar en manos de un puto desequilibrado.
Sale de la habitación y cierra la puerta tras de sí. Me quedo solo en el silencio del cubículo, con el sonido de mi propio corazón martilleándome los oídos.
La espera es una tortura. Cada minuto que pasa me parecen sesenta. Camino de un lado a otro, con las manos en la nuca y la voz de Joe en la grabación resonando en mi cabeza.
Pasa casi una hora. Una hora de agonía en la que me imagino los peores escenarios posibles. Justo cuando estoy a punto de perder la paciencia e ir en busca de Leo, oigo unos golpes suaves en la puerta.
—Soy yo —susurra la voz de mi amigo.
Abro la puerta y entra con rapidez, cerrando de nuevo sin perder tiempo. Está pálido, y le tiembla la mano con la que sujeta una tablet. La forma en que evita mi mirada me dice que ha encontrado algo.
—Lo tengo —dice, tenso—. Tenías razón. Esto es muy turbio.
Me enseña la pantalla: el expediente del trasplante de Mia.
—El donante fue un chico de quince años —explica Leo, y el aire se me atasca en los pulmones. La edad encaja—. Se llamaba Noah. Falleció hace seis años. Causa de la muerte: accidente.
Noah Miller. El nombre no me dice nada. Siento una punzada de decepción. Golpeo la mesa con el puño. Mi teoría, mi única pista, se desvanece.
—Mierda —mascullo. Me paso una mano por la cara y el cansancio y la derrota se apoderan de mí—. No me suena de nada.
—Espera —dice Leo, sin dejar de pasar el dedo por la pantalla—.
Hay más. Y aquí es donde la cosa se pone jodidamente rara.
No es parte del historial médico, es una nota de alerta del Coordinador de Trasplantes adjunta al informe social.
Algo que no suele estar ahí. —Me mira muy serio—.
El donante, Noah, tenía un hermano mayor. Un tal Joseph Miller.
El nombre, Joseph, me provoca un escalofrío, es muy similar a Joe, pero el apellido sigue sin decirme nada. No sé su apellido. Sinceramente, no sé qué esperaba de esta información cuando sé tan poco de ese gilipollas. Ahora el idiota parezco yo.
—La nota de alerta se añadió al expediente de Mia —continúa Leo—, porque, meses después del trasplante, Joseph, intentó contactar repetidamente con el hospital para obtener información sobre los receptores de los órganos que le extrajeron a su hermano.
Su comportamiento se consideró de «alto riesgo» para la confidencialidad y el bienestar de los trasplantados. Por eso está aquí. Es una advertencia.
La cabeza me va a mil por hora. Esto no me confirma nada, aunque tampoco me lo desmiente, ¿no?
—El informe social también menciona algo sobre la muerte de Noah —añade Leo, como si leyera mis pensamientos—. Al parecer, el accidente ocurrió mientras jugaban juntos, y Joseph, el hermano mayor, desarrolló un cuadro de culpa patológica. Se sentía responsable de no haber podido protegerlo.
El comportamiento del hermano del donante es un poco como se comporta Joe: una obsesión que ahora tengo documentada. Una obsesión por «proteger» a Mia, por «cuidar» el «regalo preciado». ¡Es que encaja! No de una forma lógica, sino de una forma enfermiza y retorcida.
—Necesito la dirección —digo, con la voz cargada de una nueva y terrible determinación—. La de la familia Miller.
—Easton, ¿qué vas a hacer? No sabes si es él.
—No lo sé. Pero es lo único que tengo ahora mismo —replico con total seguridad—. Ese comportamiento obsesivo del que habla el informe es como si estuvieran hablando de Joe, aunque el nombre no sea el mismo. Tengo que ir allí. Tengo que salir de dudas.
Leo vacila un instante, pero al ver la desesperación en mi rostro, asiente. Me dicta la dirección y la apunto en el móvil de Brooke.
—Gracias, tío. Te debo una que no te imaginas.
—Ten cuidado, por favor.
Salgo del hospital como una exhalación, con una dirección en el bolsillo y una teoría demencial como única guía.
No estoy seguro de nada, sin embargo, es el único hilo del que puedo tirar.
Y pienso hacerlo hasta el final. La adrenalina me quema las venas y el nerviosismo se suma a la furia que bulle en mi estómago.
Corro por la acera sin saber muy bien hacia dónde voy. Es cuando me encuentro en el parking exterior que me doy cuenta. «Mierda, he venido a pie», maldigo.
Saco el móvil de Brooke mientras sigo corriendo y marco el número de Jace.
—¿Tienes algo? —pregunta con urgencia, en cuanto descuelga.
Respiro hondo en un intento de ordenar el caos en mi cabeza. No puedo contarles mi teoría. Es demasiado loca. Demasiado terrible. Sonaría como un puto paranoico.
—No es lo que esperaba encontrar. Pero tengo una pista. Una dirección que no sé a qué me llevará. Necesito ir a comprobarlo. Necesito salir de dudas. Mia no ha vuelto, ¿no? —pregunto solo por asegurar. Si estuviera allí ya me habrían llamado.
—No, ni rastro de ella —me confirma—. Pero ¿de qué dirección me hablas? Tío, ¿qué has encontrado? Easton, estamos de los nervios.
—Escucha —le pido, mientras intento mantener la calma y ordenar mis pensamientos—. Tengo una dirección en Chestnut Hill. Es la casa de la familia del donante de Mia.
Silencio al otro lado. Luego, la voz de Jace, cargada de confusión.
—¿Del donante? Tío, ¿de qué coño hablas? ¿Qué tiene que ver el donante con su desaparición?
—¡Luego te lo explico! —lo corto, la urgencia me supera—. Tengo una corazonada terrible y necesito salir de dudas. Necesito que tú y Theo cojáis el coche. YA. Os voy a mandar la dirección ahora mismo. Id para allí. Que Brooke se quede en casa por si Mia volviera.
—Vale, vale, tranquilo. Vamos para allá.
—Yo cojo un taxi o un Uber y os encuentro en la entrada de la urbanización —continúo, buscando con la mirada las luces de un coche libre—. ¿Habéis podido contactar con el padre de Mia?
—Qué va. Brooke lo ha intentado un par de veces más, pero salta el contestador.
—Casi que mejor. Prefiero confirmar este puto presentimiento antes de que su padre entre en pánico.
—Qué miedo me estás dando, tío —dice Jace, más serio ahora, asimilando la gravedad de la situación, aunque no entienda los detalles—. Iremos para allá. Ten cuidado.
Cuelgo y le envío la ubicación. Me detengo en el borde de la acera, bajo la luz parpadeante de una farola, y busco desesperadamente las luces de un taxi.
No puedo dejar de darle vueltas a la información que tengo: la dirección de los Miller.
Noah Miller. El hermano del donante. Una obsesión.
Un accidente. Todo se arremolina en mi cabeza.
No tengo la certeza, no. Pero tengo algo que se le parece mucho: un miedo atroz a tener razón. Y una determinación aún más fuerte de encontrar a Mia. Cueste lo que cueste.