Easton Davis me (odia) quiere Capítulo 34 La casa del lago
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Capítulo 34 La casa del lago

Mia

El mundo exterior es una mancha borrosa de verdes y grises que pasa a toda velocidad. Tengo las manos heladas, apretadas en mi regazo. No sé cuánto tiempo llevamos en la carretera. Pueden ser diez minutos o una hora. El tiempo ha perdido su significado.

A mi lado, Joe conduce con una calma terrorífica. Tararea una melodía suave, como si estuviéramos yendo a un picnic. De vez en cuando, me mira de reojo y sonríe. Una sonrisa que ya no me parece encantadora, sino la de un depredador que juega con su presa.

—Te veo muy tensa, Mia —dice con retintín—. Bebe un poco de agua. Te sentará bien.

Se ladea hacia mí y doy un bote en el asiento. No quiero que me toque.

—Tranquila, solo voy a coger esto. —Me tiende una botella de agua que saca de la guantera.

Dudo en cogerla, no quiero nada de él. Pero tengo la boca seca y la garganta cerrada por el miedo.

Quizá hidratarme me ayude a pensar con más claridad.

Cojo el botellín y le doy un par de sorbos largos.

El agua tiene un sabor un tanto extraño, me fijo en la etiqueta y no reconozco la marca, quizá sea por eso.

—Así mejor —dice él, sonriendo—. Relájate. Ya casi llegamos. —Como si a mí me importara algo nuestro destino. Me maldigo a mí misma por haber accedido a esto—. Te va a encantar. Es un lugar muy especial y lleno de recuerdos.

Pocos minutos más tarde, los párpados me empiezan a pesar una tonelada.

Intento mantenerlos abiertos, pero es una batalla perdida.

Las luces de la autopista por donde ahora circulamos se convierten en largas estelas de color que se deslizan por la ventanilla, hipnóticas y borrosas.

Quiero preguntar qué me ha hecho, qué me ha dado, pero mi lengua es un trozo de plomo en la boca. Y luego todo se vuelve oscuro.

─── ⋆ ♡ ⋆ ───

Un bache me despierta. O quizás no estaba del todo dormida.

Abro los ojos con dificultad. Ya no estamos en la autopista.

Ahora es una carretera estrecha, flanqueada por árboles altos y oscuros que forman un túnel sobre nosotros.

Siento un miedo profundo, primitivo. El aislamiento es total.

Intento moverme y el cuerpo no me responde. La oscuridad vuelve a reclamarme.

─── ⋆ ♡ ⋆ ───

Una luz fluorescente, blanca y dura, me hiere los ojos. Parpadeo. El coche está parado junto a un surtidor de gasolina solitario, de aspecto antiguo. Veo a Joe fuera, de espaldas, pagando a través de una ventanilla.

Tengo que moverme.

El pensamiento llega solo, claro y urgente en medio de la niebla. Ahora, mientras no mira.

Me obligo a mover la mano derecha. Los dedos responden, aunque tarde, como si hubiera un retraso entre lo que quiero y lo que mi cuerpo hace. Busco el tirador de la puerta. Lo encuentro. Tiro de él.

Nada. Mierda, ha puesto el seguro infantil.

Intento el otro lado. Igual.

Aprieto los dientes. Miro hacia la ventanilla; Joe sigue de espaldas.

Levanto la mano y la llevo al cristal, quiero golpearlo, quiero que alguien me vea, pero el brazo me pesa una tonelada y cuando por fin consigo apoyar la palma en el cristal frío, no tengo fuerza para más.

Me quedo así, con la mano pegada al cristal, mirando las luces blancas de la gasolinera.

Nadie me ve.

Joe se da la vuelta y se dirige al coche. Aparto la mano antes de que se gire. No sé por qué. Quizás porque sé que, si descubre que lo he intentado, todo se complique. Quizás porque necesito conservar las pocas fuerzas que me quedan para cuando de verdad pueda huir.

Cierro los ojos cuando abre la puerta y caigo otra vez, sin remedio en la oscuridad.

─── ⋆ ♡ ⋆ ───

El traqueteo del coche sobre un camino de grava me saca de la bruma. Abro los ojos. Frente a nosotros, recortada contra un cielo violeta, hay una cabaña de madera junto a un lago oscuro y silencioso. El coche se detiene. El motor se apaga y el rostro de Joe se me acerca.

—Ya hemos llegado, preciosa…

Me desabrocha el cinturón de seguridad y me ayuda a salir con una delicadeza que me aterroriza. Mis piernas apenas me sostienen; tengo que apoyarme en él. Me guía hacia la puerta de la cabaña. Veo la madera oscura, el pomo de metal…

Y mientras cruzamos el umbral hacia la oscuridad del interior, todo se funde a negro una vez más.